- Yo puedo sola – dice Lucía algo enfurruñada, resoluta, mientras me exige con un mohín de enfado conmovedor que la deje ponerse el casco.
Acabamos de salir del portal. Lucía con una ropa que ella misma ha elegido: una minifalda roja con estampados blancos y una camiseta naranja de manga corta. Debajo de la falda lleva unos pantalones blancos, muy finos, de verano. Calza unas sandalias celestes de las que dice siempre que le aprietan. Hay una luz extraña en su rostro, una luz que le brilla desde dentro, que trasciende su cuerpo y me contagia. La miro casi hipnotizado y su voz como una caricia me despierta:
- Yo puedo sola -insiste.
Yo, con mi uniforme de siempre: una camiseta algo raída y de propaganda que pone “Universal dreams”, unos vaqueros azules, desgastados, y en palabras de mi hijo pasados de moda, y unas sandalias ecco con calcetines blancos.
Se ha intentado encajar el casco en su cabeza y hace de nuevo un mohín, esta vez más teatral, indicando que el casco es demasiado pequeño, como si yo tuviera la culpa de haberle comprado uno que no es de su talla. Se enfada y hace bizquear cómicamente sus ojos color de miel. Intento ayudarla con rapidez e impaciencia, pero ella, sentada ya en la sillita de la bici como una reina tirana repite: Yo puedo sola, yo puedo sola, y ha rechazado con vehemencia y determinación mi asistencia.
Son las ocho y media de la mañana, es un viernes de agosto y después de la intensa lluvia de anoche el aire huele a verano danés. Hay una humedad envolvente, acogedora diría, porque me recuerda y me sabe, como en un sueño, o una invención deseada o contada por otros, a algunas mañanas de mi infancia. Yo entonces asomado al patio de la casa de mis padres, viendo pasar los coches, contándolos, identificándolos en un inútil ejercicio de precisión para sorpresa y deleite de los mayores: un milquinientos, un dodge, un seiscientos, un gordini…
El sol ya ha salido y los primeros rayos empiezan a calentar con fuerza la fachada del edificio en donde vivimos. Es un bloque de apartamentos viejo, pero bien conservado, con carácter. Apenas se ve gente por la calle y mientras peleo amigablemente con mi hija respiro hondo, como queriendo apropiarme de todas las sensaciones de la mañana, grabar en mi piel sus dulces latidos, con una conciencia lejana o vaga del paso de los días, del dolor insonsable de la memoria.
Estamos a punto de salir, he quitado el candado con eficacia, soltado la pata de la bici, que ha vibrado al plegarse con un sonido característico que siempre y sólo identifico con la llegada de Ditte a casa, y cuando ya he empezado a levantar mi pierna derecha con la intención segura de subirme al sillín Lucía me ha frenado en seco:
- Papá, tu casco – y me ha señalado la cabeza.
- Ah, es verdad- respondo, reacciono fingidamente- .Ya se me olvidaba.
Vuelvo a entrar en el portal, abro con rapidez la puerta de nuestro apartamento y cojo un casco negro, de ésos que se usan para hacer skateboard. El casco luce una pegatina en su frontal con una calavera flameante. De la boca salen dos tibias cruzadas que la calavera muerde burlonamente. Me lo he puesto con diligencia y limpieza demostrando la mecanicidad del acto y me he excusado:
- Qué tonto, ya se me olvidaba.
Allí estamos los dos, recién empezado el día, frente a frente, intentando adivinar, aún sin saberlo, qué suerte de designio nos traerá la mañana, qué soplo u olvido. Tengo un aspecto entre ridículo y anacrónico con mi camiseta raída de propaganda, mis vaqueros desgastados y mis sandalias con calcetines blancos. Lo sé y casi me ruborizo, pero al ver la sonrisa franca y limpia que Lucía ha esbozado me he sentido un hombre feliz, anodado quizá, malvestido, perdido como siempre, pero feliz. Trazo con mi dedo una curva invisible en el cielo, cierro los ojos y respiro. El día ha empezado.
Ya podemos montar, me he dicho, y avanzamos entonces con ritmo suave y placentero hacia el Jardín de Infancia de Lucía. La mañana invita al optimismo. Hemos atravesado una avenida escoltada por olmos a derecha e izquierda, un lugar donde cada miércoles y sábado se instala el mercado ambulante de la ciudad. Pasamos por delante de un enorme edificio de ladrillo con aspecto de hospital de principios del siglo XX y Lucía ha gritado:
- Papi, papi, la escuela de Naya
Me sobresalto ligeramente ante la alerta y la premura de Lucía. Bajamos una cuesta pronunciada y llena de badenes que impiden a los coches conducir a gran velocidad y que condenan a las bicis a frenadas interminables y brincos constantes. Los frenos chirrían y rompen el silencio, la armonía de la mañana. La calle nos conduce hasta el puerto y hemos parado en el semáforo del cruce. Lucía ha dicho papá está rojo y me ha indicado con un gesto que no se puede pasar. Mira entonces el monigote verde del semáforo y confundida me alienta para que siga. No comprende esos códigos de verdes y rojos que en su mundo se contradicen, se contraindican. He girado a la izquierda. La calle se llama premonitoriamente Spanien, España y es la que nos lleva al Jardín de Infancia, en realidad una especie de guardería donde los niños junto a sus cuidadores, pedagogos se llaman hermosamente en danés, esperan la llegada del autobús. Lucía va a un Jardín de Infancia que está en las afueras de la ciudad; es una vieja escuela convertida en algo así como una granja con animales, talleres, mucho espacio. Allí los niños aprenden a trepar por los árboles y a caerse sin hacerse demasiado daño.
Hemos llegado. Aparco la bici e intento quitarle el casco a mi hija. Yo puedo sola, ha insistido. Es hermosa y testaruda a sus tres años. Sus rizos salen desobedientes y divertidos por debajo de su casco rosa y mientras yo intento con dificultad quitarle el broche ella me ha dicho: Ahora estoy enfadada contigo, y demostrativa y cómica ha torcido la boca y cerrado los ojos hasta casi hacer desaparecer ese color miel que brilla en su cara. Ha arrugado el gesto y triunfante ha repetido: Mira, yo puedo sola, y como en un acto mágico de extraordinaria dificultad y trascendencia el broche ha hecho click.
Son casi las 9 y el autobús acaba de llegar. Me apresuro y escribo en un papel que está a la entrada de la sala, “Grupo sol –el de Lucía- . Recogida a las 4 de la tarde”. Nos ponemos en cola. Los niños han formado una fila y están a punto de salir al patio donde espera el autobús. Søren, uno de los pedagogos, ha abierto la puerta y todos empiezan a desfilar. Algunos muestran una ostensible cara de sueño. Lucía sonríe. Me agacho para quitarle un churrete de la cara, estoy en cuclillas, y en un descuido Lucía busca mi nuca y la besa, Te quiero, papi, jeg elsker dig dice y sus palabras o el impulso de su acto casi me hacen tambalearme. Me levanto, le vuelvo a dar la mano y salimos al patio. En la escalerita de entrada al autobús han colocado un pequeño escalón supletorio para que los más pequeños puedan subir solos. Lucía me suelta la mano, eleva su pie izquierdo con aparente dificultad, la sandalia roza, apenas pisa el primer escalón, se gira, me mira con expresión traviesa, sube el pie derecho y dice adiós con la mano. Gira su palma de derecha a izquierda, sonríe otra vez, entorna sus ojos, y sube a toda la velocidad que puede los tres últimos peldaños. Se ha perdido por el pasillo del autobús. Ya no la veo. Cierro mis ojos, y siento una punzada fuerte de dolor en mis sienes. Puedo seguir viendo sus ojos y su cara y sus gestos: los últimos movimientos gráciles que ha hecho, sentir su boca sobre mi nuca, escuchar su balbuceante te quiero como una caricia en el alma y me pregunto con angustia hasta cuándo, cuántos minutos, cuántas horas, cuántos días tardaré el olvidar ese momento que siento como único y memorable. El dolor de las sienes como un cuchillo perforando, removiéndose con saña en mi cabeza, se me extiende por todo mi cuerpo. Siento una extrema sequedad en la boca y un paladar amargo. Mi pecho, sobre todo el lado izquierdo, empieza a emitir pequeños espasmos, y una náusea se me aloja en el estómago. De pronto pienso en mi infancia y constato como una certeza intolerable que casi no recuerdo nada. Tengo la certidumbre de que es un lugar vacío en mi vida que recorren coches viejos, grandes, lentísimos, un recuerdo contado que yo mismo probablemente he vivido.
Sale el autobús y veo a un padre, de aspecto avejentado y ropa pasada de moda, decir adiós a su hija. Mueve lentamente, casi sin fuerzas, su mano derecha mientras unas lágrimas saladísimas y calientes se deslizan tras los cristales de sus gafas. Quiere esconder el llanto pero le sale de su interior con la potencia que dan la convicción y el fracaso de estar vivo.
- Cuéntame cómo era mi infancia -le he espetado a mi madre nada más llegar a casa.
Al otro lado del teléfono su voz tarda en reaccionar:
- ¿Qué? –me responde sin entender nada.
- ¿Qué cómo era mi relación con papá y contigo? Cuéntame algo concreto.
- No te entiendo. Y corrige: tú eras un niño que no daba ningún problema. Muy obediente, muy formal, muy buen estudiante.
- Sí, mamá, eso ya me lo has dicho muchas veces, pero quiero que me cuentes algún episodio concreto de mi infancia.
- No sé, no me pongas nerviosa – se defiende-. ¿Concreto?
- Sí, una excursión, un día que pasamos juntos en algún lugar. ¿Rituales? ¿Teníamos rituales? ¿Había algo que hiciéramos juntos toda la familia? ¿A qué jugábamos papá y yo?
Mi madre está aturdida. Su mente se ha bloqueado ante una exigencia tan vehemente e inusual. Comprendo que la he conducido a una situación difícil, intolerable. Cambio de tema pero siento una honda decepción, como si la ausencia de ese relato anhelado confirmara mi no existencia, como si mi infancia fuera un período difuso y difuminado del que sólo quedan etiquetas eternamente repetidas, valoraciones sobre cómo era, pero no quién, ni qué, ni cuándo ni cómo. Tengo la extraña sensación de no ser más que una imagen inventada, no real, no aprehensible. Y escucho como un mantra dañino y adormecedor: Eras un niño muy bueno, no dabas ningún problema. Siempre sacabas muy buenas notas. Eras un poco tímido. Muy maduro para tu edad.
Suena de repente la voz semiadolescente de mi hijo mayor burlándose sin crueldad ni malicia:
- El abuelo dice que de pequeño eras un niño raro e inquieto – y lo hace marcando con gracia estos adjetivos y su extraño nexo.
- Pero no sé qué quieres, Lucas . Yo quiero ayudarte en lo que puedo, pero me pones nerviosa. ¿Qué quieres decir con un recuerdo?
- Déjalo, madre.
Mi madre esgrime entonces el argumento de la edad y se excusa.
De pronto, como encontrando en el fondo de mi memoria una historia polvorienta le digo:
- ¿Te acuerdas, mami, cuando leímos juntos los textos de historia y sociedad que yo tenía de deberes?
- Sí – ha dicho no muy convencida-.
- ¿Te acuerdas, mami, que tú me tomabas la lección hasta que yo memorizaba la última coma?
- Claro – confirma con más entusiasmo-. Tú nunca diste ningún problema, siempre sacabas buenas notas.
- ¿Te acuerdas de aquella historia de Volúbilis?
- ¿Vo-lú-bi-lis? – repite preguntando, como si recitara un hechizo o una letanía.
- Sí, afirmo lleno de esperanza.
Estamos al pie de la montaña de Zerhoun, desde allí se divisa casi toda la ciudad. El descenso es lento y nuestro paso cansino. Cientos de olivos se extienden sobre nuestra mirada. Atravesamos un campo árido y extenso. Mi padre se seca el sudor con un pañuelo blanquísimo que luego se coloca en la cabeza. Tú tiras de mí como si tuvieras miedo de que me pudiera escapar. Ya abajo en la ciudad nos topamos con prensas de aceite y tahonas. En un pequeño mercado hay hombres con chilaba y mujeres que esconden su mirada detrás de sus velos. No tengo miedo. Voy de la mano de mi madre paseando por las ruinas romanas de aquella vieja ciudad fundada por los cartagineses en el siglo III. Oulili, susurra mi madre, y yo sonrío con la brisa inesperada que me envían sus labios. Oulili, repito, como un conjuro liberador. Quiero soltarme, hago un amago, levísimo, pero ella no me deja. Me agarra fuerte y me dice que es peligroso. En Oulili –me cuenta- los niños tienen que ir cogidos de la mano de sus padres. Y yo me conformo y no rechisto. Pasamos por el gran arco del triunfo y la basílica y las columnas del templo… Nuestras manos siempre apretadas, cogidas, yo para entonces con miedo en el cuerpo, viendo transformarse aquellas miradas limpias de los paseantes en resplandores esquivos y dolorosos. Tú vuelves a tirar de mí y yo me quedo.
- ¿Te acuerdas, Conchita? – le digo a mi madre.
- Cuando me llamas Conchita es que estás de buen humor.
- ¿Te acuerdas, madre?
Y una nube de silencio nos recorre. Mi madre no sabe mentir y yo se lo agradezco.
Llego a casa por la tarde después de un largo día de trabajo, extenuado pero también confundido por la experiencia con mi madre. Ditte está en la cocina. Es una cocina anticuada, descuidada y pequeña, malpintada de un color naranja cálido, con muebles viejos, poco espacio. Mi mujer no se ha dado cuenta de mi llegada. Estoy parado en el quicio de la puerta y ella al fondo, al lado de la ventana que da a un hermoso patio interior. Viste un vestido negro de tul que apenas esconde el delantal beige que lleva puesto encima. Está concentrada en lo que hace: corta unas patatas con precisión y delicadeza. Tiene puesto el ipod y no puede sentirme. No sé por qué – ¿o sí?- imagino que escucha Che faró senza Euridice? cantada por Andreas Scholl. Puedo escuchar la música y el silencio cálido y distante de mi mujer al mismo tiempo. Y me siento como Orfeo saliendo de los infiernos. Observo sus manos fuertes, su gesto concentrado, la postura ágil y liviana de su cuerpo. La veo de perfil, silenciosa y transparente. La contemplo en silencio, admirado de su recogimiento, del disfrute con que se empeña en la tarea. A pesar de la distancia, casi la puedo tocar con la yema de mis dedos y siento momentáneamente como si recuperara de pronto toda la paz perdida. Me he acercado con sigilo por detrás, sin que ella pudiera notarlo, he buscado su nuca y la he besado suavemente: Jeg elsker dig, le he dicho. Se ha girado sin sorpresa, con suavidad, con un balanceo armónico, de derecha a izquierda. Hay una luz extraña en su rostro, una luz que le brilla desde dentro, que trasciende su cuerpo y me contagia. E intentando no mirarla a los ojos recordando la promesa fatal de Orfeo y le he dicho despacio y muy bajito:
- Volúbilis
- ¿Qué? -ha preguntado extrañada haciendo brillar sus ojos verdes o azules, desarmándome con una sonrisa de sal y vida.
- Quiero que vayamos a Volúbilis –le he dicho. Y el miedo al rechazo me atenaza-.
Inopinadamente Lucía ha entrado en la cocina y con sus gritos y zarandeos ha roto el embrujo del momento. Se ha enredado entre nuestras piernas haciendo cucú cucú y escondiéndose.
Y Ditte sin preguntar, sin esconder su extrañeza, sin ocultar su confusión, sin negarme su temor me ha respondido:
- Iremos adónde tú me digas.
Y al decirlo, como si de un hechizo se tratara, sus ojos han perdido el brillo, sus pupilas se han abierto hasta abismarse. No he podido resistirlo y he desviado mi mirada hacia la ventana de la cocina, la que da al jardín interior de nuestra casa, y sin explicación ni consuelo he vuelto a ver pasar aquellos coches grandes, lentísimos, de mi infancia: un milquinientos, un dodge, un seiscientos, un gordini…

