Volúbilis

- Yo puedo sola – dice Lucía algo enfurruñada, resoluta, mientras me exige con un mohín de enfado conmovedor que la deje ponerse el casco.

Acabamos de salir del portal. Lucía con una ropa que ella misma ha elegido: una minifalda roja con estampados blancos y una camiseta naranja de manga corta. Debajo de la falda lleva unos pantalones blancos, muy finos, de verano. Calza unas sandalias celestes de las que dice siempre que le aprietan. Hay una luz extraña en su rostro, una luz que le brilla desde dentro, que trasciende su cuerpo y me contagia. La miro casi hipnotizado y su voz como una caricia me despierta:

- Yo puedo sola -insiste.

Yo, con mi uniforme de siempre: una camiseta algo raída y de propaganda que pone “Universal dreams”, unos vaqueros azules, desgastados, y en palabras de mi hijo pasados de moda, y unas sandalias ecco con calcetines blancos.

Se ha intentado encajar el casco en su cabeza y hace de nuevo un mohín, esta vez más teatral, indicando que el casco es demasiado pequeño, como si yo tuviera la culpa de haberle comprado uno que no es de su talla. Se enfada y hace bizquear cómicamente sus ojos color de miel. Intento ayudarla con rapidez e impaciencia, pero ella, sentada ya en la sillita de la bici como una reina tirana repite: Yo puedo sola, yo puedo sola, y ha rechazado con vehemencia y determinación mi asistencia.

Son las ocho y media de la mañana, es un viernes de agosto y después de la intensa lluvia de anoche el aire huele a verano danés. Hay una humedad envolvente, acogedora diría, porque me recuerda y me sabe, como en un sueño, o una invención deseada o contada por otros, a algunas mañanas de mi infancia. Yo entonces asomado al patio de la casa de mis padres, viendo pasar los coches, contándolos, identificándolos en un inútil ejercicio de precisión para sorpresa y deleite de los mayores: un milquinientos, un dodge, un seiscientos, un gordini…

El sol ya ha salido y los primeros rayos empiezan a calentar con fuerza la fachada del edificio en donde vivimos. Es un bloque de apartamentos viejo, pero bien conservado, con carácter. Apenas se ve gente por la calle y mientras peleo amigablemente con mi hija respiro hondo, como queriendo apropiarme de todas las sensaciones de la mañana, grabar en mi piel sus dulces latidos, con una conciencia lejana o vaga del paso de los días, del dolor insonsable de la memoria.

Estamos a punto de salir, he quitado el candado con eficacia, soltado la pata de la bici, que ha vibrado al plegarse con un sonido característico que siempre y sólo identifico con la llegada de Ditte a casa, y cuando ya he empezado a levantar mi pierna derecha con la intención segura de subirme al sillín Lucía me ha frenado en seco:

- Papá, tu casco – y me ha señalado la cabeza.

- Ah, es verdad- respondo, reacciono fingidamente- .Ya se me olvidaba.

Vuelvo a entrar en el portal, abro con rapidez la puerta de nuestro apartamento y cojo un casco negro, de ésos que se usan para hacer skateboard. El casco luce una pegatina en su frontal con una calavera flameante. De la boca salen dos tibias cruzadas que la calavera muerde burlonamente. Me lo he puesto con diligencia y limpieza demostrando la mecanicidad del acto y me he excusado:

- Qué tonto, ya se me olvidaba.

Allí estamos los dos, recién empezado el día, frente a frente, intentando adivinar, aún sin saberlo, qué suerte de designio nos traerá la mañana, qué soplo u olvido. Tengo un aspecto entre ridículo y anacrónico con mi camiseta raída de propaganda, mis vaqueros desgastados y mis sandalias con calcetines blancos. Lo sé y casi me ruborizo, pero al ver la sonrisa franca y limpia que Lucía ha esbozado me he sentido un hombre feliz, anodado quizá, malvestido, perdido como siempre, pero feliz. Trazo con mi dedo una curva invisible en el cielo, cierro los ojos y respiro. El día ha empezado.

Ya podemos montar, me he dicho, y avanzamos entonces con ritmo suave y placentero hacia el Jardín de Infancia de Lucía. La mañana invita al optimismo. Hemos atravesado una avenida escoltada por olmos a derecha e izquierda, un lugar donde cada miércoles y sábado se instala el mercado ambulante de la ciudad. Pasamos por delante de un enorme edificio de ladrillo con aspecto de hospital de principios del siglo XX y Lucía ha gritado:

- Papi, papi, la escuela de Naya

Me sobresalto ligeramente ante la alerta y la premura de Lucía. Bajamos una cuesta pronunciada y llena de badenes que impiden a los coches conducir a gran velocidad y que condenan a las bicis a frenadas interminables y brincos constantes. Los frenos chirrían y rompen el silencio, la armonía de la mañana. La calle nos conduce hasta el puerto y hemos parado en el semáforo del cruce. Lucía ha dicho papá está rojo y me ha indicado con un gesto que no se puede pasar. Mira entonces el monigote verde del semáforo y confundida me alienta para que siga. No comprende esos códigos de verdes y rojos que en su mundo se contradicen, se contraindican. He girado a la izquierda. La calle se llama premonitoriamente Spanien, España y es la que nos lleva al Jardín de Infancia, en realidad una especie de guardería donde los niños junto a sus cuidadores, pedagogos se llaman hermosamente en danés, esperan la llegada del autobús. Lucía va a un Jardín de Infancia que está en las afueras de la ciudad; es una vieja escuela convertida en algo así como una granja con animales, talleres, mucho espacio. Allí los niños aprenden a trepar por los árboles y a caerse sin hacerse demasiado daño.

Hemos llegado. Aparco la bici e intento quitarle el casco a mi hija. Yo puedo sola, ha insistido. Es hermosa y testaruda a sus tres años. Sus rizos salen desobedientes y divertidos por debajo de su casco rosa y mientras yo intento con dificultad quitarle el broche ella me ha dicho: Ahora estoy enfadada contigo, y demostrativa y cómica ha torcido la boca y cerrado los ojos hasta casi hacer desaparecer ese color miel que brilla en su cara. Ha arrugado el gesto y triunfante ha repetido: Mira, yo puedo sola, y como en un acto mágico de extraordinaria dificultad y trascendencia el broche ha hecho click.

Son casi las 9 y el autobús acaba de llegar. Me apresuro y escribo en un papel que está a la entrada de la sala, “Grupo sol –el de Lucía- . Recogida a las 4 de la tarde”. Nos ponemos en cola. Los niños han formado una fila y están a punto de salir al patio donde espera el autobús. Søren, uno de los pedagogos, ha abierto la puerta y todos empiezan a desfilar. Algunos muestran una ostensible cara de sueño. Lucía sonríe. Me agacho para quitarle un churrete de la cara, estoy en cuclillas, y en un descuido Lucía busca mi nuca y la besa, Te quiero, papi, jeg elsker dig dice y sus palabras o el impulso de su acto casi me hacen tambalearme. Me levanto, le vuelvo a dar la mano y salimos al patio. En la escalerita de entrada al autobús han colocado un pequeño escalón supletorio para que los más pequeños puedan subir solos. Lucía me suelta la mano, eleva su pie izquierdo con aparente dificultad, la sandalia roza, apenas pisa el primer escalón, se gira, me mira con expresión traviesa, sube el pie derecho y dice adiós con la mano. Gira su palma de derecha a izquierda, sonríe otra vez, entorna sus ojos, y sube a toda la velocidad que puede los tres últimos peldaños. Se ha perdido por el pasillo del autobús. Ya no la veo. Cierro mis ojos, y siento una punzada fuerte de dolor en mis sienes. Puedo seguir viendo sus ojos y su cara y sus gestos: los últimos movimientos gráciles que ha hecho, sentir su boca sobre mi nuca, escuchar su balbuceante te quiero como una caricia en el alma y me pregunto con angustia hasta cuándo, cuántos minutos, cuántas horas, cuántos días tardaré el olvidar ese momento que siento como único y memorable. El dolor de las sienes como un cuchillo perforando, removiéndose con saña en mi cabeza, se me extiende por todo mi cuerpo. Siento una extrema sequedad en la boca y un paladar amargo. Mi pecho, sobre todo el lado izquierdo, empieza a emitir pequeños espasmos, y una náusea se me aloja en el estómago. De pronto pienso en mi infancia y constato como una certeza intolerable que casi no recuerdo nada. Tengo la certidumbre de que es un lugar vacío en mi vida que recorren coches viejos, grandes, lentísimos, un recuerdo contado que yo mismo probablemente he vivido.

Sale el autobús y veo a un padre, de aspecto avejentado y ropa pasada de moda, decir adiós a su hija. Mueve lentamente, casi sin fuerzas, su mano derecha mientras unas lágrimas saladísimas y calientes se deslizan tras los cristales de sus gafas. Quiere esconder el llanto pero le sale de su interior con la potencia que dan la convicción y el fracaso de estar vivo.

- Cuéntame cómo era mi infancia -le he espetado a mi madre nada más llegar a casa.

Al otro lado del teléfono su voz tarda en reaccionar:

- ¿Qué? –me responde sin entender nada.

- ¿Qué cómo era mi relación con papá y contigo? Cuéntame algo concreto.

- No te entiendo. Y corrige: tú eras un niño que no daba ningún problema. Muy obediente, muy formal, muy buen estudiante.

- Sí, mamá, eso ya me lo has dicho muchas veces, pero quiero que me cuentes algún episodio concreto de mi infancia.

- No sé, no me pongas nerviosa – se defiende-. ¿Concreto?

- Sí, una excursión, un día que pasamos juntos en algún lugar. ¿Rituales? ¿Teníamos rituales? ¿Había algo que hiciéramos juntos toda la familia? ¿A qué jugábamos papá y yo?

Mi madre está aturdida. Su mente se ha bloqueado ante una exigencia tan vehemente e inusual. Comprendo que la he conducido a una situación difícil, intolerable. Cambio de tema pero siento una honda decepción, como si la ausencia de ese relato anhelado confirmara mi no existencia, como si mi infancia fuera un período difuso y difuminado del que sólo quedan etiquetas eternamente repetidas, valoraciones sobre cómo era, pero no quién, ni qué, ni cuándo ni cómo. Tengo la extraña sensación de no ser más que una imagen inventada, no real, no aprehensible. Y escucho como un mantra dañino y adormecedor: Eras un niño muy bueno, no dabas ningún problema. Siempre sacabas muy buenas notas. Eras un poco tímido. Muy maduro para tu edad.

Suena de repente la voz semiadolescente de mi hijo mayor burlándose sin crueldad ni malicia:

- El abuelo dice que de pequeño eras un niño raro e inquieto – y lo hace marcando con gracia estos adjetivos y su extraño nexo.

- Pero no sé qué quieres, Lucas . Yo quiero ayudarte en lo que puedo, pero me pones nerviosa. ¿Qué quieres decir con un recuerdo?

- Déjalo, madre.

Mi madre esgrime entonces el argumento de la edad y se excusa.

De pronto, como encontrando en el fondo de mi memoria una historia polvorienta le digo:

- ¿Te acuerdas, mami, cuando leímos juntos los textos de historia y sociedad que yo tenía de deberes?

- Sí – ha dicho no muy convencida-.

- ¿Te acuerdas, mami, que tú me tomabas la lección hasta que yo memorizaba la última coma?

- Claro – confirma con más entusiasmo-. Tú nunca diste ningún problema, siempre sacabas buenas notas.

- ¿Te acuerdas de aquella historia de Volúbilis?

- ¿Vo-lú-bi-lis? – repite preguntando, como si recitara un hechizo o una letanía.

- Sí, afirmo lleno de esperanza.

Estamos al pie de la montaña de Zerhoun, desde allí se divisa casi toda la ciudad. El descenso es lento y nuestro paso cansino. Cientos de olivos se extienden sobre nuestra mirada. Atravesamos un campo árido y extenso. Mi padre se seca el sudor con un pañuelo blanquísimo que luego se coloca en la cabeza. Tú tiras de mí como si tuvieras miedo de que me pudiera escapar. Ya abajo en la ciudad nos topamos con prensas de aceite y tahonas. En un pequeño mercado hay hombres con chilaba y mujeres que esconden su mirada detrás de sus velos. No tengo miedo. Voy de la mano de mi madre paseando por las ruinas romanas de aquella vieja ciudad fundada por los cartagineses en el siglo III. Oulili, susurra mi madre, y yo sonrío con la brisa inesperada que me envían sus labios. Oulili, repito, como un conjuro liberador. Quiero soltarme, hago un amago, levísimo, pero ella no me deja. Me agarra fuerte y me dice que es peligroso. En Oulili –me cuenta- los niños tienen que ir cogidos de la mano de sus padres. Y yo me conformo y no rechisto. Pasamos por el gran arco del triunfo y la basílica y las columnas del templo… Nuestras manos siempre apretadas, cogidas, yo para entonces con miedo en el cuerpo, viendo transformarse aquellas miradas limpias de los paseantes en resplandores esquivos y dolorosos. Tú vuelves a tirar de mí y yo me quedo.

- ¿Te acuerdas, Conchita? – le digo a mi madre.

- Cuando me llamas Conchita es que estás de buen humor.

- ¿Te acuerdas, madre?

Y una nube de silencio nos recorre. Mi madre no sabe mentir y yo se lo agradezco.

Llego a casa por la tarde después de un largo día de trabajo, extenuado pero también confundido por la experiencia con mi madre. Ditte está en la cocina. Es una cocina anticuada, descuidada y pequeña, malpintada de un color naranja cálido, con muebles viejos, poco espacio. Mi mujer no se ha dado cuenta de mi llegada. Estoy parado en el quicio de la puerta y ella al fondo, al lado de la ventana que da a un hermoso patio interior. Viste un vestido negro de tul que apenas esconde el delantal beige que lleva puesto encima. Está concentrada en lo que hace: corta unas patatas con precisión y delicadeza. Tiene puesto el ipod y no puede sentirme. No sé por qué – ¿o sí?- imagino que escucha Che faró senza Euridice? cantada por Andreas Scholl. Puedo escuchar la música y el silencio cálido y distante de mi mujer al mismo tiempo. Y me siento como Orfeo saliendo de los infiernos. Observo sus manos fuertes, su gesto concentrado, la postura ágil y liviana de su cuerpo. La veo de perfil, silenciosa y transparente. La contemplo en silencio, admirado de su recogimiento, del disfrute con que se empeña en la tarea. A pesar de la distancia, casi la puedo tocar con la yema de mis dedos y siento momentáneamente como si recuperara de pronto toda la paz perdida. Me he acercado con sigilo por detrás, sin que ella pudiera notarlo, he buscado su nuca y la he besado suavemente: Jeg elsker dig, le he dicho. Se ha girado sin sorpresa, con suavidad, con un balanceo armónico, de derecha a izquierda. Hay una luz extraña en su rostro, una luz que le brilla desde dentro, que trasciende su cuerpo y me contagia. E intentando no mirarla a los ojos recordando la promesa fatal de Orfeo y le he dicho despacio y muy bajito:

- Volúbilis

- ¿Qué? -ha preguntado extrañada haciendo brillar sus ojos verdes o azules, desarmándome con una sonrisa de sal y vida.

- Quiero que vayamos a Volúbilis –le he dicho. Y el miedo al rechazo me atenaza-.

Inopinadamente Lucía ha entrado en la cocina y con sus gritos y zarandeos ha roto el embrujo del momento. Se ha enredado entre nuestras piernas haciendo cucú cucú y escondiéndose.

Y Ditte sin preguntar, sin esconder su extrañeza, sin ocultar su confusión, sin negarme su temor me ha respondido:

- Iremos adónde tú me digas.

Y al decirlo, como si de un hechizo se tratara, sus ojos han perdido el brillo, sus pupilas se han abierto hasta abismarse. No he podido resistirlo y he desviado mi mirada hacia la ventana de la cocina, la que da al jardín interior de nuestra casa, y sin explicación ni consuelo he vuelto a ver pasar aquellos coches grandes, lentísimos, de mi infancia: un milquinientos, un dodge, un seiscientos, un gordini…

El náufrago metódico

Cuando se pone insistente a mi padre no hay quién le gane:

- Me voy a ir a una residencia – me ha dicho nada más ponerse al teléfono- ¿A ti qué te parece?

- A mí me parece mal – le he contestado- . Uno tiene que estar en su casa –resistir parecía decir- mientras pueda.

Se ha callado. Creo que mi respuesta le ha parecido obstinada, atrevida tal vez, hasta poco respetuosa.

- He visto aquí en Dinamarca a muchos viejecitos encajonados en sus residencias esperando tristemente la llegada de la muerte -he añadido para reforzar mis argumentos-. No me parece una forma natural de morir, papá, sin contacto con los tuyos, con los hijos -le he dicho y he sentido el malestar que da saberse tan lejos y tan poco dispuesto a traerse a un padre a su propia casa- .

Maldigo el individualismo al que nos ha condenado nuestra sociedad, la indiferencia a la que me he condenado yo mismo, y cuelgo resignado. ¿Qué puedo hacer? Claus me acaba de mandar un mensaje al móvil: A las 6 en el club de tenis. El mundo sigue y yo estoy tan lejos. Qué suerte para mi conciencia. Son las tres y media de la tarde. Me quedan un par de horas de trabajo en la universidad. Debo corregir, leer o hacer algo que me evite esta desazón. Olvidar, por supuesto, la conversación con mi padre, ahora que empieza a incomodarme.

Al colgar he apagado la luz blanca y aséptica del techo. Demasiada claridad para mi estado de ánimo. Mi despacho ha quedado en penumbra. Un tenue hilo de claridad penetra débilmente por la ventana que da a mi mesa. Estoy sentado en una posición relajada, feliz la suelo pensar: los pies encima de la mesa, la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, pero no mucho, la espalda algo combada contra el respaldo de la silla; el pequeño flexo iluminando el texto por el lado izquierdo. Suena de fondo, enigmática y casi imperceptible, una pieza de piano de Thomas Køppel, “Improvisationer”. Busco crear una atmósfera que me limpie del hastío moral y la indiferencia que siento. Enterrar la conversación con mi padre, renunciar a la responsabilidad moral que corresponde a cada una de mis actos, a cada una de mis omisiones. Hay veces –me digo-, cuando el alma se resiente y el corazón se resquebraja, en que la poesía se convierte en un bálsamo con el que curar heridas y lamer llagas que supuran. Leo en voz alta –sólo así sé leer poesía- unos versos de Luis Rosales. Imposto mi voz, me siento otro y recito:

Autobiografía

“Como el náufrago metódico que contase las olas que le bastan para morir;

y las contase, y las volviese a contar, para evitar errores…

Han llamado a la puerta de mi despacho. Interrumpo mi lectura. El departamento esta vacío, ya no queda nadie. No me sobresalto pero siento cierta inquietud, la molestia de que alteren mi soledad y todo ese simulacro de trascendencia que he preparado. He dicho adelante conteniendo mi irritación y Lisbeth, una alumna de último año, ha entrado en mi oficina. Me ha dicho en tono suave y bajito, como para sus adentros, que quiere que le dirija su tesina. Amable e interesado, saco mi libreta y empiezo a tomar notas.

- Soy enfermera – me cuenta- y quiero investigar si la gente se muere de manera distinta en España y Dinamarca.

Al principio parezco no entender. Pero ella se refiere a la manera de percibir la muerte, de afrontarla, de hablar de ella, de sentir su aliento, de convivir con ella, de situarla en nuestras vidas o expulsarla razonablemente de nuestra cotidianidad. La he mirado perplejo y he sentido vergüenza al repasar mi lista de temas de memoria de licenciatura: la cortesía, la negociación intercultural, la percepción del tiempo en el mundo de los negocios…

- He visto a tanta gente morir… -y su voz se arrastra y parece perderse en un denso bosque-. He visto la muerte en los ojos de muchos pacientes y he sentido su angustia, su sentido de pérdida y olvido. La muerte es sólo eso -me susurra-, una forma de olvido inexorable y definitivo.

Me asalta entonces, desprevenido y sin defensas, el recuerdo de mi abuela y su demencia progresiva y dulce, que la llevó a la desmemoria, al abandono involuntario de sí misma.

- ¿Usted que hace ahí? -me interrogaba agresiva, cuando me acercaba a su silla de ruedas-. Que sepa usted que esta casa es mía y que no admitimos extraños.

- Abuela, soy yo, tu nieto.

- ¿Mi nieto, qué nieto? Yo no tengo ningún nieto. Haga usted el favor de no tomarme el pelo que ya soy muy mayor.

Me acerco y la beso en la mejilla. Está tan viejita y tiene esa cara tan suave, de agua fría y jabón lagarto verde.

- Qué guapa eres, abuela -le susurro-.

Y como si despertara de un largo sueño me responde con vehemencia, sorpresivamente lúcida:

- Quien tuvo retuvo.

Y sonríe coqueta y se pierde y se va otra vez para siempre. Y allí estaba Lisbeth de nuevo, relatándome el dolor diverso de sus pacientes.

Lisbeth siempre se sentaba en la fila de atrás; callada y reservada anotaba perserverante en su cuaderno mientras yo, ensimismado en mis propias elucubraciones, perdido en mis pensamientos, ensayaba una explicación que nunca sabía adónde me llevaría. Analizábamos las primeras páginas de un texto de Arrabal, Baal Babilonia, creo que se llama. Para variar no tengo ni idea de lo que voy a decir y mis ojos imploran suplicantes la ayuda inteligente de mis alumnos. Cualquier reflexión que me saque de este atolladero.

Entonces ella levantó la mano, un brazo largo y delgado que salía de una silueta vaporosa, casi transparente, y me hizo notar, a partir de su lectura personal y poética del texto, que la infancia es ese período de nuestra vida donde el olvido no tiene espacio, el paisaje moral, el ámbito definitivo y delimitado, donde echamos las raíces de lo que somos.

- Somos siempre, a pesar de las mudanzas, el niño que fuimos. Es nuestra afirmación de la vida, nuestro rechazo de la muerte. Cada vez que el abandono o la muerte me acechan – es lo mismo-, me refugio en el paisaje imborrable de mi infancia. Siempre rememoro un verano luminoso y feliz, siempre el mismo, en donde apenas llovía, y donde me muevo serena y segura, melancólica pero no triste, sentada en el asiento trasero de una bici verde y ahora oxidada, conducida por mi abuelo. Es el bosque, y la playa y la casa donde pasé todos los veranos de mi infancia, mientras mis padres, divorciados, hacían sus vacaciones por separado y sin mí. Puede sonar triste, pero no lo era. Fue en ese momento donde la vida se me pegó a la piel, al código secreto de mi alma. Huelo aún la humedad salina de la playa, y siento el frío suave del helado de fresa que mi abuelo me compraba cada tarde, derretido, cayendo sobre mi boca, embadurnando mi cara y mis manos, ensuciando mi vestido. La lluvia aparece de vez en cuando, pero sólo tras los cristales del saloncito de la casa, y me siento pura y feliz.

Lo dijo en un tono melancólico y sin estridencias, sin pretensiones. Sin ánimo de llamar la atención. Sin rubor, a pesar de su timidez y de estar delante de veinte o treinta alumnos. Como si al formularlo públicamente recuperara la inocencia perdida con los años.

Así la conocí. Desde entonces nuestra relación se limitaba a saludos cordiales por las pasillos o a la entrada de clase y una sonrisa aparentemente de cortesía, pero que ambos sabíamos que era complicidad y compenetración, como si sin hablarnos hubiéramos establecido una suerte de comunicación espiritual. Ahora estaba allí medio escondida en la penumbra de mi despacho, sentada en el pequeño sofá situado a la izquierda de mi escritorio. Apenas la miro porque sé que mi mirada la puede intimidar y su fragilidad contradictoria y desafiante me puede condenar a mí a buscar en cada cuerpo deseado el rastro perdido de su alma. No deseo ese castigo. Es una mujer atractiva de unos cincuenta años. Estudia español porque le gusta la música de las palabras, me dice. He aceptado la propuesta. Aunque lo oculto estoy casi estusiasmado. Después de tantas tesinas dedicadas a las diferencias culturales, digamos, superficiales, viene alguien que me invita a indagar en mí mismo, a rasgar la superficie para penetrar en lo que realmente somos, mucho más que piel y cuerpo, alma en un sentido difuso y poético; algo más que materia y racionalidad, emoción y sueños. Trascendencia tal vez.

Se va tan silenciosa y discretamente como llegó dejándome un pálpito de duda y vida. Ha provocado en mí una lluvia incesante de recuerdos que no sé cómo controlar y que sólo lejanamente puedo intuir de qué manera se relacionan. Ha abierto en mí una extraña caja de Pandora. Vuelvo a mi lectura, no sin cierto desasosiego, pero ahora se entremezclan en una misma historia la charla con mi padre y la visita de Lisbeth:

“…hasta la última,

hasta aquella que tiene la estatura de un niño y le cubre la frente,

…”

Y mis recuerdos se hunden en aquel oleaje salinoso y sereno.

- El salitre es muy bueno para el reúma -dice Jerónimo, un vendedor de electromésticos jubilado de Holanda Radio, un amigo de mi padre-, y se marcha, con trote ligero, hacia la orilla de la playa.

Son las 7.00 de la mañana y hemos iniciado los baños matinales del verano. Señoras y señores maduros, me parecen a mí, ellos panzudos y velludos, tan entrañables, con sus bañadores gigantes meyba y sus ostentosas barriguitas; ellas bajitas y de anchas caderas, con gorro de nadar y mucho frío en el cuerpo y la nariz roja. Yo soy el único niño. Cosas de mi padre. El salitre es muy bueno para el reúma – me ha dicho-. Y quiere curarme, de manera naturista o mágica, un pequeño dolor, levísimo, que tengo en mi talón izquierdo.

Mi padre entra parsimonioso, seguro, en el agua. Yo voy de su mano. Tengo unos siete años, llevo un bañador rojo y blanco, y una cara de sueño. Y es una playa del Rincón de la Victoria, de cuando el Rincón era un pueblo y por las noches se contaban historias de la última escapada de El Lute. Entro de su mano y cuando ya no hago pie me subo a sus espaldas, anchas y de hombros fláccidos, y me dejo llevar por su nado de pez gordo y silencioso. Oigo su respiración, lentísima – ahora mismo la percibo otra vez, profunda y lejana-, y me agarro con fuerza a su cuerpo que me parece inmenso, como el de un guerrero mitológico, y pienso, con la certeza de mi siete años inciertos que nunca me podré hundir si voy sobre sus espaldas, que nunca me podré morir si estoy a su lado.

Este recuerdo, imprevisto y motivado, me sorprende, me sacude y me alarma. Se superpone a la llamada de mi padre, a su tono suplicante, a su penoso respirar al otro lado del teléfono. Deben ser casi las cinco y media. Me apresuro. Salgo del despacho, del edificio sombrío del departamento, tomo la bici y me olvido casi al instante de la conversación con mi padre, de la tutoría con Lisbeth, de mis recuerdos tan proustianamente desordenados.

Fuera chispea y un viento molesto frustra mis expectativas de un buen partido de tenis. Siempre subo por la misma, casi única empinada calle de Århus, Langelandsgade. Subo despacio porque mi fuerza deja mucho que desear, pero también –me conformo- porque no me gusta sudar con ropa de calle. Siempre subo por esa cuesta camino del trabajo o del club de tenis, y siempre encuentro, no importa la hora ni el momento del día, a una chica madura de unos cuarenta años, vestida en ropa de chándal, su hermoso pelo rojo recogido en un moño, su rostro tenso y concentrado. Camina con la dificultad que su discapacidad le impone. Me parece que tiene grandes dificultades para coordinar sus movimientos, sobre todo de la parte izquierda de su cuerpo. Pero camina por esa cuesta para arriba y para abajo con una obstinación heroica y singular que me seduce, zarandeando violentamente mi autocomplacencia. La miro fascinado, con un respecto reverencial, mientras sube y baja, en ese esfuerzo titánico que es para mí es una invitación a la vida, una lección. Esta visión contamina extrañamente las otras experiencias vividas esa tarde. Tengo ante mí un puzle que no sé todavía qué imagen o dibujo representa.

Al llegar a casa he puesto la tele. Me molesta el silencio, me produce un asfixiante sentimiento de soledad. Las autoridades brasileñas continúan buscando las restos del avión siniestrado…, y zapeo a toda velocidad incapaz de sorportar la dimensión del dolor que esa noticia me provoca. Siento miedo y escapo. Otra vez.

En casa no hay nadie. Ditte ha dejado una nota escrita con rotulador rojo encima de la mesa del comedor: “Llegaremos tarde a casa. Calienta la lasaña que te he dejado en el horno. Besos”. También ha dibujado un corazón, diminuto y compasivo, al lado de su nombre.

Mientras ceno solo en la cocina, sin entender nada de lo ocurrido, intento terminar de leer este poema que se me ha resistido durante toda el día. Mi padre, y Lisbeth, y el recuerdo entrañable de mi abuela, y la pelirroja hermosa y obstinada, y el corazón compasivo y rotulado de Ditte siguen siendo piezas sin encajar, esparcidas sobre la mesa de la cocina.

Ya no hay impostura, ni simulacro, ni desesperado deseo de huida, sino una decente y franca aceptación de mi fracaso. Leo, y la voz que sale de mí, es yo mismo, un náufrago metódico y rendido, en soledad, desnudo y casi sin fuerzas:

así he vivido yo con una vaga prudencia de caballo de cartón en el baño,

sabiendo que jamás me he equivocado en nada,

sino en las cosas que yo más quería”.

La visita

Hoy ha venido Julián a casa. Es un buen tipo. Trabajador, cumplidor, muy pendiente de su familia. Siempre pensé que era algo aburrido, mirando como mira y sintiendo como siente el mundo a través de su mujer. Demasiado convencional, demasiado débil y humano, demasiado previsible y auténtico. No es un hombre moderno –hemos concluido Ditte y yo tantas veces: No es independiente, ni capaz de vivir su vida, de buscar impulsos fuera.

- Cuando a este tío lo dejen caer no va a tener donde agarrarse. Lo ha apostado todo a un único número –decía mi mujer incisiva y derrotista, con su acostumbrada manía de querer sentenciarlo y analizarlo todo.

Julián trabaja en una empresa de exportación de flores. No le gusta su trabajo ni le pagan demasiado. Tampoco tiene nada que ver con lo que estudió -derecho, la carrera que sus padres le sugirieron- pero le da igual. El sólo ha venido aquí, a Dinamarca, para estar con Lise, y todo lo demás son circunstancias, decorados móviles que ambientan la escena pero no la determinan. Él sólo está concentrado en la acción principal y en uno de sus actores.

- Tu amor es de otro tiempo, Julián, reconocía yo siempre, ya al final de nuestras muchas e interminables veladas de otoño, mientras escuchábamos boleros, nos inundábamos de nostalgia y malta y soñábamos con huir lejos … muy lejos.

Y Julián, alcohólicamente lúcido, respondía invariable, con una honestidad que me zahería:

- Yo amo así, compadre, no sé amar de otra manera. Tampoco quiero.

Casi llegamos al mismo tiempo a Dinamarca y nuestras historias, en cierta manera, se parecen. Se cruzaron primero: Él como yo eligió vivir aquí por amor, amor intercultural, le gusta decir; a él como a mí nos ha costado integrarnos en este país, entender y aceptar su ritualizada fisonomía, su sofocada y triste represión de la espontaneidad y los sentimientos. Él y yo –supongo- lo aprendimos, o lo aceptamos sin entender, impelidos por un deseo inexplicable de evitar el desastre, la angustia, la separación, el vacío.

Es eso lo que nos une: una vaga fraternidad de náufragos perdidos en el mismo mar.

Se separaron después: cuando él decidió jugar a romántico suicida y entregar sus manos y sus ojos, su vida, a Lise, la mujer, frágil y hermosa, de la que se enamoró; mientras yo, más pragmático e inseguro, decidí diversificar mis inversiones sentimentales y mis afectos entre mis hijos, mi mujer, mi trabajo, una red tupida de amigos sólidos y fáciles de usar –los del instituto, los del tenis, los del yoga, los del curso de tango, los de la biodanza- y algunas amantes esporádicas que me hacen apreciar lo que tengo y no renunciar a mi vitalidad juvenil y egocéntrica. Soy más cínico que él, pero menos idiota. Estoy, creo, mejor pertrechado para la derrota probable y acechante. Soy un hombre moderno –concluyo satisfecho y secretamente-: independiente, capaz de vivir mi vida, de buscar impulsos fuera.

Ha llegado, ha entrado directamente en el comedor, después de saludarnos brevemente, casi con vergüenza, a Ditte y a mí, y ha dicho, enigmático y atribulado:

- La semana pasada Lise se compró unos zapatos rojos de tacón y cuando llegó a casa me los mostró. Pude ver que su sonrisa y su mirada ya no me pertenecían. Quise que la tierra se abriera y me hiciera desaparecer debajo de ella.

A Ditte y a mí nos ha bastado un segundo para asumir la perplejidad inicial y entendernos, para comunicarnos. La he mirado con complicidad y mi mujer se ha levantado, ligera, casi ingrávida, como suspendida en el aire, fascinadoramente irreal; ha acariciado con ternura el pelo liso y negro de Julián y se ha ido a la cocina para preparar café. Quiere dejarnos solos. Sabe que Julián necesita hablar conmigo. Yo la observo como pasmado y en un intervalo fugaz y revelador siento lo injusto que es el mundo y la suerte inmensa que a mí me ha correspondido. Cuando pasa a mi lado cojo su mano con fuerza y se la aprieto, como intentando transmitirle todo el amor, toda la ternura, toda la admiración infinita que siento por ella. Te amo -quiero decirle-, pero un rubor sobrevenido y el pudor que me provoca la triste presencia de Julián me contienen. Callo y recuerdo que un hombre moderno no debe mostrar con tanta franqueza sus debilidades.

- Lise me ha dejado. Me han quitado el suelo de debajo de mis pies- continúa Julián en un tono melodramático y casi patético. Y se ha puesto a llorar desconsoladamente.

Nuestros hijos, ignorando con felicidad excesiva lo que ocurre, desde sus habitaciones arman involuntariamente un alegre jaleo de músicas y gritos. Isak toca el contrabajo en su cuarto, desde donde se escucha una melodía inconstante, a ratos melódica, a ratos desafinada. Naya ensaya, usando una zanahoria como micrófono, el “Womenizer” de Britney Spears , mientras Lucía, con sus tres años recién cumplidos, juega a ser –en un dulce y encantador ataque de regresión- un perrito que ladra y se haca caca por el pasillo.

- Cálmate, le decía yo, con una sombra muy lejana de empatía, como entendiendo con precisión semántica sus palabras pero no el dolor que aquel hombre, ahora tan desvalido, sufría o parecía sufrir.

Ditte ha vuelto con los cafés y se ha sentado a la mesa con nosotros. Ha cerrado la puerta del comedor tras de sí y los sonidos de los niños han quedado en suspenso. Los tres parecemos aislados y dispuestos a la confianza. Más tranquilo ya Julián –seguramente por la mirada atenta y cálida de mi mujer- empieza a contarnos su historia, repitiendo abrumadora e innecesariamente detalles que ya conocemos. Parece regodearse en el sufrimiento y en la autocompasión: su amor ciego, sin matices, por Lise, sus sacrificios por estar junto a ella, la renuncia a su trabajo en Madrid, aprender el idioma, los códigos nuevos, sus intentos últimos y desesperados por acercarse al mundo que Lise recientemente había construido y en el que Julián no estaba invitado.

- Me sentí tan solo, tan humillado, tan rechazado –gemía Julián en un ejercicio melancólico de amor estéril. Yo quería ser parte de ella, parte de su vida, pero Lise había decidido no contar conmigo. Como en una página del Facebook donde mostrar un perfil nuevo, un estado de ánimo que no era más que una pose, una reseña breve y superficial de un libro, Lise inventaba unas nuevas señas de identidad para su personaje. Todo era irreal, pero atrayente y seguro.

Me resultaba tan chocante ver a Julián abatido y triste, él que siempre rebosaba seguridad y autocomplacencia. Recuerdo aún su enamoramiento fatuo y engolado y compruebo ahora que se ha tornado en una depresiva y melodrática estampa de sollozos y compungidos lamentos. Viene a mi memoria entonces cuando se la daba de experto –de pacotilla, añado yo- de la cultura danesa. Si alguien le preguntaba algo sobre los daneses decía de manera provocadora que eran fríos y civilizados, que un día podías encontrarte con una pareja que cenaba amigablemente, con la delicadeza afectuosa de quien se quiere sin prisa y sin pasión pero con comedimiento y respeto en un restaurante, entre velas y luces en penumbra, y que al encontrarlos fortuitamente, días después, descubrías que se acababan de separar o que uno de ellos, al menos, estaba a punto de fundar una nueva familia.

- Es una forma tan civilizada de sentir –añadía- que me dan escalofríos. ¿Imaginas tú acaso que el amor es tan frágil, Lucas?

Hace unos día Julián ha descubierto que su mujer ya no lo quiere, que quiere a otro. Por eso ha venido hoy, entre sollozos, a contárnoslo. Qué irónico entonces recordar la ostentación de sus conocimientos de códigos interculturales, de sus burlas. Me parece estar viéndole ahora, con un cigarillo en su mano derecha y una sonrisa de patán-enamoradizo-alcohólico, riéndose de su propio chiste y hablando como un torbellino – como un libro, me susurra Ditte- de las formas diversas de entender el amor: la suya tan latina y pasional, tan auténtica, tan llena de sentimientos; la de los daneses tan fría y distante, calculada, mercantilizada. Menudo ejercicio deplorable de estereotipización- me digo- ¿O no? , una duda me asalta mientras apuro el último sorbo de café frío que queda en mi taza. Y miro atento esos ojos desgastados, dos cuencas oscuras y tristísimas hundidas sobre un rostro que ahora transmite miedo e inseguridad. Ditte me mira también, dulcemente, con esos hermosos ojos suyos tan azules que tanto me confunden y fascinan.

- Primero fue su obsesión por el trabajo – Julián continuaba-.Todas esas reuniones, esas fiestas tan importantes a las que había que acudir. Luego fueron todas esas canciones que de pronto escuchaba. Una música que no habíamos descubierto juntos y que no sonaba para compartirla sino porque ya la había compartido.

Mientras escucho su cansino y previsible lamento, como un monótono ronroneo, me digo que cómo se puede ser tan estúpido, cómo se puede estar tan ciego a todas esas señales que su mujer le emite: evidentes, claras, manifiestas, transparentes.

- Más tarde- sigue- fueron esos málditos mensajes al móvil de los que nunca me atrevía a preguntar su procedencia. O su rostro escondido tras el ordenador, mientras escribía un mail desde una dirección que yo ya no conocía.

No puedo soportarlo más e irrumpo en su monólogo con un tono provocador, casi chulesco, como queriéndole hacer despertar de un sueño, resquebrajarlo, hundirlo:

- ¿Se ha enamorado de otro, no? –le digo. ¿Y cuánto tiempo lleva con esa fantástica relación?

- Unos seis meses –contesta imperceptible, casi mudo. Humillado.

- ¡Seis meses! – exclamo-. ¿Y en ese tiempo no te has dado cuenta de nada? ¿En qué mundo vives? ¿Eres idiota? Despierta, Julián , ya no te quiere y punto. Y ahora tienes que aprender a vivir con eso. Entiéndelo de una vez, imbécil. Y deja de lamentarte. Me das pena.

Es un pobre diablo, pienso. Se merece que lo hayan engañado.

Julián no ha dicho nada y ha seguido llorando en silencio, con una tristeza honda, escondida e íntima. Un dolor que ni Ditte –con su cercanía- ni yo -con mi franqueza hiriente y abrumadora- eramos capaces de adivinar.

Tras un largo silencio, inopinadamente, como sintiendo la necesidad de terminar ese relato vital, confuso e inacabado, vuelve a decir:

- Hace unas semanas, estuvimos de vacaciones en Noruega. La duda y la angustia me podían. Lise me ignoraba y sólo me decía: Julián, tú y yo no tenemos referencias comunes. Era un latiguillo dañino, como una despedida cobarde y ambigua -ahora lo sé-. Me lo reprochó mientras dábamos un paseo por un lugar donde seguramente pasamos muchas otras tantas veces, pero que yo no distinguía de otros anteriores. Que mi mente era incapaz de registrar, porque el árbol que allí había era un árbol idéntico al de otros paisajes nevados también idénticos. Ahora veo que mi percepción de esos paisajes era desatenta, aislada, no compartida…

Y Julián se abisma en su pena y castiga su olvido, pero prosigue:

- Nos detuvimos a mitad del paseo y sin poderme contener he cogido su cabeza entre mis manos, apretando suavemente los laterales de su cráneo, como amenazando sin querer, si voluntad pero con un deseo confuso y reprimido de castigo. He mirado esos ojos azules, hermosísimos, de los que nunca estoy seguro de su color, como si en el acto mismo de mirar fueran cambiando de tono, los he mirado, digo, fijamente, con intensidad de despedida o pérdida, esos ojos azules o verdes, de un gris tal vez engañoso a través de los cuales he querido yo ver el mundo, mi mundo. Y he visto una mirada vacía, como ausente, sin sombra alguna de afecto, tan lejana, y he sabido en ese mismo instante, después de mucho tiempo, que ya no quedaba esperanza. Y he repetido suplicante, desesperado, perdido: Jeg elsker dig, Lise, jeg elsker dig, te amo, te amo..

La casa ha quedado por fin en silencio. Nuestros hijos se fueron quedando dormidos, abandonando nuestro hogar a un caos y un desorden apacible, nocturno. Las partituras de Isak están tiradas, abandonadas por el suelo. Naya olvidó el cedé encima de la cómoda y las caquitas imaginarias de Lucía quedaron esparcidas por el pasillo.

Pobre diablo, Julián – me digo. Por fin se ha ido. Estoy agotado después de escuchar su relato y aguantar sus lamentos. Su historia, vulgar y previsible, excesiva, me ha hecho sentirme mal. Ditte se fue a dormir hace rato excusando el horario de trabajo de mañana. Yo cruzo ahora, sorteando los olvidos de mis hijos, el pasillo de mi casa, trufado de cachivaches, ropa sucia, disfraces… Voy camino de mi dormitorio, cansado y con un sentimiento amargo. Al llegar al zaguán me fijo en la repisa de zapatos. Casualmente descubro un nuevo par de zapatos rojos de tacón. Están en una de las esquinas de la repisa. Nuevos, resplandecientes, colocados con cuidado y quizá deliberamente ocultos o más bien camuflados. El corazón me da un vuelco pero me tranquilizo pensando que serán una de esas extrañas seripindias de las me habla mi amigo Ángel, el poeta. No hay razón para el pánico, me conformo.

Entro en mi habitación. Por las ventanas, sin persianas, entra una leve luz de luna. Me tumbo en mi cama, en el lado izquierdo. Me giro hacia mi derecha y veo, lejanísima y turbadora, la espalda desnuda, arqueada grácilmente, de mi mujer; se me nubla la vista y quiero morirme de felicidad. En ese instante recuerdo de nuevo los zapatos rojos del pasillo, y presiento la ausencia débil e imperceptible de Ditte en las últimas semanas; también evoco sus ojos azules o verdes, y lamento con una pena hondísima, irremediable, no haberle dicho que la amaba en ese instante preciso en que pasó a mi lado. Y me pongo a pensar, angustiado, cuándo fue la última vez que ella me lo dijo a mí, y descubro como en una revelación dolorosa y convulsiva que hace ya tanto tiempo, tanto…; siento un fogonazo de luz que me deslumbra y descubro entonces que hace años que no me lo ha dicho de la única manera en que ella puede decirlo, de la única manera en que yo quiero oírlo, en la suya, en la de su idioma. Y una angustia terrible y oscura recorre todo mi cuerpo. Pienso en Julián y en su manera arriesgada de amar y sufro en mi propia carne una derrota certera de mí mismo. Me giro dando la espalda al cuerpo ausente de mi mujer y sueño, olvidado y frágil, con la delgada pared que separa el amor del desamor.

En el tren

Me gusta mucho viajar en tren. Quizá en parte por mi educación machadiana, muy apegada a un recuerdo inventado, literario, que me transportaba imaginariamente por esos lugares de España en los que nunca estuve; quizá en parte, absorbido por una extraña fascinación por el tamaño y la eficacia de esas máquinas, tan pegadas al suelo, tan unidas a la historia de Europa, sobre todo a esta Europa septentrional y transparente, metáfora previsible de un progreso industrial que algunos creían ya superado. Tan viejas y tan modernas a un mismo tiempo. Tan románticas.

Cuando vivía en Málaga apenas había viajado en tren, más allá de una excursión algo esperpéntica y absurda que me llevó hasta la Estación de Francia en Barcelona. Estación de Francia, repito ahora, y me suena como un eco, un recuerdo desvaído e idealizado, juvenil, francamente machadiano. Así que en cierta medida es una suerte vivir aquí, porque me he pasado más de la mitad de mi vida en Dinamarca viajando en tren. Ciento cincuenta kilómetros de Århus a Odense y otros tantos de vuelta han marcado un largo período de mi existencia en este país. Una hora y cuarenta y cinco minutos en cada dirección en las que he tenido que aprender a prolongar el tiempo del sueño y del trabajo, convertir mi habitáculo, abierto a pasajeros somnolientos y desconocidos, hostiles a los saludos y las miradas, en una especie de habitación privada, mi dormitorio y mi despacho, donde según los días y las necesidades era, en ocasiones, el cuarto íntimo y oscuro donde dormía plácidamente, ajeno a las miradas de los desconocidos testigos, en otras, mi despacho, donde corregía trabajos, subrayaba notas, leía libros o escribía –con más dificultad que acierto- artículos que luego muy poca gente leería. A la vuelta, cansado ya del esfuerzo, el vagón se convertía en un salita de estar donde solía ver alguna película, leer alguna novela, escuchar música o simplemente dormir.

Los paisajes del trayecto de uno y otro tren –el inventado por mi infancia y el de mi presente irreal- eran distintos, más chatos y homogéneos, más sorprendidos en la vigilia del sueño éstos que ahora vivo; más elocuentes y falsos, más hermosos, aquellos que alguna vez creí divisar; la velocidad de éstos, mayor, comparada con el dulce traqueteo de aquellos trayectos que tal vez fingí, aunque pocas veces llegaron a provocarme el vértigo de no ver nada. Pero sobre todo, el mundo de seres que se arremolinaba con cierta distancia en torno a mí era sustancialmente otro, metafísicamente otro, más reales e indiferentes éstos que ahora sufro, como ensimismados o perdidos en su propia existencia. Un tren diferente al de los sueños de mi infancia, sin duda. Y sin embargo, estos dos trayectos se me superponen en mi memoria, se me solapan. Por eso se me han pegado al recuerdo con fuerza y obstinación y aunque hace ya un par de años que no viajo en esa ruta –que casi no viajo- me ha venido hoy a la memoria una de esas mañanas, cualquier mañana, de hace apenas dos años.

Como cada día en los últimos ocho años me he levantado con fastidiosa precisión a las cinco y cuarto de la mañana. La casa estaba en silencio, los niños duermen , mi mujer se revuelve en la cama apurando la última media hora de sueño. El periódico dormita en el felpudo desde hace ya una hora. Me he duchado con rapidez –desmintiendo todas las acusaciones que vierte sobre mí mi mujer- , me he puesto la ropa, a tientas y sin distinguir el color de la camisa o de los calcetines, con desinterés pero con eficacia – con mal gusto, apostilla con frecuencia mi hijo-, he cogido mi mochila con el ordenador y los libros para las clases, la agenda, la libreta y algunas fotocopias sueltas, he sacado mi bicicleta del sótano comunitario, le he puesto las linternas y me he apresurado, atravesando la oscuridad amarga de la noche, con desgana y disciplina, hacia la estación del tren. No queda muy lejos pero hay que pedalear rápido. El tiempo, como cada mañana, anda muy escaso, y no conviene distraerse. He llegado, he dejado mi bicicleta en el aparcamiento de bicis de la estación, he bajado por una de las escalera exteriores que dan al andén -a toda prisa- y me he dirigido corriendo hacia mi vagón. El tren acaba de llegar.

En el andén 3, cerca de las escaleras automáticas, quietas y como viejas a esta hora del día, el vagón 91, el vagón que he tomado los últimos años, donde viajamos diariamente o con regularidad un pequeño grupo de personas que tiene su trabajo a gran distancia de su domicilio, nos espera allí, silencioso y discreto, con una sombra macabra de burla y familiaridad. Me fascina y me pasma su puntualidad. Me aturde y da vértigo su sola presencia cuando me paro a pensar que me he subido en él, dócil y lastimero, durante tantos años.

Son las 5.50, acabo de picar mi bonotrén y me dirijo como un sonámbulo a mi asiento, el mismo donde me he sentado aproximadamente los últimos ocho años. Ya hay algunos pasajeros acomodados, la mayoría desconocidos, viajeros de un día, con sus equipajes abultados y sus cafés recién comprados, empaquetados y humeantes. Son desconocidos, y siento que no les pertenece estar allí. Me he quitado el abrigo con parsimonia, siguiendo un rito establecido , después he sacado el ordenador, el cable para enchufarlo, la agenda, donde guardo también el bono del tren. Me he cerciorado de que la fecha y la hora marcadas en mi bonotrén se corresponden con exactitud con la de la agenda y mi reloj. He verificado que es viernes, 26 de febrero de 1999. He sentido alivio, como si me hubiera desprendido de una carga, de un temor. Ahora me puedo sentar tranquilo, todo está preparado para empezar el día: billete, trabajo, tareas, vagón … rutina.

Sobre las 5.55 han llegado, casi al mismo tiempo, los otros dos pasajeros con los que comparto secretamente el vagón: se trata de un oficial del ejército, con su uniforme, su boina verde y un malentín de piel marrón en el que guarda documentos que repasa con minuciosidad cada mañana; también ha llegado, apenas un minuto después, una chica joven de unos veintipocos años, oriental, quizá coreana; ella nada más sentarse se pone a leer uno de esos periódicos gratuitos que reparten por la estación, Metroexpress creo que se llama. A los dos los conozco, quiero decir, los reconozco cuando los veo. Con el oficial he compartido vagón los últimos seis años, con la chica coreana, los últimos cuatro. Ellos también me conocen a mí. En todo ese tiempo jamás nos hemos dirigido la palabra, nunca nos hemos saludado, ni mirado directamente aunque nos observamos cuando creemos que los otros andan distraídos en sus ocupaciones o su descanso. Somos tres extraños que tienen una precisa pero superficial idea del otro: a qué hora se levantan, qué leen por las mañanas, qué ropa llevan, a qué se dedican… En cierta medida nos conocemos mucho más que la mayoría de la gente, pero ignoramos nuestros nombres, y evitamos el contacto. Somos compañeros de un extraño viaje a ninguna parte.

A veces el excesivo calor de la calefacción, o el traqueteo del tren, o el cansancio de un sueño interrumpido me hacen caer de nuevo, nada más iniciada la marcha, en una dulce modorra que al final me conduce a un sueño profundo y excesivo. En estados así, imagino que el tren acelera aún más su velocidad y se precipita, sin perder el control, por una especie de sima interminable. Tengo la sensación de volar o de escapar – en los sueños estas dos acciones no las distingo- y que sonrío larga y perdidamente, con un placer prolongado, profundo, más bien ausente. En ocasiones encuentro a una mujer a la que nunca antes he visto. Es morena y más pequeña que yo. No recuerdo con exactitud sus rasgos, pero en el sueño tengo la certeza de poder reconocerla entre todas las mujeres del mundo.

El chico con la prensa y el café se acerca arrastrando un carrito estrecho. Me ha dado un pequeño empujón en el hombro y me ha sacado bruscamente del sueño. Lo interrogo con los ojos. Él, con corrección y profesionalidad, me ofrece un café que yo acepto sin haber pedido. Algo aturdido todavía me pongo a leer uno de los libros que tengo sobre la mesa. Echo una mirada a mi alrededor y compruebo la aplicación y el silencio con que trabajan mi vecinos del vagón. Parece una oficina en plena actividad. Al principio de llegar aquí –pienso- me extrañó y me incomodó esta situación y hacía todo lo que estuviera en mi mano por entrar en contacto con estos pasajeros aplicados y desconocidos: iba varias veces al servicio para provocar una conversación, aunque fuera de monosílabos y gestos, decía lo siento, alto y claro, al pasar, para mover a una cierta forma, instintiva o desesperada, de compasión, sonreía…Todo era inútil porque la mayoría de la gente no entraba en mi juego. Me ignoraban. Al final tenía un cierto regusto de pérdida, de fracaso, de exclusión. Ahora, sin embargo, después de estos ochos años parece que he aprendido la lección. Nada me altera ni me pone nervioso cuando entro al tren. Nadie me saluda, ni me sonríe ni me dice nada y, aunque parezca extraño, esta forma de ignorarme la encuentro llena de respeto hacia mi intimidad y mi vida. Es una sensación indescriptible de pertenencia. Mientras reflexiono, bebo un poco del café que tan amablemente me ha servido el chico del tren. Respiro hondo.

Son las 7.02 y el tren se detiene en la parada de Fredericia. El vagón se vuelve a vaciar y llenar. Se ha subido una chica. Al verla, creo reconocer el rostro de alguien muy cercano: es morena y parece algo más bajita que yo. Ha buscado con nerviosismo su asiento y he descubierto con espanto que iba sentarse justo a mi lado. He empezado a retirar mi escritorio: el ordenador, los papeles, la agenda, el billete del tren y ella en un inglés deliciosamente equivocado me ha dicho Not is necessary. Por el acento he adivinado su origen. Española – he pensado. Muchas veces, cuando voy distraído por la calle, juego a ese tipo de adivinanzas, pero he preferido sonreír, decir thank you con la mejor de mis imposturas y continuar leyendo. Corrijo unos textos de alumnos de tercer semestre. Signe, una chica que se pone siempre en la última fila y que jamás dice nada en clase –sospecho que no sabe español- ha escrito el siguiente texto, que ella llama con presunción o ignorancia poema:

invariablente las cosas le suceden a él al que interroga los libros bajo el flexo él descubre el desamparo del artista y asume su rencor al que besa a mi amante en la buhardilla y consume mi deseo él reconoce la estrategia del placer y delimita mi fracaso qué inutil es mi vida en la que nada pasa pasea todo ante mis ojos rozándome apenas los sentidos esta piel que se eriza ya no es la mía es la de un emocionado que contempla al menos él siente pasiones yo sólo observo su mirada aunque sé que detrás siempre habrá alguien que me odie invariablemente”

El texto, juvenil y poco elaborado, jugando a la experimentación mediante la eliminación de puntuación, una licencia de jóvenes aprendices de escritor, me ha provocado una especie de conmoción, ha removido algo en mi interior, no sé exactamente qué, pero me ha dolido. He pensado en esa forma de existencia del paseante, del observador, del voyeur, del viajero voluntario o forzado, como yo, y por unos segundos he visto la vida escapándoseme por entre mis dedos como si fuera un puñado de agua de mar al que sin éxito intentara apresar.

Mi vecina, aburrida o temerosa, se ha puesto a curiosear por entre los objetos de mi improvisado despacho. Ha encontrado, para su sorpresa o su alegría, uno de los libros que yo estaba leyendo, La isla de los jacintos cortados de Torrente Ballester. Ella, como haciendo un gran descubrimiento, me ha dicho ¿español? Y yo, con más desgana que entusiasmo, he asentido. ¿De dónde? -ha continuado- . De Málaga -he dicho casi como un búho. Uy, y venirse aquí tan lejos y con tanto frío… Y ya se disponía, entusiasmada, a iniciar una conversación que la distrajera hasta su destino probable en Copenhague. Hubiera sido muy agradable, me digo. Y descubro su rostro hermoso y familiar. Sin embargo la he mirado con frialdad, le he sonreído y le he dicho en un tono frío, desalentador: Perdona, pero me estoy preparando la clase que tengo que dar dentro de una hora. No puedo atenderte. Su cara se ha estristecido, se ha sentido humillada, rechazada. Yo he contenido cierta lástima que supongo debí sentir por ella. He tragado saliva y he mirado nuevamente a mi alrededor: un vagón a esta hora ya atestado de gente con sus ordenadores encendidos y sus teléfonos móviles empezando a sonar. He echado una ojeada rápida, casi furtiva, y me he cruzado con la fugaz mirada del militar y la coreana y, por un instante, brevísimo, casi imperceptible, he sentido que sonreían, que me sonreían, como si sólo ellos hubieran sabido comprender mi decisión.

Luego he vuelto a mis asuntos: he leído de nuevo el poema –o lo que sea- de mi alumna y he anotado en uno de los márgenes, impulsivamente y con tristeza:

“… qué inutil es mi vida en la que nada pasa pasea todo ante mis ojos rozándome apenas los sentidos…”

La enciclopedia de mi madre

En la clase de historia mis alumnos siempre me ponen a prueba, o al menos así lo siento yo. Es una cuestión de percepción, lo sé, pero es tan difícil no sentirse amenazado por la angustiosa certidumbre de todo lo que uno no sabe ni jamás sabrá.

Parapetados en sus potentes ordenadores portátiles desde los que toman notas o se esconden del aburrimiento que les contagio, o se mandan mensajes o chequean en el facebook, a veces salen de la modorra a golpe de preguntas, entre la diversión y la burla, respetuosos siempre en apariencia, aguijoneados, tal vez, por la curiosidad, y yo me siento como un concursante novato e inseguro, a punto de participar en su primer y último concurso. El primero hoy en abrir fuego ha sido Rolf, que inmisericorde, me ha preguntado por la fecha de la batalla de Salamina. Debía saberlo, lo sé. Pero hay tantas cosas que olvido y muchas más que siempre ignoraré.

Cuatro o cinco de ellos, con un gesto disimulado de superioridad, han levantado sus brazos y contestado al unísono, leyendo en voz alta el artículo correspondiente de la wikipedia, con la seguridad pavorosa de que todo lo que allí se encuentra es cierto, exacto, verdadero, indiscutible. Y yo he sonreído y añadido balbuciente un comentario parcialmente ininteligible que se refería al valor simbólico de esa batalla para Occidente y he citado a un tal Cercas, un escritor español, he dicho, que extrañamente escribió una obra que aludía a la batalla. Ya nadie me escuchaba porque el timbre había sonado y todos iban camino de la cantina dispuestos a tomarse sus sandwiches de huevo duro y gambas y sus ensaladas de pasta.

Solo y apesadumbrado, hundido en mi silla de profesor sin tarima, ni memoria, ni conocimientos he tenido la intuición de que vamos por el mundo aparentando cosas que no somos, pavoneándonos de conocimientos que no tenemos, negando vilezas que probablemente sí cometimos. Y he pensado en mi madre y en una enciclopedia suya – manuscrita e inacabada- que empezó a escribir en el verano de 1997. Y he descubierto entonces, como en una revelación, su honesta manera de no entender el mundo.

Al llegar a casa –inexplicable, pero estas cosas ocurren- ha sonado el teléfono y era mi madre haciendo uso de sus quinces minutos de Telefónica. Yo estaba algo melancólico, decaído, y por ello muy parco en palabras. Sólo hemos hablado un poco de los nietos, el tiempo y la inmensa suerte que he tenido con la mujer que se ha casado conmigo. Al final de la conversación, como saliendo de mi aturdimiento, le he preguntado por su vieja agenda. Por toda respuesta me ha dicho: No te cachondees de tu pobre madre. Al colgar me he prometido escribir esta historia para no olvidarla, tal vez para salir yo mismo de mi propio desconcierto.

“Mi madre escribía en su agenda con letra garabatosa e insegura:

Vargas Llosa se casó con su tía y ese dato autobiográfico se refleja en su conocida novela “La tía Julia y el escribidor”

Acababa de anotar, exhausta por el esfuerzo, contenta sin embargo de acumular sabiduría apenas sin notarlo, como quien no quiere la cosa, alentada por el hormigueo incesante de una nueva curiosidad que la dominaba, que la absorbía y la condenaba a anotar caligráficamente, con felicidad, detalles disparatados y disparejos en su cuaderno secreto.

El mundo se le escapaba de lo grande que era, no podía abarcarlo, era inmenso e indescifrable, pero su agenda, caducada en fechas y citas, le había devuelto un poco de orden al caos no formulado de su existencia.

- Lee un poco más, mamá, así aprenderás cosas nuevas -le había dicho yo en más de una ocasión, sin más intención que la de molestarla o quitármela de encima.

Pero mi madre se lo había tomado al pie de la letra. Ella es así. Cualquier comentario mío, por desatinado o desconsiderado que pudiera parecer, se incrustaba en su corazón con esa fuerza elemental y ciega de la lealtad materna.

Desde entonces, cualquier recorte de periódico, cualquier folleto por extraño que pareciera, podía pasar a formar parte de su acervo cultural, de ese extraño libro de la vida en que fue convirtiéndose su agenda. Bastaba con que la información fuera registrada y considerada por ella como relativa a la cultura para que se aplicara a la labor con esa inexplicable intensidad de quien descubre algo por primera vez y se aferra a ello como un principio turbador, reorganizador de la existencia.

Escribía paciente e ilusionada, sin atisbo de rubor, con disciplina:

Dinamarca es un país de 5 millones de habitantes. Su monarquía es una de las más antiguas del mundo y su reina se llama Margarita

Ella es así. Hermosa y combativa en su permanente ignorancia, en su súbito deseo de aprender, desordenado, intenso, anárquico e impulsivo.

- ¿Se dice “olor” o “loor” de multitud? – me interrumpía en medio de una conversación telefónica. Es que me gusta saber –añadía-. El otro día Marina me dijo que se decía “olor” y como a ella siempre le gusta llevar la razón…

- Míralo en un diccionario, mamá, volvía a recomendarle yo, profesoral y distante.

- Por eso te pregunto a ti- y se enredaba en una larga y disparatada explicación.

El tiempo pasaba y aquel cuaderno crecía en volumen e intensidad, recorrido de metáforas inverosímiles, víctimas de la casualidad y el sentido común, que son las metáforas que perduran. Esos fragmentos, cortos y dispersos, parecían haber ido tejiendo, sin saberlo, a través de meandros imaginarios, de círculos concéntricos sin dibujar, una densa ruta de abigarrado conocimiento esotérico y terreno que llevaba a sus lectores furtivos – sólo yo, que yo sepa, aprovechando las largas estancias de mi madre en la cocina- de la vida privada de escritores a los que nunca leería o actores ilustres a los que era incapaz de distinguir en una película a la geología mineral de países lejanos o a la química amarga de los deseos. Todo cabía hermosamente en ese cuaderno inútil de la vida, todo tenía un espacio y un orden sentimental y jerárquico, empujado por un aliento invencible al desaliento, la necesidad de aprender sin saber cómo, de vivir para anotarlo, para contarlo en esa enciclopedia imposible de la vida, difícil inventario de pasiones sin sentido”.

Hoy me ha vuelto llamar. Es verdad que llama todos los días, pero la llamada de hoy ha sido algo especial. Ha dicho, acelerada y con urgencia, como temiendo que se le olvidara, o que no la entendiera, o que la noticia, extrañamente, caducara: “Tu tío Román ha intentado localizar a tu padre en el móvil durante toda la mañana pero a tu padre se le había olvidado en casa. Y ahora ha vuelto a llamar –continuó casi sin aliento- . Ha leído en el periódico –se refiere al Sur, claro- que … –hizo una pausa como para coger fuerzas- …Dinamarca es el país más feliz del mundo”.

- ¿Mamá, mamá? - interrogo creyendo que la línea se ha cortado-.

- El más feliz del mundo, ¿te das cuenta? Y continua convencida de que esa verdad proclamada por mi tío –como los datos exactos de la wikipedia con los que mis alumnos me humillan- no sólo no podía dejarme indiferente sino que tenía que provocar mi incondicional lealtad y sometimiento a este maravilloso país. Inyectar alegría al tono melancólico de mi voz en la distancia.

Mientras me habla –como siempre que me habla- , sorprendido por la noticia y extrañado de que de esa porción de felicidad nacional me hubiera correspondido tan poco, me meto en la red. Parapetado en mi potente ordenador, ajeno ahora al rumor de la conversación –su monólogo- , tecleo las palabras felicidad y Dinamarca. Efectivamente, la red me devuelve generosa la confirmación esperada: Dinamarca, con su democracia, su igualdad social y su atmósfera pacífica, es el país más feliz del mundo, eso dice la Encuesta de Valores Mundiales. En esa misma encuesta, España se sitúa hacia la mitad de la tabla, en el puesto 44 de los 98 evaluados.

- Sí, mamá –le confirmo- , lo acabo de leer en el ordenador.

Mi madre suspira aliviada. Hoy ha sido ella quien ha colgado antes de alcanzar los 15 minutos que Telefónica le concede al día. Ahora no la escucho ni la veo pero me cuesta muy poco trabajo imaginar cómo se dirige a la mesita donde guarda la vieja agenda, se pone con lentitud las gafas, agarra el bolígrafo y en una de las páginas vacías, cualquier página de su agenda de 1997, escribe, triunfante y satisfecha:

Dinamarca es el país más feliz del mundo y mi hijo y mis nietos viven allí…

Del trabajo

Sé que hay gente que vive por ahí en el extranjero por motivos de trabajo. Ha obtenido uno de esos puestos de ensueño como director comercial de una multinacional, diplomático, funcionario, profesor del Instituto Cervantes, corresponsal, qué se yo, algo que cuando se lo cuentan a uno queda impresionado –tal vez acomplejado y con un poco de envidia: ¡Caramba qué espabilada es la gente … y qué lista! -.

Hay gente de este tipo -lo sé-, aunque debo reconocer que yo no conozco a mucha. Me consta que existen porque leo de ellas en los anuncios y en los periódicos y porque mi madre o alguna de sus vecinas más beligerantes así me lo han referido. Existen lo sé, pero indirectamente, lejanamente, como en un relato distante y con tintes de fantasía. Una leyenda de extranjeros –me digo con ánimo celoso de conformarme. Dejémoslo ahí.

Yo en cualquier caso nunca he pertenecido a ese grupo sino a este otro, del que sospecho somos legión, que trabajamos en lo que nos va saliendo. Aquí o allá, unos con más suerte que otros, para ir tirando: somos la nómina voluminosa y gris, anónima pero viva, de los inmigrantes; nada de una elección meditada y preparada, sólo improvisación y destino. Suerte o … mala suerte. Gente dispuesta a tomar cualquier trabajo por debajo de sus cualificaciones –menuda presunción- con tal de ganar dinero, prosperar, mantenerse, sobrevivir…

Hace algunas semanas el taxi que tomé a Barajas lo conducía un colombiano, reservado pero cordial, que había vivido en Málaga. Informático, según me aseguró. Su relato, decorado con tiros y secuestros de las FARC , concordaba con lo que digo. Aquí, en Århus, las calles de mi ciudad también están llenas de conductores de taxis ilustrados con una licenciatura en Sociología o una ingeniería mecánica, políglotas silenciados por los programas de estudios y las convalidaciones del hospitalario país anfitrión, médicos enfermos de soledad al mando de un mercedes con publicidad obscena de alguna agencia de viajes. Efectos de la globalización, me dicen.

Pero no he empezado a escribir esto para lamentarme sino para intentar contar una breve historia, que como siempre en este blog, es un poco la mía. Me pasó hace mucho tiempo y ahora que se ha hecho vieja como yo puedo empezar a contarla. Ahí va:

“Se lo advertí a mi madre con un tono de falsa amenaza al otro lado del teléfono.

- No vayas a decir que me dedico al periodismo.

Y ella sonrió, y calló y se rió disimuladamente, pero no tanto, porque yo la oí, hasta que al final, como quien cae en la cuenta, preguntó, ingenua y salvaje:

- Y digo yo, ¿y por qué no?

- Mamáááá, por favor – protesté sin vislumbrar posibilidad alguna de éxito.

Yo había llegado no hacía tanto tiempo a esta ciudad, con el ánimo intacto, un optimismo a prueba de bombas y el descarado desparpajo que da el no tener ni la más puñetera idea de adónde me había metido. Esa es que quizá la receta perfecta para escaparte: no preparar la fuga, no tener plan b; no tener plan a. No tener plan. No saber contestar a esa inquietante pregunta de y ahora qué.

Así es como empecé mi aventura laboral en Dinamarca, que intuyo, concuerda con la del taxista colombiano y la de otros muchos emigrantes, cuyo único plan es … ya hemos llegado aquí y ahora ya veremos. Después de intentar denodadamente, y sin éxito, conseguir trabajo en lo mío, para lo que según mi título estaba capacitado, es decir, en el nivel exacto de mis cualificaciones, decidí buscar trabajo en lo otro, o sea, en cualquier cosa, en mi caso, y obligado como siempre por esa ley siniestra y certera de la oferta y la demanda, como repartidor de periódicos.

De los muchos oficioss y lugares en los que he trabajado ninguno me ha deparado tanta felicidad ni satisfacción como este: todos, creo o creo recordar, me han dado una suerte de contento casi siempre retrospectivo, agridulce y suave, un aprendizaje que te llega con el tiempo, a veces, piensa uno, tarde, pero ninguno me ha parecido desde el principio tan certero, tan adecuado, tan liberador, tan creativo como este trabajo por debajo de mis cualificaciones –menuda presunción.

La cosa sucedía de la siguiente manera: todos los días, a excepción de los domingos –mi día libre- , o mejor dicho, todas las madrugadas a eso de las 3.30 de la mañana, cuando la mayoría de los diarios ya habían llegado a la ciudad, nos reuníamos un grupo de 10 ó 12 repartidores, casi todos extranjeros, en un pequeño local semiabierto donde el repartidor con mayúsculas , esto es, el que tenía la furgoneta, había dejado –arrojado- paquetes y paquetes de periódicos. Empezábamos entonces la frenética faena: desempaquetar, comprobar cuáles eran los que correspondían a nuestras rutas, poner los periódicos en unas enormes bolsas de plástico que a modo de alforjas llevábamos colocadas en la parte trasera de la bicicleta y… a pedalear, pedalear, correr, correr, repartir. Así hasta las 7.00 ó 7.30 de la mañana, dependiendo de la distancia de la ruta, de la pericia del repartidor y de las condiciones meteorológicas.

Nunca en mi vida me he encontrado tan en forma (sin pagar gimnasio), tan activo (sin tomar café), ni tan despreocupado (sin ser estudiante) como en ese período dorado de mi vida. Para ganar dinero suficiente para sobrevivir había que tener al menos tres rutas y ello suponía hacerlas todas corriendo. Cabe recordar que en esta ciudad la mayoría de los edificios , antiguos pero bien conservados, no disponen de ascensor y que el cliente lo que desea no es sólo el periódico sino escuchar cómo éste se desliza por la rendija de la puerta, saber que pronto tendrá que levantarse, preparar el café, comenzar la rutina implacable y deseada del día. El trabajo consistía, pues, en bajar de la bici rápidamente, justo al pie de cada portal, sacar el manojo de llaves, encontrar la llave correspondiente (numerada) o el código de la puerta, sacar los periódicos (yo tenía 5 diarios distintos) y dejarlos caer suavemente dentro de la rendija de la puerta del abonado. Sencillo, limpio, satisfactorio. De todos los trabajos que he tenido en mi vida, el único, pasados los primeros días (al principio uno confunde calles, números, apellidos, periódicos), que nunca me ha producido irritación, frustración. Objetivo, mecánico, solitario. Terminado, cerrado, concreto.

Son las 4 de la madrugada de un día cualquiera y aquí estoy sentado en mi despacho, junto a mi ordenador, empecinado en realizar un trabajo, que según todos los parámetros, se ajusta milimétricamente a mis cualificaciones. Quizá objetivamente, por encima de mis cualificaciones – justo es reconocerlo. Tengo insomnio y siento esa punzada de dolor que me da el haber hecho una pregunta errónea o inadecuada en clase, haber escrito un comentario demasiado duro, no haber sabido motivar a uno de mis estudiantes. Ando dándole vueltas a errores, situaciones del día, comentarios inapropiados, gestos feos …, y entretanto, contrariado, miro la curva detestable e indecente de mi barriga. Son las cuatro de la mañana, sí, y no puedo dormir y oigo el abrir violento de una puerta – la de mi portal- en la noche, unos pasos acelerados subiendo las escaleras y el roce del papel con el metal de la ranura de la puerta. El periódico que cae sobre el felpudo que tenemos en la entrada: un sonido perturbador que sin embargo me alivia. Lo reconozco de inmediato. Como en trance me dirijo con paso cansino hacia la entrada y mientras recojo el periódico desl suelo me pregunto qué títulos y sueños traerá ese muchacho debajo del brazo. Y una sonrisa se esboza en mi rostro pensando en aquella lejana conversación telefónica con mi madre y quiero saber entonces quiénes de sus vecinos, tal vez los más beligerantes, han descubierto ya qué clase de periodismo ejercí”.

Cosas del tiempo

He tenido un día agotador. Siempre me pasa cuando trabajo, que en contra de mi voluntad, es la mayoría de las veces. Pero hoy ha sido especialmente duro: los alumnos no querían entender nada y yo insistía e insistía. O yo era el que no entendía nada y por eso los alumnos insistían en que me callara. Nunca se sabe: casi siempre me empeño en cosas en que la mayoría no está interesada. En clase me pasa frecuentemente.

No lo recuerdo con exactitud, pero el tono, la cadencia lacia con la que hacían las preguntas, la profusión de mensajes que se enviaban, la manera insistente en que iban al baño o se sonaban la nariz … Había demasiados datos que estaba pasando por alto o que directamente había decidido ignorar. Días así los tiene cualquiera. ¿O no? O a lo mejor es que tengo que revisar este empeño mío por insistir en cosas en las que los demás no están interesados.

El caso es que después de un largo día de clases hemos tenido claustro de profesores. Dos horas y cuarto de intensa reunión con un orden del día apretado de 7 puntos, 18 documentos anexos, una actividad de trabajo en grupo, un moderador implacable con el horario y con el turno de palabra, y una pausa para estirar las piernas y hacer las necesidades (yo no pude hacer las mías, porque lo que más necesitaba era irme a casa).

Uno de los puntos se refería al calendario escolar 2009-10. Sí, ya sé, estamos todavía en el 2008. Pero nosotros en Dinamarca tenemos la costumbre –o debo decir manía- de planificar con tiempo de sobra, pare evitar imprevistos, vaya. Así no se nos echa el tiempo encima. Ni el tiempo ni nada.

Después de un par de interlocuciones más o menos acertadas, dos comentarios que no venían a cuento y una corrección idiomática –la de Kirsten, claro – , hemos acordado entre otras cosas, el día en que haremos la comida de Navidad. Uno de los vocales de la comisión encargada de organizar fiestas, el entrañable Lars –lo llamamos así, porque siempre que se toma una copa de más dice eso de qué buena gente es- , propuso el jueves, 17 de diciembre. Tras un breve silencio de reflexión o sorpresa, sólo alterado por el abrir y cerrar de cremalleras de las mochilas clónicas que todos los profes de instituto llevamos en este país, pasar precipitado de hojas de agenda, movimientos incómodos en las sillas, Torben, un colega de matemáticas que casi nunca dice nada en los claustros, alzó su mano derecha, amplia y regordeta, nerviosa a juzgar por la manera en que la agitaba, y dijo:

- De ninguna manera. Para ese día, tengo organizada una visita a la residencia donde vive mi madre en el norte de Jutlandia.

El claustro, es decir, los colegas allí reunidos, empezaban a murmurar descontentos con la propuesta y solidarios con el pobre Torben. Kirsten, la que siempre hace las correcciones idiomáticas, salió en su ayuda:

- Y yo tampoco. Hace meses que hemos organizado el vigésimo quinto aniversario

de la asociación de ex-alumnos del Instituto San Canuto de Odense. Habrá que buscar otra fecha.

Un grupo numeroso de colegas asentía y un creciente rumor de descontento, casi de motín, empezaba a extenderse por la sala de profesores. Algunos, envalentonados por el desorden, sin respetar el turno de palabras que el entrañable Lars con tanta efectividad había establecido, se atrevían a murmurar de eso nada, de eso nada.

Tras una breve pero peleada negociación se acordó por mayoría –que no por unanimidad- celebrar la comida de Navidad del 2009 el 22 de diciembre, un martes lejano en el que ninguno de mis colegas había planeado ningún encuentro. Todo el mundo parecía satisfecho. Lo hemos anotado en nuestras agendas del sindicato y ya sabemos que para dentro de un año y un mes y 8 días tenemos un cita.

A través de las ventanas de la sala de profesores se veía caer la insistente lluvia de otoño y también podía ver mi rostro reflejado, hastiado y algo confundido, pero sobre todo, sorprendido con la naturalidad con la que empezaba a tomarme estas cosas.

Hablar, callar

Antes de llegar a Dinamarca supe –o debía saber- que las palabras o el silencio tienen muchos significados. Aquí viene la anécdota que viví:

Hace ya algunos años, mi mujer y yo –entonces mi novia- ibamos en coche de Almuñecar a Nerja. Conducía un amigo de la familia, danés, que no hablaba español. En todo el trayecto –unos treinta minutos- mi mujer y él no se dirigieron la palabra. Yo podía masticar la tensión –luego supe que sólo era mi tensión- de aquel silencio, pensé, espantoso, larguísimo, insufrible. Al bajarnos del coche, confundido y sin poder explicarme la situación, le pregunté a mi mujer con alucinada extrañeza: ”¿Qué te ha pasado con ese hombre?”. ”Nada, contestó ella con naturalidad”. Yo, sumido en una total incomprensión, insistí: ”Pero…, entonces, ¿por qué no le has dicho nada? Un comentario sobre el paisaje, el tiempo, una referencia a la abusiva construcción en la costa, qué se yo.” Ella constestó, tranquila, imperturbada pero perturbadora: ”No tenía nada que decir”. Y añadió concluyente: ”Vosotros, los andaluces, tenéis horror vacui, miedo al vacío. Por eso rellenáis las paredes de cuadros y pinturas; por eso habláis sin parar, no importa de qué”.

Ahí queda eso.

Otoño en Århus II. Respuesta a los lectores

Viajar a un país del que se desconocen las costumbres, el idioma, las normas es un acto de gozosa irresponsabilidad. En cierta manera es como tener hijos. Si lo meditas y lo razonas, si calculas los riesgos, los gastos, los quebrantos, lo mismo no los tienes. Bien pensado tampoco se movería uno, total, ¿para qué?

Ha sido pues esta gozosa irresponsabilidad, esta curiosidad no documentada la que me ha llevado a tener hijos y mudarme de país . Todavía en los días de otoño, en ocasiones, como en la que que escribí la nota anterior, le agarra a uno la nostalgia e igual se pone uno un poco plomo, y hasta melancólico y juega y sueña con haber hecho lo que no hizo, o peor aún, con dejar de haber hecho lo que hizo. Juegos insensatos de la morriña, el viento y la llovizna.

Hoy cuando venía de mis clases por la noche, en mi bici nueva con dinamo y silla para bebé, dándome el aire –una agradable brisa otoñal- en la cara, el tiempo ya era otro, o era el mismo – un noviembre que hace semanas que empezó y que durará varies meses-, y era yo el distinto; noviembre, digo, y chispeaba y recordaba yo , sonriente, que en danés se dice que no hay mal tiempo si no ropa poco adecuada. También pensé que en noviembre es mi cumpleaños, y que tengo hijos.

Otoño en Århus

También un otoño llegué a Århus hace ya más de 12 años. No sabía nada del país, ni de la ciudad ni de la lengua. Tan extraño me era, tan exótico, tan atractivo por eso. Yo creo que era un desconocimiento razonable y compartido. Cuando volvía de vacaciones a Málaga, los amigos de mis padres me preguntaban por mi vida en Noruega o Suecia, por allí arriba, en el frío, completaban con esmerada inexactitud. Por eso pensé que un blog para hablar de Århus o desde Århus, de Dinamarca o desde Dinamarca, era una deuda pendiente que tenía con todos aquellos compatriotas locales con los que compartí charla, tapas y alucinada geografía. Va por ellos y por los curiosos que se atrevan con este bloguero inexperto.

Otoño es una estación larga, especialmente larga en Dinamarca. Nordbrandt, un importante poeta danés que vivió un tiempo en Torrox, tiene un poema que dice: “El año tiene 16 meses: noviembre, diciembre, enero, febrero, marzo, abril, mayo, junio, julio, agosto, septiembre, octubre, noviembre, noviembre, noviembre, noviembre.”

Cuando llegué a Århus hace más de doce años nunca pensé que el tiempo atmosférico pudiera adquirir una dimensión tan importante en mi vida. El poema que cito más arriba me parecía una simple ocurrencia. Todavía no sé mucho del país, ni de la ciudad ni de la lengua. Pero esta avenida a la que dan las ventanas de mi despacho anuncia un largo otoño de 16 meses y por fin he empezado a comprender las palabras del poeta.

Diario SUR

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