LO SIENTO, SOY UNA SHOE-VICTIM

 

“No puedo evitarlo”, creo que es lo que decía el maquiavélico marqués de Valmont de las ‘Amistades Peligrosas’. Pues yo tampoco. Lo siento, soy una ‘shoe-victim’, que así en british queda más ‘in’, si no, sólo basta que os deis una vuelta por las revistas que pegan fuerte en las peluquerías (por cierto, impagable este foro de mechas, de hecho ya me he pasado por el Jean Louis David en Armengual de la Mota en Málaga capital y te atiende un sucedáneo de Maxim Huerta con un poco más de tripita, encantador; además te cortan el pelo de pie y sin tijeras, qué originales, aunque deberían barrer un poco más el suelo o un poco menos y así van haciéndose una alfombra de pelo natural, ejem). Pues a lo que iba que soy una ‘shoe-victim’, ayer cayó el enésimo par de zapatos de este verano. Los tengo con cuña de esparto, con cuña de madera, sin cuña, con tacón de aguja, con tacón bajo, de pulsera en el tobillo, bailarinas…

No soy yo la de la imagen, pero voy en camino

 

Mi armario no da más de sí, ni mis pies tampoco. Porque claro, una quiere emular esos estupendos fondos de armario (o de zapatero) de las documentadísimas revistas de moda y termina comprándose burdas copias y, sobre todo, dolorosas… ¿por qué duelen tanto todos los zapatos?; ¿por qué domesticar el zapato al pie es más complicado que esas piruetas sobre una bombilla del ‘Circo del sol’? Ay, qué dolor. En invierno, la cosa pasa, el pie se escuda en el calcetín o en la media, pero en verano… tanta proximidad levanta ampollas, y no es una frase hecha. Y claro, una no es Carrie Bradsaw de ‘Sexo en Nueva York’ para apoquinar 600 euros por unos ‘manolos’ (¿cómo le irá al Marichalar con su zapatería?; ¿habrá muchas ‘carries’ por Madrid?).

Tengo amigas que son ideales, yo, que soy muy cumplida, nunca les digo nada porque en realidad las envidio. Envidio esa capacidad para amoldarse a todo o que todo se amolde a ti. Esa capacidad para no escaldarte el pie con un zapato fabricado de goma de neumático (que huelen y todo a Pirelli, que no a pinrelli) y comprado en el mercadillo a 10 euros. Pero chicas, pienso, debéis de tener dos ladrillos en vez de dos pies. Igual que la Cenicienta, que la pobre tuvo que caminar con dos alpargatas de cristal, a mí me pone eso el príncipe y se lo tiro en la cara, vamos, me quedo compuesta, sin príncipe y sin nada.

 

Menudo pie de japonesita que tiene una, que detecta lo bueno de lo malo a distancia. Que yo es coger una de esas chanclas fabricadas con el plástico de tres botellas vacías de Mistol y los dedos de los pies se retraen como temiéndose lo peor. -Tranquilos, tranquilos, … les mando el mensaje desde la parte del cerebro donde se les manda el mensaje a los pies (a saber dónde está) y como que se relajan.

Ahora me he prometido firmemente no comprarme ninguno y domesticar los múltiples zapatos-tortura que tengo, digo yo que alguno se dejará ganar el pulso.

Diario SUR

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