MALDITOS BOMBONES

Desde aquí quiero mandar un mensaje a los creativos de Nestlé: ¿No han pensado en que ya es hora de cambiar el contenido de la caja roja? Cada Navidad descubro con asombroso pasmo cómo sigue estando esa circunferencia con dos granitos de café encima o esa pequeña tartaleta con chocolate blanco dentro.

Ya está bien. Además la dichosa caja roja se ha instaurado como el regalo para aquellos a los que no sabes qué regalar. Y claro, al menos en mi caso, me caen unas cuantas de clientes. En  mi falsa ingenuidad prolongo y retraso la apertura del regalo, fantaseando con lo que podrá ser. Para qué, al final no sólo es la consabida cajita, sino que, además, dentro lleva lo mismo de siempre. Doble desilusión.

SURREALISMO EN PARCEMASA

Es llamativo con qué asiduidad vamos en esta ciudad al cementerio. Da igual que fallezca alguien cercano o el padre del hermano de un compañero de trabajo. Enseguida se corre la voz, nos damos el ‘tú la llevas’ de la mala noticia y acudimos todos prestos a dar las condolencias. Da igual que conociéramos al finado en vida. Eso es lo de menos. La verdad sea dicha, siempre cuesta tirarse para Parcemasa, para qué nos vamos a engañar. Pero una vez allí, y pasado el mal trago de dar el pésame, no se está tan mal. Por lo general, siempre se conoce a alguien y tras un primer intercambio de frases protocolarias (las típicas “no somos nadie”; “hoy estamos aquí y mañana allí”) se pasa a cualquier tema por inapropiado que sea, desde chismorreos del trabajo hasta chistes subidos de tono.

Domingo por la tarde. Aquello tiene más pinta de centro comercial que de camposanto. En la puerta de la tanatosala donde acudo, un hombre mayor, auricular en ristre, radia a los demás el partido que juega el Barcelona. No sólo eso, sino que, como si estuviera en el campo de juego, rubrica con gestos cada jugaba para expresar su alegría o su decepción.

Llega el momento de la visita obligada en San Gabriel, que así se llama realmente Parcemasa: la cafetería. No sé qué empresa la explotará, pero, desde aquí, felicidades. Si lo que quieren es que nos olvidemos de que estamos en un cementerio, lo consiguen. Aquello parece más una tasca de barriada, a juzgar por las múltiples colillas y la suciedad que se amontona en el suelo, por esas solitarias tapas bajo una luz mortecina y por esos uniformes de los camareros y camareras, dos tallas más pequeños de lo estéticamente deseable.

El domingo por la tarde, además, la escena no puede ser más surrealista. Un grupo de hombres de una misma empresa de construcción (todos llevaban, no sé por qué, los mismos chandals de color azul con el nombre de una empresa de construcción en la espalda que me recordaban a mí a la chirigota ‘Lo que diga mi mujer’ que ganó en Cádiz hace dos años) retiran las mesas y se arremolinan alrededor de la televisión. Desde la pantalla, Arús entrevista a una señorita rubia, con dos poderosas razones y un escote que deja a la intemperie su carnal inversión. Lo que dice la explosiva de marras es lo de menos: nadie hace por subirle el sonido al aparato, para qué.

Como un reflejo inverso del grupo de hombres, otro grupo, esta vez de mujeres, cruza la puerta de la cafetería. Todas van con chupas de cuero y el pelo corto. Se sientan junto a nuestra mesa. Yo liquido mi caracola de chocolate, si antes ella no me liquida a mí, a tenor del mal color y de lo derretida que está. No me apetece comprobar la fecha de caducidad. No creo que sea el lugar más adecuado para andar con esos escrúpulos. Escucho algo, no doy crédito. ¿Es un brindis? Lo es. Las mujeres de la chupa de cuero se han pedido un pelotazo cada una y están brindando. ¿Aquí? ¿Ahora? ¿Celebran algo? Será una noche larga.

NO SOPORTO LOS TALLERES

Lo reconozco, lo paso fatal cuando tengo que ir a un taller mecánico. Me siento desvalida, incapaz, inútil… me siento… pues sí, me siento mujer. Es poner un tacón (es un decir, casi siempre voy con zapato plano) en un taller y sentir como esos especimenes varoniles, esos hombres de pelo en pecho (bueno, las nuevas generaciones tiran más para el Neng de Castefa que para Sancho Gracia) se preparan para hacerme un test que ponga bien de relieve mi ignorancia sobre su especialidad. Yo, que no sé diferenciar un coche de otro nada más que por el color, me esmero e intento suplir mi ignorancia (que es absoluta) con descripciones enrevesadas que sirven de bien poco, bueno sí, sirven para carcajeo privado una vez atraviese la puerta.

Pues bien, llevo tres días sin luces ‘de corto’, hoy domingo me urgía arreglarlas y he ido a uno de estos talleres que hay en los centros comerciales. Allí, unos muchachos de mono verde y piercings hasta en las pestañas han descubierto que a mi coche no le pasaba nada:

-¿Cómoooooo?, contesto. Vamos, que me ha dado más coraje que no tuviera nada que si lo hubiera tenido.

-Señora que a esto no le pasa ná

-Pero cómo no le va a pasar nada si llevo tres días sin luces y me han llamado hasta la atención por la carretera

Entonces llega el momento cumbre, el momento álgido, ese concilio de compadreo masculino consistente en miradas cómplices, ligera inclinación de cabeza y alzamiento de ceja; el puro y llano reflejo físico de… “Si es que las mujeresss….”

Contengo mi ira e intento explicarles (sin éxito, ya he perdido la escasa credibilidad con la que entré) que las luces no funcionaban y les intento poner en antecedentes:

-Pero, cuáles señora

-Esos dos focos grandes, contesto en una nueva muestra de mi pericia léxico-mecánica

Silencio absoluto. Cada uno vuelve a sus quehaceres y me dicen que saque mi coche.

-Las ruedas rectas para atrás…, me espeta un chavalín que todavía no ha abandonado el Clean-and-Clear

Se me cala dos veces, tres… logro salir. No soporto los talleres.

HARTA DE…

Estoy harta de salir por las noches (y mira que salgo poquísimo) y volver con el mismo mal cuerpo. Harta de buscar aparcamiento, de entrar en locales que no me dicen nada, de borrachos, de buitrones sin estilo que la única forma que conocen para entablar una conversación es empujándote o agarrándote del pelo (¿reminiscencias de la cueva?). ¿Tan difícil es entablar una conversación normal? Harta de tener miedo cuando algún descontrolado le da por empezar una pelea sin motivo o la toma con las botellas desperdigadas por el bar y las estrella contra el suelo, harta de no poder moverme porque tengo un tío de 2.10 que me aísla del resto del bar, harta del humo y de los que lo generan mientras pasean el cigarrillo a ras de cintura buscando la próxima prenda a la que marcar a fuego, harta de maquillarme y de desmaquillarme, de equivocarme siempre con la ropa (siempre paso frío o calor), y de volver a equivocarme con el calzado (me importa un bledo si el tacón estiliza, la próxima vez me voy en zapatillas… ojo, recordar leer esto la próxima vez, si no cometerás el mismo error again and again). Que eso, que estoy harta.

RABIOSA

Aún a estas horas escribo esto rabiosa y enfadada y cuando me pongo así me temo, no controlo. He ido a almorzar con unos amigos (ufff, debéis de pensar que me paso todo el día por ahí de tapeíto, ya quisiera) para celebrar mi cumpleaños. Reservo en un bar que se llama Miguel, un bareto pequeño con mala pinta en el barrio malagueño de la Trinidad, pero donde ponen un pescaíto increíble. A mis amigos les encanta, a mí también. Somos 15, pero cinco se caen a última hora. Tuvieron  un cumple el sábado y terminaron con el estómago hecho polvo. Eso que se han ahorrado. Vamos, se han evitado verme hecha una energúmena.

 Aviso a una de las camareras para que retiren una mesa. Me dice que es imposible porque la mesa, en realidad, es una tabla (una, que va a locales de high-standing).  Tardan media hora en hacernos caso, mientras pellizcamos trozos de pan. Al final llega un hombre con cara de malas pulgas y empieza a retirar los platos que sobran de mala gana y nos echa en cara que faltemos cinco.

-Es que no han podido venir porque están malos, le explica mi amiga.

-Pues eso se avisa, contesta el fulano en plan desagradable.

 Sí, con un fax, no te jode.

Me rebelo, monto un guirigay y nos vamos. No soporto que me traten ni que traten a nadie que va conmigo así.. En mi trabajo aguanto a quien tenga que aguantar y trato a la gente con educación, ¿por qué en la hostelería los camareros tratan a la clientela como si le perdonaran la vida?

Sin título

Una parada, un semáforo. Un ratito para observar, apenas un par de minutos. A mi derecha (no soy experta en plantas) un ave del paraíso. Toda la mediana de la calle Pacífico está llena de ellas. Quizá dentro de una semana ya no estén. Una foto.

Díganme ilusa

 

Yo es hojear los dominicales del fin de semana y me entran unas ganas locas de consumir… Sí, así como lo leen, yo es que soy de impacto fácil. A mí, lo confieso, siempre se me van los ojos a las páginas impares. Esas en las que las grandes firmas de cosmética te anuncian sus impresionantes adelantos, siempre ejemplificados en inmaculadas caras de niñas de 18 años. Caras inalcanzables porque, desengañémonos, no son de las que se hacen a golpe de crema pastelera. Y miren que yo siempre caigo. ¿Ingenua? Pues sí. Porque yo soy de las que me leo esos anuncios de ‘pe’ a ‘pa’, incluidos esos asterisquitos tan monos que aparecen junto a cifras de impacto: ‘Tus arrugas un 80% menos profundas”, y que después te remiten a una esquinita casi imperceptible en la que a duras penas puede leerse: pruebas realizadas en laboratorio a 40 mujeres. Ríanse ustedes de las estadísticas del CIS. Estas sí que son muestras fiables. Sobre todo porque habrá que ver a esas 40 mujeres (no se olviden de que a 8 de esas pobres féminas-cobaya no les funcionó, que ya es mala suerte) porque si son como las del anuncio, apaga y vámonos.

La técnica de captación ha ido evolucionando (les habla una experta) y hay una modalidad nueva. Están los anuncios de cosméticos que aparecen acompañados por caras de famosas. Esos son de mucho leer y muchos gráficos muy sesudos, aunque al final el producto parece limitarse a un paté de caviar o de algas que, como no podría ser de otra forma, resulta sólo accesible para esos rostros populares.

Lo de los gráficos me encanta, ya les he dicho que, de partida, me los creo todos. Bastante intrigada me tiene, sin embargo, un anuncio publicado este fin de semana en el que aparece una arruga antes y después. Por más que miré y remiré (la luz de mi mesita de noche es bastante potente) no pude ver la diferencia por ningún lado. Me dije, el publicista se ha equivocado y ha metido la misma foto dos veces, porque ya son ganas de vender mal el producto. Y es que una quiere tener esperanza en algo, aunque sea en un tarrito de 25 mililitros cobrado a precio de oro.

Yo soy de las que me leo las instrucciones de cualquier producto cosmético y creo que va a hacer en mí según su palabra, bueno, en realidad, la palabra del becario de tercera que haya redactado el panfletito. ¿Que dice que los primeros resultados se notan a los ocho días?, yo espero los ocho días de rigor; ¿qué veinte?, pues amén. Ahora mismo voy por el día siete de una crema para los ojos buenísima (eso dicen) y carísima. Me queda uno. De momento me ha salido una roncha de alergia y un orzuelo. Vamos, que como mañana me salga algo más no se me van a notar siquiera las patas de gallo.

EL TIEMPO

Javier Marías sabría explicarlo mucho mejor que yo, pero la sensación es la misma. No tengo tiempo. El tiempo se me va entre las manos. El reloj juega en mi contra y me angustia, a la par que sigo contando y recontando las múltiples cosas que tengo que ir haciendo a lo largo del día, de la semana… El tiempo me ha vuelto también irascible. Me molesta cualquier interrupción, encontrarme por alguien por la calle, una llamada telefónica… al final todo lo veo como un frenazo, unos segundos de menos. Y, luego, claro me siento culpable. Necesito tiempo. No sé dónde leí que existían bancos de tiempo. Allí pediría yo un préstamo, ahora mismo, sin perder un segundo.

ME HA MIRADO UN TUERTO

Tengo complejo de rica. Sí, sí, lo juro. Porque a mí en esta vida nada me sale barato. Es que yo debí nacer en otra familia. Se lo tengo dicho a mi madre y a mi padre, pero claro, ellos me miran con cara extraña. De momento, no me atrevo a preguntarles si soy adoptada, porque si me he guardado 31 años la duda, creo que podré hacer el esfuerzo y reservármela un poquito más. Y no es que yo desee nadar entre doblones de oro. Para nada. Ni siquiera tengo retentiva para saber cuándo debo echar la bonoloto, el combo-once o la primi-niela. Incluso, si por agotamiento (la vendedora que pasa por mi trabajo es un poquito pesada) compro algo, ni siquiera lo compruebo. Luego, cuando toca la limpieza de bolso, descubro ‘cienes y cienes’ de papelitos que me advierten de que si alguna vez ese código coincidió con una combinación millonaria, que me olvide, porque ya se ha pasado el plazo de cobrar nada. Acto seguido me entra el yuyu, y los papelitos van directamente en forma de confeti a la papelera.
 
Lo de complejo de millonaria viene porque a mí todo me sale caro. Estoy rodeada de gente que consigue gangas increíbles, mientras que a mí, hasta los saldos me salen a millón. La gente compra ‘pisos-chollo’, consigue préstamos a intereses íncreíbles, fichan al mejor electricista del mundo que encima les pone gratis todos los enchufes y les instala, de balde, una bola de discoteca en medio del salón. ¿Envidiosa? No, deprimida.
 
Aquí donde me ven me dispuse a hacer una dieta draconiana cuando descubrí que los mismos pantalones que yo pagaba a 45 euros en la talla 44 estaban a seis euros en rebajas en la talla 38. Dicho así parece que soy de la cofradía de la Virgen de Puño, pero es que ya una aprovechó para verse estilosa por una vez en su vida. ¿Resultado? Los pantalones de la talla 38 me quedan grandes y los de la 36, pequeños. ¿Conclusión? Me sigo comprando pantalones a 45 euros (ya van por 60) porque no hay forma de encontrar uno que me vaya bien en rebajas. Obviamente aquí la ‘prota’ tiene unos pies tan delicados que olvídese usted de comprarse unos zapatitos en el MH (léase Mercadillo de Huelin), donde se calzan las más ilustres señoras de la ciudad. Mis pies tienen alergia al plástico y a todo lo que cueste por debajo de los 70 euros. Sencillamente les salen unas ampollas que ni a las hermanastras de Cenicienta.
 
¿Comprar un lavabo? Los hay muy baratos, pero es que en mi cuarto de baño solo entra el modelo ‘X’ que tiene un precio igual de pornográfico.
 
¿Un viaje? Los vuelos baratos se vuelven caros con mi sola presencia y las tasas crecen como la levadura hasta duplicar el precio inicial.
 
¿Un mecánico? Me sangra y, además, me ‘regala’ la excitante experiencia de quedarme sin frenos en plena autovía porque no me cambió los frenos, aunque sí me los cobró.Ž
 
¿Un préstamo por Internet? Me ahorro 100 euros al mes si me cambio a la empresa esa del banquito naranja. Albricias. I canŽt believe it. Pero, claro, la alegría dura poco. Me han pedido que descatalogue mi piso que hace 35 años fue de VPO. Les cuento que un decreto de hace años considera que esa vivienda puede ya fijar el precio libremente. Aun así me obliga a descatalogarla y eso supone… un buen pico. Abort operation. Me quedo con mi hipoteca de siempre que tiene un interés que echa para atrás y que me supondrá un mayor esfuerzo, mientras todos a mi alrededor consiguen hipotecas al Euribor+0,45 o ¡¡¡incluso!!! al 0,35%.
 
A veces pienso que la gente miente mucho o que yo tiendo a creerme lo que los demás me dicen. O es eso, o a mí me ha mirado un tuerto.

GRACIAS SEÑORES FUNCIONARIOS

 
Os voy a contar un secreto. Me encantan las maquinitas esas que filtran llamadas. ¿Sabéis cuáles son, verdad? Sí, esas con voces dulces y maravillosas que te atienden da igual que llames a la Agencia Tributaria, al multicines de las afueras o a la panadería de tu barrio. Ya no hay empresa que se libre de ese servicio tan útil e indispensable y, sobre todo, tan humano… Qué fácil se ha vuelto la vida desde que existen y qué difícil es hablar con quien uno quiere… por no decir imposible.
 
40 minutos de reloj (me encanta esta expresión… de reloj, de qué va a ser si no) sentada frente a un teléfono en la ingenua pretensión de hablar con alguien que me confirme dónde puedo descatalogar mi vivienda que es de VPO. Yo, que en ocasiones parezco ilusa, llamo a ese telefonito de ínformación municipal tan útil que es el 010. Por supuesto, me sale una voz pregrabada que me dice que todas las operadoras están ocupadas (llamo en hora de desayuno, a quién se le ocurre). Al rato, se me pone una chica muy amable, le cuento mi problema y me da dos teléfonos, apuntadlos por si los necesitáis en alguna ocasión, aunque sirven de bien poco:
 
Instituto Municipal de la Vivienda de Málaga: 952 13 54 94 (comunica todo el rato, para mí que alguien lo ha dejado descolgado porque si no, no se entiende)
 
Urbanismo de Málaga capital: 952 13 56 95 (éste debe de estar en una habitación vacía, porque nadie lo coge)
 
Desesperada, alterno mis llamadas. Primero uno (comunica), después otro (nadie lo coge). Cuando me percato de que pierdo el tiempo (no creáis que ha sido enseguida) me voy a Internet y entro en la página del Ayuntamiento (www.ayto-malaga.es), allí encuentro el teléfono de atención al público de la Gerencia de Urbanismo (902 210 250), éste es más divertido, si cabe. Primero te sale una máquina que te da una lista de opciones que debes escuchar hasta el final (se me ocurrió marcar el 2 antes de tiempo y entré en un bucle infernal, porque el dispositivo empezó a repetir una y otra vez lo mismo) y luego elegir opción. Una vez seleccionada, te pasan a tu ratito de espera y musiquita y luego la gran respuesta…
 
-Todos nuestros operadores están ocupados… llame de nuevo más tarde.
 
¿De nuevo? ¿Cuándo? ¿Qué garantías tengo de que mi nueva llamada (cobrada por su puesto) tenga éxito? Ninguna, porque aquí, la inocente comenzó a llamar una y otra vez a su lista de teléfonos sin resultado. 40 minutos, de reloj.
 
Marco de nuevo el 010.
 
-Señorita, que no me coge nadie.
-Ah, bueno, pues le paso directamente con el Instituto Municipal de la Vivienda.
 
¿Directamente? ¿Existía esa opción? ¿Y por qué no me has pasado antes? Allí me atiende una mujer encantadora, todo hay que decirlo y me informa de que por la fecha de construcción de mi vivienda he de ir a Obras Públicas, al edificio negro, y me da el número de teléfono (éste no os lo doy porque funciona… a buscarlo tocan). Me atiende un señor cansandísimo y con un poco de mala ostia. Que si no tengo el número de expediente, nada de nada. Qué bien.
 
-Búsquelo porque si no…
 
Busco y rebusco y lo encuentro. Me planto allí. Llego a la planta 14. Una cola importante frente a la puerta, también 14. Todos venimos a ver si podemos descatalogar nuestras viviendas de VPO. Qué cosas. Dentro de la puerta, una mujer con cara de malas pulgas recibe a los que me preceden.  Creo que oigo una regañina. Me siento como mi perra cuando va al veterinario. Me toca el turno. Tomo asiento, es más bajo que el de ella. Dios mío, como en ‘El Gran dictador’ de Chaplin. Intento ser amable, pero no funciona. La mujer me pone cara larga y aunque me mira, sé que no me ve.
 
-¿Traes el número de expediente?
-No sé si es éste
-No, ése no es
-Pues no sé
-A ver… ay qué suerte has tenido que está aquí (¡¡¡¡bien!!!!, pienso para mis adentros) Hazme una fotocopia de esta escritura
-Es que traigo dos, la de la anterior dueña y la mía, ¿cuál hago?
 
No contesta. Repregunto
 
-¿Cuál debo hacer?
 
La mujer sigue mirando el ordenador, me hace una leve mueca con la boca, pero no contesta. Al final dice
 
-La que quieras
-¿Cómo la que quiera? En una aparezco yo como compradora y en otra no. ¿Cuál necesita usted?
-La que quieras
 
Esto ese kafkiano. Me invade la mala leche, pero estoy tan cansada (no me ha dado tiempo ni a desayunar con tanto ajetreo) que no tengo ni ganas de montar el pollo. Además, de qué serviría.
 
Sólo me queda dar las gracias por la maravillosa atención que se le da al ciudadano. De corazón.
 

Diario SUR

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