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Los niños no son consumistas por naturaleza
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Álvaro Banderas | 25-12-2017 | 21:00| 0

A menudo nos lamentamos y quejamos por lo diferente que son los niños y adolescentes de ahora de los de nuestra generación pero ¿nos hemos parado a pensar que ellos son simples víctimas de lo que han ido absorbiendo e interiorizando desde que han nacido?

En una sociedad en la que somos tan poco dados a responsabilizarnos de nuestros actos y tan proclives a echar la culpa de nuestros males a otros, la educación de los niños no es una excepción. En no pocas ocasiones he escuchado expresiones tales como:

“¡Qué materialistas son los niños de ahora! Yo con su edad era feliz con un juguete al año y que además compartía con mis hermanos. Ahora por más que les compremos, nunca están satisfechos”.

“Los niños de ahora solo quieren regalos, ya no son tan cariñosos como antes. A los de mi generación nos gustaba jugar en la calle, explorar e imaginar”.

Y yo me pregunto, ¿cómo van a ser cariñosos si en vez de jugar e interactuar con ellos les damos un iPad para que se entretengan solos y no nos molesten?

¿Cómo pretendemos que no sean materialistas si en vez de sentarnos con ellos a leerles cuentos e historias para que perciban nuestro calor y se sientan queridos, los plantamos delante de la televisión propiciando que las agencias de publicidad moldeen sus mentes y les creen necesidades de consumo artificiales?

Los niños son maravillosos y tienen un potencial espectacular pues al nacer, a diferencia de los adultos, aún no están infectados por el virus del consumismo que la sociedad ha ido inoculando en nosotros desde que tenemos uso de razón. Está en nuestra mano protegerlos y de paso contribuir a transmitir valores a las generaciones venideras.

Los niños no son consumistas por naturaleza, como tampoco profesan ninguna religión al nacer ni son seguidores de equipo de fútbol alguno, nacen puros y con el cerebro limpio y listo para absorber información. Somos los adultos los que los convertimos en adictos al consumo. Nosotros, dentro de lo que cabe, hemos tenido y tenemos la posibilidad de reflexionar y de abandonar ese absurdo camino que ya está demostrado que no conduce más que a la insatisfacción. Los niños, en cambio, están indefensos y no tienen esa oportunidad, ya que somos los mayores los que decidimos por ellos y los que les dificultamos que desarrollen y potencien otro tipo de valores diferentes a los que anuncian en televisión.

¿De verdad creemos que un niño de 2-3-4 años necesita una fiesta de cumpleaños con exceso de repostería y con una treintena de regalos, la mayoría de los cuales no volverá a usar una vez abiertos? ¿Son ellos los que piden esos regalos o somos nosotros los que, en competición con el resto de padres, enseñamos a nuestros menores a que consideren normal gastar ingentes cantidades de dinero para acumular bienes materiales que después no se van a utilizar?

Cada vez más percibo a la publicidad como una forma de intromisión forzosa (aunque en parte consentida) en nuestra intimidad, en la intimidad de nuestra mente y lo que es mucho peor, en la de nuestros menores. En la mayoría de países “desarrollados” hace ya décadas que es difícil escapar de ella pues nos la encontramos en cualquier esquina, dispuesta siempre a persuadirnos de que compremos el producto de la empresa que ha pagado el anuncio que estamos viendo en ese momento. En lo que a los niños se refiere, este asunto es de vital importancia y por ello no podemos permanecer de brazos cruzados, deberíamos actuar en consecuencia. Sí, es cierto que en países como Suecia o Noruega hay leyes muy estrictas que protegen a los menores de 16 años de este tipo de prácticas abusivas pero, lejos de quejarnos y de esperar a que otros gobiernos tomen nota y planten cara a las grandes compañías para impedirles que abusen de esta forma infame de los menores tratando de convencerlos desde que nacen de que tienen que comprar, en nuestra mano sí que está tomar medidas a título individual en nuestros círculos de influencia. Esperar a que los políticos de turno entren en razón y tomen medidas encaminadas a mejorar la calidad de vida, también emocional, de sus ciudadanos, es mucho esperar pues tal vez ni siquiera saben mejorar la suya propia. No obstante, nosotros, como seres humanos responsables y proactivos, debemos tomar las riendas y plantar cara a estos saqueadores sin escrúpulos que como ya hemos comprobado no dudarán en seguir convirtiéndonos a nosotros, y lo que es aún peor, a nuestros indefensos menores, en meras máquinas de consumo con tal de mejorar sus cuentas de resultados.

 

“Los niños son personas. Son personas pequeñas con almas perfectas que todavía no las han hecho esclavas.” Gerry Spence

Desde aquí hago un llamamiento a todas aquellas personas que tienen contacto directo con niños a que actúen con firmeza y pongan su granito de arena para que la mente de estos menores no sea secuestrada definitivamente por ninguna empresa privada. Sí, lo sé, es todo un reto pues en el otro lado, en el de las grandes compañías de marketing, hace ya tiempo que trabajan prestigiosos psicólogos infantiles para precisamente eso, para influir de la manera más eficaz posible en sus mentes y por tanto en sus patrones de consumo.

Solo si lo intentamos podremos conseguirlo. Al menos pongámoselo difícil. En estos próximos días, con motivo de una importante celebración comercial, tenemos una gran oportunidad.

 

 

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Sabidurías populares. ¿Cuánto vale el tiempo?
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Álvaro Banderas | 07-06-2016 | 11:28| 0

¿Qué precio le ponemos al tiempo libre? ¿Y a las relaciones sociales? ¿Y al contacto con la naturaleza?

En las sociedades supuestamente desarrolladas utilizamos la mayor parte de nuestro tiempo en intentar ganar más y más dinero para gastarlo en cosas que, generalmente, no sabíamos que necesitábamos hasta que la publicidad y propaganda nos lo hizo saber. No obstante, cada vez parece más evidente que, a partir de un determinado nivel de renta que nos permita cubrir todo lo realmente necesario, lo que nos proporciona mayor bienestar es disponer de tiempo libre para invertirlo en las relaciones humanas, en el desarrollo intelectual, en el ocio, etc.

Porque, ¿de verdad estar todo el día ocupados para conseguir más dinero nos hace más felices?

Pero es importante percatarse de ello pues, si no levantamos el pie del acelerador, corremos el riesgo de perpetuar lo que diferentes autores han descrito como el “modo de vida esclavo”, el cual nos hace creer que seremos más felices cuantas más horas trabajemos, más dinero ganemos y, sobre todo, más artículos consumamos.

Sin embargo, no siempre ni en todos los lugares ha sido así. Para muestra un ejemplo de sabiduría popular:

Cuenta la leyenda que un grupo de misioneros se adentró en un lugar perdido de la amazonia brasileña y se topó con un grupo de indios que se dedicaba fundamentalmente a cortar leña con instrumentos primitivos y, en consecuencia, perdían mucho tiempo. Los misioneros pensaron que podían ayudar y obsequiaron a los indios con unas hachas de acero inoxidable bien afiladas.

Un par de años después, los misioneros regresaron de nuevo a esa región y encontraron a los indios charlando tranquilamente a la sombra de un gran árbol. Uno de los misioneros preguntó –“¿Y las hachas, qué tal?”

Uno de los indios respondió –“Son magníficas, tardamos ahora diez veces menos que antes en cortar la leña”.

Inmediatamente terció el misionero –“Supongo entonces que estaréis produciendo diez veces más leña que antes”

El indio respondió perplejo –“No, señor, seguimos produciendo la misma cantidad que antes, solo que ahora, gracias a ustedes,  disponemos de diez veces más tiempo libre para dedicarlo a aquello que tiene que ver con nuestro bienestar y nuestra felicidad”.

Hasta pronto,

Álvaro Banderas.

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Reto para Navidad: CERO €uros en regalos
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Álvaro Banderas | 30-11-2015 | 11:28| 0

¿Os imagináis  un mes de diciembre sin hacer colas en el centro comercial o un mes de enero sin la famosa y temida cuesta de enero? Pues sí, es posible y depende exclusivamente de nosotros. Démosle la vuelta a la tortilla y dejemos de seguir las absurdas pautas de consumo que nos impone la sociedad.

Así que, para esta Navidad, el reto al que invito a unirse a todo aquel que quiera, es el siguiente: No generar ni un solo euro de gasto en regalos, ni comprarlos ni, por supuesto, recibirlos. Consecuentemente, debemos avisar a las personas que deseen regalarnos algo a que no se gasten dinero en nosotros. Ello incluye desde el 1 de diciembre hasta pasada la noche de Reyes, es decir, hasta el 6 de enero, aunque yo aconsejo seguir con esta dinámica también durante las rebajas de enero.

¿Quiere decir eso que no se pueda o no se deba regalar nada a nadie? No, al contrario, pero hay infinidad de cosas que regalar que no cuestan dinero, además de otros muchos artículos que en su día compramos y que hoy andan arrinconados en un cajón, ¿por qué no darle salida y regalárselo a alguien a quien apreciemos? Para que sirva de guía, os paso algunas de las muchas cosas que están mi lista de regalos para estas fiestas:

Regalos inmateriales (a coste cero) para esta Navidad:

Amor, compasión, comprensión, empatía, amistad sincera y desinteresada, buenas palabras, modales exquisitos, besos con el corazón, abrazos con alma, respeto absoluto a otra forma de vida, valores naturales desprovistos de condicionamientos sociales, ideas, conocimiento, humildad, perdón sin condiciones, sonrisas, conversar con interés y escuchando de verdad, serenidad, calma, paz, un paseo bajo la luz de la luna, contemplar un atardecer, un amanecer, etc.

Regalos materiales (a coste cero) para esta Navidad:

Cualquier cosa que tengamos en casa y que le pueda servir a otra persona (y a ser posible que esté en buen estado). Por ejemplo, un libro que hayamos leído y nos haya marcado, música que nos haya hecho soñar, ropa y calzado al que le tengamos cariño, cubertería o vajilla que no usemos (de esa que tenemos de adorno en el salón), mesas o sillas que estén ocupando espacio pero en las que ya nadie se sienta, cuadros que ya solo miramos para quitarles el polvo, figuras de porcelana, relojes de los muchos que llevan años en un cajón, etc.

Como veis, la lista podría seguir y seguir, tanto para lo inmaterial como para lo material. Y es que es un hecho irrefutable que en el llamado primer mundo tenemos muchas más cosas de las que necesitamos, muchas de las cuales ya ni las utilizamos, por tanto, ¿para qué queremos acumular más? ¿De verdad estamos dispuestos a desperdiciar nuestras horas de vacaciones haciendo colas en los grandes almacenes comprando cosas que casi nadie necesita? ¿En serio queremos destinar nuestra paga extra a incrementar las ganancias de las grandes empresas?

Lo más fantástico de todo es que la decisión está en nuestras manos, y si somos capaces de romper con la imaginaria barrera de la presión social nos acercaremos mucho más al corazón de los demás y de paso nuestros bolsillos nos lo agradecerán. Yo lo tengo claro desde hace mucho tiempo y así lo sabe mi entorno. Además, en Navidad coincide que es mi cumpleaños y, como no podía ser de otra manera, el reto lo hago extensible a ese día. Mis regalos favoritos son los inmateriales de la lista de arriba pero si alguien no puede resistir la tentación y quiere regalarme algo material, siempre le recomiendo que no se gaste dinero en mí, que lo que cuenta es el detalle y cualquier cosa usada superará todas las expectativas. Gracias de antemano.

Por tanto, querido lector, ¿te apuntas al reto? Sé que en muchos círculos es complicado pero si estás leyendo este blog de librepensadores, Pensamiento Independiente, es porque en tu corazoncito late algo maravilloso y distinto que te dice que el camino del consumismo irracional no nos lleva a ningún sitio, mucho menos a conectar con nuestro interior ni con el de otras personas. Por tanto, si verdaderamente crees en ello,  has de ser valiente y ser el primero en dar el paso en tu entorno proponiéndoles esta forma de celebrar la Navidad y dejándoles claro que tú lo vas a llevar a cabo. Es muy probable que haya personas que te critiquen, que te llamen tacaño o que simplemente no te comprendan pero poco a poco se te irá uniendo más gente cuando vean la paz que transmites y la satisfacción que te proporciona. Además, siempre puedes echarme la culpa a mí que yo estaré encantado de que me acusen de promover tan noble causa.

Bueno, amigos, comienza la aventura de una Navidad con corazón. Ya os contaré y ya me contaréis.

Un abrazo,

Álvaro Banderas.

P.D.: “La actitud que tome frente a la vida, es la misma que la vida tomará ante mí. El que quiera ser amado, que ame“. Mahatma Gandhi.

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Vivir sin smartphone
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Álvaro Banderas | 10-10-2015 | 07:19| 2

Tras pasar todo el mes de septiembre sin utilizar el teléfono inteligente, puedo comenzar diciendo que la experiencia ha resultado de lo más positiva y revitalizante. Tanto es así que, una semana después del final del reto, aún sigo sin haberlo rescatado del cajón en el que lo metí hace ya más de un mes. A continuación voy a exponer mis conclusiones y a explicar por qué quiero seguir en esta dinámica:

He seguido en contacto con el mundo. Y es que, a pesar de no haber utilizado el smartphone, sigo manteniendo muchísimos puntos a través de los cuales puedo comunicarme virtualmente con familia, amigos y resto de contactos. Teléfono, correo electrónico, redes sociales y skype son los principales. A estos últimos se puede acceder desde el ordenador, tal y como se ha venido haciendo desde hace ya varias décadas.

Mayor control sobre mi tiempo y mis actos. Al tener que encender el portátil para acceder a internet, me ha dado tiempo a saber de antemano qué iba a hacer y de ese modo ir al grano y evitar estar navegando sin rumbo por la red. Esos minutos que transcurren desde que le das al botón de encender hasta que efectivamente se enciende han resultado valiosísimos porque me han otorgado la oportunidad de pensar antes de actuar. Con el teléfono “inteligente” a mano, nunca mejor dicho, no solía pensar sino que directamente entraba y me perdía en un mar de noticias intrascendentes, correos basura o mensajes de grupos de whatsApp que en su mayoría poco me aportaban pero que me robaban mi valioso tiempo.

Mayor concentración y productividad. Al eliminar las distracciones constantes de las notificaciones del teléfono, he podido concentrarme más y mejor cuando me he sentado a leer, escribir, preparar conferencias, temarios, etc., y en consecuencia me ha cundido el tiempo muchísimo más.

Más presente en el aquí y en el ahora. En cada lugar que he estado me ha resultado más fácil poner los cinco sentidos y ser más consciente del momento presente. He seguido practicando el mindfulness (atención plena) aunque ahora con mucha más eficacia. A la hora de comer me centro en comer, a la hora de andar me centro en andar y a la hora de conversar me centro en escuchar atentamente y en hablar con empatía y amabilidad.

Y ahora paso a detallar las principales aplicaciones que usaba con el smartphone y de las que me he privado voluntariamente:

1-Mensajería instantánea (WhatsApp, Line, etc.): Reconozco que es muy seductor tener contacto directo e inmediato con cualquier persona de tu agenda de teléfono pero estos días de abstinencia me han hecho plantearme si realmente es imprescindible. Y he llegado a la conclusión de que NO. Y es que, a pesar de que soy consciente de sus ventajas, no puedo dejar pasar por alto que se pierde mucho tiempo y capacidad de concentración. Por supuesto que he echado de menos los mensajes con algunas personas pero me ha venido bien para fomentar otro tipo de comunicaciones un poco más elaboradas y menos superficiales. Además, cuando he tenido algo realmente urgente que decir, o simplemente me apetecía hablar de verdad con alguien, me ha bastado con llamarla por teléfono.

Me he dado cuenta de que puedo vivir sin whatsApp y de hecho creo que apartarme de esta aplicación me beneficia y me facilita estar más concentrado y presente en  lo que tengo delante de mí, bien sean personas, actividades o, igual de importante, cuando estoy conmigo mismo. Y aunque parezca sorprendente, en mi día a día he podido sobrevivir sin leer los tropecientos mensajes diarios de los distintos grupos. En definitiva, considero positivo no haber dado entrada en mi mente a cada cosa que cada persona decida compartir en cada grupo de whatsApp.

Relacionarse está bien, y me encanta, pero desconcentrarme de mis pasiones cada vez que alguien quiera huir del aburrimiento es un precio muy alto que no estoy dispuesto a pagar.

2-Cámara de fotos del móvil: A pesar de que es muy cómodo tener una cámara de 8 megapixels  y el teléfono en el mismo dispositivo, me he dado cuenta de que no necesito llevar una cámara conmigo las 24 horas del día. Voy más libre sin ella y vivo con más intensidad cada momento. Ya hay mucha gente a mi alrededor que hace fotos y luego me las pasa. Y si un día asisto a un evento concreto en el que me apetece hacer fotos, ya tengo una cámara que hace mucho que no uso, pero que es la que siempre me había acompañado en mis viajes y eventos hasta la aparición del smartphone. Así que es buen momento para rescatarla del baúl de los recuerdos y volver a usarla, eso sí, con moderación. Me gustan las fotos pero ¿realmente necesito hacer un álbum fotográfico cada vez que salgo a la calle? Yo por lo menos no lo necesito, prefiero volver al equilibrio de antaño en el que combinaba fotos con grabar imágenes en mi retina, en mi cerebro y, sobre todo, en mi corazón.

3-Música: Aunque en un principio sí que lo he echado de menos, pues no tengo reproductor de mp3, ni iPod, ni iPad, etc., en cuanto me he acostumbrado a escuchar música a través del ordenador, problema resuelto.

Y es que, navegar sin rumbo fijo por internet equivale a sentarse en el sofá a hacer zapping. Lo preocupante es que ahora ya no esperamos a estar en casa para zappear, ahora navegamos (zapeamos) a cualquier hora del día y en casi cualquier situación inimaginable hace apenas un lustro. A lo largo y ancho del planeta es cada vez más frecuente encontrarse a personas mirando ensimismadas a la pantalla de su teléfono mientras están en la oficina “trabajando”, o en el cine “viendo” una película, o en la playa “disfrutando” de un atardecer, o en un concierto, o en una quedada con amigos, o, mucho más grave aún por las implicaciones que de ello pueden derivarse, conduciendo.

Y estos son solo algunos ejemplos cotidianos. Es una triste, cuando no peligrosa, realidad de la que no quiero ser partícipe. Yo quiero sentarme a tomar un té con un amigo y estar con los cinco sentidos puestos en la conversación, en lo que me está diciendo y en lo que estamos compartiendo, pues las personas con las que me relaciono merecen mi total atención. Quiero ir a contemplar un atardecer y disfrutarlo como si no hubiese mañana. Quiero seguir siendo consciente de las maravillas que el planeta pone cada día delante de nuestros ojos para que las apreciemos y vivamos con intensidad. Quiero ir a un concierto y percibir cada nota, cada acorde, cada pequeño detalle que el artista en cuestión y su equipo preparan con esmero. Quiero pasear y ser consciente de cada paso que doy, de cada persona que se cruza en mi camino, de cada mirada cómplice y hasta de la brisa que recorre mis mejillas. Quiero comer y saborear cada bocado, sentir cada ingrediente en mi paladar. Quiero estar con la persona amada y deleitarme con cada caricia y cada beso, también con cada palabra y cada silencio. Quiero, en definitiva, vivir plenamente cada momento de mi existencia.

Por todo ello, aún valorando las ventajas que ciertas aplicaciones móviles conllevan, considero que el smartphone me quita mucho más de lo que me da. Por tanto, a partir de ahora dejará de ser un aparato vital en mi vida, y aunque no lo tiraré, sí que permanecerá apagado salvo excepciones. No sé si lo encenderé cada cuatro días, una vez a la semana, una vez al mes o si me pasaré un año entero sin usarlo pero lo que sí tengo claro es que ya que le he quitado todo el poder que antes tenía, no se lo voy a devolver y solo lo utilizaré en momentos puntuales y cuando lo considere oportuno.

Y he aquí mis sugerencias para todos aquellos que también quieran desempoderar al smartphone:

Dejar de usarlo como teléfono. Sacar la tarjeta sim y ponerla en un teléfono móvil normal, de los pequeños que no tiene acceso a internet.

Dejarlo en casa. Al haberlo desposeído de su capacidad para realizar y recibir llamadas, ya no necesitaremos salir de casa con él y nos quitaremos un gran peso de encima.

Comunicar a compañeros de trabajo, e incluso al jefe, que NO estamos disponibles las 24 horas del día. Si hay algo realmente urgente que nos llamen al teléfono. Como verán que somos personas que valoramos y respetamos nuestro tiempo,  ellos inevitablemente terminarán respetando nuestro espacio y nuestro tiempo.

Además, ello hará que de forma natural nuestro respeto hacia otras personas también aumente. Recordemos que, al igual que no podemos querer a otras personas si ni siquiera sabemos querernos a nosotros mismos, el respeto que mostramos hacia los demás no es más que un reflejo del respeto que nos tenemos a nosotros mismos. Eso sí, es importante no confundir respeto sincero con miedo, sumisión o buscar complacer a todos. Lo primero es libertad, lo segundo esclavitud. Las personas más respetuosas son aquellas que son capaces de decir “NO” con educación y buenas palabras. Sin embargo, aquellas que no se atreven a contradecir a nadie por miedo a ser rechazadas no son respetuosas sino que denotan una clara falta de autoestima.

No conozco la clave del éxito, pero sé que la clave del fracaso es tratar de complacer a todo el mundo”. Woody Allen

Desinstalar el mayor número de aplicaciones posibles. Me refiero principalmente al correo electrónico, redes sociales, y a aquellas que se suelen chequear con frecuencia. Ya tenemos un ordenador que es más cómodo para leer y escribir. Además, no nos va a pasar nada si mientras estamos cenando con nuestra pareja nos perdemos la última actualización de alguno de nuestros más de mil “amigos” de Facebook. Del mismo modo, el mundo seguirá girando aunque no publiquemos al instante cada restaurante en el que estamos o la distancia, ruta y tiempo que corremos cada día. ¿De verdad creemos que a alguien le importa todo eso aparte de a nuestro propio ego?

A veces la realidad supera la ficción.

Algo me dice que esta moda pasará y de aquí a unos años los gurús de la tecnología habrán sacado otro aparato que se convertirá en el más usado. No sé si serán las gafas de Google, el reloj de Apple o ir de la mano de un robot que hable por nosotros. Si ya han conseguido que hagamos fotos y hablemos por teléfono con una pantalla de 10 pulgadas (tablet), cualquier cosa es posible.

Temo el día en el que la tecnología sobrepase a la humanidad, y el mundo tenga una generación de idiotas”. Albert Einstein

Y todo esto me lleva a plantearme la necesidad de tomar el control de mi vida y de mi forma de relacionarme y de comunicarme con los demás y no dejarla en manos de otros. No puedo permitirme el lujo de ser un mero pelele del mercado, que hoy nos dice que tenemos que comunicarnos mediante iconos, fotos o frases de tres palabras y mañana dirá otra cosa.

En definitiva, smartphone sí pero con autocontrol, moderación y sensatez. Seamos nosotros los dueños de la tecnología y no sus siervos.

Un afectuoso saludo,

Álvaro Banderas.

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Mi reto de septiembre: 30 días sin Smartphone
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Álvaro Banderas | 30-08-2015 | 11:46| 1

Queridos lectores, en mi afán de seguir avanzando en el autoconocimiento y en ir desprendiéndome de cosas para vivir una vida más simple y plena, he de saber primero cómo de necesarias son algunas de ellas y es por ello que me complace compartir con vosotros mi próximo reto. Se trata de pasarme todo el mes de septiembre, desde el día 1 hasta el 30, sin utilizar el Smartphone. El lunes 31 de agosto, es decir, mañana, lo apagaré antes de acostarme y lo guardaré en un cajón que intentaré no volver a abrir hasta el jueves 1 de octubre.

Durante estos próximos treinta días quiero reflexionar y experimentar en primera persona las ventajas e inconvenientes de no utilizar el dispositivo que desde hace unos pocos años parece que está cosido a la palma de nuestra mano. Dado que los pros y los contras de utilizarlo ya los he ido anotando, en cuanto termine este experimento compartiré con vosotros mis conclusiones y trataré de llegar a un punto de equilibrio que me permita hacer un uso consciente y responsable.

¿Conseguiré superar el reto? Ya os contaré en octubre.

Un abrazo,

Álvaro Banderas.

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El pescador mexicano
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Álvaro Banderas | 19-07-2015 | 09:54| 0

¿Qué es el éxito? Si nos guiamos por lo que nos dice la sociedad capitalista en la que vivimos, el éxito estaría definido por trabajar muchas horas para ganar mucho dinero y así poder comprar muchos objetos. Todo ello, con el deseo de que la jubilación llegue cuanto antes para así poder comenzar a vivir de verdad, sin obligaciones, a partir de los 65 años. Lo paradójico es que eso que tanto anhelamos para cuando lleguemos a la tercera edad, tal vez lo podríamos estar disfrutando en el presente sin necesidad de esperar a los últimos años de nuestra vida. Ello me lleva a compartir uno de mis cuentos favoritos, El pescador mexicano:

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Un hombre de negocios estadounidense estaba en el embarcadero de un pueblo costero de México cuando llegó una barca con un solo tripulante y varios atunes muy grandes. El norteamericano felicitó al mexicano por la calidad del pescado y le preguntó cuánto tiempo había tardado en pescarlo.

El mexicano replicó:

 – Oh! Sólo un ratito.

Entonces el estadounidense le preguntó por qué no se había quedado más tiempo para atrapar más peces. El mexicano dijo que ya tenía suficiente para las necesidades de su familia.

El norteamericano volvió a preguntar:

– ¿Y qué hace usted entonces con el resto de su tiempo?

El mexicano contestó:

 – Duermo hasta tarde, pesco un poco, juego con mis hijos, duermo la siesta con mi mujer, voy cada tarde al pueblo a tomar unas copas y a tocar la guitarra con los amigos. Tengo una vida plena y ocupada, señor.

El norteamericano dijo con tono burlón:

– Soy un graduado de Harvard y le podría echar una mano. Debería dedicar más tiempo a la pesca y con las ganancias comprarse una barca más grande. Con los beneficios que le reportaría, podría comprar varias barcas. Con el tiempo, podría hacerse con una flotilla de barcas de pesca. En vez de vender su captura a un intermediado, se la podría vender al mayorista; incluso podría llegar a tener su propia fábrica de conservas. Controlaría el producto, el proceso industrial y la comercialización. Tendría que irse de esta aldea y mudarse a Ciudad de México, luego a Los Ángeles y finalmente a Nueva York, donde dirigiría su propia empresa en expansión.

– Pero señor, ¿cuánto tiempo tardaría todo eso?

– De quince a veinte años.

– Y luego ¿qué? – preguntó el mexicano

El norteamericano soltó una carcajada y dijo que eso era la mejor parte:

– Cuando llegue el momento oportuno, puede vender la empresa en bolsa y hacerse muy rico. Ganaría millones.

 – ¿Millones, señor? Y luego ¿que?

– Luego se podría retirar. Irse a un pequeño pueblo costero donde podría dormir hasta tarde, pescar un poco, jugar con sus nietos, hacer la siesta con su mujer e irse de paseo al pueblo por las tardes a tomar unas copas y tocar la guitarra con sus amigos.

– Bueno, pero eso es lo que hago ahora señor ¿Por qué tengo que esperar veinte años?

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Este cuento merece, cuanto menos, una reflexión de cada uno de nosotros para que definamos por nosotros mismos qué es el éxito en la vida y no demos únicamente por buena la versión que nos han venido contando. Todas las opciones son válidas siempre y cuando la hayamos decidido nosotros.

Hasta pronto,

Álvaro Banderas.

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Ser diferente pasa por ser independiente
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Álvaro Banderas | 24-05-2015 | 10:13| 0

Se da una circunstancia muy curiosa que siempre me ha llamado poderosamente la atención, y es el deseo que muchos seres humanos tenemos por diferenciarnos del resto, por sentir que nuestras vidas son distintas a las de la mayoría. Y de hecho es estupendo, pues si todos fuésemos iguales y tuviésemos los mismos gustos algo estaría fallando y, desde luego, el mundo no habría progresado como lo ha hecho hasta ahora. Es, sin duda, gracias a los valientes que desafían el statu quo, a los que se salen del camino marcado sin miedo a ser señalados o a ser tildados de locos, a los que les debemos todo el avance de la humanidad. Si no hubiese sido por ellos, hoy, muy probablemente estaríamos aún en las cavernas.

Sin embargo, en nuestro deseo de ser diferentes, observo muchas contradicciones, y es que no podemos avanzar ni llegar a puertos desconocidos si nos conformamos con las pequeñas migajas que el marketing consumista nos ofrece para que tengamos la falsa ilusión de que somos especiales cuando en realidad estamos convirtiéndonos en una sociedad plana y alienada que se comporta de la misma forma con pequeños matices que hacen que pensemos que no somos como la mayoría.

Para mí ser diferente pasa indefectiblemente por ser independiente, de ahí el nombre de este blog. Pensar de manera independiente significa seguir tu propio camino en la vida sin dejarte influir por modas más o menos pasajeras y más o menos mayoritarias. A continuación pondré treinta ejemplos de lo que considero que es SER DIFERENTE o INDEPENDIENTE y lo que NO lo es:

1-       Ser diferente no es elegir entre una marca de ginebra u otra. Ser diferente es no intoxicar tu cuerpo con la bebida que otros han decidido que esté de moda.

2-     Ser diferente no es beberte siete copas en lugar de las cinco que se toma tu amigo o cuñado. Ser diferente es no necesitar emborracharte para pasarlo bien y disfrutar de la vida.

3-       Ser diferente no es beber Pepsi en vez de Coca-Cola. Ser diferente es no beber ni un solo sorbo de bebidas azucaradas de dudosa calidad.

4-        Ser diferente no es seguir dietas de adelgazamiento una vez al año. Ser diferente es comer sano cada día.

5-       Ser diferente no es elegir un hotel distinto al de tu círculo de amistades para celebrar tu boda. Ser diferente es no celebrar una boda con 300 invitados, la mitad desconocidos, ni hacer un banquete en el que se tira dinero y comida a espuertas.

6-      Ser diferente no es casarte por segunda, tercera o cuarta vez. Ser diferente es no volver a casarte si ves que la institución del matrimonio no va contigo.

7-      Ser diferente no es comprarte un vestido de novia de tirantas en vez de uno palabra de honor. Ser diferente es no gastarte una cantidad indecente de dinero en un vestido que solo te pondrás una vez en la vida.

8-       Ser diferente no es cambiar de pareja continuamente. Ser diferente es disfrutar de la vida con relación de pareja o sin ella.

9-       Ser diferente no es salir del armario. Ser diferente es no tener que dar explicaciones a nadie sobre tu orientación sexual.

10-    Ser diferente no es comprarte un BMW en lugar de un Audi. Ser diferente es no gastar más dinero del necesario en un vehículo si solo lo vas a usar para ir de casa al trabajo y moverte por la ciudad.

11-    Ser diferente no es presumir de tu Mac de Apple en una cafetería. Ser diferente es no gastarte más dinero del necesario si solo vas a utilizar tu PC para conectarte a redes sociales.

12-   Ser diferente no es ser el primero de tus amigos en adquirir el nuevo iPhone. Ser diferente es no gastarte 700 euros en cambiar de teléfono cada vez que los gurús de la tecnología lancen al mercado un nuevo producto.

13-   Ser diferente no es hacer un regalo caro a tu pareja el día de los enamorados. Ser diferente es amar cada día y celebrarlo cuando te apetezca y no cuando te lo diga un centro comercial.

14-   Ser diferente no es regalar objetos a tus progenitores el día de la madre/padre. Ser diferente es honrar y querer a tus padres cada día.

15-   Ser diferente no es comprarle a tus hijos, nietos o sobrinos los juguetes más caros. Ser diferente es educar en valores y predicar con el ejemplo.

16-   Ser diferente no es ver Antena 3 o Cuatro en lugar de Telecinco. Ser diferente es no perder tu valioso tiempo viendo telebasura.

17-  Ser diferente no es leer El País en lugar de El Mundo o La Razón. Ser diferente es no seguir los dictados de un medio de comunicación y contrastar las noticias antes de darlas por buenas.

18-   Ser diferente no es unirte a manifestaciones de indignados una vez al año. Ser diferente es ser una persona íntegra que respeta a todo el mundo y que no permite que nadie pisotee sus derechos ni los de los demás.

19-   Ser diferente no es vestir como un hípster. Ser diferente es no pertenecer a ninguna tribu urbana.

20-   Ser diferente no es ponerte un piercing en la nariz o en la boca. Ser diferente es no seguir modas.

21-   Ser diferente no es hacerte el peinado o corte de pelo más fashion. Ser diferente es tener estilo propio y no imitar lo que hacen las estrellas mediáticas del momento.

22-   Ser diferente no es llevar unas New Balance rosas en vez de azules. Ser diferente es no gastarte 90 euros en unas zapatillas que hace unos años costaban 15 euros y que dentro de poco seguramente ni estarán de moda ni te las volverás a poner.

23-   Ser diferente no es fumar porros en vez de cigarros. Ser diferente es no inhalar sustancias tóxicas por muy de moda que alguien las haya puesto.

24-   Ser diferente no es ir a otra ciudad a comprarte la ropa en tiendas exclusivas. Ser diferente es no gastarte un dineral en ropa para parecer diferente.

25-   Ser diferente no es apuntarte a un gimnasio en abril para lucir palmito en junio. Ser diferente es hacer ejercicio durante todo el año para estar en forma y no solo por estética.

26-   Ser diferente no es estar muy moreno en mayo en lugar de en junio. Ser diferente es no hacer daño a tu piel porque eso es lo que alguien puso alguna vez de moda en Occidente. En otros lugares del planeta como en Asia la moda es justamente la contraria, lucir un blanco nuclear.

27-  Ser diferente no es solidarizarte una vez al año con las catástrofes naturales con las que los medios de comunicación decidan publicar. Ser diferente es ser solidario cada día tanto con el mendigo que duerme en el parque como con las víctimas del terremoto de Nepal.

28-   Ser diferente no es comprarte el perro de la raza que la familia Obama o cualquier celebrity haya puesto de moda. Ser diferente es amar a los animales.

29-   Ser diferente no es viajar a los sitios que te venden en las agencias de viajes y relacionarte solo con turistas. Ser diferente es viajar por lugares poco conocidos y mezclarte con la gente local.

30-  Ser diferente no es reaccionar ante cada estímulo externo. Ser diferente es mantener la calma, reflexionar y responder con sabiduría.

 

Y tú, ¿eres diferente? Si estás leyendo este blog estoy seguro de que sí lo eres.

Un saludo y hasta la próxima,

Álvaro Banderas.

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Menos es más
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Álvaro Banderas | 15-03-2015 | 02:56| 0

Al contrario de lo que nos han hecho creer desde que tenemos uso de razón, la acumulación indiscriminada de bienes materiales no solo no nos facilita la existencia sino que, en la mayoría de los casos, nos la complica.

Aunque la sociedad nos ha inculcado la falacia del “tanto tienes, tanto vales” y muchas personas lo utilizan como pretexto para justificar su deshumanizado estilo de vida, yo me pregunto, ¿tanto vales? ¿Para quién? ¿Quién está detrás de la sociedad? Yo lo tengo muy claro, esa presión social en la que nos escudamos somos nosotros mismos, lo cual deja a las claras que en realidad tenemos total libertad para llevar la vida que queremos sin necesidad de demostrar “cuánto valemos” a ese ente imaginario que tanto daño nos ha hecho y tantos sueños hemos dejado que destruya. Por ello, la clave de todo, como casi siempre, está en la autoestima y en aceptarse y quererse a uno mismo, pues cuando avanzas en esa dirección no hay sociedad que pueda pararte, ni vecinos, ni cuñados ni compañeros de trabajo a los que tengas que demostrar tu valía mediante las compras porque ya te la demuestras a ti mismo cada día con cada paso que das, con cada nueva experiencia que acumulas, con cada buena acción que realizas y con cada corazón que tocas.

Además, como decía, la acumulación de cosas nos suele complicar la vida, por no hablar de que al mismo tiempo nosotros se la complicamos al planeta contribuyendo al agotamiento de los recursos naturales. Pondré solo algunos ejemplos que creo ilustran de forma palmaria la idea de que menos es más:

Tamaño de la casa en la que vivir

Por lo general, cuanto más pequeña sea más bajo será su precio, además de que costará mucho menos amueblarla y mantenerla: impuestos, seguro del hogar, electricidad (menos aparatos de aire acondicionado y/o calefacción y más facilidad para enfriar/calentar el espacio). Respecto a las tareas del hogar el ahorro en tiempo y dinero es evidente, salvo que contrates a alguien que lo haga por ti (mayor gasto aún).

Tamaño y gama del coche

Huelga decir que, salvo excepciones, un coche más pequeño y modesto generará menor gasto que uno grande y/o de “marca”: precio más bajo, menor consumo de combustible, reparaciones más baratas, impuestos y seguro más económicos. Otro dato a tener en cuenta sería preguntarnos qué uso queremos darle al coche porque si por ejemplo es para ir de casa al trabajo o para llevar a los niños al colegio, está claro que, aparte de para fardar delante de los compañeros de trabajo o de los otros padres a la puerta del colegio, no necesitamos precisamente un 4×4 y el gasto extra que ello supone nos lo podríamos ahorrar y dedicarlo a otros menesteres más provechosos. Del mismo modo, habría que poner de relieve el perjuicio que con un todoterreno en la ciudad causamos a nuestros conciudadanos y al planeta pues ese tipo de vehículos, obviamente, genera más tráfico y polución que un utilitario. Y es que, si todos decidiésemos comprarnos un 4×4 para ir al trabajo o para llevar a los niños al cole, el tráfico y la contaminación serían insufribles. En definitiva, ¿tiene alguna ventaja para alguien?

Joyas, relojes, pulseras, anillos y demás bisutería

Cada uno sabrá lo que se pone y para qué pero pensemos por un momento el dinero que nos ahorraríamos si redujésemos lo que llevamos encima. Y en cambio, el llevar oro, plata o diamantes, ¿nos hace más felices y/o mejores personas?

Ropa y calzado

No digo que haya que ir desnudo o descalzo pero, ¿de verdad necesitamos comprar ropa nueva con tanta frecuencia? ¿Qué más da que la sociedad nos vea repitiendo vestido o camisa? Mi opinión respecto a los zapatos es que, si encontramos un par de pares, valga la redundancia, cómodos y adecuados, nos hará mucho bien usarlos hasta que se hayan gastado y no hasta que “pasen de moda”. Las modas, por cierto, no son más que inventos creados y dictados por las mismas industrias que nos venden la ropa y el calzado, ¡qué casualidad! ¿No sería más efectivo que nos olvidásemos de lo que nos dictan los que solo quieren nuestro dinero y decidiésemos por nosotros mismos?

Comida

Innumerables estudios corroboran que comemos mucho más de lo que necesitamos con las consecuencias tanto económicas como, sobre todo, de salud que ello acarrea. El insaciable consumismo ha logrado introducir en nuestra dieta diaria alimentos que ni siquiera deberían ser considerados como tales: coca-cola y demás refrescos azucarados, patatas fritas de bolsa, kétchup y demás salsas artificiales, bollería industrial, azúcar refinada, etc. Se está logrando lo que parecía imposible hace solo unas décadas, que enfermedades contemporáneas como la obesidad sean percibidas como algo normal. Igualmente, el desmesurado consumo de carne y de productos lácteos de las sociedades occidentales está contribuyendo a la aparición de numerosas enfermedades cardiovasculares en los humanos, además de al sufrimiento innecesario de animales que viven y mueren confinados en espacios muy reducidos y son hormonados y alimentados con productos de, cuanto menos, dudosa procedencia.

En definitiva, si comemos sano y en cantidades adecuadas y no en abundancia, nuestra salud, nuestro bolsillo y, más importante si cabe, nuestro planeta, nos lo agradecerá.

Podríamos continuar poniendo ejemplos pero pasemos ahora a analizar las verdaderas motivaciones que subyacen tras la obsesión de los humanos por seguir acumulando objetos.

Como de manera sencilla y brillante explica el Dalai Lama en su extraordinario libro, El arte de la felicidad, prácticamente todos los seres humanos compartimos el mismo objetivo en la vida, ser felices. Partiendo de esta premisa con la que no puedo estar más de acuerdo, creo que lo que nos diferencia a unos de otros es la manera en la que intentamos alcanzar la tan anhelada FELICIDAD. Es ahí donde juega un papel preponderante el condicionamiento social y educacional del que hemos sido objetos desde muy temprana edad pues, como apuntaba anteriormente, nos hicieron creer que la manera de llegar a ella es mediante la adquisición de objetos. Nada más lejos de la realidad. Y es que, por lo general, las personas compran joyas, ropa de marca o coches de alta gama no porque lo necesiten o porque dichos objetos en sí les hagan más felices de la noche a la mañana, sino que lo que en realidad desean es que se les quiera, se les valore, se les respete, se les aprecie, se les escuche, se les comprenda, etc. ¿Nos damos cuenta de que todo aquello que en realidad buscamos ya podríamos tenerlo y además sin gastar ni un solo céntimo?

Solo es necesario que a menudo, o al menos de vez en cuando, levantemos el pie del acelerador, nos hagamos preguntas a nosotros mismos y reflexionemos sobre las respuestas. A veces no tenemos tiempo para ello porque pasamos de una tarea a otra con el piloto automático puesto, vemos las noticias, los anuncios, escuchamos lo que “todo el mundo” dice y actuamos como la mayoría porque, si “todo el mundo” lo hace ¿para qué vamos a perder tiempo en pensar si está bien o mal, si nos conviene o no? Y es que pensar supone un gran esfuerzo, ¿verdad? Es más fácil que otros piensen por nosotros y limitarnos a seguir a la multitud. Sin embargo, las consecuencias de tomar decisiones basadas en lo que la sociedad considera que es adecuado pueden ser nefastas para nuestra existencia presente y futura. Permanecer endeudados de por vida es solo un ejemplo de lo que nos puede pasar si nos limitamos a hacer lo que “todo el mundo” hace.

“El hecho de que una opinión sea compartida por mucha gente no es prueba concluyente de que no sea completamente absurda”. Bertrand Russell

Quisiera terminar con un mensaje de esperanza puesto que siempre estamos a tiempo de darle otro rumbo a nuestra vida. Si aún no has acumulado muchas “cosas”, piénsatelo antes de caer en las garras de los bancos y si, por el contrario, sí tienes demasiadas “cosas” que te impiden moverte libremente y avanzar en la dirección de tus sueños, te sugiero que busques la manera de desprenderte de todas las que puedas. ¿Acaso no merece la pena intentarlo?

Piensa por un momento en tu vida como si de una excursión a la montaña se tratase y plantéate qué tipo de mochila preferirías llevar a la espalda:

a)      Una de 15kg llena de cosas que en su mayoría no vas a necesitar

b)      Una de 3kg con todo lo necesario

Nuestra vida es como una excursión y depende de nosotros el peso que llevemos en la mochila. Si actuamos por impulsos, la llenaremos de todo lo que nos van diciendo que hay que llevar. En cambio, si mantenemos la calma y comprendemos que de nuestra decisión presente dependerá lo ligeros que caminemos en el futuro, solo introduciremos en ella las cosas que realmente vamos a necesitar durante la excursión y así, de paso, también dejaremos espacio a la improvisación y a lo que nos vayamos encontrando por el camino.

¡Hasta pronto! Un abrazo,

Álvaro Banderas.

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Protejamos a los menores
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Álvaro Banderas | 10-01-2015 | 12:42| 0

Nacemos sin religión ni deporte favorito ni equipo de fútbol determinado.

Sin ideología ni sentimiento nacionalista alguno.

Sin apego al consumo ni por supuesto a ninguna marca comercial concreta.

Sin adicciones ni al alcohol ni al tabaco ni a la televisión o Smartphone.

Sin la mayoría de los miedos que nos condicionan y que vamos adquiriendo conforme nos hacemos mayores, etc.

Es el entorno el que, sin que nos demos cuenta, nos moldea a su antojo aunque nosotros los adultos, mediante la reflexión constante y sosegada, tenemos la capacidad de reconducir nuestra vida por los cauces naturales que emanan de nuestro interior.

Permitamos y ayudemos por tanto a los niños a que se desarrollen de acuerdo a su verdadera esencia y no según les dictemos nosotros y nuestro intoxicado entorno. Transmitámosle nuestro amor incondicional y no nuestras creencias aprendidas para que así ellos desarrollen las suyas propias.

-Artículo relacionado:

Los niños no son consumistas por naturaleza

 

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Navidad en el siglo XXI
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Álvaro Banderas | 20-12-2014 | 08:32| 0

Como ya describí en el artículo, Consumismo, la religión de Occidente, algunas celebraciones otrora religiosas como los bautizos, comuniones, bodas o la Navidad, se han convertido en meras fiestas paganas en las que se multiplica de forma exacerbada el gasto en comida, alcohol y en bienes materiales (en su mayoría innecesarios). A nadie escapa el hecho de que el número de personas que celebran la Navidad supera con creces al número de personas que se consideran cristianas, que dicho sea de paso, son las únicas que por lógica deberían celebrar el nacimiento de Cristo. No obstante, para paliar esta incongruencia, hemos adoptado como nuestro al simpático y entrañable abuelito de Coca-Cola, es decir, a Papá Noel.

Pues bien, a pesar de que la Navidad en el siglo XXI se ha convertido en algo realmente extraño que atenta contra los principios elementales que en teoría debería promulgar, el gasto, el consumo y, en consecuencia, el endeudamiento de las familias no hace más que aumentar año tras año para regocijo de gobiernos, bancos y grandes centros comerciales que son los que dedican toda su artillería para que sigamos picando el anzuelo y gastando un dinero que, aunque lo tuviésemos, nos vendría muy bien en cualquier otro momento y para cualquier otro menester y, si no lo tenemos, nos obliga a recurrir a la trampa de los préstamos personificada en las tarjetas de crédito.

Una escueta frase que considero adecuada para reflejar con crudeza la situación de las sociedades de consumo es aquella del experto en finanzas personales Dave Ramsey (aunque también se atribuye a muchos otros autores) que dice lo siguiente:

“Gastamos un dinero que no tenemos, en comprar cosas que no necesitamos, para impresionar a gente que no nos importa”.

Si adaptamos esta frase a la Navidad quedaría tal que así:

“La Navidad es esa extraña época del año en la que gastamos un dinero que no tenemos (pedimos préstamos) para regalar objetos que ni los niños utilizan (la mayoría de los juguetes no son vueltos a tocar una vez abiertos), mientras hacemos más ricos a aquellos que peor nos tratan (bancos, gobiernos y grandes centros comerciales), y todo ello celebrando algo en lo que mucha gente ya no cree (el nacimiento de Cristo)”. Álvaro Banderas

No pretendo fomentar que las familias y amigos no se reúnan durante estas vacaciones, antes al contrario, pero, eso, llamemos a las cosas por su nombre para así evitar entrar en un juego que nosotros no hemos inventado y que nos cuesta mucho dinero y nos proporciona demasiados quebraderos de cabeza innecesarios. Salvo que tengamos convicciones religiosas (las cuales respeto profundamente, dicho sea de paso) celebremos estos días como si de unas vacaciones se tratara, que es lo que para la mayoría de las personas es, y no hagamos el juego a los bancos pidiendo préstamos o tirando de tarjeta de crédito pues es totalmente innecesario. Regalemos cuando nos apetezca y no cuando nos digan, que por cierto, no contentos con el día de los enamorados, del padre, de la madre y demás inventos comerciales, cada vez nos ponen más tareas para que demos salida al exceso de stock de las grandes empresas: black Friday, cyberMonday, etc. Aunque reconozco que la actitud de bancos y empresarios no es lo que más me preocupa, pues al fin y al cabo lo puedo entender, aunque por supuesto no comparto esa forma de intentar engañarnos, pero lo que más pena me da es que somos nosotros, los consumidores, los que seguimos sus instrucciones y caemos como chinches en todas y cada una de las trampas que nos van poniendo. Al fin y al cabo ellos no son nadie sin nosotros, tenemos más poder del que creemos, de modo que utilicémoslo en nuestro propio beneficio y en el de los que nos rodean y evitemos comportarnos como ratas de laboratorio que reaccionan comprando a cualquier estímulo externo de estos usureros.

No nos dejemos arrasar por esta vorágine consumista que, para satisfacer la avaricia de unos pocos, nos encamina indefectiblemente hacia la insatisfacción como individuos y, lo que es peor, a acabar de forma obscena con los recursos del planeta. Celebremos cada día valorándonos a nosotros mismos y a las personas que tenemos cerca y no esperemos a que nadie nos lo dicte para demostrar amor a nuestros seres queridos.

Recuerdo cuando al terminar la carrera empecé a trabajar en el mundo de la empresa, esos inolvidables primeros años en los que, aparte de conocer a gente nueva y pasártelo muy bien, te das de bruces con la realidad al comprobar en tus carnes que todo lo que has leído y aprendido hasta ese momento respecto a liderazgo, trabajo en equipo, cooperación, etc., es teoría porque en la práctica los directivos con integridad y dotes de liderazgo son la excepción, y la norma son aquellos más preocupados en besar el suelo que pisa el empresario de turno para que no los echen y así poder seguir manteniendo el absurdo tren de vida al que con insensatez se subieron cuando fueron ascendidos y adquirieron el estatus de nuevo rico. Pues bien, en una de esas empresas en la que la dirección apenas se dirigía a los empleados y cuando lo hacía era con actitud caciquil como si fuésemos súbditos, recuerdo que al llegar la navidad nos regalóa cada empleadouna cesta con turrones, dulces y alcohol. Yo, obviamente, lo agradecí aunque hubiese cambiado trescientas sesenta y cinco cestas como esa por trescientos sesenta y cinco días de calor humano y buenas maneras. Mi sorpresa llegó cuando la mayoría de mis compañeros parecían satisfechos y aseguraban que no importaba el trato recibido durante todo el año pues al final habían hecho lo más importante. Eran mis comienzos profesionales y ya estaba empezando a darme cuenta de que yo, afortunadamente, nunca encajaría en ese tipo de organizaciones orwellianas.Para mí, y estoy seguro que también para muchos de vosotros que estáis leyendo esto, una relación, ya sea familiar, de amistad, sentimental, profesional, etc., es como un hermoso jardín que hay que cuidar con cariño y regar cada día.

De modo que, estimado lector, mi sugerencia para estas vacaciones que ahora comienzan, y también para  el resto del año, es que regalemos: amor, compasión, amistad, buenas palabras, modales, besos, abrazos, valores, ideas, conocimiento, perdón, humildad, sonrisas, conversación, escucha activa, serenidad, calma, paz. Todo ello es gratis y tanto al que lo da como al que lo recibe le reportará muchísima más felicidad que cualquier objeto material.

Eso sí, este tipo de regalos no lo anunciarán en ninguna TV ni lo promoverá ningún banco. Ellos ya nos han dicho que lo único que se puede regalar son bienes y servicios que, curiosamente, cuestan dinero y les hace a ellos inmensamente más ricos.

Un abrazo y ¡felices vacaciones!

Álvaro Banderas.

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