Por Jenu
El que el alcohol forme parte de nuestra cultura, el que nuestras madres nos lo dieran con huevo batido en lo que llamaban “yemita”,no quiere decir que sea bueno, y tomado con moderación, con cabeza y con ese saber beber y estar, tampoco dice que sea malo.
En una sociedad tan hipócrita, la cosa va de otra manera. Socialmente está bien visto alternar con los amiguetes en el bar, es un ceremonial, una manera de comunicarse con el mundo, un estar, informarse e informar de sucesos, de tajos en donde conseguir faena, cuando se paga el impuesto municipal, cuando acaba el plazo de algo relevante, como ha quedado la selección, el BarÇa, el Real Madrid, el Sevilla, el Betis, el Málaga, el Real Murcia o la Real Sociedad. Pero la cosa cambia cuando el contertulio se va solo y se adhiere a la barra como una pegatina más de un anuncio de bebidas. Cuando el camarero, que entiende más de dramas que un licenciado en psicología tiene que ponerlo de patitas en la calle, levantando la voz, las manos y hasta las liebres del camino.
Cuando a una persona comienzan a salirle las venitas que llevamos todos y todas en los pómulos, cuando los temblores nos piden no una copa, sino ésta en forma de medicamento, la cosa cambia, se convierte en un drama. En su casa no entra sueldo, y sale el de su esposa que limpia portales por seis euros la hora, lo del crío que ha comenzado a trabajar en el taller de su tio, desaparece el dinero de la compra y el de los pagos, se llega al insulto con todos los que además soportan la llegada del padre borracho con veradero pavor, y desesperados ya no saben que hacer con el. Sin razonar, fuera de sí, le rompe los muebles, les pega a los hijos, y abusa de su esposa en todos los sentidos. Este familiar se ha convertido en un enfermo, y a la vez, en un peligroso sujeto desconocido que amargado, busca el fallo donde no lo hay, y no ve ni por asomo que el único fallo viviente en lo que antes era un hogar y ahora es un infierno, es él y su problema con el alcohol.
Hablaba al comienzo de “esta sociedad tan hipócrita…”. Y al hilo de la cuestión. Caminando por ella como si se tratase de esa línea recta que pintaban los policias antaño, antes de la existencia del alcoholimetro y que policias y Guardias civiles invitan a meterse en las bocas de los ciudadanos y ciudadanas, tras eso sí, cambiar las boquillas desechables, y principalmente a las salidas de ferias, botellones, bodas, bautizos y comuniones. Pues sin perder en esta caso la línea argumental, todo eso del bebedor social; el alterne, las buenas reglas de vecindad, el ir de chatos con los amigos, “el camarero también ha de comer”, y todo lo que rodea una copa, incluidas las avellanitas saladas, los chochitos y la “patadita al olivo”, cuando todo eso ha llevado a alguno o alguna, a la ruina económica, personal, familiar y social, esta última la traslada a lo estrictamente familiar, y de ahí a los psicólogos, psiquiatras, la UCI, la UVI o directamente a la fria y solitaria piedra de mármol existente en muchos cementerios de poblaciones pequeñas, donde muchas veces, el drama del alcohol solo traspasa una de las cuatro paredes, o todas juntas, en forma de grito desesperado.
Cuando el individuo sea hombre o mujer, tenga la edad que tenga, llega a un estado de alcoholismo que revienta la máquina de los agentes, es cuando la sociedad, la misma que le obligó en tertulias a tomarse una copita, “Venga, la penúltima y nos vamos a casa!! Cuando esta sociedad, hipócrita, nunca me canso de decirlo, se encuentra con un enfermo de alcoholemia, sencillamente le da de lado, ni tan siquiera la espalda, porque aún así, desconfía, no solo en prestarle dinero, simplemente por ser “un borracho”.
Esta mañana, dando un repaso a los diarios me encontré en la Opinión de Málaga un artículo muy bien redactado, aunque con un mensaje que puede llevar a la confusión, en el que la autora, Lola Clavero, que merece mi reconocimiento como articulista, decía en su artículo de hoy, titulado CUANDO EL VINO NO ERA ALCOHOL , más o menos cosas como que… “Antaño el vino no era alcohol, sino sólo una costumbre. Una sana costumbre que aprendían los niños antes de sus primeros pasos. Más que las tradicionales nanas, al bebé le garantizaba largos y profundos sueños un chupete bien empapado en vino, tal que la madre, tras aquel gesto otrora natural, pudiese ir tranquila a trabajar al campo, cocinar o sentarse con la costura en el regazo a escuchar junto a la radio su folletín favorito. El vino como elemento básico del botiquín acompañaba al españolito desde su cuna; siendo reconocido medicamento que no dudaba en administrar la más próxima parentela a sus criaturas contra cualquiera de sus dolencias. Cuando dolía la panza, cariñosamente la tita o la caritativa vecina suavizaba la digestión del pequeñuelo con un huevo hervido en vino blanco y, si de otro modo, el nene-a se mostraba inapetente, no había nada como darle un vasito de Quina ´San Clemente´ o ´Santa Catalina´, vino dulce que ya venía bendecido con nombre de remedio santo, de aspecto y sabor similar al Lacrima Christi o vino de misa con el que el sacerdote mojaba la Sagrada Forma en la ceremonia de la Primera Comunión”… Y para finalizar exponía que “En cierto modo, se puede decir que los jóvenes no han hecho sino heredar los hábitos de sus ancestros, aunque hayan cambiado de forma y espacio el rito y lo encuadren en un espacio limitado de tiempo. Los jóvenes de hoy beben los fines de semana, los de antaño lo hacían cada día. Eso sí, en bebercios autorizados y tal vez con mayor discreción”.
Querida Lola, cuando yo era pequeño, delgadito, influenciable y muy vulnerable, mi madre me daba un “bebercio” que estaba compuesto por vino, azucar y yema de huevo, todo muy batido con un tenedor, ya que carecíamos de batidora, me lo daba todas las mañanas, en ayunas, es lo que al comienzo de este artículo llamé “yemita”. Al medio día, antes de la comida, un vasito de Kina San Clemente, por aquello de abrirme el apetito. Cuando yo tenía ocho años, con dos copas de anís tan dulce como tu nombre, cogí una borrachera que me moría. Cuando me olvidé de lo mal que lo pasé, seguí con los vinitos que me ofrecían las señoras de mi calle, así que cuando conseguí a duras penas llegar a los veinte años, tuve que recurrir a un especialista, a un neurólogo concretamente, ya que padecía repetidos ataques de epilepsia. Además, el alcohol me irritaba, me hacía ser agresivo, me metía en peleas continuamente, me tenía amargado a tan temprana edad, y amargados los que me rodeaban. Hoy con cuarenta y siete, bien llevados, hace veintisiete que no pruebo ni una uva seca.
Si hablamos de alcohol, yo que he sido el mismísimo envase, tengo que decir que antes carecíamos de la información que manejamos hoy, que la sociedad te invita, y nunca mejor dicho, a que bebas, y los que nos dedicamos a examinar y a transmitir un mensaje, no podemos justificar lo injustificable, y a obviar la realidad, y es que el alcohol es una droga, que está montado esto para que no lo parezca, que a la gente mejor tenerla borracha que pensando, y como la religión o la política, es el opio del pueblo, pero cuando el resultado es lo que vemos; los jóvenes que les pegan a sus padres, que se enfrenta con el miedo perdido a la policía, los padres que se pegan con los hijos, que agreden y matan a sus parejas, que se han perdido los pocos valores que manejábamos, aunque nos guste descorchar una botella, el sonido del corcho al abandonar el cristal, el sonido de los cubitos de hielo al caer en el vaso, el color que toma un cubata enfocado en la oscuridad de la barra de un pub por un neón de color azulado o verde, el alcohol es malo y que sepan beberlo, disfrutarlo, darle su tiempo, tomarlo en sorbos pequeños, disfrutar de sus aportes, de su afrutado aroma, de la influencia del roble americano, tomado entre palabras suaves como el movimiento de una cortina que mece el aire del otoño, de esos bebedores, existen tan pocos que se pueden contar con los dedos de una mano, pero da gusto acompañarlos en una velada, tomando un zumito de uvas y melocotón, a sorbitos pequeños disfrutando de tan exquisita compañía.
En la presentación del libro de una compañera, al finalizar, nos sentamos en una de las terrazas de un exquisito pueblo de la Sierra de Cádiz, Grazalema, el pueblo donde llueve más de toda España, donde el famoso José María el Tempranillo entró en su Iglesia a rescatar a su hijo que lo estaban bautizando, no le haría gracia el sacramento. Pues en esa terraza, cuando llegó el camarero pidieron todos cervezas, ecepto yo, que pedí una sin alcohol. Uno de los contertulios me preguntó;
-¿Tu que eres abstemio?
Y le contesté;
-No, yo soy “metepatas”.
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