El pan, alimento y símbolo

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El pan, alimento y símbolo

El pan es un alimento  y  a la vez un símbolo universal imperecedero que está siempre presente en la historia de los humanos desde los más remotos tiempos. Posee connotaciones divinas (“El pan nuestro de cada día…” y coadyuva al desarrollo físico de quienes lo consumen cada día.

   El pan, el humilde y necesario pan, el que siguiendo la prédica bíblica pedimos a Dios que se nos dé cada día, a veces nos sorprende desagradablemente cuando en la tahona de siempre nos avisan del ascenso en lo que a su precio se refiere. No habrá político que en campaña de cualquiera de los comicios no sepan responder con exactitud cuál es el valor de una barra, porque con ello reflejaría su despreocupación por un acontecer social que sí interesa ¡y de qué modo! al pueblo llano.

No goza el pan, sin embargo, en la actualidad de mucha predilección que se diga. Temen las féminas famélicas comerlo por temor a que su cintura pierda el perímetro de su cintura  por el que se someten a los mayores tormentos y los que no paran mientes en estos avatares corporales niegan sus bondades alimenticias. Craso error. No es el pan lo que engorda sino lo que con él acompañamos en demasía a la hora de la manduca, y la sabia mezcla de harina, agua y un toque de sal representan un sustento que para sí quisieran otros manjares más pomposos. “No hay comida corta con pan largo”, que decimos en la Serranía de Ronda. Y no es este aserto de ahora, sino de toda la vida.

De la tríada – trigo, olivo y vid – que revolucionó el acontecer de la alimentación en los pródromos de la existencia humana, el primero se conocía en Oriente Medio ocho mil años atrás, año más año menos. Saltó luego a Asia Menor y desde allí a la zona del Mediterráneo. Entre los egipcios, la elaboración del pan era conocida antes del siglo XX a.C., antesdeayer, o sea, y se cree que descubrieron la fermentación de forma accidental. Alumbró la prehistoria en Europa con los preparados derivados de grano cocido que dieron consistencia a la zarrapastrosa apariencia corporal de nuestros primeros abuelos.

Es posible que el primer pan llevara bellotas, algarrobas o hayucos triturados mezclados con agua; el calor natural hasta la aparición del fuego haría el resto para consolidar la masa. En enterramientos (tolos) de poblados situados junto a los lagos suizos, que constituyen las comunidades civilizadas más antiguas de Europa, se encontraron junto a los restos óseos, residuos de pan sin levadura, fórmula que se empleó en la primigenia elaboración del pan. En Roma se establecieron hornos de uso público durante la República y los restos de las más importantes ciudades y villa desperdigadas por el solar hispano dejaron muestras de ellos.

La Serranía de Ronda está cuajada de testimonios pasados del comercio panadero en la Edad Media y, sobre todo, en la época de denominación árabe, mudéjar o morisca. Hasta hoy se conservaron molinos harineros (sólo en Benaoján siguen en pie, aunque sin uso y arruinados acondicionado con fines turísticos, seis de ellos: La Molineta, el Santo, Manolito Montes, Diego el Retorneado, el de Abel Sánchez y las Cuatro Paradas). El tipo de pan consumido hasta prácticamente mediados el pasado siglo tenía implicaciones sociales: el pan blanco era privilegio de los ricos y el negro estaba reservado para los pobres. Paradojas de la vida. Ahora es el negro el más apetecido, de más saludable y con un precio superior al blanco.

Se elaboraba a mano en el propio hogar o en el pequeño horno local hasta finales del siglo XIX, cuando el trabajo manual fue reemplazado por máquinas. El pan a puño, como se había elaborado desde la noche oscura de los tiempos, duró en la Serranía de Ronda poco menos que hasta ayer mismo.

El calorcillo de los hornos de pueblo, en los que ardía la mejor leña de encina, atraía a ociosos que, pese a su antigüedad todavía contemplaban el milagro de cada madrugada: el paso de los escasos elementos que se conjugaban a la obtención final de las hogazas, “mollencas” (tiernas) olorosas y doradas. Expuestas a los ojos de todos no sin expresa admiración. Arremangados y musculosos, los panaderos, por desgracia, siendo el escenario semejante, no tuvieron un Velásquez que los inmortalizara como hizo con los forjadores de la Fragua de Vulcano.

De pequeño no perdía ocasión de acompañar a un tío mío, panadero de profesión, en su tarea de amasar, leudar y formar los panes – y los molletes, roscas, teleras …- por medio de la fuerza de sus puños y la destreza que le concedían sus muchos años de oficio. Miraba extasiado cómo la bola de masa – harina, agua y sal, en esencia – se extendía en el tablero enharinado para volver a recomponerse en rulo en el que se fijaban por leves segundos las huellas de los dedos del que los sometía al milagro de la transformación. Reposaban luego las piezas al calorcillo del horno en cuyo interior las brasas se avivaban para acoger el amasado de cada día. Maestros toques y no menos diestras cuchilladas daban luego forma definitiva al pan, dejándolo listo para la acción comedida de las llamas.

En la comarca rondeña, no sólo en cortijadas y gañanías se cocía el pan para consumo de labriegos fijos y temporeros, sino en las casas de particulares. Se hacía el amasijo cada cierto tiempo, el necesario para que los panes, guardados en arcones de madera, no desmejorasen en textura y sabor. Luego se imponía una nueva hornada, cuyo ritual andaba parejo al de la matanza casera, con la que se hacía provisión anual de chorizos y morcillas fritas y bien conservados en tinajas de barro para el resto del año.

Un panadero de Ronda decía a José Carlos Capel (Imagen de Ronda) : “ La fama del pan rondeño se debe al empleo de la sal justa y una fermentación lenta, aparte de la calidad del agua. Los tipos de pan que hacemos son la boba, las barras de cuarto, el mollete de masa esponjosa y el carrete, además de la piña, la rosca y la telera. La miga es compacta, cerrada, blanca, de trigo candeal”. El panadero rondeño no tiene reparos en hablar de la excelencia del pan – “el del día, que es como hay que comerlo” -, que sirve lo mismo para comer bien impregnado de aceite que para unas sopas hervidas o un gazpacho caliente. ¡Ay, aquellos coscorrones de pan con un hoyo en medio que mi madre rellenaba con azúcar y aceite y que ponía en mis manos como el agasajo más preciado por mí!

¡Oloroso pan serrano que concede pincelada aromática tan particular a los pueblos recién despertados al nuevo día! El pan presente en todas las casas, las humildes y las encopetadas. El pan que entra bien con el vino, las uvas y el queso; con el chorizo rondeño y la morcilla jimerana; con el caldo de la olla, y el jamón y el tocino curados.

El olorcillo del pan recién hecho se expande por las callejuelas estrechas de Montejaque, Jimera, Benaoján o Igualeja como el mejor reclamo para que los veceros (parroquianos) acudan presuroso a la tahona de toda la vida, aunque el progreso y la tecnología hayan cambiado tercamente su fisonomía y la máquina haya suplido al rudo esfuerzo humano. Pero hay quien se resiste y todavía se puede encontrar el pan de puño y leña. Sólo hay que proponérselo y hacer una escapada al interior. Si hay que pagar precio un tanto más elrevado vale la pena que sea por este pan con el sabor de antaño y con reminiscencias de modos de vida y enjundia rural que podría pensarse ya finiquitadas.

Esplendor de la feria de Málaga

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Esplendor  de la feria de Málaga

JOSÉ BECERRA

La ciudad  toda es un hervor. Se vive con pasión y entrega a la feria por excelencia de Málaga. Y luce en todo su esplendor una flor – el jazmín – con el que sabiamente se compone un ramillete y que, si bien se pasea por Málaga en manos de sandungueros vendedores durante todos los días del verano, es ahora en los días de la feria agosteña, cuando brilla con singular esplendor entre el bullicioso paso de los viandantes. Hablamos de la biznaga, que como el boquerón o el Cenachero,  son las señas de identidad más    conspicuas  de la Ciudad del Paraíso, como magistralmente la catalogó  el poeta andaluz Vicente Aleixandre, apenas escaló la cúspide de su carrera que le llevó a encumbrarse con el Premio Nobel de Literatura, ahí es nada.

La relación de los sentidos y la experiencia, el despertar de la memoria, que adormecida y oculta se incorpora súbitamente a nuestro sentir espoleada por algún suceso seguramente  banal e intrascendente pero que rompe las ataduras de lo cotidiano  aherrojándonos y suprimiendo en nosotros cualquiera otra sensación y realidad fue tratada con la misma profundidad psicológica que supo imprimir al resto de su obra Marcel Proust en la primera parte de La búsqueda del tiempo perdido. 

  Proust, a su antojo, volvía una y otra vez a los momentos de la infancia felizmente vivida en su París natal de los años 20, rememorando el aspecto agradable, el tacto rugoso pero placentero, el sabor inconfundible de las magdalenas que con asiduidad compraba en una humilde panadería de la rive gauche del Sena. Evocaba las magdalenas consumidas con delectación y el mundo de su barrio se abría de par en par ante sus ojos, no importaba que hubiesen transcurrido los años, era igual que la remembranza se hiciese desde un lugar lejano sin similitud alguna con el ambiente y la situación vivida.

El poder de la mente, la analogía de los sentidos yuxtapuestos a la experimentado, obraba el milagro. Aprehendía el tiempo, siempre fugitivo, lo domesticaba a placer y volvía a los momentos pasados y felices utilizando el resorte del gusto y las imágenes asociadas a este sentido.

No es el sentido del gusto sino el del olfato el que a mí me devuelve cada vez que lo evoco la imagen de Málaga (ahora sumida en la esplendente feria agosteña), el calidoscopio de las sugerentes perspectivas de sus calles, del puerto que se enseñorea  del parque, remolonea en la Alameda y casi se hace presente en la calle Marqués de Larios a la que impregna de su cálida presencia; dela Alcazaba, alta y altanera; de la catedral, portento de sillares y entablamentos, arquerías, columnas y cúpula y armonía de proporciones. No me evoca toda esta magnificencia el regusto de un dulce exquisito sino la fragancia y forma de una flor, esbelta, restallante: la de la biznaga.

La biznaga, no es una flor natural, sino el resultado de la feliz conjunción de jazmines ensartados en una planta espinosa (la chumbera que jalona los caminos y veredas de Málaga) que los acogen y que se abren al atardecer para ser colocados en la pala del cacto  para que bien alineadas expandan su penetrante olor y pasen a ser el símbolo por antonomasia de la feria agosteña.

Percibí su aroma, me encandiló su prestancia cuando, en mis años de la infancia – ya ha llovido – paseaba por Larios de la mano de mis progenitores y un vendedor ambulante la ofreció a mi madre. La fragancia impregnó toda  la corta estancia de  los tres miembros que componíamos aquella familia provinciana ocasionalmente trasladada, por  motivo que ya no consigo recordar, a la para mí ya populosa capital. La que yo entonces, con ojos impúberes y atónitos comenzaba a descubrir. Regresé luego por motivos de estudios, y más tarde me afinqué en uno de los pueblos que le dan la mano por su proximidad y que como ella se asoma, recreándose, al esplendente mar Mediterráneo cada mañana compartiendo en complicidad  tamaño milagro natural.

No hay para mí recuerdo próximo o lejano dela Málaga que parió calles y personajes históricos y entrañables, templos y paseos, tiendas y tabernas antiguas, feria agosteña, – “ esplendor y crisol de luz y color”- y procesiones semana santeras – “ vahído de emoción y exaltación sin límites de los  sentidos”-,  librerías de viejo, posadas y patios de vecinos al que no se anteponga como preámbulo feliz de dicha amistosa, estética y sensual la espigada biznaga, inundando y enseñoreándose de mi ánimo y predisponiéndolo a la evocación más sentida.

Connivencia de sentidos y experiencia que constató el  asmático pero celebrado escritor parisino pero a la que se puede llegar a  través de los más variados caminos. Quién me dice que no estaría sumido en la fragancia de la biznaga Vicente Aleixandre cuando en Sombra del paraíso dio forma a  versos sublimes a Málaga dedicados: “ Calles apenas, leves, musicales, jardines / donde flores tropicales elevan sus juveniles palmas gruesas,/ Palmas de luz que sobre las cabezas, aladas, / mecen el brillo de la brisa y suspenden / por un instante labios celestiales que cruzan / con destino  a las islas remotísimas, mágicas, / que allá en el azul índigo, libertadas, navegan”.

 

 

Los pitufos abandonan Júzcar

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Júzcar dice adiós a los pitufos

 JOSÉ BECERRA

“La pela es la pela”, que dicen los castizos catalanes y de rechazo en cualquiera parte del país,  a saber,  que el dinero es lo que importa y éste es el que mueve voluntades y actitudes, sin el cual todo se viene abajo como un castillo de naipes. Es lo que acaba de ocurrir en Júzcar, ese encantador pueblo de la Serranía de Ronda, que había hecho del color  azul-celeste su santo y seña a tenor de los Pitufos, la serie televisiva que removió los cimientos del pueblo y dinamizó su paupérrima economía atrayendo infinidad de visitantes.

En estos tiempos procelosos que corren en los que encontrar un puesto de trabajo es tarea ímproba por no decir imposible resultaba reconfortante saber que en un pueblo de la Ronda serrana se podían contar con los dedos de una sola mano y quizá sobrasen dedos las personas que no gozaban de una ocupación lo suficientemente lucrativa como para servir de sostén a una familia, fruto la feliz de la providencia que, como un maná, se derramó sobre el pueblo, en forma de tan divertidos personajes.

A Júzcar, enclavado en el oeste de la provincia malagueña, en las cercanías del Alto Genal, el cual da nombre a un fértil valle, parece que los pitufos le tocaron con su varita mágica en reconocimiento a que las fachadas de las viviendas se tiñeran de azul, que, como se sabe, es el color distintivo de estos divertidos personajes que con sus historietas y películas cautivaron a los niños de medio mundo.

 En buena parte debido a ellos, hoy por hoy, trabaja casi todo el pueblo; merced además, que todo hay que decirlo, a las inversiones que vienen realizando tanto la Diputación como la Junta de Andalucía con el propósito de dinamizar la economía local de pueblos malagueños, en este caso en los que se ubican dentro del marco de la Serranía de Ronda. Una economía deficiente y una situación calamitosa que había que concederle la mayor atención, desarrollando en lo posible el turismo, palanca que en cualquier parte todo lo mueve para bien.

    Pero he aquí que la gallina de los huevos de oro, echando mano a la famosa fábula de Esopo,  lleva camino de desaparecer más temprano que tarde. Y no es que como en el relato clásico se ambicionará más de lo debido matando a la ave y hurgar en sus entrañas, que no es el caso, sino que el Consistorio se ha decidido acabar con todas las imágenes y estatuas que con los celebérrimos Pitufos se adornaba el municipio. Se le exigían compromisos pecuniarios que nunca se satisficieron a los creadores de las divertidas historietas de los protagonistas y desde la Alcaldía se ha optado por el camino de en medio.

   Hubo un intento de aproximación entre las partes, pero el resultado final es que se prescinde de las efigies, que desde hoy parece que pasarán a mejor vida, una vez no quede ni rastro en el pueblo de ellas. Fueron vivo  reclamo para visitantes – se afirma que llegaron a aposentarse una media de 50.000 visitantes en la demarcación –, un prodigio para un caserío que apenas llega a los 250 habitantes y que revolucionó para bien sus exiguos recursos económicos. La pela es la pela, como digo,  y es lo que exigen los progenitores de los televisivos personajes a las autoridades administrativas de Júzcar,  optando éstas finalmente por sucumbir  a tenor de las exigencias por  las promesas incumplidas. Una decisión que todos hemos de sentir porque vino a revitalizar lo que no era sino poco más que una aldea que cobró vida inusitada y llegó a tener prestancia dentro y fuera de España.

    Eso sí, el colorido característico que durante años revistieron las fachadas y que recordaban a los protagonistas de la serie continuará tal cual, que cada vecino es dueño y señor para pintar su casa del modo y forma que se le antoje. Faltaría más.

Foto Diario SUR

Parque Litoral, un refugio para el verano

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Parque Litoral, un refugio para el verano

José Becerra

La zona de Málaga conocida como Martín Carpena por el magnífico Palacio de Deportes que alberga,  en honor a quien fuera inhumanamente enclaustrado por la banda terrorista ETA años atrás, ofrece una visión pletórica de edificaciones modernas, reflejo fiel de un ensanche de la capital que dibuja un paisaje urbano moderno y dinámico, fruto de la preferencia de muchos para  vivir o instalar sus comercios allí donde barruntan un acogedor o brillante futuro. Sirve de preámbulo a la populosa Costa del Sol pero no participa aún de su bullanguera fisonomía y no tiene nada que envidiar a otros hábitats  de rutilantes ciudades españolas o europeas.

   Como todo conglomerado minuciosamente concebido de viviendas que se precie ofrece a la populosa vecindad un parque para su esparcimiento y recreo. Madrid tiene el Retiro, Barcelona Montjuic, París Los Campos Elíseos, Londres Hyde Park… En Málaga tenemos para regocijo y expansión ciudadana, además de los jardines rayanos a la Alameda en el centro capitalino, el Parque Litoral un pulmón verde y florido, meollo de la expansión constructiva en su contorno, que por su proximidad tiende la mano al Palacio de Deportes bautizado con los apellidos del concejal secuestrado.

    Prácticamente rodeado de edificios el amplio perímetro se encierra por una gran verja que el Ayuntamiento decidió colocar para frenar los ataques de vándalos urbanitas que en más de una ocasión atentaron con nocturnidad y alevosía contra el mobiliario y los elementos de distracción y juegos de los menores. Sus cuatros amplias puertas colocadas en dirección a los puntos cardinales se cierran de noche para disuadir a los desalmados que venían atentando contra la  integridad del conjunto.

    Visito cada día este remanso de paz y en diferentes horas. Su apariencia cambiante a tenor de la luminosidad que recibe del astro rey en el transcurso de las horas me cautiva. Me encandila así mismo cuando su aspecto resulta grisáceo por mor del atardecer o a causa de nubarrones que presagian lluvia. Sigo el camino que los parterres me señalan bien delineados por verdes setos que en las primeras horas de la mañana despiden un fragante aroma de verdolaga. Parecen despertar arrojando lejos de sí las brumas nocturnas de las que eran prisioneros. Respiro profundamente y me siento henchido de la paz que seducen mis sentidos al no sentir la presencia humana por mor de la temprana hora, lo que  me hace  imaginar que  estoy solo en la inmensidad de la creación y que los edificios circundantes no son sino meros y mudos  atrezos del gran espectáculo del mundo que me rodea.

    El parque, a cualquier hora, es un universo viviente por la diversidad de población volátil que la ocupa. Avecillas gráciles como los jilgueros, etéreos chamarines, ruidosas urracas que con el verdor suave de su plumaje reavivan el desvaído color de la arboleda cuando el invierno la desnuda de hojuelas, obscuros y taciturnos mirlos que   visten de luto las brozas…Y sobrevolando el recinto las evoluciones pausadas de las gaviotas que hablan a las claras de la proximidad del mar que más que verse se presiente en la lejanía haciéndonos llegar sus reconfortantes efluvios.

    Como todo vergel que se precie, a cualquiera  hora del día, pero sobre todo cuando éste declina y las sombras se muestran como fieles aliadas para prácticas más o menos libidinosas  no es raro que nos encontremos parejas de enamorados amartelados en  conversaciones apagadas y furtivas caricias ajenos a todo lo que pueda estar ocurriendo a su alrededor. Uno, que ya peina canas, hace como que nada ve y sigue impertérrito su deambular no sin recordar con nostalgia otros tiempos y otras circunstancias de su existencia más vital.

   Con frecuencia me recluyo en el parque para embeberme en la lectura. Siempre hay un rincón propicio para este menester lejos “del mundanal ruido” del que despotricaba el poeta. Siempre hay un banco propicio, a la sombra si es verano, en otra época para recibir la caricia del sol otoñal. Como acostumbran las aves al acercarse a la fontana más cercana –saciar la sed sin abandonar sus piruetas -  leo y levanto la cabeza, más absorto en la naturaleza viva que me rodea que en las páginas del libro en cuestión.

    El Parque Litoral es un remanso  de paz, sobre todo en las horas en las que la  grey infantil se encuentra ausente aposentada en los colegios. Solo se oye el apagado rumor de la fronda o el quejoso piar de las aves, ya buscando sustento, ya el lugar de descanso nocturno para su ajetreo diario.

   Hay un pero, sin embargo, en este panegírico de tan emblemático lugar, y no es otro que a invasión de mosquitos, procedentes de las marismas del próximo río Guadalhorce que se dejan caer según que época del año haciendo la estancia imposible a los tranquilos viandantes. El Ayuntamiento de la ciudad se las ve y desea para extirpar el azote, sin lograrlo definitivamente. Un hándicap que cada cual resuelve a manotazos y que disturba el paseo en tan emblemático lugar de recreo de la Málaga del extrarradio, que no por eso pierde su estampa de exuberante pulmón verde ciudadano, hoy por hoy un delicioso refugio para las atosigantes calores del verano.

 

Galopante cambio de clima

Grazalema

 

Galopante cambio de clima

JOSÉ BECERRA

Las imágenes que nos ofrecieron días atrás los medios de comunicación sobre el pavoroso incendio de Portugal, al que ha seguido el no menos voraz de Doñana, ya en nuestro suelo hispano, ha propiciado que suenen las alarmas sobre el peligro que en este verano se cierne  sobre el suelo patrio dado la penuria de lluvias que soportamos y las carencias que esta escasez, más acusada cada día, padecen  nuestros ríos, exangües y sin vida. Las deseadas lluvias cuando nos visitan obedecen a tormentas que nos traen el líquido elemento, sí, pero de manera borrascosa tal que se pierden sin apenas provecho.

    Se habla entre los entendidos de cambio de ciclos, es lo que dicen algunos; otros van más allá y apuntan a un calentamiento del Planeta con imprevisibles consecuencias. El deshielo de los Polos es,  por ejemplo, un hecho incontrovertible y claro aviso a navegantes, nunca mejor empleada la expresión.

   A nadie con dos dedos de frente se le escapa que España carece de pantanos suficientes y que los acuíferos existentes se cuiden como un don precioso y evitar que las aguas graciosamente recibidas cuando la atmósfera se muestra pródiga en lluvias vayan a parar al mar, que maldita la falta que le hace o se pierdan por caminos insondables en la profundidad de la tierra. ¿Por qué nuestros políticos, a ratos si mal no viene, no se ocupan de este problema candente en vez de enfrentarse   en peleas que nada nos reportan a la mayoría de los mortales? Urge un Plan Hidrológico Nacional en la que participen además de las Administraciones públicas, que también, la sociedad civil incidiendo en la necesidad urgente del desarrollo de Planes Hidrológicos de cuenca que hasta ahora brillan por su ausencia o son insuficientes.

    Las sierras de Grazalema, arriscadas  y multiformes a tenor de un historial geológico convulso, cabalgan sobre las provincias de Málaga y Cádiz y nos dejaron para asombro de la posteridad, además de sus desafiantes alturas que horadan el cielo,  simas, angusturas y grutas como la espectacular Cueva del Gato benaojana, que destaca por su extensión lóbrega, la de mayor de  Andalucía, por la inmensa  población de murciélagos que la escogieron desde la noche obscura de los tiempos para hibernar en ella.

    El cambio de clima que ha perece haber sentado sus reales en el ancho solar andaluz se retrasa en las sierras de Grazalema a tenor de las lluvias que recibe a lo largo del año. Desde aquí, contemplándolas en la lejanía, agradeciendo sus lluvias que nunca nos abandonaron del todo me vienen a la mente los versos de García Lorca sobre el líquido elemento que se nos muestra remiso por mor de un clima que parece cambiar de forma galopante:

Es un besar azul que recibe la Tierra,
el mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
con una mansedumbre de atardecer constante.

Es la aurora del fruto. La que nos trae las flores
y nos unge de espíritu santo de los mares.
La que derrama vida sobre las sementeras
y en el alma tristeza de lo que no se sabe.

¡Oh lluvia silenciosa, sin tormentas ni vientos,
lluvia mansa y serena de esquila y luz suave,
lluvia buena y pacifica que eres la verdadera,
la que llorosa y triste sobre las cosas caes!

 

 

La Diputación tiende la mano a la Cueva del Gato

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La Diputación tiende la mano a la Cueva del Gato

JOSÉ BECERRA

En contra de las opiniones vertidas por los políticos malagueños opositores al Partido Popular y en concreto hacia la persona del Presidente de la Diputación, Elías Bendodo, en las que le ponen a caldo, que decimos por estos lares de la Serranía de Ronda, y le acusan de atender más a su soterrada batalla de sustituir a Francisco de la Torre  en la Alcaldía de Málaga que a los problemas que atañen a la provincia, obligado es decir que en lo que toca a Ronda y su comarca en contadas ocasiones hizo oídos sordos a sus demandas urgentes.          

   Como muestra un botón: la entidad supramunicipal malagueña acaba de redactar el proyecto de la nueva pasarela que hará posible un acceso más seguro y vistoso a esa joya paisajística y natural que adorna uno de los parajes más característicos de Benaoján, el pueblo chacinero por excelencia de la provincia. Nada menos que 200.000 euros vendrán a parar al Consistorio benaojano para poner en pie el nuevo puente sobre el río Guadiaro que vendrá a sustituir al antiguo que ya se resentía por su antigüedad y que permitirá un más apropiado acercamiento a tan emblemático lugar. Desde la carretera de Ronda la nueva estructura de madera laminada sobre cuatro zapatas de hormigón armado y pilares correspondientes garantizarán la seguridad del obligado paso.

   El objetivo no es otro que tan peculiar rincón – un oasis en el sequeral que le rodea – recupere en su forma prístina los atributos que le hicieron merecer la admiración de propios y extraños. Para ello se limpiará a conciencia el fondo del cauce sin olvidar la remodelación del entorno paisajístico que lo envuelve. En suma, tratar como se merece un lugar idílico, regalo magnánimo de la Naturaleza que en sus inescrutables designios decidió volcarse en favor de este rincón, milagro de la piedra tallada Dios sabe porque manos ocultas a través de los siglos y las limpias aguas vomitadas por la espelunca a sus pies.

   Como no podía ser de otra forma, la alcaldesa de Benaoján, Soraya García, ha mostrado su contento por esta actuación inminente de la Diputación en la demarcación cuyo Consistorio comanda. Satisfacción que no es sino reflejo del sentir ciudadano al cuajar el proyecto, rubricado por la Delegación del Gobierno de la Junta de Andalucía en Málaga, lo que habla de su pronta realización.

    

La insólita Verbena del Tren en Benaoján

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La insólita Verbena del Tren en Benaoján

 

JOSÉ BECERRA

 

Que se sepa, en ningún lugar  de la Península ibérica, ancha y variopinta, se celebra un festejo de este cariz. Porque en este municipio, emporio del chorizo y la morcilla, amén de otros bocados deliciosos provenientes del cerdo, ese animal tozudo y hozador del que se dice que gustan hasta los andares, decidió va ya para una treintena de años atrás, homenajear al tren.

El pueblo está unido como si de un apéndice umbilical se tratase a la estación de Renfe, a la que se llega, ya por carretera, ya por una senda que serpentea entre rocas y olivares, y que recoge una antigua cancioncilla que habla de la idiosincrasia del pueblo (“Por el caminito del Río va la moza, con pasitos cortos, pero ligera…”) en un tiempo que no va más allá del cuarto de hora.

La línea férrea que une Algeciras con Bobadilla y Málaga que data de los inicios del pasado siglo va desde entonces hilvanando entre sí pequeños pueblos con escasa densidad de población que vivió como un milagro que el tren transcurriese entre sus términos municipales con lo que ello comportaba para la movilidad de sus habitantes y menguadas economías.

El municipio de Benaoján quiso agradecer su paso por el territorio que vino a solventar una necesidad de transportar la mercancía de sus incipientes fábricas de embutidos a lejanos destinos cuando los medios de transportes por carreteras comarcales no lo facilitaban por su ausencia o imposibles trazados. Y surgió la Verbena del Tren, siempre bien acogida por propios y extraños.

Son dos días de jolgorio y cuchipanda, bailes y atracciones verbeneras continuadas los que ocuparán el sábado 29 y domingo 30, junto a un lugar insólito: los raíles del tren en cuyo honor se monta cada año el festejo. Orquestas y atracciones a tutiplén amenizarán la verbena hasta que “el cuerpo aguante”, que dicen los del lugar.

Y si el calor le atosiga mediado el día  siempre tiene la oportunidad de arribar paso a paso (o en coche si lo prefiere) por un camino poblado de adelfas y vetustos  encinares hasta la Cueva del Gato, ese lugar idílico enclavado a muy poca distancia del lugar del festejo, prodigio de la piedra festoneada por la Naturaleza y el paso incesante de las aguas desatadas del río Gaudares o Campobuche que al hermano mayor, el Guadiaro,  vienen a morir en fraternal abrazo, sellando  amistad indeleble con el pueblo de Montejaque (Cueva del Hudidero), que desde este singular pueblo serrano proceden atravesando subterráneos y parajes de sombras reinantes en laberíntico recovecos y fosas que sobrecogen el ánimo.   Aquí, en la desembocadura de las frías aguas podrá mitigar el calor reinante con un baño prolongado en el llamado “Charco Azul”, cuyas losas  del fondo se observan a simple vista dado lo cristalino y turgente del fondo del líquido elemento allí remansado.

Los trenes, todos y cada uno de los que en estos dos días de bulla y agitación se vive junto a su paso,  no tienen por menos que saludar y agradecer con prolongados pitidos tan singular festejo en su honor.

……………

El reprobado Impuesto de sucesiones

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El reprobado Impuesto de sucesiones

El presidente del PP andaluz, Juanma Moreno, vino día atrás a otro menester a Ronda: a dar constancia de los retrasos que en lo que concierne a infraestructuras en  la comarca vienen padeciendo los andaluces, y en concreto de la empantanada situación de la variante de Arriate, a dos pasos de la Ciudad del Tajo. Lo que no fue óbice para que atacara por derecho a un impuesto que está soliviantando a  la población ya que no tiene parangón en el resto del solar hispano. De paso ha recordado el artículo 14, Título I de la Constitución que nos dimos par nuestra prez y honra en 1978, que viene a decir taxativamente que “los españoles son iguales ante la ley sin discriminación alguna”.

Y ante ese aserto indiscutible no podemos por menos que manifestar descontento y exasperación por su arraigado incumplimiento de promesas tales como la bajada o total supresión de un impuesto, el llamado de sucesiones,  que por el empecinamiento de la Junta de Andalucía se ha de hacer frente y en una cuantía que brilla por su ausencia en el resto del país, incluido en  Madrid “rompeolas de todas las Españas”, que dijo con acierto Antonio Machado.

Pero ocurre que nuestros políticos que ya nos producen hartazgos por sus promesas vacías y grandilocuentes frases que sin pudor alguno esgrimen unos y otros solo para contrarrestar lo dicho por el oponente y ponerlo a caldo si mal no viene y dejándonos, como digo,  a los españolitos de calle cada vez más exasperados y aturdidos.

Como las explicaciones que ha venido a exponer recientemente la presidenta de la Junta andaluza, Susana Díaz, como respuesta al parlamentario Juanma Moreno, quien le afeó con agrio tono que Díaz afirmara sin pelillos en la lengua que es éste un impuesto que “solo lo pagan los ricos” o, para rematar su invectiva, diciendo que quienes tributan por este concepto son los “millonarios”. No parece que esta afirmación tenga visos de realidad a juzgar por las quejas de quienes se ven obligados a satisfacerlo y que de millonarios solo tienen las ilusiones de serlo.

La contestación social está servida al respecto y veremos si cuaja la decisión de la Diputación de Málaga de declarar a  la provincia libre del discutido y maléfico impuesto que tanta ojeriza de  está levantando. En Ronda, por ejemplo, han aunado fuerzas los distintos partidos políticos para conseguir que la gabela en la ciudad sea desterrada definitivamente.

Abriendo el texto de la Constitución de 1978, que tantas cuestiones obsoletas venía a desterrar, completamos el susodicho Título constitucional  añadiendo  que “los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”. No podía ser más explícito y taxativo el susodicho Título. Sin embargo, hay quien se lo salta a la torera o haciendo de su capa un sayo lo manipula y distorsiona a su antojo.

Lo que no deja de ser un trato injusto a los andaluces, a los que nos queda otra que, haciendo de “tripas corazón” (frase por muy hecha que sea, pero que no deja de ser veraz) agachar la cerviz y acatar el abuso que nos viene desde arriba.

La titánica labor de los corcheros

 

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La titánica labor de los corcheros

JOSÉ BECERRA

Como saben, El río que nos lleva es una laureada novela del extinto escritor José Luis Sampedro. Rinde en ella homenaje a los gancheros del río Tajo en su ímproba labor de transportar maderos corriente abajo en un periplo que va desde la Serranía Ibérica, en Guadalajara, hasta Aranjuez. Sortean angosturas y peligrosas corrientes y ponen no pocas veces en duro trance la integridad física de quienes participan en lo que es, más que un trabajo, una aventura con un final que no siempre es venturoso.

Tuvieron su exégeta los corcheros en la persona del escritor y humanista catalán; nos falta alguien de su altura intelectual y descriptiva para que acometa la labor de sacar de las tinieblas para enaltecerla la labor de los corcheros que se dejan la piel bajo el implacable sol de los veranos de la Serranía de Ronda ejerciendo su rudo trabajo.

Suben cada mañana los corcheros de Ronda y Cortes de la Frontera arreando sus animales de carga por senderos imposibles de los montes del término municipal respectivo. Se aprovechan las horas tempranas del  día para la penosa ascensión; la reata serpentea por las trochas a paso lento y medido; dura labor les espera y los corcheros son conscientes de ellos, así como el esfuerzo sobrehumano que han de emplear y que mermarán  sus fuerzas a medida que las candentes horas del día avancen hasta el halagador declive del sol.

Pasan años y siglos y los corcheros de Ronda siguen subiendo al monte  en los primeros días de la canícula, antes que que las  calares se intensifiquen y, sobretodo, que pase el tiempo más propicio  para su labor. Ascienden las reatas de animales de carga por senderos casi imposibles arreados por quienes tienen como misión desnudar el alcornoque de su coraza de corcho, algo que  hacen  con el pundonor y ritual  de quien arrebata su vestimenta a una vestal que gana gracilidad y gentileza expuesta al amor de  airecillo de la sierra.
Oficio antiguo donde los haya, el corchero de Ronda o de los pueblos limítrofes en este quehacer atávico cuya enseñanza se transmite de padres a hijos y se aprende allí donde el monte – destellos  de sol atravesando la floresta creando irisaciones antes de acariciar el erial montuoso – se despuebla de presencia humana y el silencio reinante no se quiebra sino por el trino suave de un estornino atrevido o el graznar bronco de un aguilucho que atraviesa el aire con la rapidez de una flecha, espantado quizás por la intromisión de desconocidos en su predio montaraz y celeste.

Pero el corcho rondeño y el de Cortes de la Frontera, más allá de la sublimación de un oficio  ancestral con toda la carga romántica que conlleva lo antiguo e imperecedero posee una vertiente económica nada despreciable. Que se lo digan si no a los ayuntamientos rondeño y cortesano y el importante arrimo que significa para sus arcas no siempre boyantes. Más de medio millón de euros vendrán a engrosar el Consistorio de Ronda en concreto con la “saca del corcho” de los Montes de  Propio, que en la temporadas actual ha resultado ser de excelente calidad como puede verse en los “patios” donde se exhiben más que se amontonan para que se pueda apreciar lo especial de su textura.

Hachas al hombro, única herramienta empleada hasta hora por mucho que la mecanización trate de imponerse, los corcheros otean en las madrugadas el tajo que les ocupará durante buena parte del día. ¿Serán conscientes de que escriben cada año por estas fechas una de las páginas más sugerentes de la historia de Ronda, la pretérita y la actual, sin que nada haya podido romper ilación entre una y otra?

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No soy autor de la foto.

Piscinas por doquiera en la Serranía

Piscinas por doquiera en la Serranía

JOSÉ BECERRA

Ha sido una solución suscrita por los alcaldes y los miembros de las corporaciones municipales de buena parte de los pueblos que aglutinan el ancho y árido solar de la Serranía de Ronda. Una demanda que no se podía  desatender dada las caracteristicas de la comarca que propiciaba veranos largos y calurosos, circunstancia que forzaba  a  su gente  a soportar soles de justicia sin un remanso de paz y frescura que les aliviara. Los ríos Guadiaro y Genal, ya no son lo que eran: bajan sus aguas pobres y escasas corriente abajo y dejaron de ser factibles para baños  los “charcos” en los que era posible solazarce siquiera fuese por unas horas décadas atrás. ¿Quién no recuerda por estos lares los domingos transcurridos a orillas de esos ríos hoy menguados de caudal pero entonces limpios y caudalosos?  Y aquellas comilonas celebradas en sus orillas bajo la sombra de una chopalea, una higuera o de espesos juncos, ¿a quiénes se les olvidó?

Reliquias de  un pasado  que perdura aún son los baños en la famosa Cueva del Gato asomada al con justicia llamado Charco Frío, a tenor de la temperatura tan gratificante en veranos tórridos como el que atravesamos, y de la que disfrutan los vecinos de Benaoján y, por supuesto, de foráneos que hasta aquí llegan atraidos por el placentero  microclima que las maravillas de la piedra esculpida por la magia de la Naturaleza  y las gélidas aguas aunadas  les ofrecen.

Pero no todos los pueblos de la comarca en los que el bochorno reina en estos días pueden disfrutar de tan  gratificante y natural  paraje, así que se echó a mano a las piscinas que han proliferado como las margaritas en mayo. Montejaque, Pujerra,   Jimera de Líbar, Alpandeire, el propio Benaoján, entre otros municipios serranos encastillados en terrenos irredentos de secano peremne en los estíos agobiantes echaron mano a las piscinas como feliz remedio para alegrar la vida a pequeños y mayores y hoy por hoy forman ya parte del paisaje que circunda a cada uno de ellos. A falta de pan, buenas son tortas, parece que piensan los que que se vieron alejados de las dos vías fluviales que, por su curso sensiblemente aminorado y no todo lo limpio que fuera de desear y las  parquedad en alegres torrenteras que hicieron, como digo,  años atrás  las delicias de la vecindad, recurrieron a  las piscinas que ahora son lugar de encuentro familiar y amistoso para el relax y el buen yantar.

Están a su alcance visitando este territorio serrano paisajes de montaña insólitos, pueblos blancos cobijados, ya en las laderas de las sierras, ya en sus empinadas crestas y cumbres que desafían al cielo con ánsias de horadarlo, por no mencionar lugares que figuran por erecho propio en los anales de la prehistoria, tales las cuevas de la Pileta o del Gato en el término municipal de Benaoján. Ésta última un milagro de la piedra labrada por la naturaleza y la torrentera merced  las aguas impetuosos de río Campobuche o Guadares que a morir viene en las riberas de su hermano mayor el Guadiaro, que le espera aguas abajo. En medio, un charco de frías aguas, limpias como espejos, que propician el más placentero de los baños al lado del sequerral abrupto reinante a su alrededor.

Así que no obvien su excursión al interior de la provincia por su sequeral inmanente porque siempre es posible gozar de paisajes tan intrincados como fascinantes, caso de la Serranía de Ronda,  y al mismo tiempo darse un chapuzón en culquiera de las pìscinas que hoy por hoy abren sus puertas cada día para regocijo de propios y extraños en los pueblos desperdigados por tan emblemático  solar del sur peninsular.

Y para poner la guinda al disfrute de unos días placentero tierras adentros, lejos de playas atiborradas y ciudades tumultuosas, están esas piscinas que los consistorios respectivos han cuidado hasta el último detalle para el deleite de los visitantes.

 

 

Diario SUR

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