Montejaque a lomo de rucio

          Montejaque a lomo de rucio

Por dos razones Montejaque es noticia en estos días. Primero, por el agua que para los montejaqueños ha dejado de ser pura y casta como la alababa San Francisco y por la implantación del  negocio familiar que acaba de fundar Adelaino Calle, de profesión campesino y matarife. Lo del agua, se resolverá más temprano que tarde (es posible que ya puedea beberse del grifo cuando estas líneas salgan a la luz),  y la tranquilidad volverá al pueblo sojuzgado momentáneamente por la nociva calidad del líquido elemento que le llega desde el vecino pueblo de Benoján. 

  Lo del negocio familiar a ratos perdidos – que cada vez son más extensos -  de Adelino apunta a convertirse en un medio de vida acorde con la deriva del pueblo hacia el turismo rural cuando la agricultura y la industria chacinera se encuentran en franca decadencia. El burrotaxi, remedo del  de  Mijas,  acaba de tomar cartas de naturaleza en Montejaque y ya no resulta raro ver la reata de jumentos con su paso cansino ascender por el sinuoso camino agreste  que conducen al llano de la Virgen de la Escarihuela, o a cualquier otro lugar de la encrespada sierra de Juan Diego. A lomos de los pollinos, turistas que de esta forma disfrutan de un paisaje de montaña insólito y sugestivo.

  El pueblo,  fronterizo entre la comarca de Ronda y la gaditana Sierra de Grazalema, mira al Valle del Guadiaro desde el pie de los roquedales del Hacho bebiendo los vientos norteños que hasta las casas llegan resbalando por el espolón vertical de Tavizna, mole piramidal que le sirve, en la lejanía, de peñascoso telón de fondo. Las casas, con el blanco impoluto de la cal, llegan hasta las estribaciones de las sierras de Montalate y Juan Diego, y en general, el caserío todo parece cobijarse entre peñascos.

   No se contempla Montejaque hasta que no se avizoran sus primeras casas; de ahí el nombre ´Montexaquez”, de raíces árabes, que significa `montaña perdida”. Tal vez por estas razones la brisa nocturna, que en la Serranía suele descolgarse de los altos picos, alivia los rigores del día y hace sumamente agradable la permanencia en la plaza pública. Una plaza que es testigo fiel de los acontecimientos que se suceden a lo largo del año, como las fiestas patronales que se celebran  en verano en honor de la Virgen de la Concepción. Milagrosa invocación mariana que se cree a pies jumtillas detuvo la virulenta epidemia que originó una tradicional romería en la ermita de las Escarihuela, con total vigencia en nuestros días. Y, además, es conocida la plaza por el Juego del Cántaro, costumbre rescatada del acervo cultural y popular del pueblo, la cual “ no parece haber tendido parangón en la provincia”, según afirmación generalizada.

    “El Juego del Cántaro” es un reverdecimiento reciente de la costumbre que tenían las mujeres del lugar de ir a la fuente pública – una fuente que aún conserva los viejos caños de fresca agua – a recoger el líquido elemento en la época en que éste no llegaba a las casas. Se acercaban a la fuente hasta con tres cántaros que llevaban uno sobre la cabeza descansando sobre un rodete y los dos restantes sobre el cuadril. Tan frecuente era esta imagen que llegó a ser como la seña de identidad del mujerío local que no se arredraba ante el esfuerzo físico ni por los más penosos trabajos.

    Pero los cántaros son ahora motivos de divertimiento y atracción turística, sobre en los días de Carnaval. Se forman equipos de seis o tantas personas como cántaros haya disponible en el juego. Se marca el centro de la plaza con una gran cruz y alrededor de éste se forma un círculo con las participantes. Se lanza el cántaro lleno de agua unas a otras y si éste no se rompe, se amplían los círculos concéntricos haciendo que cada vez el juego sea más complicado. Paulatinamente se van eliminando a las que el cántaro se les hace añicos antes de llegarles a las manos.

          Al hablar de los platos de Montejaque se impone la selección “que viene de muy antiguo” como nos dijo en cierta ocasión María Hidalgo, funcionaria del Ayuntamiento,  y que no es otra que la del guiso de patas de cerdo, como remembranza de la tradición chacinera; los embutidos, las tortas de chicharrones (residuo muy frito  que queda después de derretirse la manteca de los trozos de piel del cerdo, convenientemente mezclados con masa de pan, azúcar y zumo y ralladura de cítricos y canela); “y los molletes artesanales, junto a las bebidas, como la mistela, que antes era obligada en las amonestaciones y en las bodas y que consiste en una perfecta conjunción de anís seco, azúcar, matalahúga y yerbas aromáticas”. 

     Para postres es obligado acabar mencionado las mermeladas que “Al- Jaque” elabora y de las que podrán hacer provisión los ocasionales visitantes, con la seguridad de que se llevarán a su casa un manjar sorprendente tanto por su exquisitez como por su rareza. “ Además de las tradicionales mermeladas por todos conocidas, elaboramos las de cebolla, berenjena y tomate, de las que creemos no tienen paralelo en ningún lugar”, nos dice una de las tres operarias de la singular fábrica artesanal que endulza el paladar de media Andalucía.

    ¿Pero cuáles son los atractivos del pueblo, aparte del más innegable, que radica en el núcleo poblacional? Son casas que respetan la tradición arquitectónica popular, algunas con fachadas blasonadas como el hotelito de Mañara, residencia que fue de Don Miguel de Mañara, aventurero y señor de rancio abolengo, en cuya figura y hazañas muchos autores creen ver la fuente de inspiración para el Don Juan Tenorio de Zorilla. Hay que salir al entorno y llegarse, entrando por la vieja y estrecha vía que sale de Ronda a Sevilla, al poso de cruzar el alcornocal de Bogas Bajas, al embalse o mal llamado”pantano” de Montejaque. Es ésta una obra tan colosal como inútil levantada en tiempos de la dictadura de Primo Rivero para detener las aguas del río Gaudares. No se consiguieron domeñarlas por las filtraciones del terreno arcilloso, y el caudal corre libre por la hendidura del Hundidero, hasta desembocar en el Charco Azul de la cueva del Gato, en Benaoján. Un paisaje insólitamente montaraz y misterioso por el tajo que abre las entrañas de la tierra, pero no exento de encanto por la fascinación  de la cueva, negada para aquellos que no sean expertos en espeluncas y curtidos en el riesgo y  la aventura.

                  Si se quiere ver a Montejaque en todo su esplendor, captar la infinidad de matices que ofrecen sus paisajes y la particularidad de su gente, lo recomendado es que se visite en los días otoñales, lejos de los ardores del verano y de la inclemencia del invierno. Como en estos días que corren, cálidos y propicios para el solaz. Y venga a ver a Landelino y disfrute de un singular paseo   por los alrededores al paso lento pero seguro de uno de sus nueve pacientes rucios.

  

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Diario SUR

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