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Al calorcillo del mosto serrano
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José Becerra | 01-12-2011 | 11:19

 Al calorcillo del mosto serrano

Faraján

Caserío de Faraján a pocos kilómetros de Ronda, donde se celebra cada otoño la fiesta del mosto

 

 

Se celebra en estos días en los pueblos de Atajate, Faraján y Pujerra la fiesta del mosto. Se trata de una celebración que rememora la tradición y las artes de las  que se servían sus habitantes desde siglos atrás para dar cuerpo y sabor a un vinillo dulzón con reflejos tornasolados elaborados con medios artesanales transmitidos de padres a hijos. Unos procedimientos que se hicieron extensivos a la mayor parte de las localidades de dela Serraníade Ronda.

 

Hubo un tiempo, treinta o cuarenta años atrás, que en dehesillas próximas a los ríos que dan nombre a los valles a los que colmatan sus ricas tierras, las pequeñas explotaciones familiares de vid sustentaron un animado mercado vinícola que surtió de mosto a todala Serraníarondeña. Hicieron posible un trasiego, primero de vendimiadores expertos y, luego, de arrieros por sus caminos llevando a lomos de bestias de carga los melosos y cálidos caldos cuya uva se maceraron en sus lagares y adquirieron paladar y frescura en  las viejas  barricas de las  bodegas.

   Fueron famosas las bodegas de Las Caballerías, en las proximidades de la meseta sobre la que se asienta la ciudad de Ronda, y también, la de Los Bizcos, a dos pasos de la cueva del Gato de Benaoján. Hoy, derrumbados sus muros, comidos el maderamen por el musgo, consumidos sus recovecos por las alimañas, muestran las huellas de un quehacer y una  producción que, a juzgar por las reliquias que perduran, fue, sin duda, floreciente.

   Sin embargo, la vendimia no se erradicó de estos lares. A los plantones que fenecieron por el ataque feroz de la filoxera a finales del XIX surgieron otros al filo de los años 80 y 90 del pasado siglo. Plantados estos por los familiares de los vendimiadores de antaño, la vid volvió a florecer en pequeñas parcelas de Montejaque, Benaoján, Cartajima, Faraján, Atajate… y se reverdecieron los prados por años arruinados por el abandono y las sequías.

    Ahora de la mano de minúsculas explotaciones familiares con auténtico carácter artesano, obedeciendo a esa singular manifestación que no es privativa de estas tierras sino de todas aquellas en las que la necesidad y la penuria llevó a sus moradores de entender, a veces con el carácter de la especialización más exigente, de todas las faenas de laboreo campesino.

   La vendimia tradicional llevada a cabo por familias con un reducido predio que dedican al cultivo de la vid y que a lo mejor heredaron de sus mayores (como es el caso que nos ocupa y que hemos tomado como ejemplo), reúne en la casa a hijos casados y solteros y nietos en edad de trabajar; todos dispuestos a “arrimar el hombro”.

La reunión mañanera es en la casa de labor en donde se observa la mezcolanza de lo moderno con lo antiguo sin detrimento de uno u otro. Se dan la mano la nevera y la alacena para guardar en las mejores condiciones los víveres y el cántaro de barro “que hace el agua más fresca y que se llena periódicamente en la fuente más cercana; el televisor o el transistor no muy lejos de los aperos de labranza; las ristras de chorizo de la matanza anual colgadas junto a manojos de hierbas medicinales y las que sirven para las preparaciones culinarias  – la manzanilla, el poleo, el tomillo, el laurel…- al lado de la lámpara fluorescente, la cual no es óbice para que cuelgue de uno de los muros de la pared el candil con aceite y torcía para alumbrarse si fuese necesario como lo hicieron  los ancestros en las interminables noches de los inviernos campesinos.

 

 

 La uva de la que se exprimirá el cálido mosto
 

 

   La viña, a la que se dirigen los miembros de la familia y algunos amigos que se sumaron a la faena convirtiendo la jornada en una fiesta, se encuentra a un par de kilómetros de la casa. Es una hondonada del terreno arcillosa dela Dehesilla benaojana en la que la vid encuentra el terreno propicio para su desarrollo. Resguardada de los intensos fríos invernales pero expuesta plenamente  al sol del estío.

Como ocurre en las matanzas caseras, la mujer, no importa su edad, tiene un papel insustituible en las faenas de recolección de la uva. Hoy visten pantalones vaqueros, pero años ha la indumentaria era distinta: “ Mi abuela venía a vendimiar y se ponía unos pantalones de mi abuelo debajo de la falda, así podía agacharse sin temor de que se le vieran los muslos”. Es ésta una precaución pundonorosa que aún observan las féminas de la serranía en la recogida de la aceituna o cuando encalan las casas y han de agacharse o subirse en unas escaleras.

 

   Para vendimiar es suficiente armarse con una navaja para cortar el racimo y una canasta al pie para recogerlo. Hombres, mujeres y niños avanzan por las “calles” que forman las cepas exhibiendo sus turgentes frutos. “Hay que hacer el trabajo a hecho, sin dejarse un racimo atrás”. El más viejo de la cuadrilla conduce un burro provisto de angarillas y los más jóvenes le cargan las canastas repletas de racimos, mientras se van dejando las vacías en el mismo lugar.

La escena no puede tener un carácter más festivo. Se cantan coplillas, se cuentan chistes y entre canasta y canasta se da buena cuenta del  vino enresta(d)o, o sea, el que quedó de la pasada vendimia, si es que duró para este momento; “ si no, se echa mano del vino blanco del Condado, que aquí tiene buena aceptación”. Un cuadro ufano y costumbrista, abigarradamente colorista, que haría las delicias de Goya o Sorolla o sus seguidores, que a buen seguro no perderían la oportunidad de inmoralizar con pinceles tan pintorescas escenas campestres, comunes por la euforia contagiosa que destilan a toda faena de recolección.

El lagar, sala principal de la bodega, casi siempre fue un cobertizo construido ex profeso junto al resto de las dependencias. Se trata de una obra de dimensiones variable con reborde de mampostería, siempre de forma cuadrada y de suelo de cemento. Una leve inclinación de éste hacia un caño situado en  uno de los laterales facilita el paso del caldo; en el centro se alza una pequeña prensa accionada por una palanca  en la parte posterior. La prensa es imprescindible para las faenas de molturación de la uva, si bien  ésta se pisaba antes de someterla a la presión.

    Ahora, contrariamente, se utiliza una sencilla máquina provista de brazos y manejada por volantes para deshacer la uva, una vez que ésta es depositada en la tolva a golpe de horca*. “ Aquí es preciso decir que hay que echar una embozada de yeso de albañilería para conseguir  que el vino no salga turbio”. Acto seguido se pisa la uva “como se ha venido haciendo toda la vida”. Si la recogida del fruto era risueña y emotiva no digamos el “pisado” en el que intervienen hombres y mujeres, aquellos con los pantalones arremangados hasta las rodillas y las féminas con las faldas recogidas hasta la misma altura. Un cuadro entre festivo y jaranero “ que nadie de la casa, incluido los niños, quieren perderse”.

    El transporte del mosto por las veredas dela Serraníase perdió al mismo tiempo que dejó de existir la arriería. Fue, sin embargo, un oficio que por extinguido, como la de los vendimiadores y vinateros de antaño,  no se borró del todo de la mente de los más viejos de los lugares por donde transitaron. L

Las reatas de acémilas por los caminos del Guadiaro o el Genal, haciendo paradas obligadas en posadas y aguaduchos en donde el oloroso caldo de la tierra siempre era bien recibido, constituyeron unas imágenes bien festivas. A la vez,  desvelaban un incipiente sistema de intercambio industrial en una economía tan precaria como la dela Serraníade los años cuarenta y cincuenta. Se veía en ellas, el trabajo y esfuerzo de unas faenas como la vendimia y un oficio como el de bodeguero, trasuntos de unos modos de vida tan antiguo como lo son todos lo que emplean sus brazos para lograr la propia subsistencia y la de su familia más allegada. Hoy, lejos de la comercialización, es el calorcillo del mosto lo que hace posible el milagro de la reunión familiar, lo que nos poco, siquiera sea mientras  dura en la bota y se pueda escanciar en una copa.

 

 

 

 

 

 

Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.