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José Becerra

La provincia a vuelapluma

Tipos malagueños: el vendedor de almendras

 

 Los lugares más emblemáticos de Málaga, los más visitados, aquellos en los que la gente se para a tomar aliento y levantar la vista hacia lo que bien lo merece, no es raro que delante o en sus inmediaciones se mueva alguien que imprime calor humano a la frialdad del monumento, o a lo colosal de las formas arquitectónicas. Aunque por donde más pululan estos personajes, inequívocamente malagueños y ya más que familiares a los viandantes, es en la vía por excelencia de la capital, o sea, la celebérrima  Marqués de Larios, y en algunas de sus plazas principales, como la dela Mercedola Constitución.

    En la esquina de la última de las calles mencionadas se atrincheró tras su frágil puesto de almendras un personaje que me atrevería a afirmar es tan conocido ya como la escultura del Cenachero,  en las cercanías del puerto, o la estatua del Cánovas paseante en el final del Paseo de los Curas. Si estas, como un sinfín de otras efigies, desaparecieran de sus lugar habitual se tendría la dolorosa sensación de que algo se nos había arrebatado, y el rincón o el recodo o la esquina se sumiría en la languidez y tristeza de lo que fue y lo que permaneció – a veces sin que hubiésemos echado cuenta de ellas,  nos bastaba que estaban allí sin que le concediésemos el acogida de la mirada – durante una buena parte de nuestras vidas y luego se esfumó en el tiempo o el olvido.

     El vendedor de almendras tostadas y saladas de la plaza dela Constituciónse parapeta tras su sonrisa abierta y su gesto amable para todo aquel que se acerca a su humilde negocio. Se toca con un gorro blanco y viste el eterno chaleco rojo con ribetes negros y pantalón negro. Casi se podría tomar por un marinero en traje de paseo. Su horario de trabajo no  va más allá de media tarde, cuando el sol cae de lleno en la explanada  y los clientes del bullicioso café de la esquina – otra institución  malagueña cosmopolita y colorista – buscan el amparo de las sombras de las sombrillas estratégicamente situadas.

    El vendedor despacha  a su clientela poniendo un blanco cucurucho de papel blanco rebosante de apetitosas almendras en sus manos. Lleva haciéndolo qué se yo de años, mientras charla y bromea con los parroquianos del café o con cualquiera que se para junto a él. Veo cómo con pulcritud llena los cucuruchos que perfectamente alineados coloca sobre las almendras que aún espera su turno para ser envasadas. Mientras lo hace observo su mirada circunspecta como si aquel trabajo exigiese la máxima atención y cuidado. O a lo mejor, el hombre está embebido en sus pensamientos o intenta resolver, como cualquier mortal, los entresijos de un problema doméstico.

    Tendría que preguntarle su nombre, pero me ocurre que, a veces, a la vista de un tipo señero, prefiero quedarme con la duda: si se llamara Juan, o Antonio, o Juan José, qué añadiría eso al personaje que me merece ahora y en aquel momento toda la atención. Me basta con seguir sus movimientos, examinar su indumentaria, reparar en su gracejo. Sé que el vendedor de almendras – se lo oí decir un día que me paré a su lado en un instante de mi habitual paso en dirección a mi trabajo – presume de que se le conoce en muchas partes del mundo. “Hasta en el Japón Saben de mí “, decía con orgullo.

   Un día, a la hora de siempre, no encontré al vendedor de almendras tostadas en su lugar de siempre. Me embargó una desazón inusitada. ¿Estaría enfermo? ¿Le habría ocurrido algún accidente? ¿Que motivo habría ocasionado su ausencia? Es lo que pasa cuando fallan los esquemas visuales y emocionales y las ausencias y lo inesperado sustituye a lo previsto.

    Al día siguiente, el vendedor estaba en su lugar habitual. La esquina recobraba la animación que éste venía prestándole. Todo seguía igual. Entonces, aquel día sí, me alejé de él, ufano, con mi cucurucho de almendras en la mano.

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Sobre el autor

Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.


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