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José Becerra

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Manuel Alcántara, 84 años

 

 

Foto: Diario SUR

 

 

Manuel Alcántara, 84 años

Si tratamos de bucear en la historia de la literatura contemporánea de Málaga y su provincia, indefectiblemente nos toparemos con la figura eximia de Manuel Alcántara, vate y articulista singular.

Cumplió años Manuel Alcántara, un altísimo POETA, con mayúscula, como quiso que apareciera en el elogio certero que le dedicara años atrás Alonso Canales, otro adalid malagueño de las sílabas contadas, esas que son de “gran maestría”. Llegó al altozano (que no a la cumbre de la vida, que todavía le quedan subidas de calendarios por transitar para nuestro gozo), de los ochenta y cuatro. Una cifra redonda, contundente, pero sólo si se echa la vista atrás de su biografía y se hacen cuentas de sus versos y de su “necesaria y fraterna palabra”.

Retoma cada día la palabra el maestro del buen decir, de las ocurrencias felices, de los conceptos precisos y de la ironía y la crítica que abjuraron de la acritud y el encono.”Bastante amargura hay en el mundo para que se incida sobre ella en los escritos”, me dijo un día, la primera vez que mantuve una conversación con él, en un paseo inesperado que me deparó y dispensó en un encuentro fortuito, camino de su casa. (Luego, en otra ocasión, me abrió las puertas de su hogar – un santuario para mí dado mi admiración por el maestro, que no vacilo en confesar -, había ido yo a llevarle tres o cuatro cintas para su Olivetti, resto de una antigua papelería de mi propiedad, sabedor de su necesidad imperiosa de ellas).

Ese es su estilo: lo más grave, lo que puede causar dolor, iracundia o incitar a un acerbo ataque se diluye en su lenguaje, y el tono escogido en pirueta que la desposee de acritud. Sin merma en su entendimiento y en la consecución de su último objetivo hace que con sus palabras cambiemos el desabrimiento por una sonrisa. Milagro del buen hacer de un articulista “amanuense de sí mismo”, como alguien dijo de él con justicia.

Más de cincuenta años dando la esencia de su ser a golpe de Olivetti, tras la leve neblina de su sempiterno cigarrillo, y las más de las veces tras las cristaleras de su despacho que da al mar (“Bajamar de la desgana: las olas cerca de mí, yo lejos del agua clara”), y la presencia impávida de sus búhos, mudos, ojiabiertos, enigmáticos.

En mis paseos por las cercanías de los túneles de Rincón de la Victoria, cerca de los cuales tiene su morada el articulista y poeta, cuando veo iluminado su despacho me lo imagino así en su quehacer diario (“a las siete sale cada tarde mi artículo a su destino “, me confesó el día de mi feliz tropiezo con él); y, en ocasiones, me paro para contemplar la difusa luz de su lugar de trabajo. “¿Habrá puesto ya el maestro el punto final en su artículo de cada día? ¿De qué tratará? ¿Con qué ocurrencia nos sorprenderá mañana? ¿Con qué chispa o agudeza nos hará pensar?”, me pregunto.

Mi felicitación, don Manuel, y mi deseo que ver durante muchos años más la luz de su despacho iluminada. Hoy, esta tarde, mientras paseo, me vienen a la memoria otros versos suyos. Los voy musitando mientras me alejo: “ NO pensar nunca en la muerte / y dejar irse las tardes / mirando como atardece. / Ver toda la mar enfrente / y no estar triste por nada / mientras el sol se arrepiente. / Y morirme de repente / el día menos pensado. / Ése en el que pienso siempre”.

No sin sonrojo por mi parte, en mi insignificancia ante tamaña excelsitud de los versos del maestro indiscutible me atrevo con estos pobres versos de mi cosecha, sin otro propósito que expresarle mi admiración y respeto.

 

MANUEL ALCÁNTARA Y LOS BÚHOS

No deja de sorprender el conjunto.

Nos miran con ojos abovedados,

inmóviles, fríos y acerados.

Rara expresión del rapaz cejijunto.

 

El ilustre escritor de cualquier asunto

y gran poeta que nos deja admirados,

tiene retén de esos seres alados,

con una devoción que no barrunto.

 

No son búhos de plumas, carne y hueso,

sino de policromada cerámica,

y la misma noctámbula apariencia.

 

Al maestro le conceden embeleso

y compañía agradable y balsámica.

Las aves y el escritor en connivencia.

 

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Sobre el autor

Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.


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