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Fecha: July, 2012
Críticas de la ONU
José Becerra 31-07-2012 | 11:09 | 0

 

 

 

 

 

 Allende fronteras no todo son alabanzas a los recortes  en aras de cuadrar las cuentas. La Eurozona los aplaude pero el Comité de Derechos Económicos y Sociales de la ONU  no ha tenido por menos que dar un firme tirón de orejas al Gobierno español porque los drásticos ajustes llevados a cabo “perjudican de forma desproporcionada” a los menos agraciados por la fortuna.

No ve bien el organismo internacional que se haya metido la tijera tan sin miramientos en educación, pensiones, sanidad e investigación.

Un informe que por su dureza el Gobierno ha obviado darle difusión pese a que  se pedía explícitamente. Lo que no ha impedido que el mensaje nos llegue nítido y contundente. Acusa a que las medidas han provocado que una quinta parte de la población haya descendido a niveles en  los que se puede hablar sin ambages de riesgo de pobreza.

A lo peor habrá que pensar que desde las altas instancias del poder político se han excedido en el prurito de conseguir los objetivos presupuestarios. No es descabellado que por estas razones  de agobiar a los más desfavorecidos nos espere un agosto más  caliente  de lo habitual por la protesta social.

Foto: diario SUR
 
 
 
 
 
 
 

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AQUEL VERANO DEL 52
José Becerra 28-07-2012 | 4:22 | 0

 

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Descargar Escala gris.jpg (271,3 KB)         Foto: Patio de mi casa. Mis padres y mis primas tangerinas. Yo tenía 11 años. AQUEL VERANO DEL 52

 

    JOSÉ BECERRA    HISTORIADOR Y ESCRITOR

 

El encanto de un patio florido

 

Los veranos en los pueblos dela Serraníade Ronda, la mayor parte de sus días, son de un calor asfixiante. No así por las noches, que refrescan cuando desde las sierras circundantes se resbala un relente que alivia los derrengados cuerpos por los afanes cotidianos. En Benaoján, orillando al río, los niños teníamos la suerte de bajar hasta sus riberas a las que pillábamos cerca.

Solo había que bajar el Camino del Río y dejar  atrás el Nacimiento, uno de sus afluentes, que en el invierno es bravucón a merced de las lluvias, pero que en  el estío baja exangüe hasta abrazar el curso de las aguas del Guadiaro. La pandilla infantil nos regocijábamos  en alguno de sus numerosos charcos.  En el  dela Molineta, a la altura de la vía férrea de la línea Bobadilla- Algeciras, por la escasa profundidad era el escogido para aprender a nadar.

   Luego nos aventurábamos, a  medidas que ganábamos edad e ímpetus, en el dela Barranca, rodeado de un roquedal calizo que nos servía de trampolín para realizar saltos imposibles. Al final, acabábamos en el Charco Azul, al pie de la efigie pétrea del Gato. Las aguas limpias y frías como cuchillos del afluente subterráneo que en espléndida cascada volcaba desde la cueva,  nos acogían las más de las tardes que el calor  nos empujaba afuera del caserío.

   Si las calles del pueblo permanecían solitarias durante las horas candentes del día – en el secarral los hombres segaban el trigo,  trillaban en las eras o  regaban los huertos – se animaban extraordinariamente apenas el sol iniciaba su ocaso tras las agujas neblinosas del Conio, el cerro que servía de telón fondo, un testigo grandioso y eterno de vidas y haciendas. Más modestas y moldeadas a las hechuras de los hombros eran las alturas de los montes Zuque  o de las sierras de Juan Diego.

A esa hora vespertina las  casas vomitaban a sus ocupantes que buscaban el airecillo fresco y se arrellanaban en los escalones de las puertas a respirar el aire fresco y puro que lo mismo servía para aliviar la quemazón del día como para orear los chorizos y morcillas de un pueblo que desde decenios atrás se caracterizó por la fabricación de embutidos. Animados corrillos, hablando de los divino y lo humano ocupaban las calles. Al final de las chácharas distendidas había quien tiraba una manta al suelo y allí al sereno nocturno pasaba la noche.

   En los veranos los emigrados del pueblo regresaban al hogar. Todavía no se había verificado la emigración masiva a Alemania, pero sí había sentado sus cartas de naturaleza la dirigida a Cataluña, al país vasco o a Marruecos. Mis tíos maternos emigraron a Tánger, por los años 50, cuando todavía acusaba el esplendor de una ciudad bajo el control internacional. En el 52 mis primas vinieron a pasar unas vacaciones en mi casa y su estancia me hizo olvidar la monotonía de los veranos anteriores. Más o menos con mi edad,  para mí significaron  una ruptura brusca con la monotonía del cada día.

   Pienso que mi mentalidad todavía infantil las envolvía en  un hálito de ese mundo fascinante del pueblo musulmán que sólo había llegado a entrever popr mis lectores de El Guerrero del Antifaz y  en mi enciclopedia Álvarez,  obligatoria en la escuela. Eso y mis primeras lecturas de tebeos que tenían como fondo las sempiternas luchas entre moros y cristianos, princesas cautivas y reyezuelos y héroes de uno y otro bando en lisa. Por esta razón, mis primas que ya eran tangerinas  avivaban  mi imaginación.

   De mi casa en Benaoján decían mis primas que les recordaba a las viviendas morunas, cosa que no parecía extrañar a nadie porque el pueblo bebía de las fuentes de la arquitectura popular de ese pueblo. Así,  los cuartos de la casona – entre ellos un fresco saladero –  rodeaban  un patio umbroso en donde mi madre daba rienda suelta a su afición favorita: las plantas. Rosales, petunias, jacintos, jazmines… Y sobresaliendo del sinfín de macetas, una airosa palmera que acentuaba aún más la estampa  de patio andalusí. Los perfumes naturales de aquellas flores, mimosamente cuidadas por mi madre, la fragancia que despedían sus pétalos, entraban en mi mundo y en mi interior prevalecen después de tantos años.

   Pero aquel verano  del 52 no todo fueron claros, también hubo sombras. Benaoján padeció una de las tormentas más horrísona que se recuerdan: el pueblo entero fue arrollado y casi sepultado por el barro. La prensa nacional se hizo eco de la catástrofe; también lo hizo de un hecho milagroso: una gran piedra se despendió de lo alto de las Cruces Blancas, la altura más significativa del municipio, sobrevoló el pueblo y vino alojarse en la planta baja de una vivienda, pero ¡oh milagro!, no ocasionó ninguna víctima.

Una cruda realidad de aquellos tiempos, empero, provocaron gran  desazón en mí: perduraban las colas de famélicas familias que se acercaban por un plato de lentejas a las puertas de una casa pudiente como única solución a la hambruna. O las colectas que se hacían  de puerta en puerta para  costear la visita a un médico de Ronda de algún enfermo grave sin medios. Hechos éstos que recogen mis libros ´Crónica de una huida´ y ´Hablando de Ronda´ de reciente aparición.

 

 

 

 

 

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Megalomanía
José Becerra 27-07-2012 | 10:39 | 0

 

 

Maraña de blancas calles que en Alpandeire escalan el promontorio que corona el cementerio. Desde esta altura la vista se dilata sobre un paisaje de tierras de labor, olivares y bosques de encinas y alcornoques.

Mucho más cerca un maremágnum de techumbres rojizas entre las que destaca la iglesia de San Antonio de Padua, de limpia decoración clasicista,  y en la lejanía  la altivez de  abarrancadas laderas de las sierras.

Un hermoso lugar, al que a falta de vía fluvial – el Genal pasa de largo en un  amplio meandro que dibuja después de su nacimiento en Igualeja -, se ha querido corregir esta ausencia construyendo una colosal piscina – “ la más grande dela Serraníade Ronda”, a decir de las autoridades municipales – para el disfrute de una población de 300 habitantes.

Tienen  éstos todo el derecho del mundo a librarse de los rigores del calor estival, pero contemplándola enseguida nos asalta la pregunta que en estos días se hacen muchos. En estos tiempos de recortes de carácter social, de agraviante paro, de esfuerzos del Gobierno por embridar las administraciones públicas ¿puede permitirse el gasto de algo así como medio millón de euros en tan colosales trazas?

 Días atrás saltó a los periódicos la noticia de que media Serranía de Ronda se encontraba  rayana a la pobreza. La megalomanía en los tiempos calamitosos que corren no deja de aturdirnos.

Foto: Diario SUR

 

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Remar juntos
José Becerra 26-07-2012 | 4:23 | 0

 

El rostro consternado de Rajoy en sus comparecencias públicas, pese a que sus palabras digan lo contrario, es claro reflejo de la situación calamitosa que nos ha tocado vivir en los últimos tiempos.

Tal vez sea pensando en que si acudimos a la historia vemos como este país, pese a  venirle todo en contra, ha sabido capear el temporal y seguir adelante contando, eso sí, con el esfuerzo de todos.

Puede que sea eso lo que anima al presidente a no tirar la toalla,  pese al clamor de la protesta y las acciones de degüello que tiene que sufrir por parte de la oposición. Los que no estamos en la política, pero no podemos escapar a de los momentos aciagos que vivimos solo se nos ocurre que los enfrentamientos aquí y ahora resultan baldíos y que lo que importa es hacer causa común y fijándonos todos la misma meta caminar hacia ella codo con codo.

Para remediar el problema financiero, el de la reestructuración  territorial – esa comunidades autónomas que mal gobernadas y, por ende, dilapidadoras, tantos males nos han acarreados -, el del paro galopante y el de la miseria de inumerables hogares. Es la hora de de remar en la misma dirección.

Aunamos esfuerzos y entrega, olvidemos diferencias o nos hundiremos irremediablemente.

 

 

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La sandía, rojo objeto de deseo
José Becerra 25-07-2012 | 4:48 | 0

 

 

 

 
 

 

Redonda, voluminosa, roja como sangre de toro, refrescante. La sandía es por antonomasia el postre del verano y el preferido de todo andaluz que se precie. Sería difícil encontrar un hogar de las ciudades, pueblos y villorrios del sur donde tras el almuerzo del mediodía no suba a la mesa este fruto que pone punto y final al ágape.

  Rastreando en la etimología de su nombre veremos su origen árabe hispánico: sandiyya, la llamaban los que durante ocho siglos ocuparon el solar castellano hasta su expulsión. Esta cucurbitácea oriunda del África tropical viene refrescando las gargantas de los humanos desde los tiempos borrosos del antiguo Egipcio. Desde allí a las tierras ribereñas del Mediterráneo, un paso.

   Mis abuelos, en contacto desde su niñez con los frutos del campo malagueño y dela Serraníade Ronda, me enseñaron que para saber si la sandía está madura – si no lo está es incomestible –  había que dar unos golpecitos con la palma de la mano y debe sonar a hueco. También me instruyeron sobre su cultivo, mostrándome en sus rugosas manos las simientes que irían a parar a la tierra recién labrada para hundirse en lo más profundo  de ellas hasta el tiempo de la floración: exigencias climáticas, de suelo, labores, plantación, acolchado, tunelillos, poda…Seguí con la curiosidad infantil sus explicaciones, pero jamás tuve la ocasión de ponerlas en práctica. Creo que no me lo perdonaré jamás.

   Hoy los horticultores de la anarquía malagueña, con los que comparto ratos de atardeceres gloriosos en mis paseos vespertinos, me aclaran que pueden sembrar hasta cuatro tipos de sandía distintos. No ha de extrañarnos, pues, que en el super de turno se disputen los muebles expositores las negras, y  las verdiblancas; unas y otras con y sin las engorrosas pepitas en el interior.

   De la sandía se ocuparon escritores célebres poniéndola en labios de los protagonistas de sus obras o introduciéndola en fragmentos de  descripciones bucólicas. De Pablo Neruda son estos versos: “… por este fragmento de frescura / dejo caer / la fruta / rebosante: / se abren sus hemisferios / mostrando una bandera / verde, blanca, escarlata / que se disuelve /  cascada, en azúcar / ¡en delicia!”. El rojo fruto exaltado a través del bello lenguaje poético del poeta chileno y universal.

   Pero atengámonos a nuestra tierra, a Málaga, sin ir más lejos, y parémonos en el candente decir de Salvados Rueda: “Cual si de pronto se entreabriera el día /despidiendo una intensa llamarada, / por el acero fúlgido rasgada / mostró su carne roja la sandía./

Carmín incandescente parecía / la larga y deslumbrante cuchillada,  /como boca

encendida y desatada / en frescos borbotones de alegría. /Tajada tras tajada, señalando/

las fue el hábil cuchillo separando, / vivas a la ilusión como ningunas. / Las separó la mano de repente, / y de improviso decoró la fuente /un círculo de rojas medias lunas”.

   ¿Y qué decir de sus propiedades terapéuticas? Tendríamos para largo. Además de saciar la sed, depura la sangre, limpia los intestinos arrastrando residuos tóxicos, combate la presión arterial y refuerza el sistema inmunológico. ¿Se puede dar más?

    La sandía precede en el tiempo a otra planta de la misma familia herbácea oferente de otro fruto refrescante y apetitoso: el melón. Ambos se dan la mano en la culminación del verano para proporcionarnos el final feliz de una buen a mesa. Pero de éste hablaremos en otra ocasión.

Foto. Recetas saludables

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Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.