La Navidad, otra vez | La provincia a vuelapluma - Blog diariosur.es

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José Becerra

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La Navidad, otra vez

 

 

 

 

 

 

Papa noel

 

El título que encabeza estas líneas, sin signos de admiración, “enhiestos testigos del júbilo”, que dijo el poeta Salvador Rueda, y con una coma que acentúa la pausa entre ambos sintagmas, sin querer significar con él un fastidio, la verdad es que tiene más de éste último de que grito gozoso.

   No tengo nada contrala Navidad, contemplada en sus raíces cristianas, que de cualquier manera es exponente de una cultura de la que se podría decir que es ecuménica – otra cosa es que rivalice en el ancho mundo con el gigantón jacarandoso Papá Noel o Santa Claus y lleve las de perder –; pero no puedo evitar un incómodo estar en estos días en los que todos nos preparamos  para el feliz acontecimiento. Es esa rara sensación producida por todo aquello que nos puede rodear y afectar y que se antoja  un tanto excesivo, como si fuese más allá de lo que uno, en su comedimiento, puede consentirse.

    Málaga, y su centro histórico sobre todo, arde por los cuatros costados. Los kilowatios prodigados con generosidad en aras del esplendor. Plantas y adornos con profusa presencia por doquiera. Es el color y la luz dela Navidadque se enseñorea de la capital y sus pueblos, como de otras ciudades y poblaciones que compiten entre sí para el logro de la mayor efectividad entre sus munícipes. Y los escaparates, ¡menuda es la batalla de los escaparates para acaparar la atención de los posibles compradores!  Más luces, más color, más adornos, más atractivas propuestas.

    Son los días en las grandes superficies de las jugosas ofertas del jamón ibérico, del vino de nombradía, del turrón y el mazapán de la mejor marca. Un día es un día, y a nadie importa echar la casa por la ventana, haciendo incluso caso omiso a la malhadada crisis que nos agobia. Se orean los finos manteles y se saca brillo a la ostentosa vajilla y rutilantes cubiertos que deberán  lucir en las mesas navideñas: han de ser dignos de las viandas y exquisiteces que sobre ellos se exponen a la voracidad de los comensales. La hipertensión y el colesterol arrinconados como intrusos molestos, aguafiestas que hay que olvidar.

    Pero porqué será que toda esta parafernalia a más de uno nos causa un inopinado malestar. Lujo de la luz y el color, ostentación, abundancia. Exceso. Tal vez sea eso. La opulencia debe estar reñida, sin sensiblerías vanas, con lo que uno podía esperar de estos días. A lo peor, es que uno es un bicho raro, redomadamente contrariado.

    Al final, sé que me dejaré arrastrar porla Navidad, por la fiesta y el jolgorio.. Termino estas líneas y me voy a sumergirme en la calle Larios, magnífica al anochecer,  a ser uno más de sus  espectadores, a reafirmar mi mirada con las de cientos de paseantes ociosos inmersos en un mundo que pretende ser maravilloso. Felices fiestas, amigos. De corazón.

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Sobre el autor

Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.


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