img
?Dónde enterramos a nuestros muertos?
img
José Becerra | 22-02-2013 | 10:45

campanario

Foto: Cúpula de azules mosaicos vidriados de la iglesia de Algatrocín

 

La pregunta que encabeza este escrito puede que posea ribetes macabros, pero es la que hoy se hacen los vecinos del serrano pueblo de Algatocín, cuya densidad demográfica apenas alcanza los 900 habitantes. El antiguo cementerio no da para más y el Ayuntamiento se las ve y desea para que los difuntos dispongan de ese espacio sagrado que habrá de recoger sus restos mortales. Dónde ubicar el lugar de su descanso eterno si el camposanto no puede por sus dimensiones reducidas y sin más capacidad para construir nichos. Un dilema para esta pequeña villa cuyo municipio cabalga” a lomos de la sierra” que facilita a los ríos Genal y Guadiaro el que discurran sin encontrarse, cada uno por su lado, en cursos que delimitan campos fecundos de castaños,encinas y alcornoques.

Sin embargo, el vecindario dispone de un cementerio que se podría catalogar como de aceptable para los fines a que se destina si no fuese porque su construcción data de 2006 y el tiempo transcurrido ha obrado notoriamente en su deterioro. Su inauguración no hay que achacarla a la incuria del Ayuntamiento sino a la imposibilidad de trazar un camino adecuado

que permita la aproximación ya que lo separa del pueblo una senda de carácter agropecuario protegida: el asfalto a través de ella se niega hoy por hoy rotundamente, situación que se alarga desde años atrás.

El problema, que se agudiza por momentos, posee la suficiente urdimbre como para que llegue al Parlamento tras luengas requisitorias a la Consejería de Medio Ambiente sin que aún se hayan obtenidos los frutos apetecidos. Ardua parece ser la solución, que ya sabemos que las cosas de palacio van despacio.

La muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo”.El pensamiento es del escritor francés François Mauriac (1905-1970). Podría aplicarse el aserto a los camposantos. Las tumbas significan el recinto último de los seres queridos. Allí nos los guardan por tiempo imperecedero. Legítimo parece que en Algatocín exijan el mejor acceso y más propicio lugar para sus familiares fallecidos. Y las autoridades competentes deberían atender estas justas razones por encima de cualesquier otra norma administrativa.

Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.