Benaoján: el Pozo que ya no es historia | La provincia a vuelapluma - Blog diariosur.es

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José Becerra

La provincia a vuelapluma

Benaoján: el Pozo que ya no es historia

 

 

El Pozo de San Marcos dejó de ser historia porque no sé qué alcalde o qué equipo de gobierno municipal ( que ya llevo tiempo ausente) decidió en mala hora borrarlo de la fisonomía del pueblo destruyéndolo sin contemplaciones y muy presumiblemente sin consultar con la vecindad, consumándose un hecho que bien se podía calificar de tropelía. Porque así nos lo parece cuando se atenta contra algo que, como otros elementos que conciernen al municipio en cuestión, configuran rasgos de sus señas de identidad, distintas de las de  otras poblaciones  próximas o lejanas.

   El Pozo  de San Marcos, en las antiguas afueras del pueblo, recibía este nombre, porque año tras año, por el mes florido de abril, era llevado en fervorosa procesión hasta él.  El acontecimiento religioso daba pie a la fiesta del Santo Evangelista, la cual hunde sus raíces en el siglo XVIII, fecha en que fue levantada la iglesia del Rosario con las trazas que, con reformas posteriores, ha mantenido hasta hoy.

   Como Patrón de Benaoján desde tiempos ha, cuentan los más viejos del lugar, que un buen día, coincidiendo con las fiestas en su honor (25 de abril), se decidió  pasear la venerada imagen por los campos de pan llevar de una parte del término municipal- trigales y garbanzales- que por causa de una contumaz sequía  ofrecían un aspecto mustio y lamentable.

   Así que el santo varón, llevado en andas repletas de claveles por mocetones fornidos y por la vecindad que lucía sus mejores galas, entre los estampidos de la cohetería que irrumpía en el limpio cielo primaveral, se asomaba a los campos,  si no yermos,  sí desolados.

   “¡ San Marcos, mira mis garbanzos, que se mueren de sed”! O ¡ Santo Patrón, bendice mi trigal y que  llueva sobre é!”, sucedían, se dice y se asegura, las súplicas que entre el fervor y la irreverencia se dirigían a la imagen para terminar con una contundente, que rozaba el  sacrilegio : “ San Marcos bendito, Patrón soberano, si no nos echas agua, al pozo te echamos”. Era el pozo que luego recibiría al patronímico del santo.

   Y el milagro se realizó. O la casualidad medió, quién sabe. Llovió entonces; y, curiosamente, rara es la festividad, que desde aquel supuesto prodigio,  no se “moja”. Por lo que el recuerdo perdura indeleble en la memoria de los benaojanos, que sin postergar la costumbre  que nació entonces, es más abrazándolo para la posteridad, repiten cada año la “ peregrinación”, consagrando un rito que pasa de padres a hijos sin solución de continuidad. El Pozo y San Marcos, indefectiblemente unidos para siempre.

   Pero este Pozo cargado de historia y acontecimientos vividos en su alrededor en el que bebieron de sus aguas frescas muchas generaciones y fue telón de fondo de sus paseos, sobre todo en las noches calurosas del estío, implacables en la Serranía, acabó por desaparecer años atrás. Alguien tuvo la infausta idea de borrarlo de su emplazamiento  en aras de construcciones amorfas y adocenadas a las que estorbaba y que obedecían al ensanche del pueblo allí donde las sierras circundantes lo permitía. Lo sustituyó, sí, un remedo de pozo que nada tiene que ver con el primitivo  en sus apariencias y que repele  la evocación histórica y sentimental del anterior.

   Somos muchos los que pensamos que el Pozo de San Marcos debió ser conservado in situ como una reliquia histórica del pueblo. Hablaba en silencio de su pasado, de las faenas del campo y de la arriería. Apagó la sed de segadores, mozos de trilla y caminantes rumbos a sus labrantíos. También del ganado y bestias de carga que se acercaban, sedientas, a sus pilones.

   Sin la menor duda –hay datos que lo atestiguan- , constituyó el primer punto de aprovisionamiento del líquido elemento para el pueblo, cuanto éste no era sino un remoto asentamiento humano en las reparticiones que hicieran los Reyes Católicos “en el proceso reconquistador y la consecuente repoblación fruto de un trasvase desde las tierras del norte peninsular hacia las meridionales.

   En Montejaque, a menos de un kilómetro de Benaoján,  se decidió mantener intocable la fuente, añosa pero útil,  de la calle principal,  a las que hacendosas dueñas se acercaban para llenar sus recipientes que luego trasladaban  a los  hogares en la cabeza o en el cuadril. Se perpetuó la costumbre con el “juego de los cántaros” que hoy se muestra con todo su vigor y colorido en las fiestas patronales.

Algo que a uno le provoca sana envidia: se proclaman entusiastas del mantenimiento de escenas de tiempos pretéritos con el apoyo de la administración local que, con muy buen criterio,  determinó la  permanencia en lo venidero  de  lo que pertenece al sustrato costumbrista e intrínsico del pueblo como vestigios de un pasado  del que  no se puede por menos que estar orgulloso.

   La Fuente de los Cántaros de  Montejaque es historia viva; el Pozo de San Marcos de Benaoján, ya no es historia, sino olvido.

Foto: (A.T.)Benaoján, que añora su viejo Pozo

 

 

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Sobre el autor

Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.


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