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El Cautivo, lágrimas y fervor
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José Becerra | 15-04-2014 | 11:31

 

Hace unos días me persuadía  de la necesidad del relajo de  nuestro espíritu en los días bullangueros dela Semana Santa.Mentalmente exaltaba la “soledad sonora”, lejos del tumulto cofrade callejero, que él encontraba en la música de Mozart, Haydn o Palestrina. El dulce retiro hogareño impregnado el rincón preferido con motetes, misas y réquies, ya solemnes, ya delicados, capaces estas cantatas, en fin, en sumirnos en al agridulce sopor de estas señaladas jornadas.

   Era consciente de mi  predisposición para  la búsqueda del gozo tranquilo y personal que pueden proporcionarnos los acordes de una sinfonía. Bach fue quien declaró que los objetivos principales de la música son los sentimientos. Si el músico interpreta con el corazón y se compromete emocionalmente con la obra, el éxito estaba asegurado. Sonatas y fantasías dulcemente evocadoras  me parecieron un buen refugio para estos días.

   Hasta que contemplé al Cautivo. En la recién estrenada madrugada, en el silencio del día incipiente, (tal era que podía oír junto a mi propio resuello, el de los que se apelotonaban a  mi alrededor para  no pederse el prodigio), sobresaliendo de un mar de cabezas y hombros, caminante silencioso hacia el martirio. Me habían hablado de este momento mágico de la semana malagueña por antonomasia. Y la realidad de vivirlo, la embriaguez de los sentidos, la embargante emoción que experimenté superaró los comentarios encomiásticos. No fue ciertamente una soledad sonora, sino callada.

  Para mí el prodigio de lo que una imagen serena y mayestática puede producir, sin magnificencias y alardes ornamentales, tempero, consuelo,  para el alma. La mejor música era la sublime exaltación de lo sencillo, la elevación hasta el culmen de la conformidad del sufrimiento. La aceptación del Ece Home que se  entrega por la universal causa de la salvación. La muchedumbre, como si sintiera la culpa sobre sus espaldas, implora, reza, llora y calla.

  ¡Que se calle el clarinete, que enmudezca el oboe, que se apague el redoble del timbal!; ¡el clavicordio que enmudezca, el violonecello y el fagot y las violas que cesen en  sus armonías!…En la tímida claridad matutina, en las calles de Málaga, ante el Hospital Civil y en el puente dela Aurora  hay otra orquesta poderosa, sumamente acompasada, infinitamente imperceptible y sonora, se presta para dejar oír sus sones. Es la orquesta del Universo, la del Gran Hacedor, que rompe la mañana de Málaga para saludar al Cautivo, que toca para acompañar la desolada figura del Reo por antonomasia, el de la blanca túnica…

Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.