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José Becerra

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El rito del cigarro en la Serranía de Ronda

 

El rito del cigarro en la Serranía de Ronda

“¡ Muchachos, a humá”. Era el grito que se oye de tiempo en tiempo, todas las veces que durante la jornada de trabajo el aperador con la exactitud que le proporcionaba el viejo reloj de bolsillo que cuelga con condena herrumbrosa de su faltriquera juzgaba, con meticulosa puntualidad, que era el momento de hacer un alto en el arduo trabajo y dejar la hoz o el escardillo en el tajo.

Acto seguido se buscaba el terrón cercano propicio para sentarse en tiempos que se agradecían los rayos de sol, o las sombras del chamizo cuando no la ampulosa copa de un solitario almendro testigo callado en la planicie, si apretaba el calor. El cigarro constituye el respiro de una tarea ímproba en medio del bochorno del estío en la vastedad del campo de labor, ya fuese para acondicionarlo para recibir las semillas o recoger las mieses como producto de la fecundación.

Empezaba el rito del cigarro. Paquetes de tabaco de picadura se extraían de los bolsillos del chalequillo polvoriento cuando no de la lustrosa por el uso de la petaca de piel cobriza y después de dejarlo unos instantes en el hueco de la mano izquierda para limpiarlo convenientemente de desechos; la cantidad invariable, dependiendo del tiempo de la pausa. El tabaco, originario de Gibraltar, transportado en jamelgos por contrabandistas avezados hasta Ronda y la ahora llamada Costa del Sol, respondía con preferencia a las marcas El Águila o Montecrito, las más solicitadas por los entendidos, que eran los que ahorra se arrellanaban en el suelo para gozarlos “limpios de polvo y pajas”.

Luego con los dedos índice y pulgar de ambos manos, una vez depositada la picadura en el papel Jean de toda la vida, se procedía con parsimonia como si se dispusiera de todo el tiempo del mundo, se envolvía para acabar humedeciendo el borde con saliva que garantizaba una perfecta conjunción. El cigarro se blandía en el aire entre el pulgar y ahora el dedo del corazón para ir a parar a los labios del lugareño donde recibía el fuego del yesquero, acción que se dilataba si la mecha no ardía con la prontitud deseada.

Sumido en los propios pensamientos en estos ratos de asueto apenas se habla, quizás cualquier comentario rápido sobre algún suceso acaecido en el pueblo. No era lugar ni momento para la cháchara de los cuerpos derrengados. Cada uno pendientes de las volutas del cigarro, como si embebidos en ellas se intentara descifrar la razón de ser de un trabajo extremadamente duro y mal pagado y que duraba todo el día, de sol a sol, para mayor extenuación.

Se succiona el humo con lentitud y regodeo y se tarda en expulsarlo, como si se quisiera agotar con total plenitud el placer momentáneo que, a contrapelo de sus vísceras que lo sufren despiadadamente, produce el tabaco calcinado en los cuerpos derrengados. Hacen caso omiso de la toxicidad de”vicio”, que machaca los pulmones, y que prefieren ignorar, aunque la tos cascada del amanecer les ponga sobre aviso. “ De algo hay que morir”, dicen con rigor senequista. No les falta razón y obvian el perjuicio.

El cigarro significa una conquista social de los trabajadores del campo, que a los de la industria se les niega. Presumen de ella y la defienden a capa y espada.¡Que nadie ose de despojarles de este derecho! Se consiguió sin bullas ni alharacas de la mano de lo que tradicionalmente imperaba en los sembradíos serranos y que había que acatarlos aunque nada apareciera escrito al respecto o sancionado por algún leguleyo.

Las cuadrillas de segadores, escardadores y la gente de trilla, empero, ya son historia. Máquinas y campos convertidos en erial arramblaron con la costumbre. Los pueblos serranos acusan una flagrante despoblación y la orden categórica del manijero: “¡A juma! “, no perdura sino en la memoria de los más viejos del lugar que a veces la evocan con añoranza.

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Sobre el autor

Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.


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