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Meditaciones desde la Serranía
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José Becerra | 06-08-2014 | 11:10

 
Cuando por la edad columbramos como no muy lejos el final de la  existencia y vemos con pesadumbre la proximidad de un acontecer incierto,no es raro que meditaciones poco halagüeñas nos abatan. En la Serranía de Ronda cuando intentamos repeler los pensamientos siniestros, o nos enfrentamos a situaciones difíciles  que ponen a prueba la re ciedumbre del espíritu se acude a un dicho que, en buena manera habla de nuestra actitud ante la vida: ” El muerto al hoyo yu  y el vivo al bollo”, decimos con la socarronería  que nos es proverbial. De esta manera intentamos alejar el espantajo de la muerte.
Es muy difícil que nos acostumbremos a la muerte, que no la temamos. Dice un dicho antiguo, sin embargo, que no debemos temerla, porque cuando nosotros aún estamos, ella no está, y cuando hace acto de presencia ya no vivimos. También hay quien argumenta,  en un intento de despojar de  trascendencia al hecho ineludible de la partida definitiva, que la “muerte no es sino un sueño sin ensueños”. Y, naturalmente. existe en muchos de nosotros la certidumbre de otra vida, esa que ha de transcurrir en el Reino Celestial que nos impone  las creencias cristianas (En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. (San Juan 14:2).

Y para los que no comparten la creencia cristiana, apunta Lucrecio, poeta y filósofo romano del siglo I a.C. : “Es injustificado el temor a la muerte: ésta es el fin de toda angustia, el más tranquilo sueño, el eterno descanso. El que ha gozado debe retirarse de la vida como huésped satisfecho; el que ha sufrido, recibir gustoso a la que viene a cortar el hilo de sus desventuras. Sabemos todos que es indispensable morir, y no debe la hora del morir preocuparnos. Nada hay para nosotros más allá del sepulcro”.

    Pero, claro, esta actitud, que es aconsejable para no dejarnos llevar por la angustia de la partida hacia no se sabe adónde, la asimilamos cuando se trata de nuestra propia muerte, no de la de un ser querido. En estos casos el soplo silencioso, repentino, muchas veces traicionero, que ciega la vida de quien amamos, la angustia y las dudas nos embarga. Nos sentimos impotentes, abatidos, desolados.    

    Y una certeza se encumbra sobra cualquiera otra: la persona querida se fue, nos abandonó para siempre. Y nos rebelamos, y tratamos de pensar y creer que las cosas en la infinitud del tiempo pueden ocurrir de otra manera. El encuentro con la persona amada y desparecida puede verificarse. Y eso nos consuela y nos anima a proseguir la vida.

   Lo que ocurre, para nuestro pesar es que, como decía Unamuno, “el hombre muere tantas veces como pierde a cada uno de los suyos”. Lo que nos lleva a pensar que no pocas veces un mismo ataúd o una misma vasija funeraria encierra más de un corazón: el del fallecido y el de los que sufrieron el desgarro de su ausencia.

   Bien mirado, somos los humanos los únicos seres de la creación que somos plenamente conscientes de nuestra finitud. Estamos, pues, abocados con toda certeza a nuestra desaparición de la faz de la tierra. Eso, que tiene sus inconvenientes como el de la angustiosa certidumbre del no ser y la pesadumbre de la vida de ultratumba, lleva consigo la ventaja de conmovernos con la belleza que nos rodea –un paisaje insólito, un atardecer glorioso, una lluvia fina azotando el cristal de la ventana –,  o con la lectura de un poema o la audición de una obra musical excelsa.  En eso nos diferenciamos del resto de la Creación.

   Los que han superado una enfermedad de las que se dice son incurables, y cuyo nombre eluden como tabú, pero que lograron superar o luchan por vencerla, reconocen que  después de haber sentido sobre su hombre la fría mano de la muerte, la vida toma otra cariz mucho más luminoso y se descubren cosas que antes te parecían baladíes pero que entonces se te antojan maravillosas.

   La verdad es que,  para nuestro consuelo, aquel ser amado que nos precedió, dejándonos en cruel soledad, no hizo si no adelantarse  en el camino el cual los que aún permanecemos aquí hemos de recorrer indefectiblemente, temprano o tarde.

Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.