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Paraíso de miniatura en la Serranía de Ronda
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José Becerra | 27-08-2014 | 10:21



JOSÉ BECERRA


Es el tiempo. Llegó el momento. Volvieron a llenarse las calles de los pueblos cercanos al mar de la provincia de Málaga y el hervidero humano de quienes  quieren gozar de sus “bien merecidas vacaciones”, que suele decirse manidamente y  sin empacho,  vuelve por sus fueros.

 

   La ciudad malagueña  y los pueblos costeros aledaños, además de un crisol en donde se amalgaman los deseos abrigados durante los meses de trabajo – los afortunados que lograron mantenerse en él, cosa  que hoy en día no deja de ser una circunstancia fortuita –, o precisamente para darles fiel cumplimiento, se transforman en recipientes para el solaz y la plasmación de la liturgia anual del “bon vivant” anual, (venga de donde venga),  siquiera sea por unos pocas semanas.

 

  Playa, sol, sarao, discoteca… Ritmo trepidante diurno y nocturno que puede llegar a ser cansino, si no agobiante. Y nos surge la propuesta: ¿ Qué  tal si se hace una escapadita al interior, una pequeña incursión tierra adentro, que sólo va a exigir un día, incluso unas pocas horas y que le compensarán del ajetreo urbano disparado hasta la exageración por estas fechas?

 

   Si está en Málaga capital véngase por la carretera de Campillos y Ardales; si escogió para sus vacaciones en  alguno de los tumultuosos pueblos de la Costa del Sol, recurra a la carretera de San Pedro. Ambas vías le conducirán hasta Ronda. Y a un paso de la ciudad del Tajo venga a solazarse en  las inmediaciones de la cueva del Gato de Benaoján, ese pueblo chacinero por antonomasia de calles estrechas, tortuosas y empinadas, como deben ser los pueblos modelados en tiempos remotos.

  

    La Cueva del Gato, situada en la rondeña sierra de Libar, posee dos entradas de colosal apariencia: una se abre en el  término municipal de Benaoján y otra en el de Montejaque, donde toma el nombre de  Cueva del Hundidero y ofrece dos posibilidades de disfrute, igualmente seductores.

   Podemos adentrarnos en su sobrecogedor   interior dando pie a una aventura apasionante exacerbando el espíritu de abordar lo desconocido (que a muchos nos anima cuando se disfruta de tiempo libre y lo empleamos para el goce de lo exótico), siempre que nos sometamos a la experiencia de guías, conocedores del terreno que se pisa y las aguas que se han de esquivar, que pueden resultar muy peligrosas. Se necesita temple y preparación, más allá del espíritu aventurero de cada uno.

   Suspenden el ánimo y excitan la imaginación, ya la abordemos desde un pueblo o de otro, impresionantes galerías como la de la Chimenea, la del Aburrimiento o la de 1.100. Un mundo subterráneo cárstico originado por la descomposición de la caliza( fenómenos de disolución provocados por filtraciones del agua), húmedo y de umbría extrema que asimismo se hace patente en las salas de Las Dunas, la de los Gourts o en La Ciénaga, para desembocar en la sobrecogedora Sima de Calipso.

   Recorre el conjunto de la cavidad  el río Gaudares o Campobuche, que ambas denominaciones recibe, después de 4 kilómetros  de curso subterráneo antes de acabar, impetuoso cuando las lluvias son copiosas, en el Guadiaro, dando pie antes  a un meandro de azuladas aguas, cuyo disfrute nos hará olvidar los rigores del estío.

  A eso iba: Si quiere obviar el peligro del interior dispone de  este otro recurso que es el que escoge la mayor parte de quienes se acercan a sus inmediaciones y que no es otro que quedase en la entrada y contemplar la maravilla del gesto furibundo del gato de piedra, modelado caprichosamente por la Naturaleza en un trabajo de milenios y del trabajo incesante de remodelación del líquido elemento.

   Las fauces del felino se encumbran en un promontorio pétreo que domina el Charco Azul, un remanso de paz y cristalinas aguas, frías como cuchillos, que dijo el poeta, y que tiene mucho de paraíso prometido, donde el verano repliega sus ardores en las mismas puertas de la oquedad. Es aconsejable cuando lo que se decide es una escapada veloz, esta última opción, si lo que se quiere es relajación y disfrute de un paisaje natural por excelencia.

   Acomodémonos en las inmediaciones del charco que por el color de sus  aguas remansadas los del lugar, ya digo,  conocen como Azul y aprestémonos a gozar de un refrescante baño rodeado de un paisaje poco menos que idílico. Cierto, que los desaprensivos pueden dejar rastros de su paso por el lugar, pero las ordenanzas municipales, estrictas en esta cuestión, suelen vigilar de cerca el entorno, sabedores de que el Gato es un rincón único en la provincia para el solaz y la complacencia alejados del tumulto de las ciudades, aparte de que bañarse en las aguas que a sus pies se  serenan no contienen ni un ápice de contaminación.

   “¡ Qué relajada vida del que huye del mundanal  ruido, y sigue la apartada senda de los pocos sabios que en el mundo han sido…”! Me  vienen a la mente los versos de Fray Luis de León, que beben en las fuentes del Beatus ille de Horacio, cumbre de la literatura latina: “El agua en las acequias corre, y cantan los pájaros sin dueño; las fuentes al murmullo que levantan, despiertan  dulces sueños…”

   Uno, que es amante de la vida placentera, algo que con la edad es una circunstancia que se acrecienta,  ha dormitado no pocas veces en los márgenes del río desbocado en el Gato: mimbreras, juncias,  adelfas y tímidas choperas merced a las sombras que prodigan me hicieron dormitar plácidamente, arrullados mis oídos por el rumor de la cascada cercana. Un placer barato y al alcance de cualquier bolsillo, no digo más.

   No habrá problemas para la  manduca, que no todo es satisfacer los sentidos que tienen que ver con el sosiego y la tranquilidad anímica, también cuenta la corporal: el estómago tiene sus exigencias y no conviene desairarle. Para satisfacer esta urgencia abren sus puertas en sus inmediaciones ventas y restaurantes – Joselete, Las Banderas y el Molino del Santo, entre otros – en los que degustar platos típicos de la zona, entre los que no faltan el conejo al ajillo,  la olla con garbanzos, calabaza, chícharos, tocino y carne de chivo, amén de los molletes con aceite, apetecibles cuando el sol despunta, y ¡como no!, la rica variedad de embutidos (morcilla rondeña y chorizo rondeño, morcón…) por los que Benaoján descuella desde tiempo inmemorial. ¡Vengan, vean y prueben! ¡Y que ustedes lo disfruten!

Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.