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Fecha: August, 2014
Mano tendida a los desempleados de la comarca de Ronda
José Becerra 16-08-2014 | 12:09 | 0

 

Los políticos españoles – los andaluces no le van a la zaga = se aprestan para mostrar sus mejores intenciones a la hora de suscitar afectos cuando ven en el horizonte la celebración de elecciones que, mal venidas para sus intereses, pueden socavar su permanencia  en el cargo que a la sazón disfrutan.

Se barruntan negros nubarrones para la continuidad del bipartidismo que hasta ahora ha venido imperando – PP y PSOE en horas bajas = y se apresuran a contrarrestar el empuje  de formaciones políticas emergentes,  no vayan a darles un disgusto sonado. Podemos se muestra imparable, incluso en los pequeños pueblos de la provincia malagueña, como  son los que pillo más a mano.

En la Serranía de Ronda a través la Consejería de Economía y de Innovación, Ciencia y Empleo, por más señas, se van a destinar más  600.000 euros para darle un impulso (tan necesario) al empleo que desde años atrás viene siendo la bete noire, o algo particularmente perjudicial para una depauperada población, eminentemente rural abocada a la emigración para el logro de unas mejores condiciones de vida.

   Pero ha ido más allá y se anuncia a golpe de platillo que se abrirá una  línea de incentivos para que los ayuntamientos y entidades de la comarca impulsen proyectos sociales que vengan a sacar del marasmo que en la actualidad se debate buena parte de su población sumida en el paro de la gente joven y el desempleo  de larga duración de los mayores de 30 años.

   Lo cierto es que, bien mirado, y si hacemos caso a la Fundación Madeca, el paro que hasta ahora ha sido endémico en la Serranía de Ronda ha empezado, aunque tímidamente a descender. Se aporta un dato a esta evidencia: las personas que permanecían mano sobre mano y los lunes al sol han descendido un 7`50 %. Menos da una piedra.

  La cuestión es que estas promesas y buenos deseos de los políticos tomen sin ambages visos de realidad. Que ya nos tienen acostumbrados al “donde dije digo…” y todo acaba en agua de borrajas. Sea como fuere y si lo prometido se cumple parece que vamos por buen camino. La comarca de Ronda, entre otras de la provincia de Málaga,  parece que empieza a salir  de la apatía y apunta hacia el buen camino en lo que se refiere al logro de un puesto de trabajo. ¡Que cuaje el empeño y se muestre duradero! Es lo deseable.

 

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El insoslayable terral de Málaga
José Becerra 13-08-2014 | 12:25 | 0

 

Los vientos, el aire en movimiento, como nos enseñaban en la clase de Geografía Descriptiva, se producen por diferencias de presión atmosférica, fenómeno que se atribuye a temperaturas desiguales. También nos enseñaban que los vientos se clasificaban en cuatro clases principales: dominantes (alisios); estacionales ( los monzones del mar de la China); ciclónicos ( huracán, tornado), y, por último, locales (vientos de levante y de terral, por ejemplo).

Los vientos – y esto es de manual de sicología – influyen en el carácter de las personas, inciden en su ánimo y perturban el normal transcurso de sus vidas en determinados momentos, sobre todo los de índole local.

La ventisca local que en el interior de la provincia malagueña más se teme, tanto en el invierno como en el verano, es el de levante. Es este un viento que encrespa los ánimos, que solivianta, que pone los nervios a flor de piel. Seco, sofocante aun en días invernales es este un viento, casi siempre racheado, levantisco que perturba y desazona como ningún otro.

Su hermano, en Málaga capital y ciudades ribereñas de la provincia, es el terral, que sólo sopla en verano pero que nos llega de poniente a lo sumo media docena de veces a lo largo de la estación y con una duración que casi nunca llega a dos días consecutivos. A veces, no dura sino horas. Suficientes, sin embargo, para que se le considere como la “bete noir”, que dirían los gabachos, para el agradable estío que, por lo general, brinda la capital de la Costa del Sol. Hemos tenido una muestra días atrás y nos ha enseñado los dientes, ¡ y de qué manera!

Uno, que no cree ya en el infierno, se acuerda cuando era niño cómo los curas de otros tiempos anatematizaban desde el púlpito a sus fieles flagelándoles con los males del castigo de ir a parar a este lugar si se incurría en pecados mortales. Sintiendo las mordeduras del terral, piensa en el terral como algo muy parecido a aquellas desdichas con las que nos amenazaban antaño. Vivirlo, si no se cuenta con la tecnología que lo hace más soportable, es como vivir unos días infernales.

Cuando sopla el terral, arisco y denso, las calles de la capital y de las ciudades castigadas tienden a quedarse desiertas. Los pocos viandantes que se aventuran a salir de sus viviendas caminan presurosos y maldicen entre dientes. El viento caliente que azota el rostro como una cataplasma impone su ley, pero no es ruidoso como otros vientos, los que hacen crujir las maderas de las ventanas y sacuden sin piedad sus batientes, no, el terral, ni llega ni se hace notar de forma aparatosa. Pero eso no le exime de su felonía: en cuanto hace acto de presencia abofetea la cara sin contemplaciones; al cuerpo lo hace más grávido, a las entendederas más lentas. Estrecha el cerco contra las personas, que se sienten de pronto atrapadas, inmersas en una sensación agobiante, en una desazón que atenaza y de la que se ansía escapar, cada cual recurriendo a los medios que pueda tener a su alcance.

Al viento de terral no hay quien no le tema. “ Seca la mollera”, dicen los más viejos en los pueblos de la costa. Con él anda la gente cabizbaja y caminan como perro apaleado. Duelen las muelas, reaviva las dolencias del cuerpo, saca la tripa de los quebrados, se revuelve inquieta la parturienta, interrumpe el ciclo menstrual femenino y seca las ubres del ganado. “Mala cosa el terral”, dicen unos y otros, cuando se tropiezan en el camino. “Vaya si lo es”.

Pero el díscolo viento malagueño cuando de verdad desespera es de noche. Si no se dispone de aire acondicionado es inútil que se abran las ventanas, ni que funcione el ventilador; no se hará con estos pobres recursos sino transportar a mayor velocidad la atmósfera candente que lo envuelve todo. Ahuyenta el sueño, roba el descanso, se empapan las sábanas de sudor; una y otra vez buscamos en la nevera que el frío de un líquido alivie por lo menos con su tránsito el ardor de la garganta, con lo que no logramos sino sentirnos congestionados, ahítos. Rezongos, imprecaciones, mala leche.

Con el terral el taciturno se hace más huraño, el inquieto más irritable. Los pensamientos se lentecen y los deseos inocentes se enturbian.

Menos mal que no es duradero. De improviso, como vino se va. Y se vuelve a respirar tranquilo, porque la calor, la del verano se puede sobrellevar. Decimos adiós al terral con un denuesto para que no vuelva a aparecer. Pero lo hará. Es tan malagueño como un perchelero, tan constante como la biznaga estival. Insoslayable en los veranos de Málaga.


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Ancianos maltratados
José Becerra 11-08-2014 | 12:34 | 0

 

Malos vientos corren para los ancianos, sobre todo para aquellos que malviven con pensiones paupérrimas que a duras penas les llega para finalizar el mes y que no pueden permitirse el menor dispendio. Y es que muchos de ellos, además de arrastrar la penosa traba de la supervivencia están expuestos, como acaba de señalar la fiscalía,  a una violencia que casi nunca traspasa los muros de la casa.

  Cuando se habla  de la violencia de  género siempre, y en razón de las tropelías que se vienen sucediendo en el seno de las familias pensamos en el maltrato que desalmados dispensan a la mujer. Pero ahora, quizás a remolque de los difíciles tiempos que nos ha tocado vivir, no es raro que también se maltrate a los abuelos.

   Lo califican como “delito invisible” porque nadie de los que lo padecen osan denunciarlo. Se están dando casos flagrantes de ancianos que en su día acogieron en su hogar a familias desarraigadas, las de sus hijos, que sufren el azote del paro, y que luego llegan, en una inverosímil prueba de crueldad de ser maltratados por ellos o por sus  nietos. Como dijo el Quijote a su fiel escudero Sancho: “cosas veredes que harán fablar a las piedras”. Y estas acciones, por los lazos afectivos que unen a los padres con sus hijos pocas veces o nunca trasciende, éstos prefieren el silencio y el tragar saliva.

   De ahí la urgencia de que el Ministerio Público vigile y se esfuerce en detectar estas tropelías y, en consecuencia, la Consejería de Salud y Política Social debe activar todo los mecanismos a su alcance parta que estos hechos prosigan entre el consentimiento y la impunidad. Pero esta atención a la tercera y última edad no goza de buena predisposición  por las administraciones públicas para erradicar estas tropelías a los mayores, que son quienes todo lo dieron.

   Pero ¿qué se puede esperar si incluso se ponen escollos para que el abuelo necesitado pueda disfrutar de las atenciones de una residencia? Los requisitos que se exigen rayan en lo infinito y el grado de dependencia necesario para obtener la ayuda necesaria roza  lo imposible. Las residencias públicas se encuentran masificadas y obtener una prestación para unir  a la raquítica pensión que se cobra para así llegar a lo que las privadas exigen es una misión quimérica. Lo que no deja de ser otro modo de maltrato clamoroso.

  

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Añoranza de un verano en la Serranía de Ronda
José Becerra 08-08-2014 | 1:18 | 0

 

 

Añoranza de  un verano en la Serranía de Ronda

 

JOSÉ BECERRA

 

Cuando el sol calienta inmisericorde las tierras de la Serranía de Ronda, sus pueblos, aletargados, ya en el hondo  valle, ya en las laderas de su más alto y arisco relieve no parecen que muestren el menor indicio de vida. Después de la comida del medio día se suceden soporíferas horas que resbalan sobre las casas – encaladas fachadas refulgentes, oscuras techumbres moriscas – como si lo hiciera el plomo sobre el vaciado de una figura geométrica.

Pocos son los que desafían el caliginoso momento y se atreven a pisar el asfalto de las calles o los resbaladizos cantos que las empiedran. Puertas y ventanas permanecen abiertas, en su hueco el balanceo de la leve cortinilla o la oscura celosía tras las que más que ver se adivinan cuerpos cansinos que inútilmente buscan fresco sosiego, porque no hay rincón que en estas pesadas horas caniculares lo proporcionen.

Se ansía la brisilla de la sierra, pero ésta se hace rogar y no hará acto de presencia sino bien entrada la noche, alta ya la madrugada, próximo el claroscuro del alba. Silencio, un silencio pesado que difumina pisadas y que nadie osa romper, como si el mismo conversar exigiera un esfuerzo que en las horas planas, pesan cual  martillo sobre un yunque.

He vivido muchos veranos en la Serranía, casi tantos como los años que soportan mi  ya un tanto deteriorada  energía física. Últimamente intento volver sólo  cuando septiembre imprime la suavidad de sus noches a las imposibles madrugadas de agosto. Sin embargo, añoro los días de calor extrema, quizá porque me retrotraen a los días lejanos de mi infancia.

Entonces, lejos las obligaciones de la escuela, solía madrugar, entre otras cosas agradables porque mi madre me mandaba a comprar churros al tenderete que muy cerca de la plaza de la Iglesia regentaba Josefa, la Tejeriguera, una mujer en puertas ya de la ancianidad que, en Benaoján,  se daba las  mejores artes para freír la masa en redonda y pomposas formas que para mí eran pura delicia. En verano, los tejeringos se hacían a pleno aire, y daba gusto solo inhalar el olorcillo que desde lejos, desde cualquier calle delataban su presencia haciendo atractiva una mañana que todavía, a poco de clarear el día, no hacía presagiar aún la calima del día en cuanto  el sol estuviese en su cenit.

Las tardes veraniegas, no importa sin el sol caía a raudales, la chiquillería bajábamos al Guadiaro para los chapuzones de rigor. Antes, el río descendía de las sierras limpio y con un caudal tan abundante que propiciaba la creación de charcos que permitían baños a ratos alborotados y a ratos placenteros. Hasta se podía pescar a solapa o con cañas, que la población de barbos y parcas siempre fue siempre abundante. Estas interminables tardes chapoteando en el agua o tendido entre juncos y mimbreras se me quedaron grabados en la memoria y me sirvieron de lenitivo cuando me  sentí  obligado a pasar los veranos en otros parajes y en mitad de otros paisajes.

Ahora sé que el río de mi niñez no es ni por asomo lo que era: languidece  a ojos vista ya  que sus aguas mermaron considerablemente y acabaron por desaparecer frescas corrientes y cristalinas charcas. Y que hay que remontarse hasta sus afluentes, como el  Campobuche, que emerge de las lóbregas salas subterráneas de la Cueva del Gato, para disfrutar de un baño frío y relajante y sin peligro de contaminarse con repugnantes efluvios.

Abandonado el Guadiaro,  a lo largo de su sinuoso cauce nadie se atreve a acercarse. Puede que sólo lo hagan los insectos insufribles para hacer verdad el dicho de los hortelanos con heredades en sus orillas, retratando una realidad que, bien mirado, también es propia de estas tierras cuando se muestran sedientas y ardientes: “Verano, sol y avispas”. Un testimonio que sigue intacto entre la gente del lugar.

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Meditaciones desde la Serranía
José Becerra 06-08-2014 | 1:10 | 0

 
Cuando por la edad columbramos como no muy lejos el final de la  existencia y vemos con pesadumbre la proximidad de un acontecer incierto,no es raro que meditaciones poco halagüeñas nos abatan. En la Serranía de Ronda cuando intentamos repeler los pensamientos siniestros, o nos enfrentamos a situaciones difíciles  que ponen a prueba la re ciedumbre del espíritu se acude a un dicho que, en buena manera habla de nuestra actitud ante la vida: ” El muerto al hoyo yu  y el vivo al bollo”, decimos con la socarronería  que nos es proverbial. De esta manera intentamos alejar el espantajo de la muerte.
Es muy difícil que nos acostumbremos a la muerte, que no la temamos. Dice un dicho antiguo, sin embargo, que no debemos temerla, porque cuando nosotros aún estamos, ella no está, y cuando hace acto de presencia ya no vivimos. También hay quien argumenta,  en un intento de despojar de  trascendencia al hecho ineludible de la partida definitiva, que la “muerte no es sino un sueño sin ensueños”. Y, naturalmente. existe en muchos de nosotros la certidumbre de otra vida, esa que ha de transcurrir en el Reino Celestial que nos impone  las creencias cristianas (En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. (San Juan 14:2).

Y para los que no comparten la creencia cristiana, apunta Lucrecio, poeta y filósofo romano del siglo I a.C. : “Es injustificado el temor a la muerte: ésta es el fin de toda angustia, el más tranquilo sueño, el eterno descanso. El que ha gozado debe retirarse de la vida como huésped satisfecho; el que ha sufrido, recibir gustoso a la que viene a cortar el hilo de sus desventuras. Sabemos todos que es indispensable morir, y no debe la hora del morir preocuparnos. Nada hay para nosotros más allá del sepulcro”.

    Pero, claro, esta actitud, que es aconsejable para no dejarnos llevar por la angustia de la partida hacia no se sabe adónde, la asimilamos cuando se trata de nuestra propia muerte, no de la de un ser querido. En estos casos el soplo silencioso, repentino, muchas veces traicionero, que ciega la vida de quien amamos, la angustia y las dudas nos embarga. Nos sentimos impotentes, abatidos, desolados.    

    Y una certeza se encumbra sobra cualquiera otra: la persona querida se fue, nos abandonó para siempre. Y nos rebelamos, y tratamos de pensar y creer que las cosas en la infinitud del tiempo pueden ocurrir de otra manera. El encuentro con la persona amada y desparecida puede verificarse. Y eso nos consuela y nos anima a proseguir la vida.

   Lo que ocurre, para nuestro pesar es que, como decía Unamuno, “el hombre muere tantas veces como pierde a cada uno de los suyos”. Lo que nos lleva a pensar que no pocas veces un mismo ataúd o una misma vasija funeraria encierra más de un corazón: el del fallecido y el de los que sufrieron el desgarro de su ausencia.

   Bien mirado, somos los humanos los únicos seres de la creación que somos plenamente conscientes de nuestra finitud. Estamos, pues, abocados con toda certeza a nuestra desaparición de la faz de la tierra. Eso, que tiene sus inconvenientes como el de la angustiosa certidumbre del no ser y la pesadumbre de la vida de ultratumba, lleva consigo la ventaja de conmovernos con la belleza que nos rodea –un paisaje insólito, un atardecer glorioso, una lluvia fina azotando el cristal de la ventana –,  o con la lectura de un poema o la audición de una obra musical excelsa.  En eso nos diferenciamos del resto de la Creación.

   Los que han superado una enfermedad de las que se dice son incurables, y cuyo nombre eluden como tabú, pero que lograron superar o luchan por vencerla, reconocen que  después de haber sentido sobre su hombre la fría mano de la muerte, la vida toma otra cariz mucho más luminoso y se descubren cosas que antes te parecían baladíes pero que entonces se te antojan maravillosas.

   La verdad es que,  para nuestro consuelo, aquel ser amado que nos precedió, dejándonos en cruel soledad, no hizo si no adelantarse  en el camino el cual los que aún permanecemos aquí hemos de recorrer indefectiblemente, temprano o tarde.

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Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.