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Chapuzones bajo la mirada del Gato
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José Becerra | 16-07-2015 | 17:08

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Chapuzones bajo la mirada del Gato

 JOSÉ BECERRA

No siempre nos entusiasma la playa. Ni siquiera ahora que aprieta el calor y andamos derrengados por larguísimos días que parecen no tener fin. Aparte de la siesta, recurrente y sagrada desde la comida hasta bien avanzada la tarde y por cuyo embeleso escapamos del agobio y sofoco diario – no sin razón se la ha dado en llamar, bien es verdad que con cierta sorna, el “yoga andaluz” -,echamos en falta otros alicientes y otros ambientes. Nos los reclaman los benditos días de asueto.

Instalados los calores para no dejarnos hasta bien entrado septiembre, hay quien, ante tanto bullicio callejero en las ciudades de destino turístico y tanta playa atiborrada de gentío, sueña con lugares que sin ser idílicos ni paradisíacos, ofrezcan un cariz diferente. Aquellos son imposibles de encontrar, por lo menos en su estado primigenio, por más que se empeñen en reflejarlos postales y folletos publicitarios. Pero subsisten, ya digo, algunos que mantienen todavía vestigios de lo que fueron no mucho tiempo ha. El disfrute en ellos de momentos de relajación impensables en otros sitios sí es posible aún. La cueva del Gato es uno de ellos.

A la cueva del Gato, un lujo natural en la Serranía de Ronda, a tiro de honda de la ciudad del Tajo y Benaoján, se cita más que nada como estación prehistórica y espeleóloga, amén de como capricho de la naturaleza capaz de esculpir en roca granítica las furibundas fauces de un gran gato eternamente asomado a las tranquilas aguas de un limpio río. Surge éste como un exabrupto, a veces con la furia de las aguas desatadas, de su vientre, sin solución de continuidad desde el inicio de los tiempos. Pero esta sorprendente cavidad no agota con estas facetas la totalidad de sus méritos como monumento natural. Ni mucho menos.

El río Guadalevín (o Campobuche, para los amigos) que escupe el felino después de recorrer sus entrañas – más de 6.000 metros de laberínticas galerías y enigmáticas salas, escasamente holladas por el hombre, precisamente por el peligro que entraña su recorrido –, crea a los pies de éste un gran charco capaz de poner frescura y sensación de bienestar en un lugar, si otrora ubérrimas tierras de pan llevar, ahora tan secas y lánguidas cual páramo. Sin apenas transición, una vez traspasado el frágil puente que nos permite llegar tras bordear un trecho a pie el río Guadiaro, vía que sirve de límite natural al Parque de la Sierra de Grazalema, se tiene la sensación, sobre todo, si se ha soportado durante horas el rigor de altas temperaturas, de abandonar un mundo inhóspito por la sequedad, a otro con apariencia de oasis por el grato frescor que inmediatamente se percibe. El helor de las profundidades de la espelunca se deja sentir, si llegar en ningún momento a ser desagradable, mucho antes de que hollemos siquiera su entrada.

Quede para otro momento la aventura de adentrarnos en sus recovecos. Si lo que buscamos son horas placenteras, desembarazados del calor de afuera bastará con permanecer en las inmediaciones del charco Azul y zambullirnos con frecuencia en sus limpias aguas. Frías y cristalinas, como si procedieran de un glaciar que hubiese iniciado la licuación peñas arriba, será difícil aguantar mucho tiempo sumergido, lo que no es óbice para que en horas tórridas la sensación sea en sumamente grata.

Piedra desnuda, mimbreras y juncias en las riberas, el río Campobuche – sus aguas subterráneas afloran en el Gato, las cueles por un momento, sólo por un momento, rescatan el río Guadiaro de la ponzoña de la contaminación que arrastra aguas abajo –, y su torrentera desplomada crea un escenario singular. Milagro de un microclima que se enseñorea del conjunto poniendo barreras al verano y a las temperaturas extremas.

Dicen los antiguos cronicones que aquí acampó el ejército de Julio Cesar antes de enfrentarse con el de los hijos de Pompeyo en la muy célebre batalla de la bética Munda (la Monda de hoy). Escogieron bien el lugar los centuriones romanos para el descanso y a lo mejor no fue casual que infligieran, inmediatamente después, sonada derrota a sus contrincantes. Y desde la Roma Imperial, o poco menos, el charco Azul o del Gato, ha servido para que los asentamientos humanos que aprovecharon el corredor entre el actual Campo de Gibraltar y la cercana costa para sus transacciones comerciales y actividades bélicas hicieran en él parada forzosa. Igual que hacen desde tiempo inmemorial los habitantes de los pueblos limítrofes para celebrar aquí comilonas, acontecimientos familiares y reencuentros amistosos.

Zambullirse en las aguas del Gato tiene todo el sugestivo acicate de hacerlo en la misma historia, ya ven ustedes. Y, además, dicen que es sanísimo, sobre todo para estimular la circulación sanguínea. No se puede pedir más.

Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.