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Fecha: July, 2015
Chapuzones bajo la mirada del Gato
José Becerra 16-07-2015 | 7:08 | 0

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Chapuzones bajo la mirada del Gato

 JOSÉ BECERRA

No siempre nos entusiasma la playa. Ni siquiera ahora que aprieta el calor y andamos derrengados por larguísimos días que parecen no tener fin. Aparte de la siesta, recurrente y sagrada desde la comida hasta bien avanzada la tarde y por cuyo embeleso escapamos del agobio y sofoco diario – no sin razón se la ha dado en llamar, bien es verdad que con cierta sorna, el “yoga andaluz” -,echamos en falta otros alicientes y otros ambientes. Nos los reclaman los benditos días de asueto.

Instalados los calores para no dejarnos hasta bien entrado septiembre, hay quien, ante tanto bullicio callejero en las ciudades de destino turístico y tanta playa atiborrada de gentío, sueña con lugares que sin ser idílicos ni paradisíacos, ofrezcan un cariz diferente. Aquellos son imposibles de encontrar, por lo menos en su estado primigenio, por más que se empeñen en reflejarlos postales y folletos publicitarios. Pero subsisten, ya digo, algunos que mantienen todavía vestigios de lo que fueron no mucho tiempo ha. El disfrute en ellos de momentos de relajación impensables en otros sitios sí es posible aún. La cueva del Gato es uno de ellos.

A la cueva del Gato, un lujo natural en la Serranía de Ronda, a tiro de honda de la ciudad del Tajo y Benaoján, se cita más que nada como estación prehistórica y espeleóloga, amén de como capricho de la naturaleza capaz de esculpir en roca granítica las furibundas fauces de un gran gato eternamente asomado a las tranquilas aguas de un limpio río. Surge éste como un exabrupto, a veces con la furia de las aguas desatadas, de su vientre, sin solución de continuidad desde el inicio de los tiempos. Pero esta sorprendente cavidad no agota con estas facetas la totalidad de sus méritos como monumento natural. Ni mucho menos.

El río Guadalevín (o Campobuche, para los amigos) que escupe el felino después de recorrer sus entrañas – más de 6.000 metros de laberínticas galerías y enigmáticas salas, escasamente holladas por el hombre, precisamente por el peligro que entraña su recorrido –, crea a los pies de éste un gran charco capaz de poner frescura y sensación de bienestar en un lugar, si otrora ubérrimas tierras de pan llevar, ahora tan secas y lánguidas cual páramo. Sin apenas transición, una vez traspasado el frágil puente que nos permite llegar tras bordear un trecho a pie el río Guadiaro, vía que sirve de límite natural al Parque de la Sierra de Grazalema, se tiene la sensación, sobre todo, si se ha soportado durante horas el rigor de altas temperaturas, de abandonar un mundo inhóspito por la sequedad, a otro con apariencia de oasis por el grato frescor que inmediatamente se percibe. El helor de las profundidades de la espelunca se deja sentir, si llegar en ningún momento a ser desagradable, mucho antes de que hollemos siquiera su entrada.

Quede para otro momento la aventura de adentrarnos en sus recovecos. Si lo que buscamos son horas placenteras, desembarazados del calor de afuera bastará con permanecer en las inmediaciones del charco Azul y zambullirnos con frecuencia en sus limpias aguas. Frías y cristalinas, como si procedieran de un glaciar que hubiese iniciado la licuación peñas arriba, será difícil aguantar mucho tiempo sumergido, lo que no es óbice para que en horas tórridas la sensación sea en sumamente grata.

Piedra desnuda, mimbreras y juncias en las riberas, el río Campobuche – sus aguas subterráneas afloran en el Gato, las cueles por un momento, sólo por un momento, rescatan el río Guadiaro de la ponzoña de la contaminación que arrastra aguas abajo –, y su torrentera desplomada crea un escenario singular. Milagro de un microclima que se enseñorea del conjunto poniendo barreras al verano y a las temperaturas extremas.

Dicen los antiguos cronicones que aquí acampó el ejército de Julio Cesar antes de enfrentarse con el de los hijos de Pompeyo en la muy célebre batalla de la bética Munda (la Monda de hoy). Escogieron bien el lugar los centuriones romanos para el descanso y a lo mejor no fue casual que infligieran, inmediatamente después, sonada derrota a sus contrincantes. Y desde la Roma Imperial, o poco menos, el charco Azul o del Gato, ha servido para que los asentamientos humanos que aprovecharon el corredor entre el actual Campo de Gibraltar y la cercana costa para sus transacciones comerciales y actividades bélicas hicieran en él parada forzosa. Igual que hacen desde tiempo inmemorial los habitantes de los pueblos limítrofes para celebrar aquí comilonas, acontecimientos familiares y reencuentros amistosos.

Zambullirse en las aguas del Gato tiene todo el sugestivo acicate de hacerlo en la misma historia, ya ven ustedes. Y, además, dicen que es sanísimo, sobre todo para estimular la circulación sanguínea. No se puede pedir más.

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La perduración de la artesanía en la Serranía de Ronda
José Becerra 12-07-2015 | 11:25 | 0

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Que nadie se llame a engaño: la artesanía rondeña no ha muerto. Cierto es que los artesanos de la Ciudad del Tajo se puedan contar con los dedos de la mano, pero ahí están, dando muestras de su saber ancestral heredado en buena hora de sus padres y abuelos para dar testimonio de un arte que tuvo sus orígenes en las familias y que se desarrolló dentro de las paredes de sus modestas moradas.

  Las tradiciones del pueblo enquistadas en el devenir de los siglos llegan hasta nuestros días guardando fielmente las esencias de un hacer y modelar que sientan sus bases en unas manos expertas capaces de infundir a sus obras ese hálito de lo tradicional capaz de transportarnos a otros tiempos y a distintas circunstancias históricas. Todo sin renunciar a la esencia del sentir de los artífices de este arte – que lo es sin la menor duda – capaces de hacernos retrotraernos a momentos y espacios finiquitados con trabajos que fueron imprescindibles en la vida cotidiana de la gente pero que adquirieron la valía de todo lo que es producto de la imaginación creadora y el afán de superación personal.

Los canales comerciales sólo en parte acogen la producción artesanal, si bien en Ronda existen tiendas especializadas donde se exhibe y están al alcance de quienes se sienten interesados por objetos creados a mano por estos artífices. Contra viento y marea mantienen su quehacer despreciando las técnicas modernas de producción en serie que tanto desvirtúan lo que es intrínseco al sentir popular serrano en cualquiera de sus múltiples manifestaciones. Tampoco faltan quienes en ratos libros se entregan en cuerpo y alma a dar rienda suelta a su espíritu creativo dando forma a pequeñas obras de arte, sea cualquiera la materia prima utilizada, con el único fin de satisfacer sus inclinaciones artísticas ya sea para adorno del hogar, ya para que sirvan como presente a sus amistades y allegados.

   El recurso a la madera, particularmente a la de olivo al que se le tributa poco menos que veneración en la comarca, es proverbial entre los artesanos rondeños. Recurriendo a ella se fabrican muebles con la pátina de lo antiguo respondiendo a la demanda de quienes desean adornar sus hogares con los elementos que hablan de prosapia y de una alta consideración social.

    El mueble rondeño le disputa preeminencia a cualesquiera otros fabricado en las distintas regiones andaluzas y españolas. El mueble rondeño…La madera artísticamente labrada brinda, además de muebles, útiles y objetos de adornos, además de instrumentos de cuerda codiciados por músicos de los más distintos pelajes. No es casual en este contexto que fuera el  rondeño Vicente Espinel, eximio autor de la novela picaresca Vida del escudero Marcos de Obregón, quien añadiera la quinta cuerda a la guitarra; instrumento musical éste de reconocido prestigio por su equilibrado sonido y ligereza.

 Marquetería y taracea, procedimiento éste basado en insertar particularmente en la madera pequeñas piezas de un material cualquiera – incrustación – con fines decorativos.

Más abundante si cabe que la madera merece especial mención la alfarería. Expertos anónimos que conocieron todos los secretos de la modelación de la arcilla previo endurecimiento por cocción de este material terroso nos legaron artísticas piezas de cerámica primitiva o de carácter popular hoy exhibidas en museos arqueológicos o dedicadas a la decoración de interiores.

¿Y qué decir de la orfebrería rondeña, una categoría artesanal que traspasó fronteras por su originalidad y remoto abolengo? ¿Qué constructor o decorador que se precie a la hora de diseñar una vivienda, una fachada o un interior de los que se esperan responda a cánones añosos o de noble raigambre prescindiría de la forja de rejería rondeña?        

    Maestros especializados – herreros, fundidores y forjadores- mantienen la tradición de tiempos finiquitados que beben la influencia de los trabajos comunitarios que se iniciaron en los tiempos de la conquista de la Península durante la etapa la Roma Imperial y que han perdurado con altibajos hasta nuestros días. No hay más que darse un paseo por la variopinta calle de la Bola para admirar estos trabajos de forja en las ventanas de algunos de sus edificios emblemáticos. Rejas, faroles,

  Tampoco se queda atrás Ronda y su comarca aledaña en la artesanía que se elabora con filamentos vegetales. En la ciudad y en los pueblos que la circundan y bajo su influencia permanecen se sigue echando mano a la palma, el mimbre, la pita o las varetas de los olivos, entre otras fibras para confeccionar infinidad de útiles, enseres y objetos de uso diario para uso propio o la venta callejera.

   Canastos, cestas, serones para las bestias de carga, capachos para el transporte de los productos de la huerta, abarcas, soplillos para los braseros de carbón, esportillas para albañilería, talegos, soportes para macetas, apliques, … Un sinfín de enseres que siguen los cánones de las labores tradicionales y que sirven las necesidades más perentorias del hogar y el trabajo en el campo o la ciudad, además de satisfacer el gusto y el apego por las cosas hechas a mano que proporcionan todo el placer de recurrir a objetos alejados de la producción en serie y la mercadería habitual y omnipresente.

Igualeja, a dos pasos de ronda, sobresalió en la fabricación de artículos de cuero, los cuales pasaban a ser comercializados en Ubrique, “el de las Petacas”(Cádiz). Hasta la Ciudad del Tajo llegan desde los pueblos limítrofes las labores de talabarteros como las sillas de montar o los arneses que lucen corceles en la feria septembrina. Alazanes que arrastran calesas en las que lucen sus encantos las Damas Goyescas o dibujan alegres cabriolas, obedientes al bocado que dirige sus pasos merced al antojo de jinetes ataviados a la antigua usanza vaquera.

   Es cierto, buena parte de las labores artesanas rondeñas abandonaron los hogares en las que permanecieron durante siglos y fueron a parar a salas de museos o las vitrinas de coleccionistas donde ahora se guardan celosamente. Pero todavía existen tiendas de antigüedades de Ronda donde pueden sorprendernos con objetos hechos a mano que salieron de alacenas polvorientas muchos años atrás y que hoy suponen un regalo para la vista y un tesoro para quienes andan en pos de rarezas para su propia satisfacción y lucimiento personal.

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A vueltas con el habla de la Serranía
José Becerra 09-07-2015 | 9:55 | 0

 

En mis andanzas por la manera de hablar de la gente de Ronda y la Serranía, cuestión de la que en otras ocasiones he dado noticias, haciendo hincapié en palabras que empezaban por una u otra letra del abecedario,hoy traigo a colación la B.

La feria de mayo de Ronda, a diferencia de la de septiembre que se dedica al toreo de la escuela propia y a ensalzar la figura del maestro por antonomasia, Pedro Romero, pero también al que no le va mucho a al zaga como Antonio Ordóñez, y ahora en los últimos tiempos a su descendencia taurómaca; la feria de la primavera, decía, concede supremacía al “mercao”, es decir, a la compra- venta de ganao.

     Acuden con sus caballos, podencos y pollinos, bueyes y muletos los vecinos de los pueblos cercanos dispuestos a vender su mercancía a todos aquellos otros, que endomingados – camisa limpia y pantalón con raya – aspiran a hacerse con un animal que le alivie de las siempre duras faenas del campo o que le amorticen ganancias más o menos pronta. Tanto unos como otros, tendrán presente las recomendaciones de los más viejos de la casa: “Ten cuidao que no te metan la bacalá”. O sea, que no le engañen, que no le meten gato por liebre, en lenguaje paladino.

Unos y otros volverán de la feria, siempre tumultuosa, “baqueteaos”, es decir, cansados de tanto tejemaneje y dar zancadas de “aquípallá”. Eso, si no regresan “baldaos”, después de algún tropiezo inesperado con algún “baina” o de la caminata que con la bestia “mercada” se han de dar a campo traviesa. Si no han tenío mal bajío habrán agenciado la yunta que necesitaba o el rebaño de cabras detrás de las cuales iba.

La B, segunda letra y primera consonante del alfabeto español, da siempre a los serranos mucha baza. Las “bajeras” son las que las mujeres serranas dan al “encalijo” de la parte baja de la fachada de la casa. Aprecian estas féminas la llegada a la plaza cada semana del”barato” o “baratiyo”, en donde comprar todo lo que se tercie a buen precio, ya que se “barruntan” que en la tienda de siempre los mismos artículos le han de costar más caros, por muy “bien despachao” que en estos establecimientos le vendan los tomates, “por un poné”.

Con estos tiempos de crisis que corren han proliferados los trabajadores “bentuales”, o sea, eventuales, que los contratan de hoy para mañana y poco más. Los demás días, se irán de “birote”, es decir, nada de nada. Y no es que se sea un “batato”, es que el trabajo escasea y en los lugares de la Serranía más que en otros.

   Aunque siempre hará falta un labrantín para la “barcina” o para que guarde los guarros en la montanera o en el “ bardío”, que todavía hay gente que poseen una “barquetá” de cabras o de ovejas y necesitan pastotres o “acumuaos”, aunque no sea más que para acercarlas a los ” bebeeros”. Si sabe darle al “bielgo”, mejor que mejor, aunque las parvas en la eras son cada vez menos frecuentes.

“Bigonia”, aunque lo parezca no es el nombre de una flor. Sino el utensilio de hierro o yunque utilizado por el herrador (bigornia) para golpear contre él las herraduras de las bestias antes de colocarlas. El oficio de herrador fue muy socorrido en los pueblos de la Serranía hasta que las caballerías dejaron de ser utilizadas como medio de transporte de mercancias y pesonas. Tuvieron su momento en épocas de bandoleros y contrabandistas, y luego en la arriería. A partir de los años 60 sólo eran un recuerdo en el tiempo.

   Sin embargo, el ruido seco y prolongado del martillo sobre la bigonia perduró en la memoria. Lo mismo que los lugares en donde se ejercía el oficio. En Benaoján, hay una plazoleta que será para siempre conocida por Banco Herrador, al menos hasta que desaparezcan muchas generaciones. Y algo similar viene a ocurrir en el resto de pueblos serranos, incluída la ciudad del Tajo, en don las “bigonias” estaban emplazadas en el patio de caballos de la plaza de toros.

Con “bocarriba” y “bocabajo” damos a entender la postura que el cuerpo adopta en un preciso momento. Puede ser ésta debida a un deseo placentero ( “M´acuesto siempre siempre bocarriba”) o a una caida involuntaria ( Rehbalé y caí bocabajo”, lo que resulta mucho menos agradable. El “boliche” no es una jábega, embarcación tan frecuente en las costas malagueñas y sus típicos rebalajes, sino una tienda o taberna de muy reducidas dimensiones. También se suele bautizar a estos reducidos establecimientos con el palabro de bujío, cuando no con el remoquete de “échate p´allá”, que excuso explicar.

 

 

 

 

 

 

 

 

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El pan cortijero
José Becerra 06-07-2015 | 6:04 | 0

 

 

El pan cortijero

De los cortijos antiguos de la provincia de Málaga, que fueron muchos y bien repletos de labriegos, escardadores, segadores( éstos de unían a la población fija del caserío en tiempo de recolección) y gañanes, van quedado, por desgracia, muy pocos. Y los que quedan, remozados, con aires de edificación que calca los modelos de las casas del pueblo más cercano, habría que disponer de fotos con olor a naftalina y a baúl con residuos  de los recuerdos para tener una idea de cómo eran cincuenta años atrás.

  

    La imagen de un antiguo cortijo, sin embargo, permanece inalterable en la mente, por lo menos en la de aquellos que peinamos canas y vimos como una buena parte de nuestras vidas transcurrió en el interior de la provincia y en lugares bien alejados de las ciudades.

  

    El cortijo se levanta solitario en la vastedad de los campos de labor  y es el santo y seña que humaniza el paisaje, suavizando la aridez del llano o la aspereza que siempre proporcionan las  quebraduras de las sierras. Hoy, son contados los cortijos que siguen en pie. Quizás perduraron las cortijadas o unión de diferentes edificaciones levantadas con idénticos fines que los cortijos aislados pero con más elementos humanos. Aquellas se transformaron el paso del tiempo y acabaron en pedanías o pequeños núcleos de población anexos al pueblo en cuestión. El cortijo solitario no corrió la  misma suerte, como queda dicho. O se transformó en “casa de campo” de los antiguos hacendados o arrastraron su abandono y ruina hasta fenecer.

  

    Cuesta creer que en los muros que quedan en pie y se desmoronan a ojos vista – no es raro que se puedan completar en la vastedad de la Serranía de Ronda – albergaron a gente que dieron pie a un modo de vida singular, casi de subsistencia autárquica. Se comía y bebía de lo que daba el campo. En contadas ocasiones se iba a la ciudad, si no era, en el caso de los gañanes, a la “vestía” o el cambio de ropa, a la fiesta del Patrón.      

   

   Esta independencia exigía dotar al cortijo de elementos que hicieran posible la permanencia sin necesidad de recurrir a terceros, por lo menos con menor asiduidad que los habitantes de pueblos. El  trigo cultivado aseguraba la harina necesaria para el pan diario; la vid permitía el mosto para el año; el olivo, el aceite; el ganado –cerdos, ovejas, cabras y reses – la leche y el queso, amén de los embutidos fabricados en el recinto dándose vida a una de las escenas más vivas y pintorescas que imaginar se pueda: la matanza casera, un canto alegre  al “comamos y bebamos, que luego moriremos,” un aserto acuñado por ancestros medievales y que cada cual hace suyo con regocijo  para la ocasión.

  

    La Serranía de Ronda está cuajada de testimonios pasados del comercio panadero en la Edad Media y, sobre todo, en la época de denominación árabe, mudéjar o morisca. Hasta hoy se conservaron molinos harineros (sólo en Benaoján siguen en pie, aunque sin uso y arruinados  acondicionado con fines turísticos, seis de ellos: La Molineta, el Santo, Manolito Montes, Diego el Retorneado, el de Abel Sánchez  y las Cuatro Paradas). El tipo de pan consumido hasta prácticamente mediados el pasado siglo tenía implicaciones sociales: el pan blanco era privilegio de los ricos y el negro estaba reservado para los pobres. Paradojas de la vida. Ahora es el negro el más apetecido, de más saludable y con un precio superior al blanco.

     Se elaboraba a mano en el propio hogar o en el pequeño horno local hasta finales del siglo XIX, cuando el trabajo manual fue reemplazado por máquinas.   El pan a puño, como se había elaborado desde la noche oscura de los tiempos, duró en la Serranía de Ronda poco menos que hasta ayer mismo. El calorcillo de los hornos de pueblo, en los que ardía la mejor leña de encina, atraía a ociosos que, pese a su antigüedad todavía contemplaban el milagro de cada madrugada: el paso de los escasos elementos que se conjugaban a la obtención final de las hogazas, “mollencas” (tiernas) olorosas y doradas. Expuestas  a los ojos de todos  no sin expresa admiración. Arremangados y musculosos, los panaderos, por desgracia, siendo el escenario semejante, no tuvieron un Velásquez que los inmortalizara como hizo con los forjadores de la Fragua de  Vulcano.

  

    De pequeño no perdía ocasión de acompañar a un tío mío, panadero de profesión, en su tarea de amasar, leudar y formar los panes – y los molletes, roscas, teleras …- por medio de la fuerza de sus puños y la destreza que le concedían sus muchos años de oficio. Miraba extasiado cómo la bola de masa – harina, agua y sal, en esencia – se extendía en el tablero enharinado para volver a recomponerse en rulo en el que se fijaban por leves segundos las huellas de los dedos del que los sometía al milagro de la transformación. Reposaban luego las piezas al calorcillo del horno en cuyo interior las brasas se avivaban para acoger el amasado de cada día. Maestros toques y no menos diestras cuchilladas daban luego forma definitiva al pan, dejándolo listo para la acción comedida de las llamas.

   

    En la comarca rondeña, no sólo en cortijadas y gañanías se cocía el pan para consumo de labriegos fijos y temporeros, sino en las casas de particulares. Se hacía el amasijo cada cierto tiempo, el necesario para que los panes, guardados en arcones de madera, no desmejorasen en textura y sabor. Luego se imponía una nueva hornada, cuyo ritual andaba parejo al de la matanza casera, con la que se hacía provisión anual de chorizos y morcillas fritas y bien conservados en tinajas de barro para el resto del año.

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    ¡Oloroso pan serrano que concede  pincelada aromática  tan particular a los pueblos recién despertados al nuevo día! El pan presente en todas las casas, las humildes y las encopetadas. El pan que entra bien con el vino, las uvas y el queso; con el chorizo rondeño y la morcilla jimerana; con el caldo de la olla y el jamón y el tocino curados.

   

   El olorcillo del pan recién hecho se expande por las callejuelas estrechas de Montejaque, Jimera, Benaoján o Igualeja como el mejor reclamo para que los veceros (parroquianos) acudan presuroso a la tahona de toda la vida, aunque el progreso y la tecnología hayan cambiado tercamente su fisonomía  y la máquina haya suplido al rudo esfuerzo humano. Pero hay quien se resiste y todavía se puede encontrar el pan de puño y leña. Sólo hay que proponérselo y hacer una escapada al interior. Si hay que pagar un alto precio, vale la pena que sea por este pan con el sabor de antaño y con reminiscencias de modos de vida y enjundia rural que podría pensarse ya finiquitados.

  

  

 

 

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Fuentes de antaño en el interior de la provincia
José Becerra 02-07-2015 | 12:11 | 0

Fuentes de antaño en el interior de la provincia

 

¿Qué pueblo del interior de la provincia de Málaga no presumía de su fuente? ¿Cuál no deleitaba los oídos de los viandantes cercanos con el gorgoteo de su agua fresca y cantarina además de aliviar su sed? ¿Qué mujer no se acercó a ella, cántaro en ristre, para hacer provisión del liquido elemento y satisfacer las necesidades del hogar?

Pero se acrecentó la población y consecuentemente los conductos subterráneos llevaron el agua a todos los hogares: la fuente pública dejó de ser insustituible para solventar las necesidades del pueblo. Quedaron como reliquias antiguas los cántaros de barro que habían servido para transportarla y que tan decisivo papel desempeñaron durante siglos. Y el agua escaseó al compás del crecimiento urbano, y se hizo insalubre, acarreando la presencia simultánea de las botellas de plástico que acabaron por emponzoñar la Tierra: vinieron para quedarse definitivamente y acarrear problemas de contaminación insolubles.

En la comarca de Ronda, por la que me muevo con frecuencia y con la que no deseo romper mis lazos, solo quedan fuentes que son objeto casi de veneración, pero a las que ya no se acercan las mujeres con el cántaro ya en la cabeza, ya en el cuadril para hacer acopio del bendito y líquido elemento. En Ronda, La Fuente de los Ocho Caños, recuerda su antiguo esplendor en la calle Real: sus carcomidas piedras que enmarcan las rosetas que encuadran los escaños, data de los tiempos de Felipe V y no dejan de ser un testimonio fiel de la ciudad y de su pasada historia.

En Benaoján desapareció la fuente de la Plaza de la Iglesia (un desacierto evidente por parte de un regidor municipal que habría que lamentar) en aras de aumentar las plazas de aparcamientos. Una aberración. En las inmediaciones del pueblo desapareció el nacimiento-fuente de La Fresnadilla, un lugar idílico donde transcurrieron momentos agradables de mi mocedad incipiente merced a las aguas frías como cuchillos que de ella manaban.

En el vecino Montejaque,perdura, sin embargo y con buen juicio de los consistorios sucesivos,la Fuente de los Tres Caños, en cuyo frontal,en una cerámica ajada aparece una inscripción que habla por sí sola de su antigüedad conminando a la vecindad que haga mal uso de ella con la multa de “1 peseta”. En este municipio,que hace gala de enquistadas tradiciones, se celebra con asiduidad, el Juego de los Cántaros, en los que se reverdecen las idas y venidas a la fuente de las féminas del lugar con estos recipientes en la cabeza y sobre las caderas, haciendo alarde de fuerza y destreza.

Ya no se entona la pegadiza cancioncilla de jovenzuelos enamoradizos cuando escuchaban el alegre borboteo de la fontana del pueblo: “ Ya no va mi niña a la fuente, ya no no va, ya no se divierte…”. Sencillamente porque las fontanas fueron desaparecieron de la faz de los pueblos paulatinamente a remolque de los nuevos tiempos.

Fuentes cargadas de historias y recuerdos imperecederos: ¡ Cuántas citas en sus inmediaciones! ¡Cuántas correrías de niños en su torno! ¡ Cuántas idas y venidas en las noches calurosas del estío cuando los gaznates sedientos ansiaban el agua refrescante que tonificaba el cuerpo y además era gratis!

Las botellas de plástico invadieron el planeta, obviamente también llegaron a los pueblos dormidos al sol de la provincia de Málaga, emponzoñado el entorno. Ese es nuestro pesar ya inconmovible porque no hay vuelta atrás.

Los que ya peinamos canas o nos quedamos sin pelambrera en la cabeza mantenemos en nuestras retinas la imagen del hontanar que animó nuestros días de la infancia y lo añoramos como un bien que se nos arrebató injusta y arbitrariamente. En silencio, contemplando el lugar que ocupara en su día el Pozo de la Ermita benaojana, sitio de mis esparcimientos infantiles, musito para m,is adentros los versos del poeta Gerardo Diego: “ Tiene nombre de mujer, aguas pura, cristalina, de maravillosa gota, es naturaleza y vida”.

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Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.