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Nostalgia del brasero de picón
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José Becerra | 16-02-2016 | 10:02

Tiritamos de frío en Málaga.  Extendió su manto blanco la nieve por los penachos inaccesibles de las sierras y en las calles apresuramos el al paso en busca del calorcillo del hogar. Aquí respiramos aliviados. Nos encontramos  a gusto. Tiempo pintiparado para el recogimiento y la lectura. Y para el recuerdo de escenas y vivencias de otros tiempos.

   Si había un utensilio característico de los inviernos de los pueblos del interior de la provincia de Málaga, en los que cuando sopla el gélido cierzo solía vaciar calles y plazuelas de transeúntes que buscaban ateridos el calorcillo del hogar, era sin duda el brasero. De todos los enseres a los que se echaba mano en el período invernal destacaba éste, que en la comarca de Ronda,no tenía otra denominación que la de “copa de candela”. Este trebejo casero, que había dormido el sueño de los justos en camarillas y desvanes durante los meses primaverales y del estío, ocupaba con todos los honores el principal lugar de la casa, el cual no era otro que aquel en la que la reunión familiar era obligada, ya fuese para la plática distendida, ya para el refrigerio cotidiano o las comidas de mayor enjundia.

En la comarca rondeña, apenas traspasado el día de Todos los Santos y de Difuntos, que casi siempre marcan la separación de días templados y fríos, las amas de casa desempolvaban el recipiente metálico con asas, amén del chubesqui (aparato calefactor de hojalata y forma cilíndrica y agujereada para que circule libremente el aire y haga prender los tizones rápidamente una vez convenientemente colocados sobre la “copa”) y lo disponen para su uso inmediato.

Antes se habrá hecho acopio de buen carbón de leña o cisco de carbón vegetal menudo (picón) que los campesinos de la zona se encargaban de vender en sacos de pueblo en pueblo a lomo de mula vieja y coja apta para las empinadas calles serranas y a grito pelado: “¡ Carbón de encina!” gritaban destempladamente, conformando con la venta itinerante una estampa típica irremediablemente desaparecida, pero que perdura en el acervo de las costumbres y cultura popular de pueblos como Benaoján, Montejaque, Jimera de Líbar o Júzcar y Alpandeire, entre otros , y que los más viejos del lugar reviven con añoranza.

En los inviernos serranos, que suelen ser gélidos, el rito de la “copa”de candela o brasero empezaba en la calle. En ella se depositaba hasta que el vientecillo retozón avivaba las brasas, que la “paletilla” se encargaba removiéndolas de mantenerlas incandescentes todo el día, una vez que la “copa” era acogida por los faldones de la mesa estufa sabiamente situada por el ama de casa en el rincón más protegido del hogar. Allí permanecía durante hasta altas horas o cuando la familia se entregaba al obligado descanso nocturno. Eso sí, cubriéndola de cenizas para que el rescoldo durase hasta al día siguiente. Había que resguardar los tizones para que al fuese más fácil encenderla de nuevo. Y así un día y otro hasta que el calorcillo primaveral la convirtiera en un trasto inútil. Y vuelta a empezar.

Con los nuevos tiempos y la aparición de los electrodomésticos con los que se modernizaron los hogares sin excepción, las estufas eléctricas o de gas, amén del aire acondicionado para el frío o el calor,la “copa” de candela acabó por arrumbarse del todo acabando en los vertederos. Pero todavía hay quien recurre a ella porque como nos dicen los más viejos del lugar “ su calorcillo no tiene punto de comparación con esos nuevos artilugios que, entre otros defectos, no cuenta con el de permitir que la familia se reúna a su alrededor para comentar las quisicosas y sucedidos del día”.

Todos guardamos recuerdos gratos de nuestra niñez. Retazos de vida que nunca llegan a perderse en el armario de recuerdos y vivencias que afloran en cualquiera de los momentos de la existencia. Evocamos esos momentos cuando la nostalgia o añoranza nos invade a partes iguales apartándonos del ajetreo diario no pocas veces odioso.

Mis primeras lece aparecidos y fabulosas correrías de contrabandistas, constantes como medio de vida en los pueblos serranos,no se habrán contado al abrigo del faldón de la mesa de estufa!¡Cuántas historias sobre personajes y personajillos no se habrán hilvanados! ¡Cuántos refranes, consejas y fábulas!

La vieja “copa¨ de candela merecería un monumento en los pequeños pueblos malagueños. Por su ancestral utilización y haber servido para en su torno reunir en tiempos borrascosos a pequeños y mayores, afianzando amores filiales y entrañables amistades.

Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.