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Loa de la siesta
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José Becerra | 25-07-2016 | 06:43

La Siesta

 

 

Loa de la  siesta

“La heroica ciudad dormía la siesta. El viento sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo…”, tal cual empezó su novela “La Regenta” Leopoldo Alas “Clarín”. Y uno piensa  en esos momentos ociosos que en los pueblos de la Serranía de Ronda, los que conozco bien, son sagrados.

   Ahora, sumido en el sopor de las tardes del verano, implacables en el Valle de Guadiaro, evoco la costumbre de la bonancible siesta, no sin el esfuerzo que exige vencer la pereza de las  horas que siguen al mediodía y que convierten en misión imposible  hilvanar el pensamiento con coherencia. Acogido a las sombras hogareñas me vienen a la imaginación un cuadro famoso: “La siesta” de Van Gogh, lienzo que recoge el momento escogido por una pareja de aldeanos para reposar sobre un montón de pajas,  resguardados de un sol tórrido que parece inmóvil en un cielo azul nebuloso. El hombre dormita con los brazos detrás de la cabeza y la mujer hunde la cerviz en los suyos. No se podía plasmar mejor el cansancio que produce una agobiante jornada de trabajo en medio de la solana inhóspita. La construcción cromática en la que toman parte una gama de colores que van desde el azul al violeta pasando por el amarillo no los recoge pero uno se imagina cómo alrededor de los durmientes deben de volar los moscardones, haciendo vibrar los élitros, y dejando constancia de que son los  únicos seres vivientes y despiertos de la desoladora tarde veraniega. El beatífico sueño de los lugareños es un canto callado a la siesta reparadora de esfuerzos y de madrugadas intempestivas con agotadores trabajos que duran poco menos que de sol a sol. Como el de los segadores y gente de trilla de los pueblos serranos que  ansían ratos de reposo cuando el sol llega a su zenit, para recomponer fuerzas. Pero eran otros tiempos muchos más aciagos que los presentes, con ser éstos harto infaustos.

  Y por si fuera poco, según señalan estudios científicos contrastados, dormitar en la mitad del día, entre otros alicientes, mejora el humor y la salud, es el mejor restaurador natural, disminuye el estrés, aleja el riesgo de sufrir una apoplejía y mantiene la memoria ágil, algo esto último de lo que no podemos presumir los que ya peinamos canas. Germanos y anglosajones despotrican de quienes las practican, como los españoles. No saben lo que se pierden, ya que como dice el refrán popular, tan sabio como siempre oportuno: “ Comida sin siesta, campana sin badajo”.

 

Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.