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Fecha: March, 2017
Cuando el ocaso se acerca
José Becerra 26-03-2017 | 10:53 | 0

Cuando el ocaso se acerca
JOSÉ BECERRA
Pasado la barrera de los 70 años, que se quiera que no, hondas preocupaciones nos asaltan. Antes de edad nos decíamos a sí mismo aquello de “Tan largo me lo fiais” de nuestro teatro clásico; espantábamos los negros nubarrones que nos torturaban con la facilidad de quien espanta moscas molestas. Todavía no es mi hora, nos decíamos cuando apenas peinábamos canas y podíamos presumir de rostro terso y ágil andar. Pero columbrada la edad septuagenaria, aunque la enfermedad no haya hecho acto de presencia agresivamente como que experimentamos unos cambios en nuestra vida que por fuerza nos hacen pensar que ya somos remedo quebradizo de nuestra antigua juventud.
Sin embargo, no es, no debe ser, la cuarta edad un pretexto para abandonar nuestras querencias y costumbres de antaño, cuando disfrutábamos de una existencia vigorosa física y mentalmente. Cada cosa a su tiempo y ahora, cuando ya vislumbramos el final más pronto que tarde hay otros alicientes que pueden brindarnos si no plena felicidad sí reciedumbre y contento.
Los que nacimos y vivimos tierras adentro de la Málaga del mar y el bullicio o de otra cualquiera ciudad populosa siempre podremos volver a gozar del lugar que siempre nos agradó porque en aquellas vivimos buena parte de la existencia. De Fray Luis de León, uno de mis poetas preferidos, juglar por excelencia de los espacios retirados y los remansos de paz son estos versos reconfortantes: “ ¡Qué descansada vida/ la del que huye del mundanal ruïdo/ y sigue la escondida/ senda por donde han ido/ los pocos sabios que en el mundo han sido!” Los he recitado muchas veces, casi siempre en un susurro por no querer que en el tumulto de la ciudad y el ajetreo de sus calles me tomasen por loco. Y luego, con la cabeza apoyada en los cristales del autobús de turno, contemplando la hirviente riada de coches sobre el asfalto, no tenía reparos en continuar, siempre para mis adentros, recordando cuando en mi pueblo natal me dio por convertirme en hortelano en mis ratos de asueto: “Del monte en la ladera/por mi nano plantado tengo un huerto,/ que con la primavera/de bella flor cubierto/ ya nuestra en esperanza el fruto cierto!” Y sentía como que mi alma y sentir se tranquilizaba e invitaba al dulce sopor.
No renuncio a acabar mi vida allí donde ésta empezó. No poseo ya mi huerto pero sí mi casa en el lugar nací. Añoro el escenario montuoso de mi Benaoján natal, sumido en la agreste y siempre legendaria Serranía de Ronda. Cierto que aires nuevos le infunden apariencias de modernidad evidentes en las viviendas y chalets de sus afueras. Pero nada podrá distorsionar sus tortuosas y estrechas calles del interior siempre bajo las enigmáticas Cruces Blancas que coronando riscos abruptos la vigilan eternamente. Aquí el Tajo del Zuque, agresivo y solemne, allá el majestuoso Conio siempre sumido en la neblina vaporosa que le concede la lejanía o la iridiscencia del sol. Y el peñascal del Castillejo o el Puerto de Ronda, reino del olivo y el almendro ahora en flor…
No debe ser   la vejez tiempo de inquietudes sino de serena complacencia merced a lo que nos rodea. Dicen los rondeños serranos que envejecer es como escalar una gran montaña: mientras ascendemos las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más ancha y serena. Les asiste toda la razón del mundo. No importa que el ocaso se aproxime.

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El recurrente plato de garbanzos en la Serranía de Ronda
José Becerra 22-03-2017 | 9:05 | 0

 

 

El recurrente plato de garbanzos en la Serranía de Ronda
JOSÉ BECERRA
Nadie prestó atención a la decisión de Naciones Unidas de calificar el ya finiquitado año 2016 como el de las legumbres. Inútil pretensión: nadie hizo el menor caso. Piensa uno, empero, que había que reivindicarlas como un sustento de los humanos tan conveniente para su desarrollo físico como mental. Las clases adineradas y, por ende, afortunadas las borraron de su dieta con olímpico desprecio; eso se están perdiendo, allá ellos. La olla de garbanzo o el potaje de alubias (habichuelas, que es como se bautiza a este guiso en la comarca rondeña) sucumbieron ante el avance imparable de las comidas rápidas y menús precocinados elaborados a contrarreloj y con aditamentos más que dudosos para la salud.
Heredera directa de la “olla podrida”(un nombre sospechoso que se esfumaba cuando humeante se ofrecía a los comensales, ya que lo de podrida como señalan los recetarios antiguos “no es corrupción de la olla sino del lenguaje, ya que debe decirse podrida, que viene a significar poderosa”) se mantuvo durante pasados siglos – XVI y XVII – y era el plato obligado a diario tanto por familias pudientes como menesterosas hasta hace muy pocos años con la distinción de los aditamentos que unas y otras podían aportar a la hora de colocar la vasija sobre las brasas.
Las familias acomodadas añadían a los garbanzos, que eran insustituibles, muslos y pechugas de gallina vieja o pollo picantón o tomatero, amén de morcillo de vaca, tocino veteado, hueso de jamón, papada, rabo y oreja de cerdo y las verduras sin las cuales el cocido dejaba de ser apetecible: calabaza, chícharos (judías verdes), zanahorias, puerros, repollo y un diente de ajo.
A este tenor hay que señalar que Balzac, el escritor francés de tendencia realista (siglo XIX) la estimaba como “un plato obligado de un Grande de España, especialmente de Castilla, y formaba parte de los banquetes oficiales de la representación diplomática de España”. Ahí es nada. Las clases humildes debían contentarse con las legumbres remojadas previamente, recurriéndose al tocino, que las más de las veces era amarillento y añejo y las verduras que tenían más a mano.
En los años de nuestra Guerra Civil e inmediatamente posteriores, tiempos de escasez y penurias sin cuento, cuando alguna familia podía añadir carne a la olla, siempre en muy escasa cantidad, se procedía a su reparto: el cabeza de familia guardaba en su mano tantos palillos como miembros se sentaban alrededor de la mesa y disfrutaba de la “pringá” con tocino y carne aquél que sacaba el palillo más largo, el resto tenía que contentarse con el primero, que amarillento y amojamado no debería ser muy apetecible. Esto me lo refería un viejo conocido del lugar, el cual se congratulaba de “haber comido la olla durante todos los días de su vida”, que ya era luenga y habría que decir muy saludable según se desprendía de su aspecto físico y anímico.

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Políticos renuentes con las oposiciones
José Becerra 19-03-2017 | 11:53 | 0

 

Políticos renuentes con las oposiciones

 

Si ya de por sí son agotadoras – y caras – para los opositores prepararse para ocupar un puesto en la Administración ya sea del Estado o de la Junta, imaginen lo que serán si ahora se añaden la incertidumbre de que la convocatoria de plazas están al borde  de convertirse en papel mojado. Después de saberse que a cuatro meses de los exámenes para obtener una plaza de maestro (2.300 plazas se anunciaron a bombo y platillo para este colectivo) ahora sale la Junta diciendo que si no hay Presupuestos Generales del Estado  los maestros tendrán que esperar hasta una nueva ocasión. SI para estudiar machaconamente como cualquier oposición libre exige se añade ahora el dilema de no saber para qué, a ver quién se concentra ahora en los libros como es menester en estas circunstancias.

   La Junta advierte y así lo ha hecho saber a los sindicatos que si no hay presupuestos la oferta de empleo será pura entelequia, o sea, que se volatizará como por ensalmo. Así que  no queda otra, para no dar con la puerta a las narices a los opositores en ciernes que el Gobierno de la nación, o en su caso las más altas instancias de Educación desbloqueen esta situación funesta para tantos aspirantes a un puesto de trabajo recabándose, si no hay presupuestos generales de por medio, “un marco legal” para que la convocatoria sea una realidad más pronto que tarde.

   No se pueden poner en en solfa  los intereses y el trabajo desmedido de tanta gente que de buena fe creyeron en la oportunidad que les ofrecen las instituciones.  Los políticos, maestros en este gatuperio de culpar al contrario como tabla de salvación para dirigir la ira y el crujir de dientes a sus contrarios como causantes de, en este caso, crear inseguridad  y que se pongan en tela de juicio el legítimo derecho a lograr un trabajo digno. Una pretensión que para más inri exigió dispendios, tiempo y dedicación plena. Y, por supuesto, permitió alimentar ilusiones, que ahora es posible que se vayan al garete.

   No se puede jugar con las legítimas aspiraciones de quienes aspiran a tener un puesto de trabajo y emplean recursos inimaginables para lograrlo. Que el gobierno central legisle pronto al respecto y que el autonómico obre en consecuencias. Es lo que se espera para solventar este impasse que tantos perjuicios está ocasionando.

 “El éxito no está en vencer siempre sino en desanimarse nuca”. Esta frase lapidaria la dijo, como saben, Napoleón Bonaparte a su ejército en el inicio de una de sus múltiples batallas, una arenga que viene a pelo para animar a los incontables aspirantes a una plaza de la Junta que ahora se debaten entre el desánimo y la adversidad ante unas oposiciones siempre cruentas, pero que se esperan con ilusión. El Ministerio de Educación y la Junta tienen la última palabra para no truncar tantas esperanzas.

   

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Genal y Guadiaro, dos ríos maltratados
José Becerra 15-03-2017 | 7:45 | 0

 

Genal y Guadiaro, dos ríos maltratados

JOSÉ BECERRA

Fueron ambos ríos limpios y caudalosos en los cuales era un puro placer desfrutar de baños en los veranos que suelen ser tórridos en la Serranía de Ronda. Pero eran otros tiempos. Dejaron de suscitar la atención cuando los torrentes que los alimentaban fenecieron y sus aguas bajaron pobres y no pocas veces contaminadas. En las últimas décadas pasadas las escenas que cada verano se ofrecían  a la vista eran dignas del mejor pintor costumbrista. Ignacio Zuloaga, el maestro indiscutible del costumbrismo español, de pasar por sus riberas, hubiera captado con su maestría el colorido, la agitación y el bullicio de quienes bajaban de los pueblos limítrofes a gozar de un día de asueto y comilona, junto a tan cristalinas aguas. Hoy por hoy, hubiese renunciado a ese menester porque ya no ofrecen el menor atractivo para tan digna paleta.

El saneamiento integral de la provincia estará inconcluso hasta que no se materialicen las depuradoras que en su día- ya ha llovido- se previeron para los ríos Genal y Guadiaro, pero que nunca se llevaron a cabo pese ser declaradas de interés tanto por el Estado como por el ente autonómico andaluz. Si te vi no me acuerdo parecen decir ambas administraciones que  hacen oídos sordos, cada una por su lado, ante legítimas exigencias para que un problema arduo que incide en los pueblos de la Serranía de Ronda, sometidos a la arbitrariedad de responsables políticos que vienen jugando con sus intereses, se solucione de una vez por todas (iba a decir “de una puñetera vez”, que es lo que argumenta la vecindad que viene sufriendo la postergación  desde mucho tiempo atrás.

Los agricultores de la provincia de Málaga han levantado la voz para que las instituciones andaluzas tomen en serio la necesidad de agua de sus pequeñas fincas de regadío que jalonan el curso del río, el cual nace en la Serranía de Ronda, recibe los aportes de su hermano menor, el Genal, hasta desembocar en el Campo de Gibraltar en su búsqueda ávida del mar. Arguyen con razón que se puede aprovechar el excedente de aguas “respetando siempre el caudal ecológico necesario para subsistencia de la biodiversidad  existente”

Si este río tiene capacidad para colmar las aspiraciones de los regantes de tierras bajas, es algo que nos alegra a quienes vivimos cercanos a sus orillas, pero consideramos que ha sufrido una gran transformación sobre todo en las inmediaciones con pueblos como Benaoján, Jimera de Líbar o Cortes de la Frontera, los cuales pueden considerarse lugares altos del curso. Otra cosa son los aportes que reciba en latitudes bajas, que sí alegran, al parecer, el derrotero de sus aguas, que son copiosas y son las que se exigen para su aprovechamiento en zonas de regadíos.

El Guadiaro, otrora de aguas impetuosas incluso en verano, por lo menos por el municipio malagueño y serrano de Benaoján, entró en franca decadencia años atrás. Escasez de lluvias en el entorno, aportes de arroyos contaminados y la consiguiente transmutación geomorfológica del suelo verificaron su mutación y acabaron con su apogeo de antaño.

El Guadiaro a su paso por el término municipal benaojano, lugar donde transcurrieron mis años de niñez y mocedad, ejerció siempre una gran atracción para la vecindad. En sus limpias aguas se deslizaban a placer barbos escurridizos y rubicundos cangrejos. Era apto para la pesca de una y otra especie y en él me cobré mis primeras capturas con el entusiasmo propio de la temprana edad. Se bajaba hasta el río, sobre todo en los meses del estío, para disfrutar de un relajante baño en los múltiples “charcos” que jalonaban su curso; allí se remansaban las aguas, se tornaban profundas y no podían ser más propicias para los chapuzones reconfortantes y el bucear placentero.

Los “charcos” del Guadiaro a su paso por el término municipal de Benaoján eran numerosos y se adaptaban a la edad del bañista a tenor de su edad. Creo que desde que la mía era muy corta y hasta que pude presumir de mozalbete ascendí río abajo y río arriba empezando por el “charquito de Emilia”, con aguas hasta las rodillas o poco más hasta llegar hasta el Charco del Túnel, profundo y turbulento; detrás quedaban otros en los que la vecindad se solazaba por las arenas de su fondo, lo cristalino de sus aguas o el paraje impresionante de adelfas, junqueras y mimbreras que los envolvía: Azul, Redondo, La Molineta, o La Fresnadilla, nacimiento de agua éste último en la que se podía apagar la sed y en cuyas inmediaciones se organizaban almuerzos y merendolas.

Desgraciadamente estos remansos de paz fueron desapareciendo con el tiempo. Ni rastro de ellos quedó. Solo guarda su esplendor de antaño el Charco Azul, a los pies de la efigie de piedra del Gato, que da nombre a una cueva que constituye el más conocido distintivo del pueblo, al que presta vida el cauce del afluente Gaduares o Campobuche, que tanto monta. Sur orillas y aledaños continúan siendo propicios para, además del baño relajante, inverosímilmente frío, lugar propicio para comilonas festivas.

Los más viejos del lugar ya no tenemos reparos en afirmar que “éste no es mi Guadiaro, que me lo han cambiado”. Nos asiste la razón por la visión decadente que el río ofrece, otrora vistosa y atrayente.” Los ríos son la vida que van a dar al mar, que es el morir”, cantó el poeta Manrique con pesadumbre. Nuestro Guadiaro languidece antes de llegar al piélago que lo acoge.

¿Culpables de esta sinrazón? Es posible que las lluvias que no son tan intensas y frecuentes como en la pasada centuria estén detrás, pero no hay que echar en saco roto la desidia de las administraciones locales que se mostraron remisos a tomar el toro por los cuernos de su regeneración.

No se puede decir, empero, que sea un río contaminado. No lo es hasta el presente. Pero si echamos de menos su imagen de lustros atrás. Solo nos queda el consuelo del Charco Azul a los pies de la Cueva del Gato, en esencia el mismo de siempre. Aguas limpias y frías y un paraje de peñas y vegetación envolvente que le siguen prestando la apariencia de un rincón casi paradisíaco.

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Genal y Guadiaro, dos ríos maltratados
José Becerra 15-03-2017 | 7:41 | 0

Genal y Guadiaro, dos ríos maltratados

JOSÉ BECERRA

Fueron ambos ríos limpios y caudalosos en los cuales era un puro placer desfrutar de baños en los veranos que suelen ser tórridos en la Serranía de Ronda. Pero eran otros tiempos. Dejaron de suscitar la atención cuando los torrentes que los alimentaban fenecieron y sus aguas bajaron pobres y no pocas veces contaminadas. En las últimas décadas pasadas las escenas que cada verano se ofrecían  a la vista eran dignas del mejor pintor costumbrista. Ignacio Zuloaga, el maestro indiscutible del costumbrismo español, de pasar por sus riberas, hubiera captado con su maestría el colorido, la agitación y el bullicio de quienes bajaban de los pueblos limítrofes a gozar de un día de asueto y comilona, junto a tan cristalinas aguas. Hoy por hoy, hubiese renunciado a ese menester porque ya no ofrecen el menor atractivo para tan digna paleta.

El saneamiento integral de la provincia estará inconcluso hasta que no se materialicen las depuradoras que en su día- ya ha llovido- se previeron para los ríos Genal y Guadiaro, pero que nunca se llevaron a cabo pese ser declaradas de interés tanto por el Estado como por el ente autonómico andaluz. Si te vi no me acuerdo parecen decir ambas administraciones que  hacen oídos sordos, cada una por su lado, ante legítimas exigencias para que un problema arduo que incide en los pueblos de la Serranía de Ronda, sometidos a la arbitrariedad de responsables políticos que vienen jugando con sus intereses, se solucione de una vez por todas (iba a decir “de una puñetera vez”, que es lo que argumenta la vecindad que viene sufriendo la postergación  desde mucho tiempo atrás.

Los agricultores de la provincia de Málaga han levantado la voz para que las instituciones andaluzas tomen en serio la necesidad de agua de sus pequeñas fincas de regadío que jalonan el curso del río, el cual nace en la Serranía de Ronda, recibe los aportes de su hermano menor, el Genal, hasta desembocar en el Campo de Gibraltar en su búsqueda ávida del mar. Arguyen con razón que se puede aprovechar el excedente de aguas “respetando siempre el caudal ecológico necesario para subsistencia de la biodiversidad  existente”

Si este río tiene capacidad para colmar las aspiraciones de los regantes de tierras bajas, es algo que nos alegra a quienes vivimos cercanos a sus orillas, pero consideramos que ha sufrido una gran transformación sobre todo en las inmediaciones con pueblos como Benaoján, Jimera de Líbar o Cortes de la Frontera, los cuales pueden considerarse lugares altos del curso. Otra cosa son los aportes que reciba en latitudes bajas, que sí alegran, al parecer, el derrotero de sus aguas, que son copiosas y son las que se exigen para su aprovechamiento en zonas de regadíos.

El Guadiaro, otrora de aguas impetuosas incluso en verano, por lo menos por el municipio malagueño y serrano de Benaoján, entró en franca decadencia años atrás. Escasez de lluvias en el entorno, aportes de arroyos contaminados y la consiguiente transmutación geomorfológica del suelo verificaron su mutación y acabaron con su apogeo de antaño.

El Guadiaro a su paso por el término municipal benaojano, lugar donde transcurrieron mis años de niñez y mocedad, ejerció siempre una gran atracción para la vecindad. En sus limpias aguas se deslizaban a placer barbos escurridizos y rubicundos cangrejos. Era apto para la pesca de una y otra especie y en él me cobré mis primeras capturas con el entusiasmo propio de la temprana edad. Se bajaba hasta el río, sobre todo en los meses del estío, para disfrutar de un relajante baño en los múltiples “charcos” que jalonaban su curso; allí se remansaban las aguas, se tornaban profundas y no podían ser más propicias para los chapuzones reconfortantes y el bucear placentero.

Los “charcos” del Guadiaro a su paso por el término municipal de Benaoján eran numerosos y se adaptaban a la edad del bañista a tenor de su edad. Creo que desde que la mía era muy corta y hasta que pude presumir de mozalbete ascendí río abajo y río arriba empezando por el “charquito de Emilia”, con aguas hasta las rodillas o poco más hasta llegar hasta el Charco del Túnel, profundo y turbulento; detrás quedaban otros en los que la vecindad se solazaba por las arenas de su fondo, lo cristalino de sus aguas o el paraje impresionante de adelfas, junqueras y mimbreras que los envolvía: Azul, Redondo, La Molineta, o La Fresnadilla, nacimiento de agua éste último en la que se podía apagar la sed y en cuyas inmediaciones se organizaban almuerzos y merendolas.

Desgraciadamente estos remansos de paz fueron desapareciendo con el tiempo. Ni rastro de ellos quedó. Solo guarda su esplendor de antaño el Charco Azul, a los pies de la efigie de piedra del Gato, que da nombre a una cueva que constituye el más conocido distintivo del pueblo, al que presta vida el cauce del afluente Gaduares o Campobuche, que tanto monta. Sur orillas y aledaños continúan siendo propicios para, además del baño relajante, inverosímilmente frío, lugar propicio para comilonas festivas.

Los más viejos del lugar ya no tenemos reparos en afirmar que “éste no es mi Guadiaro, que me lo han cambiado”. Nos asiste la razón por la visión decadente que el río ofrece, otrora vistosa y atrayente.” Los ríos son la vida que van a dar al mar, que es el morir”, cantó el poeta Manrique con pesadumbre. Nuestro Guadiaro languidece antes de llegar al piélago que lo acoge.

¿Culpables de esta sinrazón? Es posible que las lluvias que no son tan intensas y frecuentes como en la pasada centuria estén detrás, pero no hay que echar en saco roto la desidia de las administraciones locales que se mostraron remisos a tomar el toro por los cuernos de su regeneración.

No se puede decir, empero, que sea un río contaminado. No lo es hasta el presente. Pero si echamos de menos su imagen de lustros atrás. Solo nos queda el consuelo del Charco Azul a los pies de la Cueva del Gato, en esencia el mismo de siempre. Aguas limpias y frías y un paraje de peñas y vegetación envolvente que le siguen prestando la apariencia de un rincón casi paradisíaco.

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Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.