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Las bibliotecas, mi biblioteca
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José Becerra | 10-03-2017 | 08:27

 

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Las bibliotecas, mi biblioteca

José Becerra

Puesto a pensar y echando la vista atrás creo que mi vida ha estado siempre  vinculada a una biblioteca. Entiéndaseme: no es que viviese siempre en el interior de ese espacio que se dedica a la difusión de la lectura de libros (aunque en mi existencia, en los años que van de la juventud a la senectud transcurriese entre las paredes de una o varias de ellas, no.) Primero fue la que mis padres poseían en mi pueblo natal y de la que yo tuve con conocimiento apenas dar los primeros pasos en la vida y tuve clara conciencia de ello. Recuerdo que era un mueble no demasiado grande y destartalado  pintado de color marrón obscuro con media docena de baldas y que ocupaba un rincón de la casa junto a una ventana que permitía el paso de la luz proveniente de un olivar vecino que se perdía en la lejanía y venía a morir a los pies de las escabrosidades de una sierras cuyas altas aristas se me antojaba que llegaban hasta el cielo. No creo que pueda olvidar jamás los libros que ocupaban las despintadas repisas de madera.

Conocí así apenas me adentre en el maravilloso mundo de la lectura a escritores de los más variados estilos y obras de las más variopintas temáticas. Julio Verne, Pío Baroja, Valera, Clarín, Pardo Bazán, Galdós… No descubro nada si digo que la lectura es uno de los placeres que más puede contentar al hombre y tengo que decir que afortunadamente llegue a ellos desde muy temprana edad. Ahora, cuando ya peino canas y me asomo al irreversible mundo de la ancianidad vienen a corroborar la atracción que siempre sentí por la letra impresa sabiendo que existe una explicación científica a esta inclinación.

Viene  decir el estudio llevado a cabo por la Universidad de Búfalo (EEUU) y que recogió días atrás la revista Psychological Science, cuando leemos un libro nos adentramos psicológicamente en la comunidad que describe y nos hace experimentar la convicción de  pertenencia a un grupo, con lo que eso conlleva de satisfacción al complementar una necesidad humana innata que redunda en la mejora de nuestro estado de ánimo. No es un secreto por tanto que la lectura produce placer, amén de distracción y proporcionarnos conocimientos y enseñanzas para mejor entender el mundo que nos rodea y potenciar nuestra relación con los demás.

   He vivido en las bibliotecas una buena parte de mi vida, unas veces como lector habitual y otras como bibliotecario de la Universidad de Málaga, así que creo poder hablar de estos templos del saber con conocimiento de causa. Uno de los avispados lectores que era asiduo de la Biblioteca de la Facultad de Ciencias de la Información me dijo un día que “los bibliotecarios sois como los guías turísticos de todo el conocimiento”. No le faltaba razón: ese era el prototipo al  que todos los que ejercíamos el oficio aspirábamos. Otro me espetó un día algo así como que “en el tsunami de la información, los bibliotecarios ofrecen flotadores y enseñan a nadar”. No podía haber recibido mayor alago.

  He comprobado durante años la paz que se respira en una biblioteca pública. En ciertos  momentos por su espesura casi se podría cortar el silencio, aun cuando las bancadas estuvieran ocupadas. En estos momentos de quietud solía pasear la mirada por los lectores que frente a mí hojeaban con fruición sus libros. Un pensamiento me era recurrente en esos momentos: una biblioteca puede ser muchas cosas, entre ellas no está  la de recurrir a ellas en los días de lluvia, pretexto este que puede ser recurrente. Pero sobre todo  es un lugar donde los libros viven, y puedes ponerte en contacto con otra gente, con otros pensamientos y con otras ideas con las que contrastar las tuyas propias.

   Después de mi obligada jubilación vuelvo a las bibliotecas con frecuencia. Nada es comparable a la quietud que en ellas impera. Y si como dijo Cicerón “si cerca tenéis un jardín ya no os faltará de nada”, afirmación que   comparto sin reservas ya que la biblioteca que ahora frecuento en mis ratos de asueto lo tiene. Miel sobre hojuelas.

  

 

Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.