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Fecha: August, 2017
Patios de los pueblos de la Serranía
José Becerra 23-08-2017 | 10:20 | 0

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Patios de los pueblos de la Serranía

JOSÉ BECERRA

En estas noches de agobio nocturno se acuerda uno de los patios de los pueblos serranos. Era lugar tiempos atrás de reunión familiar, sobre a la consunción del día, después de la cena. Se habla en ellos de lo divino y lo humano; los novios expresaban allí sus cuitas, y el ama de casa se arrellanaba en el mejor lugar, una vez  finalizada las faenas hogareñas.

Ya no es tarea fácil encontrar patios en los pueblos del interior; fueron desapareciendo a medida que fue creciendo la construcción de nuevas viviendas que, para ganar espacio, los fueron obviando, como si este lugar al aire libre no fuera tan necesario para el disfrute de sus habitantes como otros habitáculos del hogar, caso del mismo dormitorio, pongo por caso, o la cocina.

“El patio de mi casa era particular, cuando llueve mucho se moja la mitad…”, dice la cancioncilla infantil, un soniquete pegajoso que muy bien podría aplicarse al patio de mi vivienda en mi Benaoján natal, a dos pasos de Ronda e inmerso en la imponente Serranía que lo acoge amorosamente, “entre peñas escondido”. Y es que mi patio, semicubierto con techumbre de deslucidas tejas morunas, quedaba por su mitad descubierto a las inclemencias invernales ,pero también a la bondad refrescante de las tardes y noches veraniegas.

Configuración que respondía en esencia a la arquitectura romana, basada en el impluvium y el peristylum, mejorados con el paso de los siglos,incluyendo el período hispano-musulmán. Como se sabe, imperó en la comarca a partir del siglo VIII, cuando la tropas del Califato Omeya,compuestas por árabes y bereberes cruzaron el estrecho de Gibraltar, bajo el mandato de Tarik, y aquí se instalaron nada menos que hasta el siglo XV. Se había formado el estado andalusí,o sea, el Al-Andalus de los cronicones medievales. Y de su influencia vivieron estos lares por luengos tiempos, y de su arquitectura bebieron los pueblos que posteriormente fueron levantándose en el entorno conquistado.

Las casas antiguas de la Serranía de Ronda, naturalmente, no responden ya al arquetipo árabe,pero si influencia no se borró del todo en aquélla. De ahí el predominio de patios que permitían iluminar las estancias interiores que no disponían de ventanas a la calle y que siguen fueron una constante en el diseño de las viviendas de aquellas otras épocas, las cuales siguen en pie desafiando los avatares del tiempo.

¡Ay, mi patio! en él que transcurrieron muchas horas de mi vida! Puedo decir, emulando al poeta Antonio Machado (él hablaba de su Sevilla, que yo cambio por mi pueblo): “Mi infancia son recuerdos de un patio de Benaoján, y un huerto claro donde madura el limonero…”. Porque el limonero nunca faltaba, o la palmera que proporcionaba un toque exótico al patio retrotrayendo a sus moradores a climas tropicales.

Mi patio era más pequeño,pero con el suficiente espacio para que fuese objeto de predilección de los moradores de la casa. Junto al estípite o tronco de una palmera mi madre dispuso de una ingente cantidad de macetas con flores que crecían ubérrimas: geranios, hortensias, claveles…, todas aclimatadas a la semi-sombra y maternalmente acogidas por el ramaje escaso pero suficiente de la palmera, dueña absoluta del reducido espacio. Exhalaban suaves fragancias que se hacían más ostensibles al caer el sol cuando recibían el riego benéfico que las mantenía vivas y pletóricas en el amalgama de colores de pétalos aterciopelados y rutilantes.

En los patios del interior de Málaga vivían sus mejores momentos en las noches del verano. Hacia ellos volvían las miradas los moradores de las casas bien para cenar en ellos, bien para allí permanecer hasta altas horas de la madrugada, cuando el sueño rendía y se desalojaba quedando silencioso y mustio. En el aire relatos de sucedidos y acontecimientos felices de la familia, los cuales seguía alegre o cariacontecido, a tenor de las palabras que hacían mella en mi sentir o resbalaban inaccesibles por mis oídos.

¡Cuántas noches me he despertado por el golpear furioso de agua sobre las baldosas! O por el cantar lastimoso del jilguero de mi padre, que reclamaba su ración de alpiste en su jaula colgada de uno da las ramas de la grácil palmera del patio…

Ya no hay lugar en las nuevas edificaciones para el patio que fue centro familiar de nuestros mayores. Lo sustituyeron las terrazas, uniformes y amaneradas con vistas a la calle y, por ende, sin la menor intimidad. Aposentado en una de ellas, recuerdo el mío con nostalgia: fue uno de los alicientes de mi vida que el paso del tiempo,irrevocablemente, se empeña en hacérmelo olvidar sin conseguirlo del todo.

 

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El pan, alimento y símbolo
José Becerra 19-08-2017 | 10:23 | 0

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El pan, alimento y símbolo

El pan es un alimento  y  a la vez un símbolo universal imperecedero que está siempre presente en la historia de los humanos desde los más remotos tiempos. Posee connotaciones divinas (“El pan nuestro de cada día…” y coadyuva al desarrollo físico de quienes lo consumen cada día.

   El pan, el humilde y necesario pan, el que siguiendo la prédica bíblica pedimos a Dios que se nos dé cada día, a veces nos sorprende desagradablemente cuando en la tahona de siempre nos avisan del ascenso en lo que a su precio se refiere. No habrá político que en campaña de cualquiera de los comicios no sepan responder con exactitud cuál es el valor de una barra, porque con ello reflejaría su despreocupación por un acontecer social que sí interesa ¡y de qué modo! al pueblo llano.

No goza el pan, sin embargo, en la actualidad de mucha predilección que se diga. Temen las féminas famélicas comerlo por temor a que su cintura pierda el perímetro de su cintura  por el que se someten a los mayores tormentos y los que no paran mientes en estos avatares corporales niegan sus bondades alimenticias. Craso error. No es el pan lo que engorda sino lo que con él acompañamos en demasía a la hora de la manduca, y la sabia mezcla de harina, agua y un toque de sal representan un sustento que para sí quisieran otros manjares más pomposos. “No hay comida corta con pan largo”, que decimos en la Serranía de Ronda. Y no es este aserto de ahora, sino de toda la vida.

De la tríada – trigo, olivo y vid – que revolucionó el acontecer de la alimentación en los pródromos de la existencia humana, el primero se conocía en Oriente Medio ocho mil años atrás, año más año menos. Saltó luego a Asia Menor y desde allí a la zona del Mediterráneo. Entre los egipcios, la elaboración del pan era conocida antes del siglo XX a.C., antesdeayer, o sea, y se cree que descubrieron la fermentación de forma accidental. Alumbró la prehistoria en Europa con los preparados derivados de grano cocido que dieron consistencia a la zarrapastrosa apariencia corporal de nuestros primeros abuelos.

Es posible que el primer pan llevara bellotas, algarrobas o hayucos triturados mezclados con agua; el calor natural hasta la aparición del fuego haría el resto para consolidar la masa. En enterramientos (tolos) de poblados situados junto a los lagos suizos, que constituyen las comunidades civilizadas más antiguas de Europa, se encontraron junto a los restos óseos, residuos de pan sin levadura, fórmula que se empleó en la primigenia elaboración del pan. En Roma se establecieron hornos de uso público durante la República y los restos de las más importantes ciudades y villa desperdigadas por el solar hispano dejaron muestras de ellos.

La Serranía de Ronda está cuajada de testimonios pasados del comercio panadero en la Edad Media y, sobre todo, en la época de denominación árabe, mudéjar o morisca. Hasta hoy se conservaron molinos harineros (sólo en Benaoján siguen en pie, aunque sin uso y arruinados acondicionado con fines turísticos, seis de ellos: La Molineta, el Santo, Manolito Montes, Diego el Retorneado, el de Abel Sánchez y las Cuatro Paradas). El tipo de pan consumido hasta prácticamente mediados el pasado siglo tenía implicaciones sociales: el pan blanco era privilegio de los ricos y el negro estaba reservado para los pobres. Paradojas de la vida. Ahora es el negro el más apetecido, de más saludable y con un precio superior al blanco.

Se elaboraba a mano en el propio hogar o en el pequeño horno local hasta finales del siglo XIX, cuando el trabajo manual fue reemplazado por máquinas. El pan a puño, como se había elaborado desde la noche oscura de los tiempos, duró en la Serranía de Ronda poco menos que hasta ayer mismo.

El calorcillo de los hornos de pueblo, en los que ardía la mejor leña de encina, atraía a ociosos que, pese a su antigüedad todavía contemplaban el milagro de cada madrugada: el paso de los escasos elementos que se conjugaban a la obtención final de las hogazas, “mollencas” (tiernas) olorosas y doradas. Expuestas a los ojos de todos no sin expresa admiración. Arremangados y musculosos, los panaderos, por desgracia, siendo el escenario semejante, no tuvieron un Velásquez que los inmortalizara como hizo con los forjadores de la Fragua de Vulcano.

De pequeño no perdía ocasión de acompañar a un tío mío, panadero de profesión, en su tarea de amasar, leudar y formar los panes – y los molletes, roscas, teleras …- por medio de la fuerza de sus puños y la destreza que le concedían sus muchos años de oficio. Miraba extasiado cómo la bola de masa – harina, agua y sal, en esencia – se extendía en el tablero enharinado para volver a recomponerse en rulo en el que se fijaban por leves segundos las huellas de los dedos del que los sometía al milagro de la transformación. Reposaban luego las piezas al calorcillo del horno en cuyo interior las brasas se avivaban para acoger el amasado de cada día. Maestros toques y no menos diestras cuchilladas daban luego forma definitiva al pan, dejándolo listo para la acción comedida de las llamas.

En la comarca rondeña, no sólo en cortijadas y gañanías se cocía el pan para consumo de labriegos fijos y temporeros, sino en las casas de particulares. Se hacía el amasijo cada cierto tiempo, el necesario para que los panes, guardados en arcones de madera, no desmejorasen en textura y sabor. Luego se imponía una nueva hornada, cuyo ritual andaba parejo al de la matanza casera, con la que se hacía provisión anual de chorizos y morcillas fritas y bien conservados en tinajas de barro para el resto del año.

Un panadero de Ronda decía a José Carlos Capel (Imagen de Ronda) : “ La fama del pan rondeño se debe al empleo de la sal justa y una fermentación lenta, aparte de la calidad del agua. Los tipos de pan que hacemos son la boba, las barras de cuarto, el mollete de masa esponjosa y el carrete, además de la piña, la rosca y la telera. La miga es compacta, cerrada, blanca, de trigo candeal”. El panadero rondeño no tiene reparos en hablar de la excelencia del pan – “el del día, que es como hay que comerlo” -, que sirve lo mismo para comer bien impregnado de aceite que para unas sopas hervidas o un gazpacho caliente. ¡Ay, aquellos coscorrones de pan con un hoyo en medio que mi madre rellenaba con azúcar y aceite y que ponía en mis manos como el agasajo más preciado por mí!

¡Oloroso pan serrano que concede pincelada aromática tan particular a los pueblos recién despertados al nuevo día! El pan presente en todas las casas, las humildes y las encopetadas. El pan que entra bien con el vino, las uvas y el queso; con el chorizo rondeño y la morcilla jimerana; con el caldo de la olla, y el jamón y el tocino curados.

El olorcillo del pan recién hecho se expande por las callejuelas estrechas de Montejaque, Jimera, Benaoján o Igualeja como el mejor reclamo para que los veceros (parroquianos) acudan presuroso a la tahona de toda la vida, aunque el progreso y la tecnología hayan cambiado tercamente su fisonomía y la máquina haya suplido al rudo esfuerzo humano. Pero hay quien se resiste y todavía se puede encontrar el pan de puño y leña. Sólo hay que proponérselo y hacer una escapada al interior. Si hay que pagar precio un tanto más elrevado vale la pena que sea por este pan con el sabor de antaño y con reminiscencias de modos de vida y enjundia rural que podría pensarse ya finiquitadas.

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Esplendor de la feria de Málaga
José Becerra 15-08-2017 | 11:23 | 0

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Esplendor  de la feria de Málaga

JOSÉ BECERRA

La ciudad  toda es un hervor. Se vive con pasión y entrega a la feria por excelencia de Málaga. Y luce en todo su esplendor una flor – el jazmín – con el que sabiamente se compone un ramillete y que, si bien se pasea por Málaga en manos de sandungueros vendedores durante todos los días del verano, es ahora en los días de la feria agosteña, cuando brilla con singular esplendor entre el bullicioso paso de los viandantes. Hablamos de la biznaga, que como el boquerón o el Cenachero,  son las señas de identidad más    conspicuas  de la Ciudad del Paraíso, como magistralmente la catalogó  el poeta andaluz Vicente Aleixandre, apenas escaló la cúspide de su carrera que le llevó a encumbrarse con el Premio Nobel de Literatura, ahí es nada.

La relación de los sentidos y la experiencia, el despertar de la memoria, que adormecida y oculta se incorpora súbitamente a nuestro sentir espoleada por algún suceso seguramente  banal e intrascendente pero que rompe las ataduras de lo cotidiano  aherrojándonos y suprimiendo en nosotros cualquiera otra sensación y realidad fue tratada con la misma profundidad psicológica que supo imprimir al resto de su obra Marcel Proust en la primera parte de La búsqueda del tiempo perdido. 

  Proust, a su antojo, volvía una y otra vez a los momentos de la infancia felizmente vivida en su París natal de los años 20, rememorando el aspecto agradable, el tacto rugoso pero placentero, el sabor inconfundible de las magdalenas que con asiduidad compraba en una humilde panadería de la rive gauche del Sena. Evocaba las magdalenas consumidas con delectación y el mundo de su barrio se abría de par en par ante sus ojos, no importaba que hubiesen transcurrido los años, era igual que la remembranza se hiciese desde un lugar lejano sin similitud alguna con el ambiente y la situación vivida.

El poder de la mente, la analogía de los sentidos yuxtapuestos a la experimentado, obraba el milagro. Aprehendía el tiempo, siempre fugitivo, lo domesticaba a placer y volvía a los momentos pasados y felices utilizando el resorte del gusto y las imágenes asociadas a este sentido.

No es el sentido del gusto sino el del olfato el que a mí me devuelve cada vez que lo evoco la imagen de Málaga (ahora sumida en la esplendente feria agosteña), el calidoscopio de las sugerentes perspectivas de sus calles, del puerto que se enseñorea  del parque, remolonea en la Alameda y casi se hace presente en la calle Marqués de Larios a la que impregna de su cálida presencia; dela Alcazaba, alta y altanera; de la catedral, portento de sillares y entablamentos, arquerías, columnas y cúpula y armonía de proporciones. No me evoca toda esta magnificencia el regusto de un dulce exquisito sino la fragancia y forma de una flor, esbelta, restallante: la de la biznaga.

La biznaga, no es una flor natural, sino el resultado de la feliz conjunción de jazmines ensartados en una planta espinosa (la chumbera que jalona los caminos y veredas de Málaga) que los acogen y que se abren al atardecer para ser colocados en la pala del cacto  para que bien alineadas expandan su penetrante olor y pasen a ser el símbolo por antonomasia de la feria agosteña.

Percibí su aroma, me encandiló su prestancia cuando, en mis años de la infancia – ya ha llovido – paseaba por Larios de la mano de mis progenitores y un vendedor ambulante la ofreció a mi madre. La fragancia impregnó toda  la corta estancia de  los tres miembros que componíamos aquella familia provinciana ocasionalmente trasladada, por  motivo que ya no consigo recordar, a la para mí ya populosa capital. La que yo entonces, con ojos impúberes y atónitos comenzaba a descubrir. Regresé luego por motivos de estudios, y más tarde me afinqué en uno de los pueblos que le dan la mano por su proximidad y que como ella se asoma, recreándose, al esplendente mar Mediterráneo cada mañana compartiendo en complicidad  tamaño milagro natural.

No hay para mí recuerdo próximo o lejano dela Málaga que parió calles y personajes históricos y entrañables, templos y paseos, tiendas y tabernas antiguas, feria agosteña, – “ esplendor y crisol de luz y color”- y procesiones semana santeras – “ vahído de emoción y exaltación sin límites de los  sentidos”-,  librerías de viejo, posadas y patios de vecinos al que no se anteponga como preámbulo feliz de dicha amistosa, estética y sensual la espigada biznaga, inundando y enseñoreándose de mi ánimo y predisponiéndolo a la evocación más sentida.

Connivencia de sentidos y experiencia que constató el  asmático pero celebrado escritor parisino pero a la que se puede llegar a  través de los más variados caminos. Quién me dice que no estaría sumido en la fragancia de la biznaga Vicente Aleixandre cuando en Sombra del paraíso dio forma a  versos sublimes a Málaga dedicados: “ Calles apenas, leves, musicales, jardines / donde flores tropicales elevan sus juveniles palmas gruesas,/ Palmas de luz que sobre las cabezas, aladas, / mecen el brillo de la brisa y suspenden / por un instante labios celestiales que cruzan / con destino  a las islas remotísimas, mágicas, / que allá en el azul índigo, libertadas, navegan”.

 

 

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Los pitufos abandonan Júzcar
José Becerra 11-08-2017 | 7:26 | 0

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Júzcar dice adiós a los pitufos

 JOSÉ BECERRA

“La pela es la pela”, que dicen los castizos catalanes y de rechazo en cualquiera parte del país,  a saber,  que el dinero es lo que importa y éste es el que mueve voluntades y actitudes, sin el cual todo se viene abajo como un castillo de naipes. Es lo que acaba de ocurrir en Júzcar, ese encantador pueblo de la Serranía de Ronda, que había hecho del color  azul-celeste su santo y seña a tenor de los Pitufos, la serie televisiva que removió los cimientos del pueblo y dinamizó su paupérrima economía atrayendo infinidad de visitantes.

En estos tiempos procelosos que corren en los que encontrar un puesto de trabajo es tarea ímproba por no decir imposible resultaba reconfortante saber que en un pueblo de la Ronda serrana se podían contar con los dedos de una sola mano y quizá sobrasen dedos las personas que no gozaban de una ocupación lo suficientemente lucrativa como para servir de sostén a una familia, fruto la feliz de la providencia que, como un maná, se derramó sobre el pueblo, en forma de tan divertidos personajes.

A Júzcar, enclavado en el oeste de la provincia malagueña, en las cercanías del Alto Genal, el cual da nombre a un fértil valle, parece que los pitufos le tocaron con su varita mágica en reconocimiento a que las fachadas de las viviendas se tiñeran de azul, que, como se sabe, es el color distintivo de estos divertidos personajes que con sus historietas y películas cautivaron a los niños de medio mundo.

 En buena parte debido a ellos, hoy por hoy, trabaja casi todo el pueblo; merced además, que todo hay que decirlo, a las inversiones que vienen realizando tanto la Diputación como la Junta de Andalucía con el propósito de dinamizar la economía local de pueblos malagueños, en este caso en los que se ubican dentro del marco de la Serranía de Ronda. Una economía deficiente y una situación calamitosa que había que concederle la mayor atención, desarrollando en lo posible el turismo, palanca que en cualquier parte todo lo mueve para bien.

    Pero he aquí que la gallina de los huevos de oro, echando mano a la famosa fábula de Esopo,  lleva camino de desaparecer más temprano que tarde. Y no es que como en el relato clásico se ambicionará más de lo debido matando a la ave y hurgar en sus entrañas, que no es el caso, sino que el Consistorio se ha decidido acabar con todas las imágenes y estatuas que con los celebérrimos Pitufos se adornaba el municipio. Se le exigían compromisos pecuniarios que nunca se satisficieron a los creadores de las divertidas historietas de los protagonistas y desde la Alcaldía se ha optado por el camino de en medio.

   Hubo un intento de aproximación entre las partes, pero el resultado final es que se prescinde de las efigies, que desde hoy parece que pasarán a mejor vida, una vez no quede ni rastro en el pueblo de ellas. Fueron vivo  reclamo para visitantes – se afirma que llegaron a aposentarse una media de 50.000 visitantes en la demarcación –, un prodigio para un caserío que apenas llega a los 250 habitantes y que revolucionó para bien sus exiguos recursos económicos. La pela es la pela, como digo,  y es lo que exigen los progenitores de los televisivos personajes a las autoridades administrativas de Júzcar,  optando éstas finalmente por sucumbir  a tenor de las exigencias por  las promesas incumplidas. Una decisión que todos hemos de sentir porque vino a revitalizar lo que no era sino poco más que una aldea que cobró vida inusitada y llegó a tener prestancia dentro y fuera de España.

    Eso sí, el colorido característico que durante años revistieron las fachadas y que recordaban a los protagonistas de la serie continuará tal cual, que cada vecino es dueño y señor para pintar su casa del modo y forma que se le antoje. Faltaría más.

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Parque Litoral, un refugio para el verano
José Becerra 08-08-2017 | 9:40 | 0

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Parque Litoral, un refugio para el verano

José Becerra

La zona de Málaga conocida como Martín Carpena por el magnífico Palacio de Deportes que alberga,  en honor a quien fuera inhumanamente enclaustrado por la banda terrorista ETA años atrás, ofrece una visión pletórica de edificaciones modernas, reflejo fiel de un ensanche de la capital que dibuja un paisaje urbano moderno y dinámico, fruto de la preferencia de muchos para  vivir o instalar sus comercios allí donde barruntan un acogedor o brillante futuro. Sirve de preámbulo a la populosa Costa del Sol pero no participa aún de su bullanguera fisonomía y no tiene nada que envidiar a otros hábitats  de rutilantes ciudades españolas o europeas.

   Como todo conglomerado minuciosamente concebido de viviendas que se precie ofrece a la populosa vecindad un parque para su esparcimiento y recreo. Madrid tiene el Retiro, Barcelona Montjuic, París Los Campos Elíseos, Londres Hyde Park… En Málaga tenemos para regocijo y expansión ciudadana, además de los jardines rayanos a la Alameda en el centro capitalino, el Parque Litoral un pulmón verde y florido, meollo de la expansión constructiva en su contorno, que por su proximidad tiende la mano al Palacio de Deportes bautizado con los apellidos del concejal secuestrado.

    Prácticamente rodeado de edificios el amplio perímetro se encierra por una gran verja que el Ayuntamiento decidió colocar para frenar los ataques de vándalos urbanitas que en más de una ocasión atentaron con nocturnidad y alevosía contra el mobiliario y los elementos de distracción y juegos de los menores. Sus cuatros amplias puertas colocadas en dirección a los puntos cardinales se cierran de noche para disuadir a los desalmados que venían atentando contra la  integridad del conjunto.

    Visito cada día este remanso de paz y en diferentes horas. Su apariencia cambiante a tenor de la luminosidad que recibe del astro rey en el transcurso de las horas me cautiva. Me encandila así mismo cuando su aspecto resulta grisáceo por mor del atardecer o a causa de nubarrones que presagian lluvia. Sigo el camino que los parterres me señalan bien delineados por verdes setos que en las primeras horas de la mañana despiden un fragante aroma de verdolaga. Parecen despertar arrojando lejos de sí las brumas nocturnas de las que eran prisioneros. Respiro profundamente y me siento henchido de la paz que seducen mis sentidos al no sentir la presencia humana por mor de la temprana hora, lo que  me hace  imaginar que  estoy solo en la inmensidad de la creación y que los edificios circundantes no son sino meros y mudos  atrezos del gran espectáculo del mundo que me rodea.

    El parque, a cualquier hora, es un universo viviente por la diversidad de población volátil que la ocupa. Avecillas gráciles como los jilgueros, etéreos chamarines, ruidosas urracas que con el verdor suave de su plumaje reavivan el desvaído color de la arboleda cuando el invierno la desnuda de hojuelas, obscuros y taciturnos mirlos que   visten de luto las brozas…Y sobrevolando el recinto las evoluciones pausadas de las gaviotas que hablan a las claras de la proximidad del mar que más que verse se presiente en la lejanía haciéndonos llegar sus reconfortantes efluvios.

    Como todo vergel que se precie, a cualquiera  hora del día, pero sobre todo cuando éste declina y las sombras se muestran como fieles aliadas para prácticas más o menos libidinosas  no es raro que nos encontremos parejas de enamorados amartelados en  conversaciones apagadas y furtivas caricias ajenos a todo lo que pueda estar ocurriendo a su alrededor. Uno, que ya peina canas, hace como que nada ve y sigue impertérrito su deambular no sin recordar con nostalgia otros tiempos y otras circunstancias de su existencia más vital.

   Con frecuencia me recluyo en el parque para embeberme en la lectura. Siempre hay un rincón propicio para este menester lejos “del mundanal ruido” del que despotricaba el poeta. Siempre hay un banco propicio, a la sombra si es verano, en otra época para recibir la caricia del sol otoñal. Como acostumbran las aves al acercarse a la fontana más cercana –saciar la sed sin abandonar sus piruetas –  leo y levanto la cabeza, más absorto en la naturaleza viva que me rodea que en las páginas del libro en cuestión.

    El Parque Litoral es un remanso  de paz, sobre todo en las horas en las que la  grey infantil se encuentra ausente aposentada en los colegios. Solo se oye el apagado rumor de la fronda o el quejoso piar de las aves, ya buscando sustento, ya el lugar de descanso nocturno para su ajetreo diario.

   Hay un pero, sin embargo, en este panegírico de tan emblemático lugar, y no es otro que a invasión de mosquitos, procedentes de las marismas del próximo río Guadalhorce que se dejan caer según que época del año haciendo la estancia imposible a los tranquilos viandantes. El Ayuntamiento de la ciudad se las ve y desea para extirpar el azote, sin lograrlo definitivamente. Un hándicap que cada cual resuelve a manotazos y que disturba el paseo en tan emblemático lugar de recreo de la Málaga del extrarradio, que no por eso pierde su estampa de exuberante pulmón verde ciudadano, hoy por hoy un delicioso refugio para las atosigantes calores del verano.

 

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Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.