Parque Litoral, un refugio para el verano

Resultado de imagen de fotos del parque litoral de málaga diariosur

 

Parque Litoral, un refugio para el verano

José Becerra

La zona de Málaga conocida como Martín Carpena por el magnífico Palacio de Deportes que alberga,  en honor a quien fuera inhumanamente enclaustrado por la banda terrorista ETA años atrás, ofrece una visión pletórica de edificaciones modernas, reflejo fiel de un ensanche de la capital que dibuja un paisaje urbano moderno y dinámico, fruto de la preferencia de muchos para  vivir o instalar sus comercios allí donde barruntan un acogedor o brillante futuro. Sirve de preámbulo a la populosa Costa del Sol pero no participa aún de su bullanguera fisonomía y no tiene nada que envidiar a otros hábitats  de rutilantes ciudades españolas o europeas.

   Como todo conglomerado minuciosamente concebido de viviendas que se precie ofrece a la populosa vecindad un parque para su esparcimiento y recreo. Madrid tiene el Retiro, Barcelona Montjuic, París Los Campos Elíseos, Londres Hyde Park… En Málaga tenemos para regocijo y expansión ciudadana, además de los jardines rayanos a la Alameda en el centro capitalino, el Parque Litoral un pulmón verde y florido, meollo de la expansión constructiva en su contorno, que por su proximidad tiende la mano al Palacio de Deportes bautizado con los apellidos del concejal secuestrado.

    Prácticamente rodeado de edificios el amplio perímetro se encierra por una gran verja que el Ayuntamiento decidió colocar para frenar los ataques de vándalos urbanitas que en más de una ocasión atentaron con nocturnidad y alevosía contra el mobiliario y los elementos de distracción y juegos de los menores. Sus cuatros amplias puertas colocadas en dirección a los puntos cardinales se cierran de noche para disuadir a los desalmados que venían atentando contra la  integridad del conjunto.

    Visito cada día este remanso de paz y en diferentes horas. Su apariencia cambiante a tenor de la luminosidad que recibe del astro rey en el transcurso de las horas me cautiva. Me encandila así mismo cuando su aspecto resulta grisáceo por mor del atardecer o a causa de nubarrones que presagian lluvia. Sigo el camino que los parterres me señalan bien delineados por verdes setos que en las primeras horas de la mañana despiden un fragante aroma de verdolaga. Parecen despertar arrojando lejos de sí las brumas nocturnas de las que eran prisioneros. Respiro profundamente y me siento henchido de la paz que seducen mis sentidos al no sentir la presencia humana por mor de la temprana hora, lo que  me hace  imaginar que  estoy solo en la inmensidad de la creación y que los edificios circundantes no son sino meros y mudos  atrezos del gran espectáculo del mundo que me rodea.

    El parque, a cualquier hora, es un universo viviente por la diversidad de población volátil que la ocupa. Avecillas gráciles como los jilgueros, etéreos chamarines, ruidosas urracas que con el verdor suave de su plumaje reavivan el desvaído color de la arboleda cuando el invierno la desnuda de hojuelas, obscuros y taciturnos mirlos que   visten de luto las brozas…Y sobrevolando el recinto las evoluciones pausadas de las gaviotas que hablan a las claras de la proximidad del mar que más que verse se presiente en la lejanía haciéndonos llegar sus reconfortantes efluvios.

    Como todo vergel que se precie, a cualquiera  hora del día, pero sobre todo cuando éste declina y las sombras se muestran como fieles aliadas para prácticas más o menos libidinosas  no es raro que nos encontremos parejas de enamorados amartelados en  conversaciones apagadas y furtivas caricias ajenos a todo lo que pueda estar ocurriendo a su alrededor. Uno, que ya peina canas, hace como que nada ve y sigue impertérrito su deambular no sin recordar con nostalgia otros tiempos y otras circunstancias de su existencia más vital.

   Con frecuencia me recluyo en el parque para embeberme en la lectura. Siempre hay un rincón propicio para este menester lejos “del mundanal ruido” del que despotricaba el poeta. Siempre hay un banco propicio, a la sombra si es verano, en otra época para recibir la caricia del sol otoñal. Como acostumbran las aves al acercarse a la fontana más cercana –saciar la sed sin abandonar sus piruetas –  leo y levanto la cabeza, más absorto en la naturaleza viva que me rodea que en las páginas del libro en cuestión.

    El Parque Litoral es un remanso  de paz, sobre todo en las horas en las que la  grey infantil se encuentra ausente aposentada en los colegios. Solo se oye el apagado rumor de la fronda o el quejoso piar de las aves, ya buscando sustento, ya el lugar de descanso nocturno para su ajetreo diario.

   Hay un pero, sin embargo, en este panegírico de tan emblemático lugar, y no es otro que a invasión de mosquitos, procedentes de las marismas del próximo río Guadalhorce que se dejan caer según que época del año haciendo la estancia imposible a los tranquilos viandantes. El Ayuntamiento de la ciudad se las ve y desea para extirpar el azote, sin lograrlo definitivamente. Un hándicap que cada cual resuelve a manotazos y que disturba el paseo en tan emblemático lugar de recreo de la Málaga del extrarradio, que no por eso pierde su estampa de exuberante pulmón verde ciudadano, hoy por hoy un delicioso refugio para las atosigantes calores del verano.

 

Facebook Twitter Stumbleupon Delicious More More More