Patios de los pueblos de la Serranía

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Patios de los pueblos de la Serranía

JOSÉ BECERRA

En estas noches de agobio nocturno se acuerda uno de los patios de los pueblos serranos. Era lugar tiempos atrás de reunión familiar, sobre a la consunción del día, después de la cena. Se habla en ellos de lo divino y lo humano; los novios expresaban allí sus cuitas, y el ama de casa se arrellanaba en el mejor lugar, una vez  finalizada las faenas hogareñas.

Ya no es tarea fácil encontrar patios en los pueblos del interior; fueron desapareciendo a medida que fue creciendo la construcción de nuevas viviendas que, para ganar espacio, los fueron obviando, como si este lugar al aire libre no fuera tan necesario para el disfrute de sus habitantes como otros habitáculos del hogar, caso del mismo dormitorio, pongo por caso, o la cocina.

“El patio de mi casa era particular, cuando llueve mucho se moja la mitad…”, dice la cancioncilla infantil, un soniquete pegajoso que muy bien podría aplicarse al patio de mi vivienda en mi Benaoján natal, a dos pasos de Ronda e inmerso en la imponente Serranía que lo acoge amorosamente, “entre peñas escondido”. Y es que mi patio, semicubierto con techumbre de deslucidas tejas morunas, quedaba por su mitad descubierto a las inclemencias invernales ,pero también a la bondad refrescante de las tardes y noches veraniegas.

Configuración que respondía en esencia a la arquitectura romana, basada en el impluvium y el peristylum, mejorados con el paso de los siglos,incluyendo el período hispano-musulmán. Como se sabe, imperó en la comarca a partir del siglo VIII, cuando la tropas del Califato Omeya,compuestas por árabes y bereberes cruzaron el estrecho de Gibraltar, bajo el mandato de Tarik, y aquí se instalaron nada menos que hasta el siglo XV. Se había formado el estado andalusí,o sea, el Al-Andalus de los cronicones medievales. Y de su influencia vivieron estos lares por luengos tiempos, y de su arquitectura bebieron los pueblos que posteriormente fueron levantándose en el entorno conquistado.

Las casas antiguas de la Serranía de Ronda, naturalmente, no responden ya al arquetipo árabe,pero si influencia no se borró del todo en aquélla. De ahí el predominio de patios que permitían iluminar las estancias interiores que no disponían de ventanas a la calle y que siguen fueron una constante en el diseño de las viviendas de aquellas otras épocas, las cuales siguen en pie desafiando los avatares del tiempo.

¡Ay, mi patio! en él que transcurrieron muchas horas de mi vida! Puedo decir, emulando al poeta Antonio Machado (él hablaba de su Sevilla, que yo cambio por mi pueblo): “Mi infancia son recuerdos de un patio de Benaoján, y un huerto claro donde madura el limonero…”. Porque el limonero nunca faltaba, o la palmera que proporcionaba un toque exótico al patio retrotrayendo a sus moradores a climas tropicales.

Mi patio era más pequeño,pero con el suficiente espacio para que fuese objeto de predilección de los moradores de la casa. Junto al estípite o tronco de una palmera mi madre dispuso de una ingente cantidad de macetas con flores que crecían ubérrimas: geranios, hortensias, claveles…, todas aclimatadas a la semi-sombra y maternalmente acogidas por el ramaje escaso pero suficiente de la palmera, dueña absoluta del reducido espacio. Exhalaban suaves fragancias que se hacían más ostensibles al caer el sol cuando recibían el riego benéfico que las mantenía vivas y pletóricas en el amalgama de colores de pétalos aterciopelados y rutilantes.

En los patios del interior de Málaga vivían sus mejores momentos en las noches del verano. Hacia ellos volvían las miradas los moradores de las casas bien para cenar en ellos, bien para allí permanecer hasta altas horas de la madrugada, cuando el sueño rendía y se desalojaba quedando silencioso y mustio. En el aire relatos de sucedidos y acontecimientos felices de la familia, los cuales seguía alegre o cariacontecido, a tenor de las palabras que hacían mella en mi sentir o resbalaban inaccesibles por mis oídos.

¡Cuántas noches me he despertado por el golpear furioso de agua sobre las baldosas! O por el cantar lastimoso del jilguero de mi padre, que reclamaba su ración de alpiste en su jaula colgada de uno da las ramas de la grácil palmera del patio…

Ya no hay lugar en las nuevas edificaciones para el patio que fue centro familiar de nuestros mayores. Lo sustituyeron las terrazas, uniformes y amaneradas con vistas a la calle y, por ende, sin la menor intimidad. Aposentado en una de ellas, recuerdo el mío con nostalgia: fue uno de los alicientes de mi vida que el paso del tiempo,irrevocablemente, se empeña en hacérmelo olvidar sin conseguirlo del todo.

 

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