Alcaldes de la Serranía de Ronda reticentes ante un plan de la Junta

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Alcaldes de la Serranía de Ronda reticentes ante un plan de la Junta

JOSÉ BECERRA

La masificación urbana que se instaló en el litoral malagueño ha hecho que inversores y promotores fijen su atención en la Serranía de Ronda. La intención es extender su dominio sobre este territorio hasta ahora exento de esa malsana deriva de construcciones allá donde todavía impera la tranquilidad y belleza paisajística indemne aún al dominio del avasallador despliegue del ladrillo incontrolado. El espacio en el que prevalece el predominio del desaforado desarrollo urbanístico se hace pequeño y miradas ávidas de nuevos horizontes y lucros desmedidos se han vuelto hacia este lugar privilegiado hasta ahora, como digo, a salvo de edificios colosales que, a buen seguro, vendrían a empañar su apariencia placentera de siglos. Pero, en fin, la otra cara de la moneda es que las inversiones en la zona caerían como un maná allí en donde las carencias económicas sin cuentos vienen siendo proverbiales. Pero he aquí que la Junta de Andalucía, a través de la Consejería de Medio Ambiente, con muy buen criterio, acaba de redactar un Plan del Territorio de la Serranía de Ronda, con vista a frenar una desbocada utilización de su suelo que venga a ser reflejo de las tropelías urbanísticas llevadas a cabo en el litoral y el consiguiente desmadre urbanístico en detrimento de parajes y paisajes rurales que les son propios y que caracterizan tan singular región.

La cuestión es que la irredenta Serranía de Ronda necesita que las administraciones públicas les tiendan la mano para salir del marasmo económico en el que los pueblos que la componen se ven inmersos, muy a pesar de quienes desde los ayuntamientos respectivos que la rigen se las ven y desean para que se invierta en su ámbito. Me refiero a los alcaldes que han recibido la noticia desde las instancias administrativas superiores con cierta sorpresa, con recelo y un no mal disimulado desencanto. Argumentan algunos de estos regidores que las medidas que se pretenden imponer desde la Junta para impedir que el caos que reina en el litoral en lo que concierne a un incontrolado desarrollo constructivo – el desaforado boom del ladrillo – tome cuerpo en zonas del interior, frene de paso las inversiones cuando no la cercenen del todo.

Sea bienvenido el plan que venga a evitar un desarrollo desordenado émulo del que se instaló en el cercano litoral, pero que no impida la recepción de inversiones que propicien la creación de empleo y el resurgir de una zona cuya depauperación es bien visible. Toca consultar a alcaldes de los más de una treintena de pueblos para que expongan sus razones y pretensiones con vistas a que no se den pasos de ciego en una cuestión latente como es la necesidad de inversiones y conjugarla con la preservación metódica de la integridad paisajística de tan singular territorio en cuestión. La reticencia de los primeros ediles parece justa y , desde luego,  razonable.

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