Benaojan, entre peñas escondidos…

 

Benaojan, entre peñas escondidos…

JOSÉ BECERRA

Días atrás fue noticia el desprendimiento desde la Sierra de Juan Diego- telón de fondo pétreo de Benaoján-  una roca de considerables dimensiones que vino a desembocar, presumiblemente con gran estrepito, en medio de la carretera que une  entre sí a este pueblo de la Serranía de Ronda con Jimera de Líbar, en las cercanías de la famosa cueva de la Pileta, un tesoro prehistórico, por más señas. No es la primera vez que sucesos de estas  características se producen en las inmediaciones de Benaoján, o incluso impactando con las casas de su interior, afortunadamente ahora sin que hayan producido daños a sus habitantes.

Es lo que ocurre en los pueblos en los que peñas, quebraduras y pináculos que al cielo parecen horadar sirven de telón pétreo  de fondo a las casas que a sus cobijos  se acogen no sin temor y recelo de sus moradores, pese a que bajo su imagen ven transcurrir su existencia. Me viene a la memoria una coplilla que en uno de estos pueblos aún se tararea porque los riscos forman sus señas de identidad más conspicuas. “Benaoján, entre peñas escondido, la Pileta es tu nido, monumento nacional…” Efectivamente, la piedra desnuda, las cumbres inaccesibles y brumosas en la lejanía, las agujas que  taladrar el cielo parecen, son una constante en Benaoján desde los más alejados y obscuros tiempos de su historia. Y claro, ocurre lo que ocurre: grandes bloques de piedra, desencajados de su núcleo vienen a parar a las inmediaciones del pueblo cuando no, como digo,  impactan directa y peligrosamente en  las casas.

Ocurrió en 1947, un enorme bloque de granito sobrevoló un par de casas del pueblo, para venir a alojarse en los bajos de una casa, en cuya parte superior dormía tranquilamente Ramón la Estanquera, que así se le conocía en Benaoján y que milagrosamente resultó ileso de la terrible acometida. El suceso ocupó la portada del diario SUR de entonces; como lo hizo años después – 1967 – cuando otro bloque granítico impacto sobre la techumbre de una de las muchas fábricas chacineras de la localidad, milagrosamente en la hora del medio día en la que los operarios aprovechaban para el almuerzo: otro portento que permanece incólume en la memoria de los benaojanos que ya peinan canas.

Quienes visitan el pueblo de manera ocasional se maravillan de la belleza monumental del anfiteatro pétreo que  lo circunda y que son sus señas de identidad más significativas y recelan, al mismo tiempo de la proximidad de las rocas. Algo que a los vecinos del pueblo no les causa el menor temor, quizás acostumbrados a su proximidad: están familiarizados con ellas y con su proximidad conviven sin el menor recelo.

Foto de J. Bullón y Vanesa Melgar

 

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