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Kioscos en retirada
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José Becerra | 15-06-2018 | 17:27

 

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Kioscos en retirada

Esa costumbre inveterada de acercarnos cada mañana al kiosco de la esquina más próxima para adquirir el periódico de nuestra predilección, es notorio que lleva camino de pertenecer al pasado. Nuevos tiempos impelen distintos hábitos. El gesto de adquirirlo en nuestra primera salida a la calle todavía con el frescor mañanero de cada día y el olorcillo característico de la letra recién impresa en el olfato tiende a desaparecer. Podremos, eso sí, incluirlo en la bolsa de la compra diaria después de adquirirlo en los múltiples puntos de venta mecánica e impersonal instalados ad hoc en estaciones de tren, hospitales, supermercados y lugares de tránsito diario de la multitud para leerlo reposadamente en el bar de la esquina más cercana mientras degustamos el primer café del día, o bien sumergirnos en su lectura a la pata a la llana en el sofá de casa momentos después. Lugares de adquisición aquéllos que han venido a sustituir los kioscos de toda la vida, los cuales han iniciado el camino para batirse en retirada después de sobrevivir añadiendo la venta de golosinas, juguetes y baratijas para los más pequeños. Corren nuevos tiempos y muchos de quienes se acercaban al kiosco cada mañana para adquirirlo apenas después que hayan salido de la prensa optaron por buscarlo en Internet, esa herramienta automatizada pero fría y distante que les acerca a los acontecimientos de toda índole de cada día. Eso sí, es obligado permanecer sentado ante el ordenador prescindiéndose de la comodidad del diván, o mientras consumismo el primer café mañanero si lo hacemos en establecimiento de costumbre entre el vaho de quienes hacen lo propio a su alrededor, no siempre en silencio.

Los familiares kioscos desaparecidos, seguramente para no volver jamás, arrebataron con su ausencia a esquinas y plazuelas una estampa entrañable que muchos echamos de menos. MI vida, ya en franco declive, ha estado de una manera u otra vinculada a ese repertorio escrito e impreso de noticias, reportajes, opiniones y extenso contenido de un diario que ha venido poniéndome al día de cuanto sucedía de interesante alrededor de mí y de mis congéneres, en mi provincia, el país y allende fronteras.

No faltan sombríos agoreros que predicen el fin de la letra impresa, el crepúsculo indubitable del negro sobre blanco, ya sea en las páginas de un libro, ya en las de un periódico. En la meteórica carrera de las tecnologías de la comunicación, el caballo desbocado de Internet nos depara cada día avances impensables. La era digital enseñoreada de editoriales y redacciones trastoca por día conceptos que se creían firmes e inalterables.

Hablar de letra impresa, libro impreso, periódico impreso era hasta ahora redundante por lo obvio. Ahora no, ahora se impone la distinción necesaria, inapelable. ¿Libro impreso o libro digital? ¿Diario impreso o diario digital? ¿Desplegar las páginas del rotativo preferido o irse a la página escogida a golpes de obediente ratón? ¿Caerá la galaxia Gutenberg aplastada por la invasión desbordante de la era virtual? ¿Tendremos que adiestrarnos en aprender de memoria la Divina Comedia o El Quijote como lo hicieron los protagonistas de Fahrenheit 451 porque no habrá otro medio de reproducirlos y que esté más a la mano si no es por el frío e impreciso impulso de un teclado?

Siempre habrá quien se resista al cambio, quien prefiera el regodeo de comprar un libro, eligiendo entre centenares de títulos – hojeándolos todos, sopesándolos, calibrando la perfección de la impresión o sus defectos de premura, sintiendo el tacto limpio o ajado de su cubierta si nos acercamos a una librería de novedades o a otras de viejo, tan sugerente, tan sugestiva… -, aquél que responde a la apetencia del momento. Sentirlo bajo el brazo y empezar su lectura en el momento escogido, abandonarla y volver a ella, subrayar el párrafo que nos llamó la atención, señalar la página a la que será precisa volver… No, no me privarán de este placer, por mucho que se soplen los nuevos vientos.

Tampoco de acercarme cada día al kiosco a comprar el periódico y regocijarme como las cabeceras de disputan el espacio de exhibición, que cada vez es menor y comparar ofertas y promociones que cada vez son mayores. La película, el fascículo, la pieza de colección, que hay que enganchar al lector, que dicen las estadísticas que no andan muy equiparados, tirando a la baja, con los que aparecen en las listas europeas.

Paso ya, para mi pesar, de la edad septuagenaria, pero he tenido la suerte de que un periódico, SUR, cuando lo dirigía Sanz Cagiga(35 años dirigiéndolo, desde 1947), llegase con la regularidad de lo inmarcesible a mi hogar. Y si no llegó, lo busqué – en las bibliotecas, o en el bar de la esquina teniendo que soportar las miradas de inquina de quienes no pudieron adelantarse, cuando no era yo quien las emitía por el contratiempo de llegar tarde– , para leerlo en silencio o con el telón de fondo del humo de los churros y el sonido de las cucharillas impacientes del primer café mañanero.

 

Foto Pepe Nevado

 

 

Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.