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Al calorcillo de castañas tostadas
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José Becerra | 02-11-2018 | 13:34

 Resultado de imagen de fotos de castañas asadas, diario sur Foto: Diario SUR

Al calorcillo de tostones de castañas

JOSÉ BECERRA

Cuando el otoño toca a su fin y el invierno asoma su fría  cariz,  en los pueblos de media España surgen en las esquinas como setas los puestos de castañas asadas. Su presencia aflora como un toque que el tiempo imprime en su constante mudanza determinando ahora que con su crudeza se reavivan tradiciones que hablan de nuestra forma de ser y mostrarnos a los demás.

Se expande por las calles el grato  olorcillo del fruto más objeto de deseo en estas fechas y es como si todos nos hiciésemos un poco niños, y la añoranza del calorcillo hogareño y de los momentos felices con los seres queridos nos embarga.

De todo eso es capaz un cucurucho de castañas que el vendedor de turno, a cambio de unas monedas, deposita en nuestras manos. ¡Cuántas confidencias, declaraciones y pensamientos gratos nos proporcionan mientras degustamos este fruto de las familias de las fagáceas! ¡Cuantas reuniones festivas en la que es el protagonista indiscutible!  Y me vienen a la mente los “tostones” que todos y cada uno de los pueblos de la Serranía y el Genal organizan en torno al día de Difuntos y el de Todos los Santos posterior.

En la comarca del Guadiaro, que lame con sus aguas varios pueblos serranos, siempre existieron familias vinculadas al modestísimo negocio familiar de la castaña. Se trasladaban a pie hasta los municipios en los que el fruto era abundante, entre ellos Pujerra, y establecían un comercio itinerante y de permuta de escobas, escobones y soplillos de empleita por cuartillos de castañas (“gente de montaña paga con castañas”, se decía entre bromas y veras). Luego, tostadas o cocidas las vendían en esquinas o de puerta en puerta en puerta, “media docena, un real”, a la usanza de los años posteriores a las décadas del hambre, mediado el pasado siglo y transcurrida la Guerra Civil.

Tostar las castañas en viejo latón u olla desportillada y agujereaba en su fondo al fuego vivo era todo un arte para el que se exigían buenas mañas. El olorcillo expendido que acariciaba el olfato era el preludio de la grata sensación de tenerlas en la mano caliente y crujiente antes de llevarla con delectación a la boca. Con frecuencia constituían un motivo de fiesta. Se tostaban las castañas en los patios y se consumían en el interior, acompañadas de anís o de cualquiera otra bebida reconfortante. Lo bailes duraban hasta el amanecer o hasta que las brasas del fuego que había hecho posible el tostón de rigor se consumían convertidas en cenizas.

Cada año, cuando el calendario nos anuncia la llegada del Día de los Difuntos, a saber, el 1 de Noviembre, ya comenzó en Pujerra, pueblo que sienta sus reales en la montaraz Serranía de Ronda, la tradicional recogida de la castaña. De ella viven mayoritariamente los pocos más de 300 vecinos que hace posible en buena manera su sustento y que como tal le rinden poco menos que pleitesía por esta época del año.

Se asienta el caserío en el dilatado Valle del Genal, en cuya proximidad fuentes históricas fidedignas estiman o acreditan que nació o vivió el rey godo Wamba, hecho del que los naturales de la comarca hacen alarde. Así como de su lucha contra las tropas invasoras de Napoleón Bonaparte a principios del siglo XIX, y que los bravos serranos repelieron con valentía.  Todavía  los lugareños entonan una coplilla dirigida al Gran Corso y que refleja su valentía y arrojo contra el invasor: ”Napoleón, conquistaste a toda España, pero no pudiste entrar la tierra de las castañas”.

Hoy es un puro gozo ver en las faldas de los montes que rodean al pueblo o en el roquedo calizo y desnudo, no pocas veces estratificado, los castaños en flor, para enseguida contemplarlos ofreciendo a la vista sus frutos que lucen su tersura en la cápsula espinosa que le sirve de coraza contra los insectos depredadores. Lástima que a ellas sean inmunes otros saqueadores- los humanos- que poniéndose por montera los esfuerzos y penalidades de los labriegos propietarios del terreno llenan sus morrales de castañas para venderlas al mejor postor. Pero esa es otra cuestión.

La castaña en los pueblos que la Serranía delimita tiene mucho de símbolo, casi se la venera. Caso del pueblo de Pujerra, donde tiempos atrás se abrió un museo, cuya estructura y ornamentación exterior en interior gira sobre la castaña. Ofrece información turística sobre el fruto y su significación histórica para el pueblo. Se dice que es único en España, de ahí la curiosidad y el interés que despierta. No se podía contar con otro acicate más apropiado para exaltar el pasado y presente del municipio enclavado en la médula del singular Valle del Genal.

En el resto de los pueblos serranos, en los días que preceden o  siguen al que se destina para ir al encuentro de nuestros difuntos en el cementerio local, caso  el de Todos los Santos, se suceden, como digo tostones familiares y fiestas juveniles organizadas con este pretexto. Protagonista indiscutible en esas noches de juvenil jarana y cuchipanda: la castaña.

Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.