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EL controvertido cambio de hora
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José Becerra | 09-11-2018 | 11:06

EL controvertido cambio de hora

JOSÉ BECERRA

Parece ser que el cambio de hora, ese que nos hace trastabillar cada año por estas fechas y que parece que tiene los días contados, acaba de instalarse de nuevo en el país con todos los honores. Unos lo reciben alborozados y agradecen que les proporcione una hora de vida más; otros reniegan de él y disienten de su implantación porque viene a poner confusión aunque sea pasajera en sus días.

  Puede parecer un regalo del cielo esa hora de más que se nos otorga por parte de las altas esferas administrativas del país; eso para unos, porque para otros no significa sino una sumisión que debemos a quienes nos rigen, los cuales pueden disponer a su antojo de algo que intrínsecamente nos pertenece, a saber, el tiempo. Ahora se nos hace un gratuito obsequio en forma de esos 60 minutos que vienen a alegrarnos la asistencia; pero nuestra dicha en un pozo porque que se nos ha de arrebatar el don en la próxima primavera, si es que no se decide dejar correr las cosas por su cauce natural y, de una vez por todas, se nos permite no tener que manejar las manecillas del reloj para nunca jamás.

Pero aquí y ahora el cambio de hora que se nos acaba de imponer vendrá como siempre a trastocar por unos días nuestras costumbres habituales. Se altera la hora de nuestras comidas y ocurre lo propio con el obligado sueño que viene a recobrarnos las fuerzas perdidas. Hasta que nos habituemos al cambio sometemos nuestras vidas a un tránsito que nos trastoca y que, quieras que no, interrumpe costumbres mantenidas incólumes durante los últimos seis meses.

Aluden los “cabezas cuadradas” de Bruselas, apegados siempre al más riguroso logaritmo, y que en su día propugnaron ambos  horarios, el de verano y el de invierno, que el fin del cambio de no perseguía otros fines que los económicos. Daban por seguro que con la mutación de la hora se ahorraría energía, lo que redundaría en un generalizado beneficio. Menos horas de lámparas encendidas, más ahorro para los hogares. Luego, al correr de los años, se ha visto que aquella proposición carecía de base científica: no había tal ahorro, según se ha venido demostrando por estudios sesudos de estudiosos de la cuestión, y si lo había era por un porcentaje ridículo que no valía la pena por las perturbaciones que producía en el discurrir de la vida de la gente afectada.

Ocurre además que la discusión se acentúa en el caso de países asentados en distintas latitudes que preferirían la fijación para todo el año el horario de verano o el de invierno, según su conveniencia. Y, por supuesto, hay quienes prefieren que no haya mutación alguna y se mantenga igual durante todo el año. Cada uno arrimando el ascua a su sardina, como es público y notorio. Tampoco hay que descartar que, llevando a extremos grotescos esta cuestión, y en una exaltación de lo propio y el desprecio a lo ajeno haya quienes dentro de un mismo país pretenda un horario distinto a tenor del territorio en el que habitan. Algo que no sería de extrañar en la situación del exacerbado amor patriotero mantenido en las distintas comunidades españolas. Puede ocurrir que, en definitiva, como sentenciaba un dicho antiguo en mi tierra más al sur del sur peninsular “Nosotros matamos el tiempo, pero él nos entierra”.

Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.