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La España asolada y abatida
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José Becerra | 08-04-2019 | 08:21

 

 
 La España asolada y abatida

JOSÉ BECERRA

Puestos a enfrentar posiciones en lo que toca al hecho incontestable de la despoblación en el interior de esta España de nuestras entretelas, nos encontramos con dos que chocan de plano. Hay quien la aplaude y hay quien la añora. Forman el grupo primero quienes, una vez emigrados del terruño que los vio nacer, contemplan con satisfacción haberlo hecho por las compensaciones económicas que llevaban pareja una vida más placentera en un marco, la gran ciudad, a la que se aclimataron satisfactoriamente. La otra cara de la moneda la siluetean aquellos que, una vez abandonado el pueblo que los viera nacer, lo echan de menos, y lo evocan con complacencia. “Como en mi aldea, en ningún lugar”, repiten con mal disimulada nostalgia, que se guardan para sus adentros: las imposiciones de la conveniencia les obligan a no regresar a sus lares antiguos.

Si hoy por hoy se pregunta a quienes habitan en ciudades populosas si  les atraen la vivencia en los pueblos muchos no dudarían en afirmar que si, para a renglón seguido afirmar que sólo durante contados días. Luego se impone abandonar el terruño y regresar de nuevo a la ciudad, con su agobiante tránsito de vehículos, ruidos callejeros a cualquiera hora del día o de la noche, la polución reinante, el ajetreo diario, el a veces nauseabundo aire que se respira, sí, pero también para gozar de las posibilidades que brindan para el desarrollo personal las universidades, la más posibilidades de disfrutar de un trabajo que se les niega en los villorrios, la formación de familias sin miedos al futuro propio y de los hijos… La balanza oscila hacia esta opción, con lo que cada vez más los pueblos se debaten, irremediablemente, entre el olvido y la desidia.

Bajo el lema de “La España vaciada”, en Madrid, kilómetro O peninsular, tomó cuerpo días atrás una multitudinaria manifestación en la que se  ondearon las banderas del vacío interior. Alrededor de tres cuartas partes del país padecen esta desertización veraz impuesta por el trasvase humano hacia regiones más propicias, tal Madrid o las que se alinean a lo largo del espacio ribereño peninsular. En la llamada ciudad conocida como la del oso y el madroño se celebró pocos días atrás una gran manifestación enarbolando banderas que reivindicaban  más atención a la España de pueblos que, postrados,   morirán sin remisión si las instituciones públicas no ponen pronto remedio. Languidecen  alrededor de la tercera parte del solar hispano, de esa que postergada por políticos de la nuevas y viejas hornadas sin alturas de mira y que no ven más allá de sus ombligos viene haciendo oídos sordos al clamor de quienes ven como sus municipios se desertizan a ojos vista. En donde décadas atrás había color y vida, hoy no hay sino sombras y silencios. Postrados permanecen sin que haya nadie que, poniendo los medios requeridos, les permita levantarse y caminar.

Piden a voz en grito los manifestantes que las instancias superiores firmen “un Pacto de Estado” para que se repueble la España vaciada ya que son muchos los pueblos desperdigados y sumidos si no en la  miseria sí carentes de los servicios que gozan otros en lo tocante a comunicaciones, educación y recursos sanitarios, entre otras sinecuras, de las que hacen alardes otras zonas del  interior o de  de la periferia que si las disfrutan sin tasas.

El “pacto de Estado” que se reclama a voz en grito para remediar el mal endémico de la despoblación interior no parece que haga mella en los políticos por mucho que se retraten en escenarios bucólicos ahora cuando las elecciones están a la vuelta de la esquina. No existen medidas para lograrlo. Quienes cogieron carreta y manta abandonando los lugares de sus ancestros no va a resultar fácil que vuelvan, entre otras razones porque no existen acicates para la supervivencia.  Quienes acaban de coger el toro por los cuernos para hacer ver a los políticos los males en los  que s debaten, hablan de la inexistencia de un Pacto de Estado para hacer frente a sus requerimientos, se han visto defraudados en sus intenciones altisonantes. No se han visto en la llamada alegremente Estrategia Nacional para el Reto Demográfico sino un conjunto de planteamientos sin contenidos, fruto de esos “viernes milagros” o sociales que no persiguen otro fin que acrecentar en lo posible el número de votos, contra los que han despotricado todos los partidos del arco parlamentario ajenos al PSOE.

Por esta razón, quienes se agrupan en torno a la defensa de la España vaciada han dejado claro que están de más en sus propuestas la presencia de políticos o sindicalistas, que indudablemente arrimarían  el ascua partidaria a su sardina. Para clamar por sus reivindicaciones se bastan por sí solos. Servicios sociales suficientes orientados a la mejora del bienestar general, dinamización económica, comunicaciones, sanidad, empleo y fiscalidad apropiada es lo que se reclama a voz en grito para igualarse con el resto de las comarcas que no sufren de las faltas de estas prebendas. Más razón que a un santo asiste a quienes malviven en zonas de la España abatida

Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.