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Fecha: July, 2019
Ronda “y el ansiado mar…”
José Becerra 30-07-2019 | 12:03 | 0

Ronda “y el ansiado mar...”

JOSÉ BECERRA

Ronda y la comarca, un conglomerado de pueblos cobijados en un conjunto de sierras que como pocas en la geografía hispana espolean la imaginación. Dicen quienes se enamoraron de estas tierras que para hablar de ellas, sus paisajes y sus monumentos naturales y debidos a la mano del hombro “hay que enjuagarse la boca con agua de colonia”. 

   Desde la Ronda meseteña y los valles del norte a los valles del sur se abrazan sin solución de continuidad, atemperados por la piedra que platea el cielo, olivos centenarios y no menos longevos encinares, alcornoques y castaños. Un paisaje que contemplado en la lejanía podría parecer áspero y sombrío, pero que se humaniza y gana en tintes acogedores en cuanto gozamos de su proximidad. La sequedad aparente la suavizan enseguida los valles, al pie de lomas y soto montes cuyos pies lo riegan ríos que como el Genal y Guadiaro todavía permiten no muy lejos de sus riberas la existencia de higueras y otros árboles frutales – el famoso pero de Ronda, que de lo que tuvo retuvo –, retenes de  paisajes de antaño.

   Más allá de las leyendas que envuelven a Ronda y su zona de influencia – hombres echados al monte a lo largo de la historia y que la revistieron con la pátina del romanticismo que se encargaron de transmitir los viajeros anglosajones al lugar a medio mundo; toreros famosos que encandilaron a mozas dicharacheras retrecheras al mismo tiempo que pusieron la pica del valor humano en lo más alto; gente bravía que puso en jaque a los poderes establecidos o que se rebelaron contra el invasor de turno…-, más allá, incluso, de lo que ni anales ni docta documentación archivística recogen, hay que considerar el paisaje – omnipresente, eternamente previsible por lo atormentada orografía – y el componente humano que en él el se movió y mueve desde Paleolítico Superior – vestigios de las cuevas de la Pileta y el Gato – hasta nuestros días.

Agricultura y ganadería conformaron el sustrato económico durante siglos. Por lo general, predominó el cultivo incentivo – cereales, legumbres, hortalizas – en pequeñas heredades de las que obtenía el sustento familiar, complementándose con los aportes de sueldos obtenidos en trabajos por cuenta ajena. Corcho en los montes de Ronda y de Cortes de la Frontera, dehesas de encinas y bellotas para el cerdo de crianza montanera, sustento de una industria chacinera que traspasó los límites locales: chorizos de Ronda y Arriate, lomo frito de Benaoján, morcillas y jamones de Montejaque.

   La riqueza agropecuaria que nunca fue de altos vuelos pero siempre bien aprovechada. Y junto a ella los trabajos de artesanía, que con la eclosión turística de los últimos años está constituyendo un sustrato económico floreciente. Labores de esparto y pleita gozan de gran tradición en buena parte de los pueblos de la geografía serrana. La forja y los trabajos de madera rondeñas es un buen ejemplo de la perduración de artesanos reclamados por constructores que quieren perpetuar, siquiera sea como muestra, la ornamentación con materiales nobles con sabor de antaño.

   Nada le faltaría a la Serranía de Ronda si a su relieve complejo vinieran a besarle los pies las olas del mar. Si de desde lo alto de la altiplanicie sobre la que se emplaza la Ciudad Soñada de Rilke, cuyo hermoso casco urbano corta en dos el profundo tajo que el río Guadalevín ha ido excavando a lo largo de milenio, pudiese otearse el ancho piélago, sus aguas pacíficas o embravecidas. El abrazo húmedo sobre la aspereza de los riscos. Navecillas empujadas por Eolo, el guardián mitológico de los vientos, arribando presurosas a las proximidades del paisaje calizo, siempre variable merced a la mano del hombre que creó y transforma continuamente la cubierta vegetal. Un sueño imposible.

   No, no le dio al Hacedor por conceder el mar a Ronda. Pero, bien mirado, no fue un castigo: la majestuosidad de sus sierras, la bravura de las escarpaduras, las envalentonadas agujas de las cumbres (a las que se oponen en repentino contraste la placidez de los valles), fue a todas luces una dádiva divina. Perdimos el gratificante influjo de la inmensidad del mar pero ganamos la grandioso de las eternas cimas.

   Apoyado sobre las balaustradas del “honditronante” Tajo los versos de José Salas y Guirior me vienen a la mente, palabras que resbaban sobre mí como las olas templadas que el poeta preconiza: Si Ronda tuviera mar ¡qué mar tan azul seria! Un viento verde de olivos temblando lo rizaría. Bandoleros de la mar, piratas de serranía- -catite y ojo tapado- -las sirenas robarían. Sirenas que a romero y a mejorana olerían. en el pelo un clavel verde salado de alga marina, y una. cola de lunares nadando por bulerías. A la grupa de un delfín, cantando las llevarían. Lores del Almirantazgo sacarían fotografías si Ronda tuviera mar,!Qué mar tan azul sería”.

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Menos temor a la muerte
José Becerra 26-07-2019 | 12:22 | 0

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Menos temor a la muerte

JOSÉ BECERRA

Quienes columbramos ya la edad longeva, salvo algunos que otros que intentan aferrarse a la vida con las escasas fuerzas que le deparan los años, no tememos en demasía a la muerte. La afrentamos con el valor que nos conceden los años vividos y se acepta como algo irremediable habida cuenta de  que son vanos cualquieras  intentos de  escabullirse de la Parca, esa  que permanece guadaña en ristre dispuesta  a segar la vida en cualquier momento. La gente joven, si no jamás, pocas veces piensan en la muerte. Lo ven como un suceso tan lejano que no solo no la temen sino que se piensa que es algo que no les incumbe; es cosa de otros, se dicen,  y alardean de que tienen mucha vida por delante y se sacuden el espantajo con un manotazo. Por el contrario, como digo, el fantasma de la muerte hace acto de presencia de manera asidua  entre los que peinamos canas en la cabeza y arrugas en la faz. Llegado a la edad postrera no es raro que resuene en nuestro interior como una verdad aplastante el aserto de Shakaspeare: “To be or not to be, t´hats de question”, a saber, “Ser o no ser, esa es la cuestión” ,traducida al castellano simple y prosaico: pasar de lo que somos a la nada, las sombras eternas, un suspiro y todo se acabó.

La idea de la muerte es una seguridad inmanente a la naturaleza del hombre. Esta certeza ineludible ha hecho penar  a los terrícolas, más allá de las interpretaciones al respecto por las lúcidas mente  de los filósofos, que es un hecho que unifica al ser humano; nadie escapa a la hoz que maneja la  muerte para segar las vida de los mortales sin que la detenga ante raza, religión, lugar ni condición económica alguna. Nacer y morir son certezas inherentes al ser humano. Y además son ambos hechos los que nos igualan más allá de que se nazca en buena cuna o se muera  rodeado de riquezas y esplendor en la más absoluta pobreza. La guadaña que siega vidas no perdona ni a unos ni a otros. Algo tendríamos que tener que nos aunara  sin distinción alguna. Es es el papel de la muerte cuando eleva su guadaña sobre pobres o ricos sin pararse en mientes; no se detiene ante nada ni nadie. Dogmas cristianos e iconoclastas  alegorías han tratado de describirnos  el más allá que nos espera. La razón y la fe entran en liza enfrentándose entre sí en desigual batalla. Si fuese posible un diálogo entre la vida y la muerte es presumible que  fuese en estos términos: “¿Por qué a mí todos me odian y a ti todos te aman”, argumentaría la Parca. A lo que la Vida respondería sin  titubeos: “Porque yo soy una bella mentira y tú una triste realidad”. Más razón que un santo cuando se blande último aserto.

Me  inculcaron desde la infancia la certeza de que no hay que temer a la muerte: cuando viene nosotros ya no estamos. Otra cosa es que se crea con firmeza en el más allá y en la existencia de un premio o castigo a tenor de nuestro proceder  mientras fuimos vivos. Al espantajo de la muerte, y esta es otra certeza que me infundieron  desde la más tierna edad, no hay que temerlo: “mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos”. Una frase lapidaria de Antonio Machado que viene como anillo al dedo a cuanto se asevera sobre ese paso ineludible que todos hemos de  dar desde las luces a las eternas tinieblas. Quizás por esa razón tendríamos menos que temer los que ya nos disponemos al paso definitivo por mor de acumular años.

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Alcaldes en pie de guerra
José Becerra 21-07-2019 | 9:54 | 0

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FOTO: DIARIO SUR

Alcaldes en pie de guerra

JOSÉ BECERRA

Pocas veces, por no decir ninguna, los alcaldes sin distinción a juzgar por sus ideología  y ostentado los más variados signos de afiliación política se habían unido para una protesta tan justa. Ya militen en uno u otro partido, esos que regentan los municipios que se asoman a las vías ferroviarias y fueron siempre el único medio de movilidad de buen parte de  sus  habitantes, han tenido a  bien de, forzado por los acontecimientos,  organizar protestas, todos a una. El motivo, la dejadez de las administraciones superiores ante un problema del que vienen haciendo caso omiso: las mejoras de las vías férreas de la zona.

Dejan  mucho que desear, según el sentir generalizado,  y que viene levantando ampollas en la ciudadanía que ve cómo quienes tienen en sus manos la solución miran para otro lado. Han tenido que ser los alcaldes quienes tomen la sartén por el mango tratando de poner coto a una desidia manifiesta que obra en detrimento del desarrollo y la viabilidad de la zona no pocas veces olvidada y zaherida. Porque el ninguneo parece haber llegado al paroxismo en forma de ataque frontal a la zona: los trenes que les han endosado para la línea Algeciras-Bobadilla tienen todo el aspecto de una afrenta que no ha tenido por menos que  remover el sentir de la ciudadanía. Trenes que han sido tildados con toda justicia de  “ranas” por lo vetusto de sus aspectos, y lo que es peor, de sus estructuras son los que han venido a parar a estas tierras del sur más al sur.

La ciudad de Ronda ha sido el lugar escogido por los primeros ediles de la Serranía y el Campo de Gibraltar para presentar hosca  cara a quienes consideran responsables del desaguisado que se ha provocado en  las comunicaciones por vías férreas a remolque de la dotación de trenes que consideran desechados de otras regiones del país y que, por ende, presentan anomalías evidentes. Piden a voz en gritos  “responsabilidad”, una exigencia que las más de las veces brilla por su ausencia entre quienes ostentan el deber de salvaguardar las necesidades y apremios que  atosigan a los ciudadanos  a los que comandan.

El propósito de los primeros ediles del Campo de Gibraltar y la Serranía de Ronda fue subirse al tren que recorre sus respectivas demarcaciones como protesta veraz para señalar las deficiencias que comporta el trazado de la línea. Algo que   han de soportar quienes se ven obligados utilizarlo cada día a bordo de  vetustos convoyes que dejan mucho que desear. Así lo afirman  quienes se ven obligados a utilizarlos y sufren las consecuencias de los deterioros que resultan evidentes.

Trenes  de “segunda mano”  con deficiencias notables  recorren comarcas sureñas ante la impasibilidad de quienes se verían obligados a evitarlo. Contra esta anomalía se han manifestado los alcaldes del territorio vejado hartos de que sus conciudadanos sean considerados de menor categoría que el resto de de los que componen el dilatado territorio nacional. Han desenterrado el hacha de guerra ante una anomalía que claman por erradicar.

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Terral, antesala del infierno
José Becerra 17-07-2019 | 10:04 | 0

Terral, antesala del infierno

El terral, ese implacable azote nunca falta a la cita con Málaga cuando la canícula se instala en su ámbito. El sofoco hace su aparición en cuanto el verano entra en derechura en la ciudad. Su espantajo domina  en la ciudad y  lo padecemos como un flagelo que nos abate y que  imposible soslayar. A menos que se renuncie a callejear y nos sumerjamos en las frescas aguas de la piscina, si es que se tiene la suerte de contar con una en la urbanización en la que vivimos. O que nos zambullamos  en las aguas  de la playa más cercana,  y allí permanecer hasta que el azote implacable y caliginoso seda en su furor.

Los vientos, el aire en movimiento, como nos enseñaban en la clase de Geografía Descriptiva, se producen por diferencias de presión atmosférica, fenómeno que se atribuye a temperaturas desiguales. También nos enseñaron que los vientos se clasificaban en cuatro clases principales: dominantes (alisios); estacionales (los monzones del mar de la China); ciclónicos (huracán, tornado), y, por último, locales (vientos de levante y de terral, por ejemplo).

   Las corrientes de aires – y esto es de manual de sicología – influyen en el carácter de las personas, inciden en su ánimo y perturban el normal transcurso de sus vidas en determinados momentos, sobre todo los de índole local.

   La ventisca local que en el interior de la provincia malagueña más se teme, tanto en el invierno como en el verano, es el de levante. Es este un viento que encrespa los ánimos, que solivianta, que pone los nervios a flor de piel. Seco, sofocante aun en días invernales es este un viento, casi siempre racheado, levantisco que perturba y desazona como ningún otro.

Su hermano, en Málaga capital,  es el terral, que sólo sopla en verano pero que nos llega de poniente a lo sumo media docena de veces a lo largo de la estación y con una duración que casi nunca supera a dos jornadas consecutivas. A veces, no dura sino horas. Suficientes, sin embargo, para que se le considere como la “bete noir”, que dirían los gabachos, para el agradable estío que, por lo general, brinda la capital de la Costa del Sol. Sufrimos una muestra de su ardor en estos días y nos ha enseña los dientes, ¡y de qué manera!

   Uno, que no cree ya en el infierno, se acuerda cuando era niño cómo los curas de otros tiempos anatematizaban desde el púlpito a sus fieles flagelándoles con los males del castigo de ir a parar a este lugar si se incurría en pecados mortales. Sintiendo las mordeduras del terral, piensa uno sufriéndolo  como algo muy parecido a aquellas desdichas dantescas con las que nos amenazaban antaño. Vivirlo, si no se cuenta con la tecnología que lo hace más soportable, es como vivir unos días infernales.

   Cuando sopla el terral, arisco y denso, las calles de la capital y las de los pueblos costeros próximos, castigadas implacablemente tienden a quedarse desiertas. Los pocos viandantes que se aventuran a salir de sus viviendas caminan presurosos y maldicen entre dientes. El viento caliente que azota el rostro como una cataplasma impone su ley, pero no es ruidoso como otros vientos, los que hacen crujir las maderas de las ventanas y sacuden sin piedad sus batientes, no, el terral, ni llega ni se hace notar de forma aparatosa. Pero eso no le exime de su felonía: en cuanto hace acto de presencia abofetea la cara sin contemplaciones; al cuerpo lo hace más grávido, a las entendederas más lentas. Estrecha el cerco contra las personas, que se sienten de pronto atrapadas, inmersas en una sensación agobiante, en una desazón que atenaza y de la que se ansía escapar, cada cual recurriendo a los medios que pueda tener a su alcance.

   Al viento de terral no hay quien no le tema. “Seca la mollera”, dicen los más viejos en los pueblos de la costa. Con él anda la gente cabizbaja y caminan como perro apaleado. Duelen las muelas, reaviva las dolencias del cuerpo, saca la tripa de los quebrados, se revuelve inquieta la parturienta, interrumpe el ciclo menstrual femenino y escurre las ubres del ganado. “Mala cosa el terral”, dicen unos y otros, cuando se tropiezan en el camino. “Vaya si lo es”.

   Pero el díscolo viento malagueño cuando de verdad desespera es de noche. Si no se dispone de aire acondicionado es inútil que se abran las ventanas, ni que funcione el ventilador; no se hará con estos pobres recursos sino transportar a mayor velocidad la atmósfera candente que lo envuelve todo. Ahuyenta el sueño, roba el descanso, se empapan las sábanas de sudor; una y otra vez buscamos en la nevera que el frío de un líquido alivie por lo menos con su tránsito el ardor de la garganta, con lo que no logramos sino sentirnos congestionados, ahítos. Rezongos, imprecaciones, mala leche.

Con el terral, el taciturno se hace más huraño, el inquieto más irritable. Los pensamientos  se lentecen y los deseos más  inocentes se enturbian. Suerte que dura poco tiempo. Luego, respiramos aliviados, como si se despertara de un mal sueño en la que nos debatimos cerca de las calderas de Lucifer.

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Una alcaldesa que marca el camino
José Becerra 12-07-2019 | 10:19 | 0

 

Una alcaldesa que marca el camino

JOSÉ BECERRA

Debe figurar en el frontispicio del Ayuntamiento que rige en un pequeño pueblo (Oia) de Pontevedra.  Y si aún no figura, debería hacerlo porque es el santo y seña de su labor como alcaldesa. Su interés por procurar la felicidad de sus convecinos es notaria. Ha hecho suyo el derecho legendario que figura en la ya consagrada Declaración Universal de los Derechos del Hombre. Y lo hizo de manera solemne, obedeciendo a sus promesas electorales que le valieron la mayoría absoluta  en la pasada contienda municipal de meses atrás. La principal tarea que la alcaldesa del Partido Popular  se ha impuesto así misma es lograr un estado feliz para sus conciudadanos.

Llama la atención esta promesa que no podía ser mejor recibida en su pueblo y que contrasta vivamente con las intenciones, cortapisas y subterfugios que esgrimen buena parte de nuestros políticos en el resto del solar patrio. “Concejalía de la Felicidad”, ahí es nada, lo que la regidora ha puesto en planta. Que levanten la mano los alcaldes tanto de conurbaciones como aldeas de ínfima categoría que puedan presumir que en los Consistorios que rigen exista esta providencia de la que ella alardea con rigor.

En la contienda que precedió al día que cada parroquiano formalizó su derecho al voto dejó por sentado que su principal premisa era la de no hacer jamás oídos sordos  a los deseos de su pueblo. Hizo hincapié en sus peroratas que “la búsqueda de la felicidad es uno de los tres derechos fundamentales del ser humano, después de los de la vida y  la libertad”. Categórica se mostró la regidora en los momentos de hacer valer sus deseos al pueblo. Y la decisión se tradujo en la instalación de un buzón, abierto noche y día, para que la vecindad le haga saber sus cuitas para ponerles remedio más temprano que tarde.

Es sabedora la presidenta municipal  de la soledad que abate a buena parte de los mayores de su pueblo. Y para ponerle coto, condoliéndose  de su situación,  anima a sus convecinos que tiendan la mano y proporcionen momentos de satisfacción y compañía a quienes en el ocaso de sus vidas, por los más diversos motivos, se ven solos y no dudan en depositar sus cuitas en ese buzón de la esperanza novedoso en el país. Y no para ahí la atención que esta alcaldesa va a dispensar  a los mayores de su pueblo. En atención a ellos, que no pocas veces viven en la más completa soledad – un mal enquistado en muchos lugares de la España del interior y en concreto de las provincia de Málaga, caso de la Serranía de Ronda-  la primera edil de ese remoto pueblo norteño organiza un encuentro con jubilados para tratar de sus necesidades y apetencias.Vayan tomando ejemplo muchos de los ayuntamientos del país que hasta ahora han venido haciendo caso de esa perentoriedad que muchos de quienes arrastran años sin cuento reclaman con ahínco. Pero sería como predicar en el desierto. Es lo que se teme para no engañarnos con falsas expectativas.

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Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.