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Menos temor a la muerte
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José Becerra | 26-07-2019 | 10:25

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Menos temor a la muerte

JOSÉ BECERRA

Quienes columbramos ya la edad longeva, salvo algunos que otros que intentan aferrarse a la vida con las escasas fuerzas que le deparan los años, no tememos en demasía a la muerte. La afrentamos con el valor que nos conceden los años vividos y se acepta como algo irremediable habida cuenta de  que son vanos cualquieras  intentos de  escabullirse de la Parca, esa  que permanece guadaña en ristre dispuesta  a segar la vida en cualquier momento. La gente joven, si no jamás, pocas veces piensan en la muerte. Lo ven como un suceso tan lejano que no solo no la temen sino que se piensa que es algo que no les incumbe; es cosa de otros, se dicen,  y alardean de que tienen mucha vida por delante y se sacuden el espantajo con un manotazo. Por el contrario, como digo, el fantasma de la muerte hace acto de presencia de manera asidua  entre los que peinamos canas en la cabeza y arrugas en la faz. Llegado a la edad postrera no es raro que resuene en nuestro interior como una verdad aplastante el aserto de Shakaspeare: “To be or not to be, t´hats de question”, a saber, “Ser o no ser, esa es la cuestión” ,traducida al castellano simple y prosaico: pasar de lo que somos a la nada, las sombras eternas, un suspiro y todo se acabó.

La idea de la muerte es una seguridad inmanente a la naturaleza del hombre. Esta certeza ineludible ha hecho penar  a los terrícolas, más allá de las interpretaciones al respecto por las lúcidas mente  de los filósofos, que es un hecho que unifica al ser humano; nadie escapa a la hoz que maneja la  muerte para segar las vida de los mortales sin que la detenga ante raza, religión, lugar ni condición económica alguna. Nacer y morir son certezas inherentes al ser humano. Y además son ambos hechos los que nos igualan más allá de que se nazca en buena cuna o se muera  rodeado de riquezas y esplendor en la más absoluta pobreza. La guadaña que siega vidas no perdona ni a unos ni a otros. Algo tendríamos que tener que nos aunara  sin distinción alguna. Es es el papel de la muerte cuando eleva su guadaña sobre pobres o ricos sin pararse en mientes; no se detiene ante nada ni nadie. Dogmas cristianos e iconoclastas  alegorías han tratado de describirnos  el más allá que nos espera. La razón y la fe entran en liza enfrentándose entre sí en desigual batalla. Si fuese posible un diálogo entre la vida y la muerte es presumible que  fuese en estos términos: “¿Por qué a mí todos me odian y a ti todos te aman”, argumentaría la Parca. A lo que la Vida respondería sin  titubeos: “Porque yo soy una bella mentira y tú una triste realidad”. Más razón que un santo cuando se blande último aserto.

Me  inculcaron desde la infancia la certeza de que no hay que temer a la muerte: cuando viene nosotros ya no estamos. Otra cosa es que se crea con firmeza en el más allá y en la existencia de un premio o castigo a tenor de nuestro proceder  mientras fuimos vivos. Al espantajo de la muerte, y esta es otra certeza que me infundieron  desde la más tierna edad, no hay que temerlo: “mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos”. Una frase lapidaria de Antonio Machado que viene como anillo al dedo a cuanto se asevera sobre ese paso ineludible que todos hemos de  dar desde las luces a las eternas tinieblas. Quizás por esa razón tendríamos menos que temer los que ya nos disponemos al paso definitivo por mor de acumular años.

Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.