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José Becerra

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Ronda, alta y gélida

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Ronda, alta y gélida

JOSÉ BECERRA

Cuando el frío campea en Ronda, como en estos días,  claro indicio de lo que nos espera de aquí a nada, me viene a la mente la frase que figura en el escudo de la ciudad: “O Ronda Fidelis et fortis”, que habla de la fidelidad de la ciudad en cuanto al apoyo que el Rey Carlos I obtuvo por parte de la vecindad para hacer frente común  con sus tropas en la guerra de los comuneros del siglo XVI. Un conflicto bélico éste, orquestado por la clase media y baja que se levantó en armas contra la alta burguesía y los estamentos aristocráticos del momento: puso en solfa un sistema  feudal que comenzaba a hacer aguas. A este lema que habla de la fidelidad a la Corona de los rondeños en las revueltas, se nos antoja que habría que completarlo con los epítetos de “ fría y gélida” como señal inequívoca del tiempo que la  abate antes incluso de que  asome  el testuz del invierno.

Transitar por la bien llamada Ciudad del Tajo en estos días en los que un frío intenso barre calles de transeúntes es poco menos que una odisea. Caminan presurosos los escasos viandantes que desafían el cierzo, bien embutidos en sus abrigos cuando la necesidad obliga, pero vuelven presurosos al cobijo que propicia el hogar una vez consumado el asunto que les hizo abandonarlo siquiera por breve tiempo. Sopla implacable el céfiro y se piensa que “para estar bien, como en  casa en ningún sitio”, que tiempo habrá para transitar por las calles evocadoras de esta legendaria ciudad.

Todavía no se  muestra con todo su furor, que el frío y las nieves no han hecho sino amenazar pero continúan sin presentar batalla. Primero serán los picos de las sierras, macizos escarpados que anteceden a Ronda por la carretera que por San Pedro la une a la costa, los que se vestirán de armiño. No tardarán en hacerlo, que el invierno envió ya  sus heraldos anunciadores bien provistos de adargas y afiladas lanzas que aguijonean la piel y entrecortan el aliento.

 “Ronda, alta y gélida” también describiría en los inviernos inclementes a la ciudad soñada de Rilke. Ronda meseteña, erigida sobre la planicie sin proximidad inmediata de sierras o montes que la cobijen o sirvan de valladar al frío norteño. Cuando se deja sentir, fino y lacerante,  rasga la piel como fino bisturí y hiela el aliento.

    “Ponte la bufanda y abrígate bien que en Ronda hace mucho frío”, solía decirme mi madre, solícita, cuando pensaba dejarme caer por la ciudad, décadas atrás, ascendiendo hasta ella desde uno de los pueblos que hacina sus casas a la querencia del río Guadiaro: el consejo era necesario y bien recibido. Efectivamente, en días crudos de invierno, en Ronda hacía más frío que en cualquiera otro lugar de la comarca. Titiritaba uno en el emblemático Puente Nuevo, seguía la tiritera transitando de arriba abajo la calle La Bola, y castañeaban los dientes en la estación de RENFE cuando se disponía el regreso. ¡Dios, qué frío hacía en la estación! Lejos todavía el despliegue de carreteras y la utilización de los automóviles un destartalado andén y un no menos desabrido tren prolongaban el frío hasta llegar y refocilarse al amor del hogar.

    Me vienen estos recuerdos callejeando por la Ronda de hoy, sumida en el frío que abate a la Península por entero. Como era de esperar, aquí, cuando hace frío, lo sigue haciendo de verdad. Lo confirman los noticiarios que recurren a reporteros que se nos aparecen ateridos, sacudiéndose del gorro los copos de nieve, con un trasfondo blanco y el agobio de quienes tratan de conducir por carreteras cortadas. Belleza y atascos, imprecaciones y jolgorio. Cara y cruz de una situación que en Ronda no es rara pero que no deja por eso de impactar.

   El frío relente ha vaciado la siempre bien concurrida calle de la Bola, en la que hay que recalar cada día, casi por obligación, cuando el tiempo no hostiga. El flagelo de los álgidos días arroja a los pocos que se aventuran a salir,  buscar, ateridos, el calorcillo de los bares. Nadie se para delante de los escaparates, el vendedor de cupones de la Once busca aterido la complicidad de los vanos de las puertas, y el vendedor de menudencias vegetales, que ya forma parte, por su asiduidad al mismo sitio de la imagen de la transitada calle, maldice el día y levanta el tenderete con prisas y corriendo. Nadie en el estanco de Marcos Morilla, el fiel referente de la vía desde más de un siglo a esta parte.

    Ronda desafía el frío a pecho descubierto. No tiene cerca, ya digo, las sierras que abrigan a los pueblos próximos. Le cogen lejos las escarpaduras de las sierras de Grazalema; el escudo de Tavizna que protege a Montejaque; los  altos picos de Juan Diego que acunan a Benaoján, o los Alcornocales que mitigan el acoso gélido en el Cortes de la Frontera señorial. Se alza Ronda soberbia en su meseta y paga cara su arrogancia cuando arrecia el temporal y campea la ventisca sin trabas ni componendas.

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Sobre el autor

Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.


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