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José Becerra

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Las Cruces Blancas de Benaoján

Las Cruces  Blancas de Benaoján

Entre la historia y el mito, las cruces que lucen en el roquedal que sirve como majestuoso telón de fondo al pueblo, no han dejado de sorprender a propios y extraños desde el pasado nebuloso de los tiempos.

No faltan en los pueblos de la Serranía las cruces, ya sean éstas levantadas en una encrucijada de caminos con pedruscos, material que se tiene más a manos, o trazadas con cal sobre cualquier roca próxima a las casas. Aspas que quieren recordar un hecho, casi siempre luctuoso, aunque no necesariamente tiene que ser así; señal y símbolo de la religión que se profesa y que se mira con el mismo respeto que la espadaña que corona el edificio de la iglesia, siempre presente en el acontecer feliz o aciago de la cotidianidad lugareña.

Las Cruces Blancas de Benaoján no se ven hasta que uno no las tiene enfrente, o mejor dicho hasta que las ve, arriba, campeando sobre el pueblo. Primero están las montañas, escarpadas, altas que parecen horadar el cielo. Inmensamente grises, moteadas del verde de los palmitos achaparrados, sobre todo en las solanas, y el jaral – antes de que lo seque y consuma el sol – y el de las omnipresentes encinas que escalan el roquedo hasta donde pueden, rechazadas enseguida por los pináculos más altos. Es el imperio del frío y de los vientos, huracanados más de las veces de lo que quisieran los del pueblo. Luego, bordeando la carretera, la única que existe, la mirada se pierde, a la izquierda por encima del valle que le sirve de antesala y por el que se escurre el río Guadiaro; a la derecha por suaves y onduladas colinas en las que se alinean los campos de olivos. En invierno, la arboleda languidece y los troncos asemejan negros muñones sin vida; en verano el verde es lujuriante y el fruto doblegando con su peso siempre se me antojó un canto a la fecundidad, a la plenitud de la creación.

Las cruces pintadas con cal sobre la roca viva de la sierra de Juan Diego, allí en donde las cumbres más altas de ésta parecen arañar el cielo, representan una muda interrogación, un misterio irresoluto.¿Quien o quienes la pintó por vez primera? ¿Y por qué? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Nadie da una respuesta segura. Todo son cavilaciones. Unos dicen que allí murió despeñado uno de los primeros pobladores del pueblo, allá cuando las reparticiones castellanas que nacieron de la inteligente política de la Corona para premiar a sus adeptos y de paso repoblar tierras condenadas a desaparecer por el abandono y las razias de los reyezuelos árabes. Se habla que la víctima podría haber sido uno de los hijos del Conde de Benavente, señor de hasta media docena de pueblos que se aglutinaban siguiendo el curso del río Guadiaro del que recibían señalado beneficio. Otros apuntaban a que las cruces, visibles desde lejos, daban a entender que aquella comunidad era temerosa de Dios y que quienes la formaban eran cristianos viejos, sin mezcla de sangre extraña, y que por esa razón la Santa Inquisición nada tenía que hacer allí. Era como una seña de identidad que hablaba de la creencia cristiana y de la fidelidad a los poderes establecidos. Son las referencias que ahora se dan, entre otras, pero que la veracidad de las mismas nadie osaría poner las manos sobre el fuego. Hay quien afirma sin esgrimir documentos que lo autentifiquen que en siglos pasados un corredor subterráneo unía la cúspide la sierra de Juan Diego, en el lugar en el que aparecen las enigmáticas cruces, con la plaza de la iglesia del pueblo. Elucubraciones sin fundamentos serios que las sustenten.

Sea como fuere las Cruces Blancas, con cuya presencia secular los lugareños se identifican tanto si cabe como con su patrón San Marcos o la cueva del Gato, viene siendo testigo callado de siglos de historia del pueblo. Tanto mas cuanto que desde las cumbres sobre las que otea todo lo que ocurre a sus pies más de una vez se desprendieron piedras colosales que pusieron en peligro vidas y hacienda de los moradores. En la memoria de todos persisten sucesos aciagos como la gran roca desprendida en los años 50 sobre una fábrica de embutidos, justo en el momento en el que más de una docena de operarios la abandonaron para la comida del mediodía. O la que se alojó en una casa y uno de los ocupantes salvó la vida al detenerse justo debajo del piso en donde dormía plácidamente.

Por estas y las otras razones apuntadas se las mira siempre con el respeto que se debe a una enseña. O a un peligro inmanente. Nadie mira a las Cruces Blancas con indiferencia, aunque ya forme parte del paisaje. Permanecen vigilantes en todo lo alto y bien visible porque siempre hay alguien que se ocupa de blanquearlas. Un rito del que las generaciones se pasan el testigo de unas a otras, pero sin saberse a ciencia cierta quién lo hace cada vez.

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Sobre el autor

Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.


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