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José Becerra

La provincia a vuelapluma

Tras la ansiada vacuna

Siempre fue hasta ahora un hecho axiomático el que los hijos vivieran de mejor manera que sus progenitores, entre otras cosas porque el avance de los tiempos permitían modos de vida que venían a poner en un brete a la que antecedía a la prole descendiente. Los hijos, es norma de existencia, o lo ha sido hasta ahora, accedían a modos de permanecer en este mundo que para sí quisieron sus progenitores en su momento de plenitud física y mental. Pero he aquí que las nuevas generaciones se han dado de golpe y porrazo con una situación que ha venido a trastocar esa certeza de que nuestros hijos habrían de vivir con menos quebraderos de cabeza en lo que toca a la salud de los que habíamos experimentados sus progenitores en cualquiera época anterior al advenimiento de aquellos a nuestro mundo.

Ahora, con los nuevos tiempos y a raíz de de la andadura a placer de la siniestra pandemia por todos los lares del mundo, pensamos que vivimos en el pasado tiempos más halagüeños que los que les han tocado vivir a nuestros retoños,ya talluditos los más y con sus propias familias fundadas o en puertas de hacerlo.Vivíamos los mayores en el limbo de un mundo sin grandes quebrantos de salud y ,desde luego, sin el terror que hoy por hoy nos abate y subyuga a nuestra descendencia. Hemos disfrutado quienes, ya pinanos canas y no pocas arrugas en el rostro, de un mundo feliz en el que no existían enfermedades letales que no se pudieran contrarrestar antes que lograran hacernos morder el polvo. Ahora comprobamos, y las nuevas generaciones están en ello, que vivíamos etapas felices en el que la medicina a la que se podía echar mano iba solucionar nuestros quebrantos del cuerpo. ¡Craso error!

El maléfico virus ha echado por tierra estas asentadas convicciones y de golpe y porrazo, en cualquier edad, comprobamoss que estamos a merced de la fatalidad de que el virus nos salga al encruentro y se enrosque enn nuestra constitución para hacerla morder el polvo. Se nos hace una llamada, tal vez silenciosa pero contundente, que nos ha hecho meditar sobre nuestra liviandad, ante los sucesos que nos puede deperar la existencia y que se creían superados del todo. La enfermedad estaba ahí agazapada y, como por producto de funestas artes, nos estamos encontrando con ella y con sus secuelas nefastas.

Ahora suspiramos por la ansiada vacuna. No hay gobierno en el mundo que no ansíe disponer ya de una vacuna capaz de poner contra las cuerdas al temido coronavirus y acabar con él sin contemplaciones.Pero eso es una tarea lenta y ardua, aunque no imposible: esa es la esperanza acariciada por todos sin distinción de raza o color. Los muertos que hay que lamentar en el mundo por los zarpazos de este virus maligno llega a números inconcebibles, y sigo golpendo a la humanidad sin treguas ni distingos. Para hacer morder el polvo a este fatídico enemigo que sigue cobrándose vidas sin contemplaciones se han recolectado sumas esténtoreas de dinero encaminadas a este fin. Sin embargo, y para desgracia de quienes habitamos este mundo, no es algo que se pueda hacer de hoy para mañana: es éste el convencimiento de quienes están detrás de sus huellas para barrarlo del planeta, a ser posible más pronto que tarde. Hay pocas certezas en cuanto al tiempo que será necesario para inmunizar a la población mundial mediante la ansiada vacuna. Se trabaja a destajo, pero esta cuestión es imposible que se lleve a cabo de hoy para mañana. Las predicciones más optimistas señalan que no podrá contar con ella hasta bien entrado el año 2021.Como dijo el sabio, “¡cuan lejos me lo fiáis!”. Toca resignarse, y mientras tanto evitar a toca costa sus fatídicos zarpazos lo más pronto y mejor que cada cual pueda hacerlo.

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Sobre el autor

Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.


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