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Autor: PepeBecerraGómez
El placer de la ´sexalescencia´
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José Becerra | 18-01-2012 | 1:06| 0

 

 

Un familiar muy allegado  a  mí me envía un correo con la copia de un escrito con un título singular. Un título que no aparece en el diccionario dela RAE por lo que será en vano que lo busque en sus páginas. Se trata del vocablo ´sexalescencia´. Se refiere a los que se encuentran inmersos en los 60 años de edad o ya navegan por los 70, y  trata de reflejar un segmento social con unas particularidades de vivencias propias que ya nada tienen que ver con la adolescencia, término en el cual bebe esta nueva acepción que está tomando cuerpo en nuestros días.

   Tengo la impresión de que el remitente, Juan Marín, afincado en Málaga y con ramificaciones familiares en la provincia  (se ocupó durante su vida laboral en la  instalación de equipos de computadores, cuando estas herramientas de progreso se asomaban tímidamente al mercado nacional), hace suya esta nueva palabreja que ha hecho irrupción en el panorama lingüístico sin que haya sido aceptada del todo.

   Lo digo porque se cuenta, no me cabe duda, en  ese tramo de la edad de personas  que trabajaron en un largo periodo de su existencia  pero que ahora, una vez jubiladas, disfrutan plenamente de la vida y han colocado un valladar ante sí para que repele el miedo al ocio y a la soledad.

   Como lo hace Juan, estas personas, entre las que también y tan bien me encuentro,  manejan los ordenadores como si toda la vida hubiesen estado ejerciendo este menester. En contacto continuo con sus hijos y amistades merced al milagro del e-mail y la videoconferencia, es natural que mire al teléfono de toda la vida como un objeto antediluviano y obsoleto.

   La `sexalescencia¨ que abomina del concepto un tanto sombrío  de sexagenario disfruta de su situación, se encuentran a gusto con ella porque consideran razonadamente los azares a los que la vida les somete: calibran el riesgo y no se lamentan ante el infortunio: lo aceptan, reflexionan serenamente sobre él y se disponen a superarlo sin vanas lamentaciones.

   Lo interesante de los que viven su `sexascelencia´  con gusto es  no añoran ni tienen aspiraciones que  escapan de sus posibilidades. No envidian a quienes relumbran en los deportes o sienten envidia del buen ver de un astro de la pantalla.

   Tienen otro afanes: pasear cada día ya sea bordeando la montaña, ya culebreando al borde del mar, disputándole el terreno a las gaviotas. Y disfrutar del amor de los suyos y de la empatía que le merecen sus amistades, o sea ponerse en la piel de los demás y compartir sus sentimientos. Ser espectador mudo de un amanecer glorioso o de un anochecer con cárdenos tintes en el cielo colma las esperanzas de cada día.

 

 

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Manuel Alcántara, 84 años
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José Becerra | 16-01-2012 | 6:24| 0

 

 

Foto: Diario SUR

 

 

Manuel Alcántara, 84 años

Si tratamos de bucear en la historia de la literatura contemporánea de Málaga y su provincia, indefectiblemente nos toparemos con la figura eximia de Manuel Alcántara, vate y articulista singular.

Cumplió años Manuel Alcántara, un altísimo POETA, con mayúscula, como quiso que apareciera en el elogio certero que le dedicara años atrás Alonso Canales, otro adalid malagueño de las sílabas contadas, esas que son de “gran maestría”. Llegó al altozano (que no a la cumbre de la vida, que todavía le quedan subidas de calendarios por transitar para nuestro gozo), de los ochenta y cuatro. Una cifra redonda, contundente, pero sólo si se echa la vista atrás de su biografía y se hacen cuentas de sus versos y de su “necesaria y fraterna palabra”.

Retoma cada día la palabra el maestro del buen decir, de las ocurrencias felices, de los conceptos precisos y de la ironía y la crítica que abjuraron de la acritud y el encono.”Bastante amargura hay en el mundo para que se incida sobre ella en los escritos”, me dijo un día, la primera vez que mantuve una conversación con él, en un paseo inesperado que me deparó y dispensó en un encuentro fortuito, camino de su casa. (Luego, en otra ocasión, me abrió las puertas de su hogar – un santuario para mí dado mi admiración por el maestro, que no vacilo en confesar -, había ido yo a llevarle tres o cuatro cintas para su Olivetti, resto de una antigua papelería de mi propiedad, sabedor de su necesidad imperiosa de ellas).

Ese es su estilo: lo más grave, lo que puede causar dolor, iracundia o incitar a un acerbo ataque se diluye en su lenguaje, y el tono escogido en pirueta que la desposee de acritud. Sin merma en su entendimiento y en la consecución de su último objetivo hace que con sus palabras cambiemos el desabrimiento por una sonrisa. Milagro del buen hacer de un articulista “amanuense de sí mismo”, como alguien dijo de él con justicia.

Más de cincuenta años dando la esencia de su ser a golpe de Olivetti, tras la leve neblina de su sempiterno cigarrillo, y las más de las veces tras las cristaleras de su despacho que da al mar (“Bajamar de la desgana: las olas cerca de mí, yo lejos del agua clara”), y la presencia impávida de sus búhos, mudos, ojiabiertos, enigmáticos.

En mis paseos por las cercanías de los túneles de Rincón de la Victoria, cerca de los cuales tiene su morada el articulista y poeta, cuando veo iluminado su despacho me lo imagino así en su quehacer diario (“a las siete sale cada tarde mi artículo a su destino “, me confesó el día de mi feliz tropiezo con él); y, en ocasiones, me paro para contemplar la difusa luz de su lugar de trabajo. “¿Habrá puesto ya el maestro el punto final en su artículo de cada día? ¿De qué tratará? ¿Con qué ocurrencia nos sorprenderá mañana? ¿Con qué chispa o agudeza nos hará pensar?”, me pregunto.

Mi felicitación, don Manuel, y mi deseo que ver durante muchos años más la luz de su despacho iluminada. Hoy, esta tarde, mientras paseo, me vienen a la memoria otros versos suyos. Los voy musitando mientras me alejo: “ NO pensar nunca en la muerte / y dejar irse las tardes / mirando como atardece. / Ver toda la mar enfrente / y no estar triste por nada / mientras el sol se arrepiente. / Y morirme de repente / el día menos pensado. / Ése en el que pienso siempre”.

No sin sonrojo por mi parte, en mi insignificancia ante tamaña excelsitud de los versos del maestro indiscutible me atrevo con estos pobres versos de mi cosecha, sin otro propósito que expresarle mi admiración y respeto.

 

MANUEL ALCÁNTARA Y LOS BÚHOS

No deja de sorprender el conjunto.

Nos miran con ojos abovedados,

inmóviles, fríos y acerados.

Rara expresión del rapaz cejijunto.

 

El ilustre escritor de cualquier asunto

y gran poeta que nos deja admirados,

tiene retén de esos seres alados,

con una devoción que no barrunto.

 

No son búhos de plumas, carne y hueso,

sino de policromada cerámica,

y la misma noctámbula apariencia.

 

Al maestro le conceden embeleso

y compañía agradable y balsámica.

Las aves y el escritor en connivencia.

 

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Aceitunas “aliñás”
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José Becerra | 15-01-2012 | 11:25| 0

 

 
 
 

 

 Foto: RecetaS gR.
 
Semanas antes de que los modestos olivicultores de la zona noroccidental de la provincia de Málaga inicien el vareo de la aceituna arbequín, gordal o lechín, cuyo fruto irá directamente a la almazara más próxima para extraerle el “oro en suculento líquido” que diría Salvador Rueda, semanas antes, como digo,  se habrán impuesto otra labor inexcusable: la de escoger una a una, puñado a puñado, jamás propinando golpes de vara a las ramas (“Quien al olivo apalea, apaleado se vea”, dice el refrán), la aceituna manzanilla. Esta irá a parar, convenientemente aderezada a panzudas tinajas de cerámica en la que reposarán varias semanas antes de que constituyan, día a día, el acompañante más apetecido de los platos ya sean éstos de cuchara o tenedor, cocidos o fritos, calientes o fríos.

  Las aceitunas aliñadas son pintiparadas para entreverar con sopas, gazpachuelos, potajes, frituras de caza o pescado, y más que nada con el cocido de garbanzo –la olla sempiterna de arrieros, labriegos y segadores -, seguido de la “pringá”( tocino veteado), tan asidua a las mesas de la Serranía de Ronda cuando el frío arrecia – también en verano, que fue plato predilecto para reconfortar de los trabajos de la trilla y los ardores del día – y aumentan las necesidades del condumio energético.

   En la comarca de Antequera y Campillos y, sobre todo, en los pueblos que se asoman, más a oeste, ya al río Guadiaro ya al Genal, no tienen otro nombre que aceitunas “aliñás”.

   Aliño, que puede que no coincida en los diferentes pueblos, ya que  en cada uno posee una variedad que les es propia, aunque al final el resultado sea el mismo en cuanto al modo de administrarlo y el sabor que se obtiene, que dicen por aquí que en estas y otras cuestiones “cada maestro tiene su librito”.

    Tan es así que dentro de un mismo pueblo hay familias que se distinguen por su preparación, y  presumen de saber cuáles son las manos que en el proceso han intervenido tan sólo con el sabor final obtenido.

   De las aceituneras viejas, que todavía existen y se encargan de traspasar su sabiduría, tanto para este fruto como para muchos platos de tradición malagueña y serrana, obtuve las siguientes recomendaciones, las cueles refieren a los aditivos necesarios como a la manera de mezclarlos en dosis precisas, aunque ellas lo hicieran a puñados que no dejaban de ser magistrales: las aceitunas de “verdeo”, que aún no llegaron a plena sazón, limpias y escamondadas, han de permanecer al menos tres semanas en remojo, si es en agua de lluvia mejor que mejor.

    No es raro ver en las primeras semanas de cada año cómo las tinajas en los patios de las casas se colocan directamente bajo el bajante de los canalones para aprovechar el chorro limpio del agua que resbala por el tejado y que “las endulzan a las mil maravillas”.

 

Una vez arrojado el agraz, pártanse seguidamente con mazo liviano de madera y con sumo “tiento” para no “destrirparlas”, disponiéndose así para recibir la mixtura, que ha de ser triturada tamicen en mortero de madera, compuesta por ajos, guindillas, pimientos picantones, orégano y cominos a discreción. Generosamente regadas con el mejor vinagre de vino blanco del que se disponga en la casa, habrá  que dejarlas, bien tapadas y en reposo, para “que tomen el gusto”. Listas para alegrar la mesa del comensal más exigente.

   Si viene, ya sea en otoño tardío o en invierno por estos pagos serranos, y se detiene en algunas de las ventas que jalonan la carretera de Ronda a Benaoján, seguro que se la ofrecerán para el mejor acompañamiento de su plato preferido. Y si no se la ofrecen, pídalas, que a buen seguro disponen de ella en la tinaja de rigor, bien resguardad de los agentes ambientales externos para su mejor conservación.

  

 

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Precios hortofrutícolas desmedidos
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José Becerra | 13-01-2012 | 10:34| 0

 

Causa estupor, cuando no rabia,  comprobar cómo los precios en 2011 de las frutas y hortalizas  o sea, los productos del campo mantienen una diferencia abismal entre lo que cuestan al pie del terruño y lo que nos hacen pagar por ellos en el momento de adquirirlos para   llenar con ellos  la cesta de la compra cotidiana. Lo pone de manifiesto el último Índice de Precios en Origen de Destino(IPOD, para los allegados).

Las organizaciones de agricultores y consumidores, incluidos los de la provincia de Málaga,  acaban de poner el grito en el cielo –  y no es metáfora ni hipérbole – al subrayar que la diferencia en el pasado años entre origen y destino fue  más allá del  500%. Una barbaridad se mire por donde mire. Pero vayamos al detalle. Los productos a los que hemos echar mano cada día para el refrito del guiso indispensable como las cebollas, los pimientos, las cebollas y las patatas o aquellos a los que recurrimos para disfrutar de un postre sano como el plátano y la naranja lo cargaron  las empresas revendedoras en sus medios de transporte  un 50%  más  barato que hace un año.

“La agricultura, para un hombre honorable y de alto espíritu, es la mejor de todas las ocupaciones y artes por medio de las cuales un hombre puede procurarse el sustento”. Lo dijo Jenofonte 350 años a. C. Están imbuido de ello los agricultores- sudor y lágrimas- de nuestros campos andaluces y malagueños. El comercio aumenta la riqueza, pero la fuerza de un pueblo creemos que hay que buscarla en el cultivo de la tierra.¿Haremos caso a eso? Más nos vale.

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Tipos malagueños: el vendedor de almendras
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José Becerra | 11-01-2012 | 7:30| 0

 

 Los lugares más emblemáticos de Málaga, los más visitados, aquellos en los que la gente se para a tomar aliento y levantar la vista hacia lo que bien lo merece, no es raro que delante o en sus inmediaciones se mueva alguien que imprime calor humano a la frialdad del monumento, o a lo colosal de las formas arquitectónicas. Aunque por donde más pululan estos personajes, inequívocamente malagueños y ya más que familiares a los viandantes, es en la vía por excelencia de la capital, o sea, la celebérrima  Marqués de Larios, y en algunas de sus plazas principales, como la dela Mercedola Constitución.

    En la esquina de la última de las calles mencionadas se atrincheró tras su frágil puesto de almendras un personaje que me atrevería a afirmar es tan conocido ya como la escultura del Cenachero,  en las cercanías del puerto, o la estatua del Cánovas paseante en el final del Paseo de los Curas. Si estas, como un sinfín de otras efigies, desaparecieran de sus lugar habitual se tendría la dolorosa sensación de que algo se nos había arrebatado, y el rincón o el recodo o la esquina se sumiría en la languidez y tristeza de lo que fue y lo que permaneció – a veces sin que hubiésemos echado cuenta de ellas,  nos bastaba que estaban allí sin que le concediésemos el acogida de la mirada – durante una buena parte de nuestras vidas y luego se esfumó en el tiempo o el olvido.

     El vendedor de almendras tostadas y saladas de la plaza dela Constituciónse parapeta tras su sonrisa abierta y su gesto amable para todo aquel que se acerca a su humilde negocio. Se toca con un gorro blanco y viste el eterno chaleco rojo con ribetes negros y pantalón negro. Casi se podría tomar por un marinero en traje de paseo. Su horario de trabajo no  va más allá de media tarde, cuando el sol cae de lleno en la explanada  y los clientes del bullicioso café de la esquina – otra institución  malagueña cosmopolita y colorista – buscan el amparo de las sombras de las sombrillas estratégicamente situadas.

    El vendedor despacha  a su clientela poniendo un blanco cucurucho de papel blanco rebosante de apetitosas almendras en sus manos. Lleva haciéndolo qué se yo de años, mientras charla y bromea con los parroquianos del café o con cualquiera que se para junto a él. Veo cómo con pulcritud llena los cucuruchos que perfectamente alineados coloca sobre las almendras que aún espera su turno para ser envasadas. Mientras lo hace observo su mirada circunspecta como si aquel trabajo exigiese la máxima atención y cuidado. O a lo mejor, el hombre está embebido en sus pensamientos o intenta resolver, como cualquier mortal, los entresijos de un problema doméstico.

    Tendría que preguntarle su nombre, pero me ocurre que, a veces, a la vista de un tipo señero, prefiero quedarme con la duda: si se llamara Juan, o Antonio, o Juan José, qué añadiría eso al personaje que me merece ahora y en aquel momento toda la atención. Me basta con seguir sus movimientos, examinar su indumentaria, reparar en su gracejo. Sé que el vendedor de almendras – se lo oí decir un día que me paré a su lado en un instante de mi habitual paso en dirección a mi trabajo – presume de que se le conoce en muchas partes del mundo. “Hasta en el Japón Saben de mí “, decía con orgullo.

   Un día, a la hora de siempre, no encontré al vendedor de almendras tostadas en su lugar de siempre. Me embargó una desazón inusitada. ¿Estaría enfermo? ¿Le habría ocurrido algún accidente? ¿Que motivo habría ocasionado su ausencia? Es lo que pasa cuando fallan los esquemas visuales y emocionales y las ausencias y lo inesperado sustituye a lo previsto.

    Al día siguiente, el vendedor estaba en su lugar habitual. La esquina recobraba la animación que éste venía prestándole. Todo seguía igual. Entonces, aquel día sí, me alejé de él, ufano, con mi cucurucho de almendras en la mano.

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Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.