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Categoría: actualidad
“Mis padres vivieron mejor que yo”

 

 

La afirmación no es mía, que ya no sólo peino canas sino que me queda escasa pelambrera en la cabeza, sino los jóvenes de hoy mismo. Yo podría afirmar que  mi generación, los de mi edad, que conocimos siendo muy niños las penalidades de supervivencia en una España – la de los años 50 y 60 –, pero que luego crecimos en un ambiente mucho más generoso por mor de los cambios que nos vinieron de manos de nuevas políticas económicas y un progreso casi de cariz universal, disfrutamos de una calidad de vida superior a la de nuestros progenitores, algo que cabría decir de nuestros hijos criados y estimulados merced a la novísima situación que  proporcionaron los nuevos tiempos.

   Los más viejos vivimos mejor que nuestros padres en aquellos años procelosos de posguerra y lo mismo se podría afirmar  de nuestros hijos, aquéllos que rondan ya los cuatro lustros largos de su existencia o más: a su vez vivieron todavía mejor que lo que lo hicimos nosotros.

   Pero se rompió el esquema: los   hijos de éstos, o sea, los jóvenes de ahora, los que no pueden decir con la misma rotundidad que viven mejores que nosotros. Las pautas han cambiado y nuestro mocerío  no se empacha en airear con rotundidad y su miaja de encono, y así lo recogen doctos estudios al respecto, que su calidad de vida ha sufrido una sustanciosa merma comparada con la de sus más inmediato predecesores.

   Que todo el mundo es Jauja, ha dejado de ser una creencia que las adversas circunstancias actuales les han arrojado de aquél panorama idílico a una dura realidad que les lastima y sojuzga. No encuentran trabajo adecuado ni inadecuado después de, en muchos casos, largos años de intensa preparación. Se les cierran las puertas del empleo y ante la disyuntiva de los “días al sol”, brazo sobre brazo, o hacer las maletas para emigrar a territorios presumiblemente más halagüeños para sus aspiraciones más que justas, se ven obligados  a seguir esta segunda opción pese al desarraigo que ello lleva consigo.

   No, nuestros jóvenes, visto lo visto y sabedores del panorama oscuro tirando a negro que se les abre, no es raro que mascullen entre dientes aquello de “mis padres vivieron mejos que yo”. Puede que les asista la mayor razón del mundo al afirmarlo sin ambages.

Foto: alertadigital

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Alcaldes por elección directa

 

 

En los procelosos tiempos de la dictadura franquista los alcaldes accedían al principal sillón de los consistorios cuanto eran tocados por la varita omnipotente del gobernador de la provincia correspondiente, la mayoría de las veces a instancias del cacique de pueblo de  turno, que era, en términos coloquiales “el que partía el bacalao”, en la vecindad. Tiempos oscuros, ya digo, que hay que desterrar al olvido.

  Luego, se implantó la democracia en los años 80 del pasado siglo y el juego del nombramiento del primer edil se desarrolló en otros términos bien distintos: los elegía el pueblo, pero de manera muy indirecta, de tal forma que llegaba al ejercicio de sus funciones, subvirtiendo la intención de los votantes, cuando en última instancia eran los partidos los que definitivamente le aupaban al poder municipal tras las oportunas elecciones.

   Se coaligaban las formaciones participantes  entre sí, sin hacer ascos a la ideología de los  adversarios, siempre y cuando se obtuvieran rendimientos políticos en el arbitrario mejunje. Resultado: los votantes, merced  a cuyo apoyo el partido había alcanzado la victoria, no pocas veces se quedaban con un  palmo de narices. Que se quiera que no el cabreo  era considerable: de nada habían servido que su candidato hubiera alzado con la lista más votada. Evidentemente, la democracia participativa cojeaba clamorosamente.

   Las coaliciones posteriores a las elecciones, maquinadas en los consistorios, hacían que los munícipes vieran con asombro que la alcaldía venía a parar a manos de quién menos se pensaban. Algo legal, contra la que nada se podía objetar, pero que revolvía los ánimos: per sé la norma llevaba implícita la inestabilidad consistorial como se ha visto en innumerables ocasiones.

   He venido  hablando en pasado porque  esta preceptiva condición lleva el camino de desaparecer. En las proposiciones que acaba de hacer público Mariano Rajoy, entre otras de índole económico y fiscal, a rebufos de la huída estrepitosa de votantes, evidentes en los comicios europeos, se desgranan las que se refieren a un plan de regeneración democrática que devuelva a los desencantados el prestigio de partidos e instituciones de manera y forma que la elección de alcaldes se haga de manera directa sin los rocambolescos tejemanejes que han perdurado hasta hoy.

   Haría muy bien el presidente del Gobierno en cristalizar estas reflexiones – como la reducción del número de aforados – para que lleguen a buen puerto. Como es de esperar  que la oposición las de por buenas y se muestren a favor sin tapujos. Unos y otros habrían dado un estimable paso a que se aminore la desafección a los políticos que hoy es clara y notoria.

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¿Y ahora adónde vamos?

Es la pregunta que se hacen en estos días los centenares de ancianos que han visto cómo Unicaja acaba de ponerlos de patitas en la calle al decretar el cierre de nada menos que 14 hogares de jubilados. No es novedosa la decisión de la entidad ya que a las instituciones que echan ahora el cierre le precedieron otras no muchos años atrás. De los hogares cerrados a cal y canto en la mayor parte de las provincias andaluzas se llevó la peor parte la de Málaga con media docena de ellos sumidos desde ahora en el silencio y la oscuridad.

La entidad bancaria, pese a que en el pasado ejercicio-año 2013- recuperó el derrotero del crecimiento de beneficios,no ha dudado en cercenar sin contemplaciones la parte que de sus beneficios destina al beneficio de la sociedad, en este caso a quienes ya todo lo dieron y columbran cada vez más cercano la proximidad del ocaso final.

  La Obra Social renquea puesto que de los más de 30 millones empleados en el pasado ejercicio se han quedado en poco más que 24. Y naturalmente el recorte se nota,sobre todo si repercute en los menos favorecidos por la diosa Fortuna, que para más inri, suman años a destajo.

Lejos quedan ya los años dorados de don Juan de la Rosa al frente de la Caja de Ahorros de Ronda, quien se volcó con los más más viejos del lugar, los cuales vieron como se levantaba un hogar de jubilados en todos y cada uno de los pueblos de la provincia malagueña. Nunca se agradecerá lo suficiente el impulso que este rondeño ejemplar otorgó a los pueblos serranos y malagueños en aras de conseguir el bienestar y el buen pasar de sus habitantes,sobre todo en los años en los que estas cointingencias dependen de los demás y no de la voluntad de ellos para lograrlas por las concebidas carencias económicas.

Colonias infantiles y hogares de jubilados surgieron por doquiera prestándose un servicio impagable a las administraciones públicas que poco o nada podían hacer al repecto. Nuestros padres pasaron muy agradables ratos leyendo el periódico o jugando al dominó o al julepe, además de gozar con la charla distendida; en suma, momentos de evasión y distensión que ahora se les niega a muchos por un recorte presupuestario cuya incidencia al cebarse en los mayores nadie entiende.

¿ Y ahora adónde vamos? Una pregunta un tanto angustiosa que nadie sabe contestar. Dejaron de existir los mentideros de los pueblos en donde se hablaba de lo divino y humano.Ahora serán la salida otra vez para aquellos a los que se le cierran otras posibilidades de ir consumiendo de manera grata los momentos de existencias agostadas por los años y para quienes los hogares supusieron poco menos que un islote de salvación,por lo menos para algunas horas de sus vidas.

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Deje su dolencia para después del verano

 

 

Es un temor subyacente en todos, sea cual sea su condición social o económica, si bien  quienes gozan de espléndidas cuentas bancarias ni que decir tiene que afrontan la situación con un menor agobio, lo cual es ya en sí un estímulo para presentar cara a la adversidad que todo estado comatoso impone. La cuestión es que si va a caer enfermo este verano se precisará encomendarse  a Dios. Va a necesitar la mediación divina si a partir de julio y hasta que llegue septiembre si tiene la desgracia que alguna patología grave le aqueje y tenga que recurrir a los servicios médicos urgentes del  Hospital Clínico Universitario para poner  coto  a su afección con la prontitud requerida.

   Un escrito presentado hace dos días en el mencionado centro hospitalario a sus más altos valedores por facultativos que en él ejercen sus funciones nos deja que no nos llega la camisa al cuerpo, sobre todo a los más viejos, como es  mi caso, que por un sí o por un no vemos como nuestra salud se resquebraja por día, algo  que se muestra más evidente en los meses con temperaturas extremas ya la provoquen el frío o el calor, como ahora es el saco.

   La apreciación del estado  de las urgencias  en el dispensario en cuestión en los meses de verano por parte de los facultativos ha sido contundente: “catastrófica”. Y en voz en grito lo han manifestado en los accesos al área policlínica. Se podía decir menos alto pero no más claro. Se han manifestado haciendo hincapié en “los negligentes y deficientes recursos” que necesariamente, piensa uno, tienen que incidir en la atención dispensada a quienes solicitan ayuda de manera apremiante. Tal es el recelo provocado porque esta asistencia flaquee en los momentos cruciales de la vida del enfermo que no han dudado en dejar constancias escritas sobre su descargo en casos que se le exijan “responsabilidad civil o penal “por estas circunstancias extremas. Se han curado en salud, y nunca mejor dicha la aseveración. Es comprensible su actitud, como lo ese otro testimonio de que “de los escarmentados nacen los avisados”.

   Reducción de plantillas, ausencias de refuerzos médicos, excesos de jornadas, entre otras irregularidades entre las que destaca que el número de galenos en urgencias del Clínico sea, por ejemplo, el  mismo que atiende a las del centro de salud de Rincón de la Victoria – un núcleo de población infinitamente menor que la de Málaga  capital – no deja de pesarnos como una losa a los que en la salud se refiere dejamos mucho  que desear.

   Años atrás viví  la experiencia de esperas interminables en urgencias de un hospital. Una situación horripilante que no deseo ni para mi peor enemigo. Cabizbajos andamos, oiga.

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Coronación y controversias

La sucesión en el Trono de España ha promovido todo tipo de disquisiciones y polémicas. Por un lado se alzaron las opiniones encontradas y, al parecer, irreconciliables de los seguidores de la Monarquía como sistema político y los que no dan su brazo a torcer en defensa a ultranza de la República. Pero no creemos que ese enfrentamiento verbal se desboque y llegue la sangre al río. Corren otros tiempos, que no son ciertamente los de los años 30 de nuestra reciente historia, y la gente no va más allá de exponer su sentir y pensar porque se tiene conciencia de este derecho y da muestra de ello con razones que cada cual cree fundadas y en muy contadas ocasiones echándose mano al revuelo o al disturbio o la violencia callejera: banderas de uno u otro signo, arengas y poco más.

Se viene hablando hasta la saciedad de los últimos años del reinado de don Juan Carlos I, sus quisicosas familiares y de su posible aforamiento, como así mismodel discurso y los gestos de Felipe VI antes, durante y después de su coronación regia (se han desmenuzados todos los posibles recovecos de su alocución, el cual tuvo tantas como y variadas vertientes), que, por cierto, no ha tenido nada de fastuosa a tono con la austeridad que desde todos los estamentos públicos se exhorta. Hasta se podría decir que ha pecado de excesiva sencillez, no se llega a calibrar bien las razones: el pueblo esperaba una coronación con mayor esplendor, visitantes regios y el brillo que merece un acto que en muy contadas ocasiones se nos a da presenciar en la vida. Y no parece conformarse con aquello de que las “ circunstancias mandan”. Y es que sin despilfarrar y siendo comedidos también se pueden lograr resultados brillantes.

Los que abiertamente se confiensan monárquicos ni que decir tiene quebieran deseado un acto con mayor realce, ,que, sin entrar en controversias, respondería a la importancia que España tiene en el conjunto de los países europeos y de medio mundo.La ausencia de altos dignatarios de países allende nuestras fronteras se han echado en falta: su presencia habría resultado rentable para beneficio de la tan cacareada marca España que intenta abrirse paso en el exterior y en todas las latitudes.

Se prescindió en el ritual de la entronización del nuevo Rey de la corona,el armiño y el cetro,elementos estos que sí hubiesen denotado una tradición trasnochada. Como lo es, se nos antoja, el besanamos y las inclinaciones de cabeza ante los reyes,después de la proclamación. No sería descabellado pensar que Felipe VI, quien perfiló una “monarquía íntegra y transpararente”en el futuro y acorde con los nuevos tiempos, acometa este cambio ( que no deja de ser anecdótico)entre otros de más profundo calado que enumeró y que no tuvieron por menos que ser aplaudidos por el Congreso en pleno y todos quienes por cualquier medio siguieron expectantes su alocución.

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Irrupción del movimiento Podemos

 

Intenta abrirse paso en el panorama político español el  movimiento Podemos, del cual se habla largo y tendido desde que en las pasadas elecciones europeas dejara a algunos boquiabiertos por el asombro ante el magnífico resultado obtenido. Nada menos que cinco de sus miembros sentarán sus posaderas en el Parlamento Europeo, precisamente en medio de esa llamada por sus líderes casta política con no pocas intenciones de vituperio hacia ella.

Los que pronosticaban  para la formación un sueño de verano de imposible materialización empiezan ya a admitir que vino para quedarse. Incluso en Málaga y la provincia – hay pequeños pueblos, entre otros los de la montaraz Serranía de Ronda, donde ya empieza a colear, tímidamente, pero lo hace –  se detectan corpúsculos que  no dudan en mostrar sus simpatías por Pablo Iglesias y exteriorizan con más o menos contundencia verbal su advenimiento a la arena política.

   Sin embargo, convendría sosegarnos y, sobre todo, mirar con lupa y sopesar la cascada de promesas que la novísima formación ofrece a quienes, maltratados y descontentos con la actual situación política del país, los casos de corrupción imperantes, la desconexión de los grandes partidos con la gente de a pie, y  el largo etcétera de cuestiones que nos agobian, la reciben como un maná que vendría a acabar con sus tribulaciones. No es oro todo lo que reluce, que sentencian los más viejos de cada lugar, con esa sapiencia que dan los años.

   Por lo pronto habría que considerar si se abomina de Europa, ¿cómo es que se aspira a figurar entre los que encausan y marcan los pasos y  las directrices europeas? Que se quiera o no estamos en ella, para bien o para mal y resulta un contrasentido combatir esa permanencia que resulta crucial para el entendimiento y desarrollo de los países que figuran en la alianza.

  ¿ Se podrían expropiar los bancos y las empresas como se propugna alegremente? ¿ Podríamos abjurar de la deuda pública y negarla sin más haciendo tabla rasa de los intereses de nuestros acreedores? Y si eso se lleva a cabo, ¿quién volvería a prestarnos dinero para solventar nuestras urgencias de pagos?… Subir los salarios, se preconiza, pero, ¿lo soportarán las empresas? ¿ No se buscarían otros conductos en el exterior para fabricar lo que aquí se haría inviable con alzas desmedidas de soldadas? ¿ Resistiría la Seguridad Social si nos jubilamos en edades más tempranas y no entran en las reservas lo que garantiza un remanente para atender las pensiones?…

    Cree uno, sin la menor animadversión a quienes se muestran  adalides del nuevo movimiento social – que tienen todo el derecho a pronunciarse, a hilvanar manifestaciones y a pedir un referéndum sobre un nuevo modelo de Estado monárquico o republicano -,   que se habrían de considerar las posibilidades de que las demandas sociales que ahora están en candelero puedan llegar a  buen puerto.  Porque, ¿podemos? ¿O no serán sino ruido de  salvas al aire condenadas a desvanecerse a poco que sople el viento?

Foto: Diario SUR

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Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.