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Categoría: ancianos
Una llamada para ser acogida con presteza

Una llamada para ser acogida con presteza

 

JOSÉ BECERRA

Pasan inadvertidas, no se echan a ver, pero llevan a cabo una labor callada en defensa de quienes menos tienen para subsistir cada día que merece ser exaltada.

Donde ha decir más alto pero no más claro. Las Hermanitas de los Pobres de Ronda, que no suelen levantar la voz para casi nada, que se puede orar bisbiseando,  lo han hecho ahora porque la necesidad de ayuda les agobia, y esperan no clamar en el desierto.

Detrás de ellas un ingente número de ancianos – 80 nada menos-, cuyas aportaciones económicas procedentes de exiguas pensiones (los que disfrutan de ellas, que son los menos) no pueden ni de lejos sostener los cuantiosos gastos que soporta la Congregación. Y no sólo faltan las aportaciones dinerarias, cuya mengua está siendo ostensible en los últimos años, sino que se echa en falta voluntarios que vengan a suplir la falta de personal ocasional, algo que no deja de ser problemático, pese a que la plantilla de trabajadores pasa de la treintena.

El asilo de San José, regentado por las Hermanitas de la Caridad, posee ya una larga trayectoria de hacer el bien a nuestros desamparados mayores. Data menos que desde la última década del siglo XIX, a raíz de la fundación de la Congregación por la hoy Santa Juana Jugan, una referente obligada en el santoral cristiano de quienes lo dieron todo: sacrificio, entrega y caridad para aquellos que menos tienen.

De mis años de mi niñez, tan lejana ya, recuerdo cómo en mi pueblo de la Serranía de Ronda, estas monjas recorrían las calles mendigando limosnas no para ellas sino para los pobres que acogían en su cenobio. Las miraba con la curiosidad viva de la edad temprana. Y en mi mente se quedaros grabadas para siempre su imagen revestida con los ampulosos y negros hábitos y blancas tocas que no ocultaban los canastros con las viandas que conseguían, sobre todo de las fábricas de chacinas, que en Benaoján eran abundantes y sus sueños generosos.

En la súplica que exteriorizan en la confianza de ser escuchada advierten que si las ayudas económicas no llegan y el voluntariado se resiente se verán obligadas a cerrar las puertas del hospicio. Algo que Ronda no puede permitirse de ninguna manera. ¿Adónde irían quienes ahora no disfrutan de pensión o ésta es mínima y precaria?

Recuerdo las palabras de la madre Teresa de Calcuta:” Las cosas con amor traen felicidad y paz. La falta de amor es la mayor pobreza”. Conviene recordarlas para no desoír la llamada angustiosa de quienes consagran su vida al servicio de los más desheredados de la fortuna.

Las religiosas dispensan en todo momento   cuidados y atención a los desheredados de la fortuna y es notorio que  se desviven para que nada les falte. Hicieron la llamada urgente meses atrás, pero las necesidades del centro es presumible que no hayan decrecido, por lo que las ayudas siguen siendo tan urgentes como imprescindibles.

“Dad, y se os dará; medida buena, apretada y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir”. Es lo que dejó escrito el evangelista Lucas 6:38. Conviene no desoír su prédica.

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Loables deseos

Loables deseos

¿Tiene los días contados el copago farmacéutico que ha venido castigando a nuestros mayores y tratándolo como díscolos usuario de la Seguridad Social? A juzgar por las declaraciones recientes de la ministra de Sanidad, Consumo y Bienestar Social, Carmen Montón, se puede pensar que está ya al doblar la esquina. Hay que admitir que la reforma sanitaria de 2012  nos colocó a los pensionistas, entre los que me cuento, con escasa por no decir misérrimos emolumentos, en la tesitura  de satisfacer una parte del total del medicamento adquirido o eliminarlo con el consiguiente quebranto para la salud ya deteriorada por mor del paso y el peso implacable de los años. Con pensiones mínimas, tener que afrontar este gasto del que se estaba dispensado supuso un hándicap para pensiones exiguas que apenas llegaban para culminar el mes a trancas y barrancas. La ministra acaba de anunciar “la voluntad  de recuperar todos y cada uno de los derechos arrebatados”, impuestos por parte de un PP que ya es historia, por lo menos rigiendo los destinos de los españoles. “Su boca sea meía (medida)”, que dice el vocabulario calé de alguien que intenta con  buenas intenciones poner remedio a sus males enquistados y los lanza  sin cortapisas a quien quiera oírlos. Afirma la ministra que no se trata de una eliminación del copago desde ya, sino que habrá que esperar algún tiempo, aunque deja por sentado que esta mejora en las economías más depauperadas como son las de los pensionistas se efectuará más temprano que tarde. Respiramos aliviados. Por esta cuestión candente y por sus intenciones de no dejar a nadie atrás en la asistencia sanitaria “de manera integral” como un postulado a cumplir en  España más temprano que tarde. Hay razones para pensar que  entra con buen pie el novísimo Gobierno, por lo menes en cuestiones que más preocupaciones entrañan en quienes cuenta con recursos poco menos que de menesterosos.

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Ancianos en apuros

Ancianos en apuros

A los que ya se nos conoce como septuagenarios, o sea, que traspasamos la barrera inmisericorde de los 70 abriles, no digo los que traspasaron esa  edad con creces y militan en el grupo de los octogenarios, a los problemas inherentes a ese estado un tanto ya (o un mucho) calamitoso en lo que toca a la salud y al comportamiento personal en todos y cada uno de las acciones que se requiere para seguir el día a día ante innumerables trances por los que nos vemos obligados a transitar,se suman otros  deberían ser exceptuados.  Pero no hay tal, sino que por el contrario, se muestran cada vez más firmes y asentados y que atentan claramente y se ceban en quienes ya, por razones obvias, lo que debería primar era el hacerles la vida más soportable y llevadera.

Veo con frecuencia, la misma que me obliga a acudir a la entidad bancaria más próxima en la que mantengo mis ahorros, cómo hay mucha gente mayor que en estos días a la chita callando vienen protestando porque se les obliga a manejar para ellos el artilugio del cajero automático cuando tienen la urgente necesidad de retirar parte de su peculio para las necesidades surgidas en sus días a días, ¿Saben los mandamases de la sucursal bancaria en cuestión que hay vejetes que en su día han tenido que enfrentarse con un sistema electrónico que no pocas veces les atemoriza e irrita porque su manejo se les escapa y del que desconfían porque desconocen su efectividad?

¿Qué fue de los amables empleados a los que no pocas veces desgranaban  relato de sus cuitas diarias y ellos correspondían a sus deferencias con la misma amabilidad al cliente de turno del que conocían los entresijos de su vida y su situación familiar? Los nuevos tiempos, el avance de los sistemas electrónicos del que mucho de los que ya abundan en canas y arrugas en el rostro no tienen ni remota idea, viene acabando con esta familiaridad en aras de la imposición de máquinas impersonales y frías con las que debemos enfrentarnos sin el menor atisbo de gesto amistoso y cordial con el que se nos recibía que era consustancial con el empleado de turno que luego nos  atendía con presteza y amabilidad.

 

 

 

 

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Pensionistas en pie de guerra

Los pensionistas toman la calle

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Andamos los pensionistas cabizbajos porque bien mirado la hucha de las pensiones que cada mensualidad nos permite un  respiro (cada vez más entrecortado y efímero, todo hay que decirlo, porque el aumento anual de la percepción es extremadamente exangüe) se muestra  a ojos vista raquítico a más no poder. Se suele decir que quien avisa no es traidor y no podemos considerar como tales a quienes desde todos los medios de comunicación – radio, prensa y televisión – sesudos economistas nos advierten de  que el porvenir del susodicho receptáculo se presenta más que sombrío tenebroso del todo. Pedro Sánchez, en sus más recientes apariciones públicas – pocas, hay que decirlo, que el líder socialista parece estar perdiendo comba tras el fracaso de la formación en Cataluña- viene reclamando un serio pacto sobre las pensiones. Asegura que si no se lleva a cabo serán pura entelequia para nuestros hijos y nietos. “Que deje de engañar a las personas mayores” ha dicho poco menos que a voz en grito en un claro alegato en defensa de los pensionistas paupérrimos merced a los designios del Ejecutivo de Rajoy.

Y es que ahora, coincidiendo con el inicio de año, el Gobierno central estableció por decreto que las pensiones aumentaran un 0,25 por cierto. O sea, una cantidad irrisoria a todas luces que a los sumo sirve para comprar una bolsita de pipas en el quiosco de la esquina. Si cotejamos el salario mínimo interprofesional que asciende a poco más de 735 euros al mes nos encontramos para aflicción de los pensionistas de poca monta, entre los que me cuento para mi pesar, que lo se nos concede nada graciosamente el papá Estado es inferior a esa cantidad calificada por nuestros sesudos político como “imprescindible” para vivir con decoro. Alrededor de 150.000 pensionistas malagueños tenemos que conformarnos sin rechistar a recibir una cantidad inferior a ese salario interprofesional señalado de por sí considerablemente menguado para afrontar las necesidades de cada día, que no son pocas en familias poco menos que menesterosas.

Los pensionistas de las principales ciudades españolas se han echado a la calle para reivindicar a voz en grito una subida honrosa de sus desmedradas pensiones más allá de ese misérrima subida que es lo acordada por el gobierno central. En Madrid, ciudad de la que se dice es rompeolas de todas las Españas, sin enfrentamientos con los agentes del orden público, pero sin arredrarse por la presencia de éstos en las inmediaciones del Congreso, quisieron dejar claro sus justas reivindicaciones. El colectivo agrupado ante la sede en la que asientan sus reales quienes nos gobiernan dejó bien claro que la pérdida del poder adquisitivo de sus mermadas pensiones les obliga a llevar una vida poco menos que miserable ante el hecho indubitable del aumento del coste de los elementos vitales para la subsistencia.

Tampoco los pensionistas malagueños extorsionados por la sensible pérdida de esa facultad que les permite afrontar las necesidades diarias se quedaron en sus  casas: hicieron acto de presencia en la calle para sustentar una reivindicación que sacude  estratos sociales que en estos días demuestran su poder de convocatoria en la vieja ‘piel de toro’ esa de la que hablaban los clásicos autores de la España pretérita que no se doblegaba ante injustas imposiciones.

Los pensionistas de aquí y allá, que sufren las imposiciones que vienen de arriba han desenterrado el hacha de guerra, hartos de las incurias a las que se ven sometidos. Razón nos le falta en esta lucha desigual que hasta ahora eran ellos los vencidos y postergados injustamente.

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Manuel Alcántara, 90 venturosas primaveras

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Manuel Alcántara, 90 venturosas primaveras

Estimado Don Manuel: Acaba de cumplir usted una edad redonda que para sí quisiéramos muchos mortales. Llegar felizmente a nonagenario no es algo de lo que puedan enorgullecerse la mayor parte de lo que seguimos empeñados en no abandonar este mundo. Hay que felicitarle por esta longevidad suya que tantos momentos de complacencia nos ha proporcionado desde esa atalaya de SUR en la que plasma cada día su proverbial manera de entender la vida y la sagaz exegesis del acontecer diario. Trasladarlo al papel escrito con lo que nos regodeamos sin reservas sus seguidores, es algo que de veras les agradecemos. Usted, admirado Don Manuel, posee un don inefable, que no es otro sino aquel que puede proporcionar a cuantos buscan su artículo diario el distanciarse de la cotidianidad del acontecer tantas veces tedioso de la vida o que puede exacerbar nuestro sentir. Sus líneas diarias no soliviantan, sino que serenan; no entristecen, sino que alborozan; no enturbian, sino que iluminan las entendederas de cada cual para calibrar cuanto de interés nos asalta cada día y concita nuestra atención para bien o para mal. Iluminados por el prisma de su opinión diaria encaremos los acontecimientos diarios plasmados en las volanderas hojas del periódico de manera diferente: restamos acrimonia a las noticias sobre hechos aciagos y nos mostramos indulgentes sobre los desabridos pareceres de nuestros políticos. Razón por la que nos encaramos cada día con su columna antes de sumergirnos en la vorágine de noticias y escritos que el diario en cuestión nos ofrece. ¡Larga vida, don Manuel, para su gozo y nuestro deleite al leerle cada día! ¡Feliz cumpleaños!

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Vejez y soledad, ¿dos males de nuestro tiempo?

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José BECERRA

La sociedad en la que nos acomodamos hoy día no contempla con mucha  fruición que digamos  el estado de la vejez propia, no pocas veces relacionada con la soledad. Se sienten solos muchos de los que traspasamos la barrera de los 70 años, entre los que me cuento. Iba a decir para mi pesar, pero rectifico, no me siento ni muchos menos pesaroso por haber escalado esa edad, ni me siento  expulsado de la sociedad, un sentimiento éste connatural con quien traspasa luengas barreras de la vida;  un temor que vislumbramos cuando ya se acerca la edad de la jubilación, pero que luego, no digo que no sea haciendo de tripas corazón, llegamos al momento de dejar el trabajo que nos ocupó media vida con el contento de haber podido llegar sano y salvo del todo, que la edad provecta no viene caso nunca sin el acompañamiento de algún tipo de dolencia, pero sí con ánimos de mantenernos en esta vida pese a quien pese. Y  desde luego, eludiendo en lo posible ese espantajo de la soledad, que no pocas veces ronda a quienes desembocan en una holganza obligada que se muestra insoslayable.    

   También es cierto que la soledad con ser mala consejera hay quien,  por las más diversas circunstancias la abraza sin que se pueda decir que obre en detrimento de su vida diaria, al mismo tiempo que defiende como legítima la decisión de no vivir en compañía de otra persona y rechaza la vida marital en compañía de consorte. En otras palabras, que tan plausible puede ser el celibato como la vida en común con otra persona, eso sí, sin caer en la misoginia, algo que ya toca los linderos de lo netamente psicológico y temperamental.

   Aconsejan quienes de esta cuestión saben bastante que mantenerse activo es un remedio eficaz para sentir de cerca la compañía de alguien, aunque esta presunción sea mera entelequia. Un amigo que siempre tuvo fama de sentencioso (que los hay abundancia) en la comarca rondeña  de donde ambos somos oriundos, pero que por diversas razones nos trasladamos a Málaga, el cual ya presume de no tener que cumplir el septuagésimo cumpleaños porque lo rebasó con creces, me aseguraba que la soledad es asimismo un estado que puede ser buscado y que es  una opción tan legítima como vivir en compañía de alguien del sexo contrario. Comparto su criterio, aunque no lo describa de cabo a rabo.

   En nuestra sociedad de hoy, sin embargo, vivir solo no se mira con buenos ojos. No es raro que se contemple a quien optó por este estado como un bicho raro, un misántropo introvertido que rechaza el contacto de sus congéneres o semejantes, o bien se le tacha como alguien a quien su conciencia le acusa de algún hecho delictivo o deshonroso, de ahí su terquedad en refocilarse en su soledad. Empero,  pueden existir otras razones para que alguien se vea abocado a un  soledad no buscada: la ausencia de un ser querido  con quien se  compartía vida e ilusiones al desaparecer  por muerte fortuita puede provocar un aislamiento no deseado que arrastra tras de sí momentos de pesadumbre y angustia. No se trata entonces de una soledad anhelada, sino impuesta por una fatalidad  fortuita, pero que no hay más remedio que acatar.

   Sesudos investigadores concluyen en que la soledad menoscaba la seguridad emocional y acarrea quebrantos como las apneas del sueño o la depresión, amén de problemas cognitivos; puede ser, pero  discrepo de estas aseveraciones funcionales sean extensibles para toda la sociedad. Comparto la premisa de que no es raro que a los mayores no se les conceda la atención que merecen después 40 o 50 años arrimando el hombro  cooperando para   el progreso del país siquiera sea en el ínfimo aporte de cada uno para este menester, un problema social que importa atajar. Admito esa premisa, pero  tengo que decir renglón seguido que me encuentro a gusto en mi soledad. Tal vez porque, lejos de ambiciones personales ya finiquitadas, encuentro en mis años de retraimiento alivio recurriendo a hábitos que recomiendo, como el de mantenimiento de la amistad o lectura. “Vieja madera para arder, viejo vino para beber, viejos amigos en quien confiar, y viejos autores para leer”,     es una sentencia de Francis Bacon que, ya en las postrimerías de la vida, suscribo sin reservas y que animo a seguirla a mis congéneres; otra es de  Fray Luis de León: “Que descansada vida la del que huye del mundanal ruido y sigue la apartada senda por la que fueron los pocos sabios que en el mundo  han sido” , un canto al retiro y al estar con uno mismo abominando de  injerencias extrañas. Para terminar con otra igualmente sabia de las muchas que llegan a mis oídos con frecuencia provenientes de paisanos de mi tierra serrana y rondeña cuando el tema sale a colación: “El buey solo bien se relame”, dicen concisa pero certeramente, no sin un deje de socarronería.

  Pueden ser la soledad y la vejez dos males insoslayables, es cierto; pero también lo es que esta certidumbre no la compartimos todos.

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Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.