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Categoría: Málaga
Un Mediterráneo decadente

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Un  Mediterráneo decadente

Se escogió el 8 de junio para celebrar el Día Mundial de los Océanos. A tenor de esta efemérides que nos lleva a concienciarnos de la salubridad que deben ostentar estos espacios nos preguntamos si se toma conciencia de que arrojamos al mar algo así como 8 millones de toneladas de plásticos al año. Horripila el dato, pero es rigurosamente cierto: maltratamos las aguas que nos concuerdan con absoluta impunidad, y por ende atetamos contra la vida de la fauna que en  los piélagos habita. Los desechos que vienen a buscar acomodo en el mar inciden en la supervivencia de la fauna que en él mora: se exponen a convivir con la ponzoña que  a la larga la quebrantan.

No era necesario que los científicos lo señalaran, que ya se intuía antes de  sus estudios pertinentes. El mar que baña nuestras costas orientales, el piélago que fuera testigo de la aparición y evolución de civilizaciones antiguas, tales las de Egipto, Fenicia, Grecia o Roma, entre otros pueblos ensalzados por los historiadores de todos los tiempos, presenta hoy fondos que son un pudridero con tal acumulación de basuras en aguas profundas que clama al cielo: jamás se había avizorado tal cantidad de inmundicias. Todos los desechos humanos van a parar a sus profundidades en donde son refugio y alimentación de la fauna marina, la que se ve obligada mal que le pese a moverse arrastrando tras de sí los jirones de plásticos que se enredan entre sus aletas y zarpas o convivir con toneladas de desechos. La fauna  marina se resiente y su procreación languidece habida cuenta  que los plásticos perduran en el fondo del mar la friolera de más 500 años. Obscuro se ve su futuro.

Las actividades humanas incrementan de manera notable la salubridad de sus aguas. Destacan en este aspecto, según apunta el estudio científico recientemente realizado, el incremento sin tasa de la pesca en sus aguas, a lo que se une la eclosión del urbanismo sin mesura en sus riberas con la consiguiente degeneración, a lo que pone la guinda el fenómeno del calentamiento global. El turismo nos proporciona grandes dividendos, es cierto, pero conlleva, con la la eclosión de construcciones en su órbita unas exigencia severas  mal que nos pese, por mor de disminuir vertidos sin el tratamiento debido a las aguas, y no es otra como que se limiten   las construcciones en su litoral, esas que sin la menor cortapisa por parte de quienes deberían poner coto al desafuero, florecieron por doquiera en su ámbito. La creciente ponzoña del Mediterráneo por mor  desechos acumulados se agrava a causa de la proliferación de industrias en su torno y un  cambio de corrientes que aminora    o dificulta el estrecho de Gibraltar. Otro enemigo no menos pavoroso para sus aguas radica en el cambio climático que ya resulta incuestionable y que  aumentó de manera exponencial su temperatura. Elemento discordante este último del que está detrás  tanto el aumento de la salinidad, parejo a la disminución de lluvias, como el decreciente aporte  de aguas de los ríos causados por las obras hidráulicas que jalonan sus cauces.

El litoral de Málaga, sin ir más  lejos, está en riesgo. Es lo que apuntan sesudos informes a tenor de la observancia de una concentración desmedida de materias no inocuas en la arena y en sus fondos. Los plásticos arrojados a sus aguas sin contemplación constituyen ya u serio riesgo para la integridad y salubridad  de las aguas ribereñas.

Ecologistas en acción apuntan datos que no dejan de ser impactante: la “urbanización sin trabas de  contención “es un mal que se hace ostensible en  las costas andaluzas. En lo que se refiere al litoral malagueño dan por sentado que se encuentra” completamente urbanizado”, lo que ha incidido negativamente en la salvaguarda de “sus valores naturales”-

A la vista de este mar maltratado me vienen a la mente los versos  que al majestuoso piélago le dedicara Rafael Alberti: El mar. ¡Sólo la mar!/ ¿Porqué me trajiste, padre/, a la ciudad/ ¿Por qué me desterraste/ del mar? Es sueños la marejada/ me tira del corazón;/ se lo quisiera llevar.  No imaginaba el celebrado poeta andaluz que su anhelado mar habría a de ser tan maltratado y, por ende, que entraría en tan penosa decadencia.

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Festejos por doquiera en Málaga

Resultado de imagen de fotos de la verbena del tren en benaojan Foto: Benaoján.es(diario SUR)

Málaga, festejos por doquiera

JOSÉ BECERRA

 Las fiestas patronales de los pueblos de la  provincia se propagan como el fuego, que siempre es voraz, pero que es este caso no es devastador, aunque sí bullanguero y colorista.

  No todo en los meses tórridos que sumen a la provincia en la parsimonia de la quietud, la somnolencia por el canto monorrimo de la chicharra y la bruma caliginosa, habían de ser fuegos aniquiladores. Provocados o fortuitos los que queman el bosque son siempre temibles y maldecidos.

    Pero hay otros fuegos, a Dios gracias, con la apariencia menos hosca. Son los que prenden con voluptuosidad no en los montes “por el calor execrados”, sino en los pueblos que a los pies o inmersos en ellos se erigen.

    “Arden” en fiestas, como suelen decir cronistas y reporteros recurriendo a un símil fácil, los pueblos de la provincia de Málaga. Desde mediado julio, todo el mes de agosto y parte de septiembre, no hay población, villa, municipio, aldea, villorio o caserío que no honre a su patrón, siempre santo y milagroso, como tiene que ser, y de paso proporcionar a sus habitantes ocasión para darles gusto al cuerpo con calles limpias y enjalbegadas para el evento, bailoteos en las plazas, y degustaciones  de manjares que les son propios.

    ¿De dónde vienen estos festejos que cambian la faz de cada pueblo durante un periodo variable de días? No son necesarias elucubraciones eruditas o antropológicas para establecer la procedencia. La tradición y su transmisión popular los sitúa en el Medievo. Comparten  todos sus orígenes las celebraciones y acontecimientos lúdicos que seguían a la culminación de la cosecha. Con el  trigo en el granero y la paja en el almiar, venían los días de agradecimiento a los Manes que hicieron posible el milagro de asegurar la manutención tribal o familiar. ¡Gracias sean dados al Cielo, y “ comamos, cantemos y bailemos, que otros días ayunaremos!”

    En agosto,  rinde honores a San Agustín, Alcaucín. Verbenea Algarrobo, y Alhurín el Grande presenta pleitesía a la Virgen de Gracia, emparejándose para  ello con Archidona y el lujo de su plaza ochavada. Almogía, la tierra del palmito venera a San Roque y San Sebastián; lo mismo que Cortes de la Frontera, emporio del corcho y del venado en libertad; igual que Alpandeire, el del monje itinerante; y Archez, la de la vid y el olivo ceniciento. Àlora, “la bien cercada” brilla por su coso taurino. Antequera “piedra  e iglesias mil” sorprende este mes con sus fiestas de recolección. Pisan la uva en Cómpeta para el mejor vino del año; en Atajate, Benadalid, Benalahuría – color y sabor medieval con sus fiestas de moros y cristianos_ , y  Benaoján, el de los embutidos selectos que rinde tributo al tren, también escogieron estos días para sus fiestas estivales. Sin olvidar a Montejaque, Jimera de Líbar, Cartajima – la Serranía en pleno incendio festivo -, el Burgo, el Campillos ganadero y claustral, ni a Cañete la Real.

    Carratraca, Gaucín – la bulla del toro “ensogado”,- Moclinejo – en la brillante ruta de la pasa; Monda, Ojén, Parauta, Periana y Pizarra. ¿ Quién da más? Sí, la Sayalonga verdialera; el Tolox del esparto y la “cojetá”;  el Torrox  de las esbeltas torres-vigías;  y el Valle de Abdalajís, recogido a lo pies del Picacho.

    Toda la provincia, desde la sierra al mar, desde la montaña al llano alimentando fogatas que nada tienen de dañinas ni maléficas, sino mucho de jolgorio y júbilo.

    Y como colofón, la feria de Málaga y, enseguida, la de Pedro Romero de Ronda. Toros, toreros valientes, mujerío retrechero y luz y color. Lo dicho, el fuego más inextinguible y benévolo  campeando en toda la provincia malagueña.                              

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Málaga, feria y fragancias de biznagas

JOSÉ BECERRA

De nuevo, un año más, Málaga, acicalada y esplendente sumergida en  la feria agosteña. Ese evento multicolor y jaranero que despierta la atención de media España (y encandila a quienes allende fronteras nos visitan) por cuanto en ella luce: mujerío galano, alazanes briosos y carrozas engalanadas; mocitos pintureros y bailes a tutiplén  que tientan a pintores coloristas, esos que  a lo largo de la historia aprehendieron tan luminosos  momentos para hacerlos eternos en sus lienzos y fueron admiración del mundo conocido.

   Un conglomerado de sensaciones abiertas como abanico multicolor a la vista del calidoscopio al que dan pie las engalanadas calles de Málaga, además de impregnar agradablemente el olfato merced a esa planta genuina que es la biznaga. Está presente la flor en la Alameda,  se enseñorea  del parque, remolonea en la Alameda y  se constata en la calle Marqués de Larios, a la que impregna de su cálida presencia;  en la Alcazaba, alta y altanera; cerca de la catedral, portento de sillares y entablamentos, arquerías, columnas, cúpula y armonía de proporciones. La fragancia y forma de la flor, esbelta, rutilante, símbolo de la Málaga en feria que cautiva; y se me antoja, esbelta en la pala de chumberas en las que lucen su esplendor, el símbolo por antonomasia de la feria agosteña. Lástima que en su visita a Málaga en 1910, Joaquín Sorolla, el pintor por excelencia de los claroscuros, no nos dejara muestras de su arte captando esos momentos de Málaga y los biznagueros que catapultan la ciudad a los dos hemisferios.

Es sabido que la palabra “biznaga” es oriunda del mundo árabe, que viene a catalogarla como “regalo de Dios”, ahí es nada. De ahí pasó a ser uno de los símbolos más conspicuos  de Málaga, cantado nada menos que por poeta Vicente Aleixandre, premio Nobel de Literatura, en sonoro versos: “Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos. Colgada del imponente monte, apenas detenida en tu vertical caída las ondas azules…”.

La biznaga se forma de manera artesanal  con flores de jazmín – el más utilizado el Real, blanco y que desprende suave fragancia – y un espigado tallo de cardo silvestre – el nerdo- cuando conserva su color verdoso y que adquiere forma de bola. Es el momento de insertar las flores en el bulbo el cual se abre y esponja de noche, perfumando el ambiente que lo rodea. Las paseará el  “biznaguero”, una figura peculiar e intrínseca de la Málaga del verano y, por supuesto, de su singular feria agosteña. No es una flor natural, sino el resultado de la feliz conjunción de jazmines ensartados en la planta espinosa que los acoge y que colocadas en los cactus deslumbran a propios y extraños, además de extasiarlos con su penetrante olor.

No hay para mí recuerdo próximo o lejano de la Málaga que hizo florecer calles y personajes históricos y entrañables, templos y paseos, tiendas y tabernas antiguas, feria agosteña, – “ esplendor y crisol de luz y color”- y procesiones semanasanteras – “ vahído de emoción y exaltación sin límites de los  sentidos”-,  librerías de viejo, posadas y patios de vecinos al que no se anteponga como preámbulo feliz de dicha amistosa, estética y sensual la espigada biznaga, inundando y enseñoreándose de mi ánimo y predisponiéndolo a la evocación más sentida.

Quién me dice que no estaría sumido en la fragancia de la biznaga  Aleixandre cuando en Sombra del paraíso  dio forma a  versos sublimes a Málaga dedicados: “ Calles apenas, leves, musicales, jardines / donde flores tropicales elevan sus juveniles palmas gruesas,/ Palmas de luz que sobre las cabezas, aladas, / mecen el brillo de la brisa y suspenden / por un instante labios celestiales que cruzan / con destino  a las islas remotísimas, mágicas, / que allá en el azul índigo, libertadas, navegan”.

 

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Terral, ese implacable azote malagueño

 

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Terral, ese implacable azote malagueño

Nunca falta a su cita con Málaga. En cuanto el verano entra en derechura a su implantación en la ciudad lo sentimos como un flagelo imposible de soslayar. A menos que se renuncie a callejear y nos sumerjamos en la frescura de las frescas aguas de la piscina, sin es que se tiene la suerte de contar con una en la urbanización en la que vivimos. O zambullirse en las de la playa más cercana y allí permaneces hasta que el azote implacable seda en su furor.

Los vientos, el aire en movimiento, como nos enseñaban en la clase de Geografía Descriptiva, se producen por diferencias de presión atmosférica, fenómeno que se atribuye a temperaturas desiguales. También nos enseñaron que los vientos se clasificaban en cuatro clases principales: dominantes (alisios); estacionales (los monzones del mar de la China); ciclónicos ( huracán, tornado), y, por último, locales (vientos de levante y de terral, por ejemplo).

   Las corrientes de aires – y esto es de manual de sicología – influyen en el carácter de las personas, inciden en su ánimo y perturban el normal transcurso de sus vidas en determinados momentos, sobre todo los de índole local.

   La ventisca local que en el interior de la provincia malagueña más se teme, tanto en el invierno como en el verano, es el de levante. Es este un viento que encrespa los ánimos, que solivianta, que pone los nervios a flor de piel. Seco, sofocante aun en días invernales es este un viento, casi siempre racheado, levantisco que perturba y desazona como ningún otro.

Su hermano, en Málaga capital,  es el terral, que sólo sopla en verano pero que nos llega de poniente a lo sumo media docena de veces a lo largo de la estación y con una duración que casi nunca supera a dos jornadas consecutivas. A veces, no dura sino horas. Suficientes, sin embargo, para que se le considere como la “bete noir”, que dirían los gabachos, para el agradable estío que, por lo general, brinda la capital de la Costa del Sol. Sufrimos una muestra de su ardor en estos días y nos ha enseña los dientes, ¡y de qué manera!

   Uno, que no cree ya en el infierno, se acuerda cuando era niño cómo los curas de otros tiempos anatematizaban desde el púlpito a sus fieles flagelándoles con los males del castigo de ir a parar a este lugar si se incurría en pecados mortales. Sintiendo las mordeduras del terral, piensa uno sufriéndolo  como algo muy parecido a aquellas desdichas dantescas con las que nos amenazaban antaño. Vivirlo, si no se cuenta con la tecnología que lo hace más soportable, es como vivir unos días infernales.

   Cuando sopla el terral, arisco y denso, las calles de la capital y las de los pueblos costeros próximos, castigadas implacablemente tienden a quedarse desiertas. Los pocos viandantes que se aventuran a salir de sus viviendas caminan presurosos y maldicen entre dientes. El viento caliente que azota el rostro como una cataplasma impone su ley, pero no es ruidoso como otros vientos, los que hacen crujir las maderas de las ventanas y sacuden sin piedad sus batientes, no, el terral, ni llega ni se hace notar de forma aparatosa. Pero eso no le exime de su felonía: en cuanto hace acto de presencia abofetea la cara sin contemplaciones; al cuerpo lo hace más grávido, a las entendederas más lentas. Estrecha el cerco contra las personas, que se sienten de pronto atrapadas, inmersas en una sensación agobiante, en una desazón que atenaza y de la que se ansía escapar, cada cual recurriendo a los medios que pueda tener a su alcance.

   Al viento de terral no hay quien no le tema. “Seca la mollera”, dicen los más viejos en los pueblos de la costa. Con él anda la gente cabizbaja y caminan como perro apaleado. Duelen las muelas, reaviva las dolencias del cuerpo, saca la tripa de los quebrados, se revuelve inquieta la parturienta, interrumpe el ciclo menstrual femenino y escurre las ubres del ganado. “Mala cosa el terral”, dicen unos y otros, cuando se tropiezan en el camino. “Vaya si lo es”.

   Pero el díscolo viento malagueño cuando de verdad desespera es de noche. Si no se dispone de aire acondicionado es inútil que se abran las ventanas, ni que funcione el ventilador; no se hará con estos pobres recursos sino transportar a mayor velocidad la atmósfera candente que lo envuelve todo. Ahuyenta el sueño, roba el descanso, se empapan las sábanas de sudor; una y otra vez buscamos en la nevera que el frío de un líquido alivie por lo menos con su tránsito el ardor de la garganta, con lo que no logramos sino sentirnos congestionados, ahítos. Rezongos, imprecaciones, mala leche.

Con el terral, el taciturno se hace más huraño, el inquieto más irritable. Los pensamientos  se lentecen y los deseos más  inocentes se enturbian. Suerte que dura poco tiempo. Luego, respiramos aliviados, como si se despertara de un mal sueño en la que nos debatimos cerca de las calderas de Lucifer.

Foto: Diario SUR

 

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Una renovada guardería  en Martín Carpena
En realidad no es nueva en la zona, ya que el parvulario venía brindado su buen hacer a buena parte de los padres que en él residen. Solo que ahora, sin alejarse de aquélla,  se deslinda del Hospital Quirón a la que había permanecido unida muchos años y cobra personalidad  propia en la concurrida barriada que va a más cada día, a dos pasos de su antiguo emplazamiento, en el meollo del ensanche del distrito de Martín Carpena, y en concreto asentada en la  malagueña Avenida Imperio Argentina. Y lo hace con novísima imagen, tras la construcción a marchas forzadas de las instalaciones realizadas durante el pasado verano con la intención de abrir sus puertas en el nuevo curso escolar, algo que ya es una espléndida  realidad en el septiembre último, mes en que comenzó su andadura.
Si era atrayente la guardería anterior por sus instalaciones, y modélica además merced al   plantel de profesionales que la servían, los mismos atributos se perfilan en la nueva etapa que ahora comienza en el recién acabado edificio que se inauguró recientemente, a dos pasos del centro escolar Clara Campoamor, lo que la hace mucho más atractiva para los padres que a ella van seguir confiando el cuidado de sus vástagos. Porque desde  este centro de Enseñanza Primaria se trasladan cada día hasta una veintena de niños a la recién inaugurada y anexa Guardería Cinco Chupetes para la pitanza de cada día, tras permanecer 5 horas bajo la tutela y enseñanza de la “seño” María Inés, de modélica trayectoria en su quehacer de cada día. Son los mismos pequeños que iniciaron su primigenia aventura del saber en el antiguo local que ahora acaba de ser transformado.
Con líneas constructivas modernas y decoración apropiada para el menester que ha sido concebida, la nueva “5 Chupetes” ha de marcar un paradigma para este tipo de edificaciones en Málaga, ya que nada tiene que envidiar al kindergarten o parvulario de cualquiera otra parte dentro y fuera de nuestras fronteras.
Y lo que es más importante si cabe: la continuidad del conjunto de cuidadoras, cocineras y educadores que dieron muestras de su saber y entender en la protección y enseñanza de los críos que se le encomiendan. Aquí juegan un papel encomiable Belén, Pedro, Yolanda, Tamara y la cocinera Ana: un plantilla de profesionales eficientes  con su directora, Raquel,     a la cabeza. Conscientes plenamente de sus funciones y sabedoras de lo que supone para los padres dejar a sus hijos al cuidado de otras personas por motivos ineludibles de trabajo o carencia de familiares cercanos, ejecutan con dedicación plena sus tareas y por unas horas responden fielmente a las exigencias de cuidado y protección requeridas a los infantes de tan escasa edad.
Asistimos padres y abuelos al inicio de una nueva etapa de la guardería que acogió desde los primeros años de vida a nuestros peques. Remozada convenientemente acaba de abrir sus puertas para seguir haciéndolo con la probidad y dedicación que venía caracterizando a sus empleados en el desempeño de sus funciones.
Volveremos a respirar tranquilos cada mañana al confiarlos a su cuidado, sabiendo que recibirán la atención más exquisita. La novísima planta y los flamantes dispositivos y módulos así lo confirman.  Algo que es de agradecer. El  empeño en hacer grata la estancia de nuestros  pequeños seres más queridos  es digna de encomio y es preciso reconocerlo.
Es obligado resaltar el trabajo de las cuidadoras de esta guardería ejemplar que ahora acaba de estrenar nueva sede. Y habría que hacerlo ya que su labor diría la ejecutan con una sempiterna sonrisa en los labios y un gesto amable en el rostro, sin el menor atisbo de fastidio, prueba evidente de su buen hacer y de la total dedicación a una  labor que puede ser ímproba, pero que, pensamos, también gratificante a quienes a ella dedican su tiempo con una aplicación digna de todo elogio.

Mi nieto Mario y una veintena de amigos suyos comparten espacios en el colegio Campoamor y 5 Chupetes. Diariamente contemplo la alborozada marcha que transcurre entre uno y otro lugar para la pitanza de cada día. Primero aprender las letras y los números; luego, atender las necesidades del estómago. Profesoras y cuidadoras ser dan buenas mañas para completar diariamente el ciclo exigido por la pequeña y ruidosa  tropa.

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Larga vida al libro en Málaga

 

 

Larga vida al libro en Málaga

JOSÉ BECERRA

Se celebran con periodicidad  con la pompa que el evento se merece el Día de las Librerías por cuanto son cenáculos vivos y lugar de exposición del libro, ese compendio de páginas aunadas que como soldados en formación nos aguardan en las estanterías en espera de que el lector lo acoja entre sus manos, ávido de adentrarse en el montón de hojas que invitan a adentrarse en el maravilloso mundo del conocimiento, o en el no menos prodigioso de la imaginación fluida y siempre versada de su autor en una materia determinada. En el Egipto milenario a las bibliotecas, precursoras de nuestras librerías de ahora, se les conocía como el ”tesoro de los remedios del alma”; curaban el peor y más radical de los males: la ignorancia.

No está exenta la ciudad de Málaga de editoriales de prestigio que en nada tienen que envidiar a las de otras regiones como la madrileña o barcelonesa. Naturalmente, en estas dos últimas el número de editoriales es significativamente mayor, acorde con la importancia económica y poblacional de los territorios; pero Málaga no les va mucho a la zaga: la presencia de editoriales en Andalucía tienen primer y más importante acomodo en esta ciudad nuestra. Destacan por su implantación en el mercado librero firmas ya acrisoladas, entre las que cabe destacar sellos como Arguval, bajo la batuta ésta de su regente, Francisco Argüelles, que vino a poner una pica en Flandes en 1982 y que a partir de entonces viene imprimiendo anualmente más de medio centenar de títulos.

Conviene resaltar la importancia del editor a la hora de analizar la obra que hasta él llega para su publicación, algo que suele pasar inadvertido cuando el ejemplar impreso de rutilante portada por lo general se coloca en los estantes de las librerías para su venta, después  del perentorio paso por la linotipia.  De por medio una labor callada de examen exhaustivo de la obra que hasta él llega y de la que debe calibrar y sopesar los pros y los contras para su publicación. No es sencilla la labor del editor que se precie: su trabajo no tienen parangón con cualquier otro. Exige, además de vocación, un sinfín de habilidades y conocimientos a la vez que de un demonio de dos materias aparentemente desvinculadas entre sí: empresa y arte. Conjugando sabiamente ambos elementos,  el editor de raza y artífice de la letra impresa saldrá airoso de su primer examen de la obra que se le confía y que tiene entre sus manos expertas, a ellas confiada por  quien  pergeñó la obra en cuestión y en las que cifró sus esperanzas de verla salir a la luz, o sea, el autor.

El trabajo de editor no se parece a ningún otro. Obra ímproba es la suya. Pocos oficios requieren un abanico mayor de habilidades y conocimientos, pocos exigen a la vez, un dominio pleno del mundo de la empresa y del arte que para este menester se aúnan y complementan. La forma más sencilla de comprender lo que implica ser editor es conocer una editorial desde dentro y aprender de la mano de editores que estén al frente de sus respectivas entidades.

A Arguval le acompañan otras empresas editoras  malagueñas capaces de satisfacer las exigencias de lectores con un abanico extenso de  publicaciones, como ICI editorial, Exlibric, Sallybooks y La Calle, entre otras, aptas para cubrir necesidades de lectores y ofrecer soporte a autores de las más diversas temáticas con un objetivo común, promover la difusión de la cultura, las letras y la formación profesional: Exlibric, Sallybooks y Editorial La Calle.

No puede quedar en saco roto una editorial que viene pegando fuerte en el sector editorial en los últimos años y que tiene su sede en Ronda. Se trata de la editorial La Serranía, la cual de la mano de su fundador, José Manuel Dorado, imprime libros con las más variadas temáticas, pero con predominio, como no podía ser de otra forma, en los que atañen a la historia, las costumbres, la gastronomía y el paisajes siempre evocador de la comarca rondeña. Dorado ha sabido poner una pica en Flandes, como se dice comúnmente, cuando en un terreno dificultoso y multiforme alguien sobresale merced a su empeño, dedicación y buen hacer.

Larga vida, pues, al libro en Málaga, merced a editoriales de prestigio que lo hacen posible para satisfacción y gozo de lectores por la edición concienzuda que  se lleva a cabo cada día en sus empresas.

Decía un literato y autor dramático inglés (Josepb Adisson) que “un buen libro es un regalo precioso que hace el autor a la humanidad”. Habría que añadir que este obsequio no sería posible sin la mediación de editoriales que lo hacen posible cada día.

 

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Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.