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Categoría: Málaga
Huertos urbanos en Málaga

 

Huertos urbanos en Málaga

La disyuntiva de los mayores de edad de Málaga capital ha sido hasta ahora simple: sentarse en un banco en el paseo más cercano a su domicilio y ver pasar el lento discurrir de las horas o hacerlo delante del televisor al paso de las mismas horas muertas. Y así hasta que se le ocurrió a la administración municipal la creación de huertos urbanos -alrededor de media docena en la ciudad – destinados a ocupar el largo tiempo de asueto de los que, por su edad, muy pocas cosas pueden hacer sino contemplar el paso inexorable del tiempo brazo sobre brazo.

Infinidad de nuestros mayores proceden del interior de la provincia, desde él arramblaron con sus bártulos y se vinieron a la ciudad en busca de nuevos horizontes de vida. O tuvieron que abandonar sus lares cuando su descendencia se vio obligada a emigrar y cambiaron la tierra por el asfalto, el campo abierto al cielo infinito de su pueblo, al oculto por torres de cemento y cristal. El aire fresco y beatífico del pueblo por el contaminado y malsano de la urbe. Hasta que los huertos serranos fueron una realidad. En ellos, como en sus pequeños predios pueblerinos pueden plantar alcachofas, habas, ajos y rabanillos. Hincar la azada en la tierra y removerla seguros de que dará, como predijo la sentencia bíblica “ciento por uno”.

Un campesino de Benaoján, el pueblo blanco que se esponja en el valle del Guadiaro, me dijo en cierta ocasión, que nada era más grato para su olfato que el aroma de la tierra cuando recibe la caricia de la lluvia mansa. Los jubilados de la capital malagueña pueden volver a percibir esa fragancia que les acompañó durante muchos años de su ya larga vida.

Bancales con surcos perfectamente alineados forman un paisaje insólito en parajes antes pasto de la sequedad y el yermo. Manos talludas de senectud obrarán el milagro – sudor en las frentes arrugadas, bajo el sombrero de palma – de hacer fructificar la tierra. Sandías y pimientos haciéndoles un corte de manga al ruido y la malsana polución a dos pasos. Sonrisas satisfechas de quienes saben de trabajos de sol a sol, del frío cortante de la sierra, pero también de amanecidas gloriosas.

Viéndoles atareados y absortos en sus labores me vienen a la mente las palabras sabias de Antonio Machado: “ Siempre que trato con hombres del campo pienso en lo mucho que ellos saben, y en lo poco que les importa conocer cuanto nosotros conocemos”.

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El insoslayable terral de Málaga

 

Los vientos, el aire en movimiento, como nos enseñaban en la clase de Geografía Descriptiva, se producen por diferencias de presión atmosférica, fenómeno que se atribuye a temperaturas desiguales. También nos enseñaban que los vientos se clasificaban en cuatro clases principales: dominantes (alisios); estacionales ( los monzones del mar de la China); ciclónicos ( huracán, tornado), y, por último, locales (vientos de levante y de terral, por ejemplo).

Los vientos – y esto es de manual de sicología – influyen en el carácter de las personas, inciden en su ánimo y perturban el normal transcurso de sus vidas en determinados momentos, sobre todo los de índole local.

La ventisca local que en el interior de la provincia malagueña más se teme, tanto en el invierno como en el verano, es el de levante. Es este un viento que encrespa los ánimos, que solivianta, que pone los nervios a flor de piel. Seco, sofocante aun en días invernales es este un viento, casi siempre racheado, levantisco que perturba y desazona como ningún otro.

Su hermano, en Málaga capital y ciudades ribereñas de la provincia, es el terral, que sólo sopla en verano pero que nos llega de poniente a lo sumo media docena de veces a lo largo de la estación y con una duración que casi nunca llega a dos días consecutivos. A veces, no dura sino horas. Suficientes, sin embargo, para que se le considere como la “bete noir”, que dirían los gabachos, para el agradable estío que, por lo general, brinda la capital de la Costa del Sol. Hemos tenido una muestra días atrás y nos ha enseñado los dientes, ¡ y de qué manera!

Uno, que no cree ya en el infierno, se acuerda cuando era niño cómo los curas de otros tiempos anatematizaban desde el púlpito a sus fieles flagelándoles con los males del castigo de ir a parar a este lugar si se incurría en pecados mortales. Sintiendo las mordeduras del terral, piensa en el terral como algo muy parecido a aquellas desdichas con las que nos amenazaban antaño. Vivirlo, si no se cuenta con la tecnología que lo hace más soportable, es como vivir unos días infernales.

Cuando sopla el terral, arisco y denso, las calles de la capital y de las ciudades castigadas tienden a quedarse desiertas. Los pocos viandantes que se aventuran a salir de sus viviendas caminan presurosos y maldicen entre dientes. El viento caliente que azota el rostro como una cataplasma impone su ley, pero no es ruidoso como otros vientos, los que hacen crujir las maderas de las ventanas y sacuden sin piedad sus batientes, no, el terral, ni llega ni se hace notar de forma aparatosa. Pero eso no le exime de su felonía: en cuanto hace acto de presencia abofetea la cara sin contemplaciones; al cuerpo lo hace más grávido, a las entendederas más lentas. Estrecha el cerco contra las personas, que se sienten de pronto atrapadas, inmersas en una sensación agobiante, en una desazón que atenaza y de la que se ansía escapar, cada cual recurriendo a los medios que pueda tener a su alcance.

Al viento de terral no hay quien no le tema. “ Seca la mollera”, dicen los más viejos en los pueblos de la costa. Con él anda la gente cabizbaja y caminan como perro apaleado. Duelen las muelas, reaviva las dolencias del cuerpo, saca la tripa de los quebrados, se revuelve inquieta la parturienta, interrumpe el ciclo menstrual femenino y seca las ubres del ganado. “Mala cosa el terral”, dicen unos y otros, cuando se tropiezan en el camino. “Vaya si lo es”.

Pero el díscolo viento malagueño cuando de verdad desespera es de noche. Si no se dispone de aire acondicionado es inútil que se abran las ventanas, ni que funcione el ventilador; no se hará con estos pobres recursos sino transportar a mayor velocidad la atmósfera candente que lo envuelve todo. Ahuyenta el sueño, roba el descanso, se empapan las sábanas de sudor; una y otra vez buscamos en la nevera que el frío de un líquido alivie por lo menos con su tránsito el ardor de la garganta, con lo que no logramos sino sentirnos congestionados, ahítos. Rezongos, imprecaciones, mala leche.

Con el terral el taciturno se hace más huraño, el inquieto más irritable. Los pensamientos se lentecen y los deseos inocentes se enturbian.

Menos mal que no es duradero. De improviso, como vino se va. Y se vuelve a respirar tranquilo, porque la calor, la del verano se puede sobrellevar. Decimos adiós al terral con un denuesto para que no vuelva a aparecer. Pero lo hará. Es tan malagueño como un perchelero, tan constante como la biznaga estival. Insoslayable en los veranos de Málaga.


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Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.