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Categoría: Ronda
Acinipo remonta

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Acinipo remonta

JOSÉ BECERRA

No es la primera vez que se anuncian medidas encaminadas a poner en valor las ruinas de Acinipo en las inmediaciones de Ronda. Claman por ellas los rondeños desde años atrás, pero no obtuvieron de las autoridades de la Comunidad Autónomo sino proyectos que no cumplen otro cometido que parchear sus carencias obviando otras medidas de mayor empeño que vengan a dar definitiva prestancia a este emblemático lugar, testigo de hechos históricos dignos de figurar en los anales que resaltan por su trascendencia cuanto acaeció en el lugar nada menos que la época de la Roma imperial, que ha ha llovido.

   Hasta ahora no se  ha hecho otra cosa que adecentar la entrada, reparar en cerramiento, o, entre otras intervenciones de escaso alcance para salvaguardar en lo posible la cávea  del Teatro Romano, estampa que nos retrotrae, aún en su decadencia, al esplendor de la Roma  Imperial, que lo hizo objeto de  fiestas y representaciones teatrales para regocijo de la plebe.

   La Fundación Unicaja, que no olvida sus antecedentes de implantación en Ronda quinquenios atrás, acaba de elaborar  un documento – Plan Director de Acinipo-  en el que ha mediado  pecuniariamente la Junta de Andalucía y en que se recoge de manera exhaustiva lo pasos que se habrían de dar para de una vez por todas este espacio histórico sea remozado y pueda ofrecer a sus visitantes una idea de su pasado esplendor. Existe un plan para sacar del marasmo y desidia en el que hasta ahora ha estado sumido tan emblemático lugar, y todo apunta a que se están dando pasos decisivos para remediar a dejadez en la que hasta ahora ha estad sumido tan emblemático lugar.

La planificación para su puesta en valor no cuajó nunca de manera efectiva, lo que fue sometido no pocas veces ha las depravadas intenciones de desaprensivos que camparon a sus anchas sometiéndolo a depredaciones y rapiñas sin cuentos. Contra este expolio emerge ahora la intención de establecer acciones encaminadas a evitar el saqueo sistemático, a la vez que propiciar una continuada labor de investigación y excavación amparados por una inversión que sobrepasa  con creces los  5 millones de euros para ejecutar esta labor de aquí a media decena de años. Restaurar y conservar parece ser la consigna establecida desde ahora. Bienvenidas sean esas intenciones que  vienen a remediar una situación que clamaba al cielo en cuanto al abandono en el que se venía sometiendo a tamaño vestigio del pasado histórico de la conocida como Ronda la  Vieja.

El más claro exponente del asentamiento de Roma en el territorio que hoy responde al nombre de Ronda, fue la ciudad de Arunda, y a muy escasa distancia la de Acinipo, cuyo teatro nos retrotrae a la época de máxima expansión del imperio nacido en las orillas del Tiber. 
   Antes, en el mismo lugar o en las cercanías donde la ciudad se abre a la curiosidad de propios y extraños sentaron sus reales los celtíberos, una conjunción de pueblos celtas e íberos. También Tartessos tuvo sus ramificaciones en el lugar, un pueblo a caballo entre la historia y la leyenda que basó su economía en la agricultura del olivo y la vid, por lo que los historiadores que discrepan en cuanto si hollaron o no las tierras rondeñas – su asentimiento principal fueron las actuales provincias de Huelva y Cádiz, pero que extendieron hasta el sur peninsular, llegando hasta en norte de África, por lo que no hay que desdeñar su paso por las que sería el ámbito geográfico rondeño – sí están de acuerdo en que fueron los que impulsaron el desarrollo de este tipo de plantaciones, a las que Roma sacó tanto provecho. El vino y el aceite hispano que las familias nobiliarias se disputaban en la metrópolis.
    Roma aprovechó calzadas que cruzaban la península de norte a sur, y que han servido para el trazado de las carreteras actuales, y lo mismo hizo con los poblados que encontró a su paso. Es el caso de Acinipo, al que le cupo el honor de recibir el espaldarazo de Vespasiano, el cual le otorgó el derecho latino, emparejándola así con poblaciones como Córdoba y Sevilla. Una floreciente población de cuya importancia habla elocuentemente la construcción del teatro, cuyos restos han llegado hasta nuestros días.
   Pero Roma no se contentó con levantar de la nada y para la posteridad a Acinipo, que fue destruida por los vándalos en el siglo V, sino que a escasa distancia, sobre los cimientos de la que luego sería Ronda, se erigieron los muros de otra ciudad de no menor abolengo romano: Arunda. Surgió de los restos arqueológicos de antiguos poblados y tuvo vida propia independiente de Acinipo,coexistiendo ambas ciudades en el tiempo. Es la conclusión a la que llegan autores de la historiografía del lugar: No se fundó Acinipo por los colonos romanos cuando el Imperio daba muestras de su quebranto dando pie a la leyenda de Ronda la Vieja como refugio de los que huían los hacendados de Arunda. Una y otra gozaron del esplendor propio del aura romana y sucumbieron ante los invasores del norte, probablemente al mismo tiempo. Le cupo la suerte a Acinipo,de que se se respetara su teatro, y no fuese arrasado como el resto del poblado por las hordas germánicas.
 Hay historiadores que afirman que Acinipo fue fundado tras la batalla de Munda, hecho bélico que ocurrió en el año 45 a.C. Entre los ejércitos de Julio César y el de los dos hijos de Pompeyo, Gnaus y Sextus.
   Así mismo dan por sentado que Munda es el nombre dado a Ronda, cuando fue fundada tras la batalla bautizada con este nombre. Sin embargo, según Plinio, esta batalla tuvo lugar en el pu como resultado de conflictos creados por las legiones veteranas de Pompeyo. Para César,  Munda supuso una acción guerrera definitiva, después de la derrota de las fuerzas de Pompeyo en Grecia. Pero no se trató de un ejercicio de limpieza del enemigo: Diez mil romanos de ambos ejércitos perecieron. No hubo ni vencedores ni vencidos. Acinipo por su parte, según acuerdo generalizado de los estudiosos de la historia local, fue levantado por los veteranos de la legión de César, mientras que Arunda se fundaría como población anexa, probablemente

Junta de Andalucía y Ayuntamiento de Ronda se dan la mano para que tan preciadas joyas de nuestra historia- Acinipo y el Teatro Romano – fortalezcan sus vestigios y vuelvan a ser admiración de la Humanidad, como lo fueron en tiempos pretéritos.  Que remonte, en suma.

 

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¿Qué fue de nuestras fuentes públicas?

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Fuente Nueva - Montejaque AR

Antigua fuente de Montejaque

¿Qué fue  de nuestras fuentes públicas?

JOSÉ BECERRA

Fue una estampa entrañable tanto en pueblos como en ciudades la del ama de casa talluda  o la mocita casadera  que con el cántaro en el   cuadril  o sobre la cabeza se acercaba a la fuente pública más cercana para proveerse del agua suficiente para beber o guisar en el hogar.  Cántaros de barro moldeados a mano que poseían la singularidad de mantener fresca el agua, y desde luego, con la pureza pertinente para salvaguardar la salud del consumidor. Los alrededores de las fuentes públicas constituyeron lugares de encuentros,  así como  de charlas anodinas pero cargadas de resonancias propias del terruño. Pero también junto a los caños del prístino elemento procedente de fecundos manantiales  de las cercanas alturas  montuosas ¡cuántas  amistades se afirmaron y cuántos noviazgos se iniciaron que no  pocas veces terminaron en casorios! Caños, que en algunas partes de nuestra Andalucía profunda,  reciben el epíteto de santos, quizás por la pureza de las aguas que de ellos manan.

Y si so contados los pueblos pequeños en los que subsisten las  fuentes públicas,  en los ciudades van camino de desaparecer del todo, si ya no son sino un recuerdo que solo queda en rancias fotografías que evocamos como rareza y que formó parte de un cotidiano acontecer que ya solo es historia. Me viene a la memoria una fuente de Montejaque, un pueblo de nuestra abrupta serranía rondeña, que permanece intacta en su calle principal y que casi es objeto de veneración por cuanto retrotrae a un antiguo pasado del que nadie quiere desprenderse. El caso opuesto es Benaoján, un pueblo lindante en  el que se hizo caso omiso de estas reliquias del pasado y, en manos de alcaldes poco atinados, vio  como desaparecían de su única plaza la añosa fuente que se estableciera más de un siglo atrás; así como desapareció el Pozo de San Marcos en sus inmediaciones (aquí era obligado, en fiestas patronales trasladar la imagen del Evangelista  para bendecir los campos de labor de su alrededor) que hablaba a las claras de tiempos pretéritos y labriegos, en los que caballerías eran los únicos medios de locomoción y a la vez de  trabajo en labrantíos, mantenedores del diario sustento. Craso error nos parece prescindir de estas huellas que deberían ser imperecederas de un pasado que muchos evocamos no sin un cierto deje de melancolía.

El agua del grifo, salvo en  muy contadas ocasiones, resulta más saludable que la consumida trasegando la que nos venden en envases de plástico. Un estudio científico reciente habla de  la detección de partículas de esta materia en más de un 90% de las botellas de agua mineral que compramos a diario. Con un problema añadido para la salud general de quienes habitamos este planeta: 400.000 toneladas de plástico vienen a parar al mar.  Una catástrofe biológica que viene a degradarlo  de manera paulatina pero incontrastable, infectando la fauna marina en la que no pocas veces ciframos nuestro alimento los humanos.

Es este un mal ya endémico al que se persigue poner coto antes de que sea demasiado  tarde para restituir la salud del planeta, en tantos flancos atacada. La Comisión Europea va a intervenir  revisando la legislación comunitaria sobre el agua potable.Desde la Asociación  Española de Abastecimientos de Agua, su presidente, Fernando Morcillo, ha denunciado que “se ha perdido la tradición de beber agua del grifo”. Por su parte la Comisión Europea ha incidido con ahínco en que es imprescindible que el ciudadano pueda disfrutar del agua potable en los espacios públicos, al mismo tiempo que incide sobre la calidad  de la misma e invoca a las administraciones a que ofrezcan fácil acceso al agua potable.Pero parece predicar en el desierto porque muy pocos le hacen caso: se considera un anacronismo volver a las fuentes publicas de antaño, al  cántaro de siempre y a la jarra de toda la vida.

Si salimos de nuestras fronteras vemos cómo en Londres acaba de instalarse una red de fuentes callejeras para hacer frente a la invasión del agua embotellada. Mucho más cerca de nosotros, en Málaga, su alcalde, Francisco de la Torre, días atrás, ante la desaladora del Atabal, se pronunció sobre la excelencia del agua de la ciudad e incitó al consumo del agua del grifo, la cual responde “ a una calidad máxima, merced a los controles sanitarios a los que se somete”. Más razón que un santo, oiga. Un ejemplo que deberían seguir los primeros ediles de la provincia, si es que se preocupan de las condiciones higiénicas  y de salubridad de las fuentes naturales de las demarcaciones que rigen. De haberlas, haylas, pero no hay razón que  explique su desaparición  ni conocimiento de qué ha sido de ellas.

 

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Un editor de vocación en la Serranía de Ronda

 

 

Un editor de vocación en la Serranía de Ronda

JOSÉ BECERRA

Tal vez no se pueda decir que la editorial La Serranía de Ronda, por emplear términos marítimos,  haya navegando siempre “viento en popa y a toda vela”, que en su caminar ha venido encontrando a veces ese mar de los Sargazos ( piélago   que dificulta el avance de las naves, como saben), que ha ralentizado su marcha desde su fundación décadas atrás. Pero los escollos que han venido apareciendo en su andadura, su fundador, José Manuel Dorado, ha sabido sortearlos con consumada maestría. No se amilanó ante tiempos adversos, y si bien con menor intensidad que en otras épocas anteriores, la editora sigue funcionando: la nave, que  nunca se varó, continúa surcando el piélago  empeñada en poner en manos de lectores todo lo que es significativo de la Ronda milenaria y los pueblos  de su entorno. Es mucho lo que pueden ofrecer de entrañable y enigmático, y el editor rondeño ha sabido trasladarlo, merced a su trabajo de impresor a través de  cuidadas ediciones que siempre gozaron de la aceptación de su público.

Ronda y la Serranía que la circunda han dado figuras de relieve para la posteridad: pintores famosos, poetas egregios, escritores de alcurnia… A la relación de célebres  rondeños que lograron, en sus diversos menesteres, poner una pica en Flandes, habría que sumar la figura de alguien que ha sabido granjearse la estima por la calidad de los libros que han venido viendo la luz  desde muchos años atrás, merced  al  buen hacer de  impresor excepcional. Si escribir exige dedicación y  esfuerzos y pone a prueba tanto la imaginación como el docto bagaje del escritor, no menos entrega, sabiduría y buen hacer se requiere para el fiel desempeño del oficio de editor. Son las virtudes estas últimas la que adornan la figura de José Manuel, fundador de la  “La Serranía”, una empresa editora que es un referente indiscutible en el quehacer impresor de la provincia de Málaga. No se tenían noticias de que en la ciudad haya existido una editorial  parecida, y  sobre todo, en el caso de que las hubiese en épocas pretéritas seguro que no alcanzaron nunca la calidad en la edición de libros de que aquí y ahora salen de las linotipia de este editor de oficio y vocación ejemplar. Un trabajo arduo que este editor de vocación ha sabido soslayar con entereza y plena dedicación a su menester, que no ha sido otro que dar a conocer los méritos que de toda índole encierran  la mítica Ronda y su no menos afamada Serranía.

Ronda, alta y señorial, no se concibe sin algunos de los aspectos que fueron labrando  su  trayectoria histórica, social, política y económica. Sin sus palacetes linajudos,  recatados conventos, vetustas iglesias y edificios solariegos no sería Ronda,  si no otra ciudad ilustre de las muchas que se levantan en el viejo  solar de la Andalucía antigua y moderna, pero no Ronda. Tampoco sería la Ciudad del Tajo, ni la del Puente Nuevo, ni la de la Puerta de Almocábar, ni la de los Baños Árabes si algunos de estos monumentos le faltara o no se hubiese recogidos por panegiristas ilustres  y avezados relatores de tanta belleza encerrada entre sus murallas o en el largo recorrido de  calles y avenidas históricas. Y por supuesto sería otra sin el Templete de la Virgen de los Dolores, la Posada de las Ánimas, la Fuente de los Ocho Caños o el Palacio del Rey Moro y la Mina…,  por no mencionar sino de pasada todo aquello que la impregna y da sentido a su genuina apariencia.

   De toda esta riqueza monumental y entrañable  la editorial La Serraníase hizo eco facilitando la publicación de obras cuyo contenido respondía a ese ideario variopinto y fructífero en sus resultados  de dar a conocer a los cuatro vientos cuanto de magnificente se encerraba en la ¨Ciudad Soñada` del poeta Rainer  María Rilque, inmortalizada expresión que de  tan de manera cierta evoca sus imperecederos encantos.

   Otro tanto se podría decir de las verdades y leyendas que se tejieron en torno a sus caminos transitados por avezados contrabandistas y bandoleros célebres, y que hoy componen el caudal mundialmente reconocido que alimenta el  conjuro de la Ronda romántica. De todo ello  se hizo puntualmente  eco la editorial La Serranía dando cabida a los manuscritos de  una pléyade de autores  oriundos de la Serranía o avecindados en ella,  que recalaron en la realidad cambiante e insólita de la ciudad y su entorno.

Historiografía y  personajes célebres, gastronomía, costumbres, arte,  tradiciones y, sobre todo la descripción de paisajes, senderos, vericuetos  y caminos laberínticos e imposibles fueron perfilando  el catálogo de una editorial, paradigma de empresa familiar, que trató con la mano de sus autores,  de ahondar- y lo logró con creces – en el meollo de la Ronda eterna, impasible al paso de los siglos en estos aspectos, pero cambiante en cuanto lo  imponía el desarrollo vivido  en los últimos tiempos sin anclajes en el pasado.

Vencidas las dificultades, que no fueron pocas y que llegaron a paralizar su maquinaria, La Serranía, otrora pujante, volvió por sus fueros. Continúa la actividad computadoras e impresoras y el tufillo a tinta se expande de nuevo por sus instalaciones.  Los avatares adversos no lograron silenciarla. Que no se doblega fácilmente la vocación de un editor de acendrada vocación y entrega al oficio de manera tenaz.

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Ronda gélida

Ronda gélida

Puente Nuevo

 No hizo aún acto de presencia la nieve en Ronda. Pero es de esperar que sin continúa la inestabilidad  térmica que ahora embarga a media España, venga a azotar la ciudad y sus pueblos limítrofes como no ha sido raro que ocurra en años anteriores por estas mismas fechas. La ciudad del Tajo se muestra hasta ahora indemne de los azotes de la atmósfera gélida que la sueñe envolver por esta época del  año en forma de los copos blanquecinos, un  tributo  ha de pagar a su emplazamiento arrogante en una alta meseta en torno a la que se alinean las diversas cadenas de montañas que hacen de ella el centro natural de la comarca. Rodeada de un colosal anfiteatro de cumbres, su posición en una altiplanicie, no es raro que la nieve venga a poner albo color en las techumbres de sus edificios.

   El manto níveo que hoy por hoy se extiende por el país desde Despeñaperros para arriba no ha hecho aún acto de presencia. Algo que el intenso frío que nos azota de manera inclemente puede propiciar que esto ocurra y sin mucha dilación.El viento gélido que sí se adueña de la ciudad y filtrea con las altas cúpulas de sus iglesias y edificios civiles de más alto porte no es raro que se tiñan de “blanco armiño”, que diría un poeta ramplón,  más temprano que tarde.

   Todavía no se  muestra con todo su furor, que el frío y las nieves no han hecho sino amenazar, pero continúan sin presentar férrea batalla. Primero serán los picos de las sierras, macizos escarpados que anteceden a Ronda por la carretera que por San Pedro la une a la costa malagueña, los que se vestirán son el blanquecino ropaje. No tardarán en hacerlo, que el invierno envió ya  sus heraldos anunciadores bien provistos de adargas y afiladas lanzas que aguijonean la piel y entrecortan el aliento.

   El `Arunda fortis et fidelis` campea en el escudo de la ciudad de Ronda desde que, mediados el siglo XV, cayera en manos de los Reyes Católicos, que pusieron fin por entonces al reino nazarí. Fuerte y fiel, dice bien en letras de oro. Habría que añadir otros adjetivos menos señoriales, pero igualmente certeros. `Ronda, alta y fría´ también describiría a la ciudad soñada de Rilke. Ronda meseteña, erigida sobre la planicie sin proximidad inmediata de sierras o montes que la cobijen o sirvan de valladar al frío norteño. Cuando se deja sentir, fino y lacerante,  rasga la piel como fino bisturí y hiela el aliento.

    “Ponte la bufanda y abrígate bien que en Ronda hace mucho frío”, solía decirme mi madre solícita. Cuando pensaba dejarme caer por la ciudad, años atrás, en mi edad impúber, ascendiendo hasta ella desde uno de los pueblos que hacina sus casas a la querencia del Guadiaro, el consejo era necesario y bien recibido. Efectivamente, en días crudos de invierno, en Ronda hacía más frío que en cualquiera otro lugar de la comarca. Titiritaba uno en el Puente Nuevo, seguía la tiritera corriendo de arriba abajo la calle de La Bola y castañeaban los dientes en la estación de RENFE cuando se disponía el regreso. ¡Dios, qué frío hacía en la estación! Lejos todavía el despliegue de carreteras y la utilización de los automóviles un destartalado andén y un no menos desabrido tren prolongaban el frío hasta llegar y refocilarse al amor del hogar.

    Me vienen estos recuerdos callejeando por la Ronda de hoy, sumida en el frío que abate a la Península por entero. Como era de esperar, aquí cuando sopla el relente lo sigue haciendo de verdad. Lo confirman los noticiarios que recurren a reporteros que se nos aparecen ateridos, sacudiéndose del gorro los copos de nieve, con un trasfondo blanco y el agobio de quienes tratan de conducir por carreteras cortadas. Belleza y atascos, imprecaciones y jolgorio. Cara y cruz de una situación que en Ronda no es rara pero que no deja por eso de impactar.

   El frío relente ha vaciado la siempre bien concurrida calle de La Bola, en la que hay que recalar cada día, casi por obligación, cuando el tiempo no hostiga. El flagelo del frío arroja a los pocos que se aventuran a salir hacia el calorcillo de los bares. Nadie se para delante de los escaparates, el vendedor de cupones de la Once busca aterido la complicidad de los vanos de las puertas y el vendedor de menudencias vegetales, que ya forma parte, por su asiduidad al mismo sitio, de la imagen de la transitada calle maldice el día y levanta el tenderete con prisas y corriendo. Nadie en el estanco de Marcos Morilla, el fiel referente de la vía desde más de un siglo a esta parte.

    Ronda desafía el frío a pecho descubierto. No tiene muy cerca, ya digo, las sierras que abrigan a los pueblos próximos. Le cogen lejos las escarpaduras de las sierras de Grazalema, el escudo de Tavizna que protege a Montejaque; las de Juan Diego que acunan a Benaoján, o los Alcornocales que mitigan el acoso gélido en el Cortes de la Frontera señorial. Se alza Ronda soberbia en su meseta y paga cara su arrogancia cuando arrecia el temporal y campea el frío sin trabas ni componendas.

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Tender la mano a Acinipo

Tender la mano a Acinipo

JOSÉ BECERRA

 La dejadez y abandono en los que se sume Acinipo debería producir  sonrojo, cuando no ampollas,  en  quienes tienen la obligación de mantener incólumes los vestigios de un pasado de indudable esplendor histórico. Pero se le vuelven, como viene ocurriendo, las espaldas. Se está labrando  la consunción de una reliquia que habla de  una época brillante de nuestro pasado remoto.  Todo hace prever que la desidia, más pronto que tarde, acabará socavándola y hacerla desaparecer como testimonio todavía vivo de una época imperial en los anales  de la historia de todos los tiempos. Un contumaz desprecio que está pidiendo a gritos que se le ponga coto y se empleen  los medios necesarios para evitar tamaña afrenta.

    Hojeando anales históricos se llega a la conclusión de que el más claro exponente del asentamiento de Roma en el territorio que hoy responde al nombre de Ronda, fue la ciudad de Arunda, y a muy escasa distancia la de Acinipo, cuyo teatro nos retrotrae a la época de máxima expansión del imperio nacido en las orillas del Tiber. 
   Antes, en el mismo lugar o en las cercanías donde la ciudad se abre a la curiosidad de propios y extraños sentaron sus reales los celtíberos, una conjunción de pueblos celtas e íberos. También Tartessos tuvo sus ramificaciones en el lugar, un pueblo a caballo entre la historia y la leyenda que basó su economía en la agricultura del olivo y la vid, por lo que los historiadores que discrepan en cuanto si hollaron o no las tierras rondeñas – su asentimiento principal fueron las actuales provincias de Huelva y Cádiz, pero que extendieron hasta el sur peninsular, llegando hasta en norte de África, por lo que no hay que desdeñar su paso por las que sería el ámbito geográfico rondeño – sí están de acuerdo en que fueron los que impulsaron el desarrollo de este tipo de plantaciones, a las que Roma sacó tanto provecho. El vino y el aceite hispano que las familias nobiliarias se disputaban en la metrópolis.
    Roma aprovechó calzadas que cruzaban la península de norte a sur, y que han servido para el trazado de las carreteras actuales, y lo mismo hizo con los poblados que encontró a su paso. Es el caso de Acinipo, al que le cupo el honor de recibir el espaldarazo de Vespasiano, el cual le otorgó el derecho latino, emparejándola así con poblaciones como Córdoba y Sevilla. Una floreciente población de cuya importancia habla elocuentemente la construcción del teatro, cuyos restos han llegado hasta nuestros días.
   Pero Roma no se contentó con levantar de la nada y para la posteridad a Acinipo, que fue destruida por los vándalos en el siglo V, sino que a escasa distancia, sobre los cimientos de la que luego sería Ronda, se erigieron los muros de otra ciudad de no menor abolengo romano: Arunda. Surgió de los restos arqueológicos de antiguos poblados y tuvo vida propia independiente de Acinipo, coexistiendo ambas ciudades en el tiempo. Es la conclusión a la que llegan autores de la historiografía del lugar: No se fundó Acinipo por los colonos romanos cuando el Imperio daba muestras de su quebranto dando pie a la leyenda de Ronda la Vieja como refugio de los que huían los hacendados de Arunda. Una y otra gozaron del esplendor propio del aura romana y sucumbieron ante los invasores del norte, probablemente al mismo tiempo. Le cupo la suerte a Acinipo, de que se respetara su teatro, y no fuese arrasado como el resto del poblado por las hordas germánicas.
  Hay historiadores que afirman que Acinipo fue fundado tras la batalla de Munda, hecho bélico que ocurrió en el año 45 a.C. Entre los ejércitos de Julio César y el de los dos hijos de Pompeyo, Gnaus y Sextus. Así mismo dan por sentado que Munda es el nombre dado a Ronda, cuando fue fundada tras la batalla bautizada con este apelativo. Sin embargo, según Plinio, esta batalla tuvo lugar en el pueblo con el mismo nombre hoy cerca de Osuna, a unos 50 kilómetros al norte de Ronda, en la provincia de Sevilla.  

   Acinipo por su parte, según acuerdo generalizado de los estudiosos de la historia local, fue levantado por los veteranos de la legión de César, mientras que Arunda se fundaría como población anexa, probablemente como resultado de conflictos creados por las legiones veteranas de Pompeyo. Para César Munda supuso una acción guerrera definitiva, después de la derrota de las fuerzas de Pompeyo en Grecia. Pero no se trató de un ejercicio de limpieza del enemigo: Diez mil romanos de ambos ejércitos perecieron. No hubo ni vencedores ni vencidos.

   Acinipo clama por su pervivencia en la historia. Importa mucho no darle las espaldas: tendámosle la mano. Infinidad de años nos contrmplan.

    

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Una llamada para ser acogida con presteza

Una llamada para ser acogida con presteza

 

JOSÉ BECERRA

Pasan inadvertidas, no se echan a ver, pero llevan a cabo una labor callada en defensa de quienes menos tienen para subsistir cada día que merece ser exaltada.

Donde ha decir más alto pero no más claro. Las Hermanitas de los Pobres de Ronda, que no suelen levantar la voz para casi nada, que se puede orar bisbiseando,  lo han hecho ahora porque la necesidad de ayuda les agobia, y esperan no clamar en el desierto.

Detrás de ellas un ingente número de ancianos – 80 nada menos-, cuyas aportaciones económicas procedentes de exiguas pensiones (los que disfrutan de ellas, que son los menos) no pueden ni de lejos sostener los cuantiosos gastos que soporta la Congregación. Y no sólo faltan las aportaciones dinerarias, cuya mengua está siendo ostensible en los últimos años, sino que se echa en falta voluntarios que vengan a suplir la falta de personal ocasional, algo que no deja de ser problemático, pese a que la plantilla de trabajadores pasa de la treintena.

El asilo de San José, regentado por las Hermanitas de la Caridad, posee ya una larga trayectoria de hacer el bien a nuestros desamparados mayores. Data menos que desde la última década del siglo XIX, a raíz de la fundación de la Congregación por la hoy Santa Juana Jugan, una referente obligada en el santoral cristiano de quienes lo dieron todo: sacrificio, entrega y caridad para aquellos que menos tienen.

De mis años de mi niñez, tan lejana ya, recuerdo cómo en mi pueblo de la Serranía de Ronda, estas monjas recorrían las calles mendigando limosnas no para ellas sino para los pobres que acogían en su cenobio. Las miraba con la curiosidad viva de la edad temprana. Y en mi mente se quedaros grabadas para siempre su imagen revestida con los ampulosos y negros hábitos y blancas tocas que no ocultaban los canastros con las viandas que conseguían, sobre todo de las fábricas de chacinas, que en Benaoján eran abundantes y sus sueños generosos.

En la súplica que exteriorizan en la confianza de ser escuchada advierten que si las ayudas económicas no llegan y el voluntariado se resiente se verán obligadas a cerrar las puertas del hospicio. Algo que Ronda no puede permitirse de ninguna manera. ¿Adónde irían quienes ahora no disfrutan de pensión o ésta es mínima y precaria?

Recuerdo las palabras de la madre Teresa de Calcuta:” Las cosas con amor traen felicidad y paz. La falta de amor es la mayor pobreza”. Conviene recordarlas para no desoír la llamada angustiosa de quienes consagran su vida al servicio de los más desheredados de la fortuna.

Las religiosas dispensan en todo momento   cuidados y atención a los desheredados de la fortuna y es notorio que  se desviven para que nada les falte. Hicieron la llamada urgente meses atrás, pero las necesidades del centro es presumible que no hayan decrecido, por lo que las ayudas siguen siendo tan urgentes como imprescindibles.

“Dad, y se os dará; medida buena, apretada y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir”. Es lo que dejó escrito el evangelista Lucas 6:38. Conviene no desoír su prédica.

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Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.