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Categoría: Serranía de Ronda
Genal y Guadiaro, dos ríos en desgracia

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Genal y Guadiaro, dos ríos en desgracia

JOSÉ BECERRA

Se han venido alzando voces para que se llegue más pronto que tarde a la regeneración de los ríos Genal y Guadiaro, pero las administraciones públicas provinciales  pasan olímpicamente de ellas. Ambas ramblas fueron abandonadas a su suerte, que no es otra sino recibir la ponzoña de vertidos sin que nadie mueva un dedo para restablecer  la limpieza de sus cauces, otrora no solo abundantes y fríos, y por ende saludables,  sino sin mácula de contaminación alguna. Fueron aptas  para el baño, y el que esto escribe puede dar fe de ello: aprendió en sus aguas cristalinas a nadar durante los años de la niñez, lo que no dejaba de ser un placer, al que se sumaba el de la captura de cangrejos o la pesca del barbo bien conocido como ibérico (luciobarbus), de una abundancia extrema, lo que proporcionaba  el gozo de atraparlo. Algo que ya es imposible, fruto de la contaminación reinante en ambos cursos fluviales, a lo que hay que sumar el consiguiente daño que se les inflige a causa  del degradado ecosistema circundante.

El Partido Popular ha formulado en un pleno celebrado en la sede de la Diputación de Málaga sendas reclamaciones a la Junta de Andalucía  y al Gobierno de Sánchez que se conceda al río Guadiaro la atención que merece de manera y forma que se frenen  los vertidos contaminantes y cesen las tropelías que  arruinan y aniquilan  su cauce.

Fueron ambos ríos limpios y caudalosos en los cuales era un puro placer desfrutar de baños en los veranos que suelen ser tórridos en la Serranía de Ronda. Pero eran otros tiempos. Dejaron de suscitar la atención cuando los torrentes que los alimentaban fenecieron y sus aguas bajaron pobres y no pocas veces contaminadas. En las últimas décadas pasadas las escenas que cada verano se ofrecían  a la vista eran dignas del mejor pintor costumbrista. Ignacio Zuloaga, el maestro indiscutible del costumbrismo español, de pasar por sus riberas, hubiera captado con su maestría el colorido, la agitación y el bullicio de quienes bajaban de los pueblos limítrofes a gozar de un día de asueto y comilona, junto a tan cristalinas aguas. Hoy por hoy, hubiese renunciado a ese menester porque ya no ofrecen el menor atractivo para tan digna paleta.

El saneamiento integral de la provincia estará inconcluso hasta que no se materialicen las depuradoras que en su día- ya ha llovido- se previeron para los ríos Genal y Guadiaro, pero que nunca se llevaron a cabo pese ser declaradas de interés tanto por el Estado como por el ente autonómico andaluz. Si te vi no me acuerdo parecen decir ambas administraciones que  hacen oídos sordos, cada una por su lado, ante legítimas exigencias para que un problema arduo que incide en los pueblos de la Serranía de Ronda, sometidos a la arbitrariedad de responsables políticos que vienen jugando con sus intereses, se solucione de una vez por todas (iba a decir “de una puñetera vez”, que es lo que argumenta la vecindad que viene sufriendo la postergación  desde mucho tiempo atrás.

Los agricultores de la provincia de Málaga han levantado la voz para que las instituciones andaluzas tomen en serio la necesidad de agua de sus pequeñas fincas de regadío que jalonan el curso del río, el cual nace en la Serranía de Ronda, recibe los aportes de su hermano menor, el Genal, hasta desembocar en el Campo de Gibraltar en su búsqueda ávida del mar. Arguyen con razón que se puede aprovechar el excedente de aguas “respetando siempre el caudal ecológico necesario para subsistencia de la biodiversidad  existente”

  Si este río tiene capacidad para colmar las aspiraciones de los regantes de tierras bajas, es algo que nos alegra a quienes vivimos cercanos a sus orillas, pero consideramos que ha sufrido una gran transformación sobre todo en las inmediaciones con pueblos como Benaoján, Montejaque Jimera de Líbar o Cortes de la Frontera, los cuales pueden considerarse lugares altos del curso. Otra cosa son los aportes que reciba en latitudes bajas, que sí alegran, al parecer, el derrotero de sus aguas, que son copiosas y son las que se exigen para su aprovechamiento en zonas de regadíos.

El Guadiaro, otrora de aguas impetuosas incluso en verano, por lo menos entró en franca decadencia años atrás. Escasez de lluvias en el entorno, aportes de arroyos contaminados y la consiguiente transmutación geomorfológica del suelo verificaron su mutación y acabaron con su apogeo de antaño.

   El río a su paso por el término municipal benaojano, lugar donde transcurrieron mis años de niñez y mocedad, ejerció siempre una gran atracción para la vecindad. En sus limpias aguas se deslizaban a placer barbos escurridizos y rubicundos cangrejos. Era apto para la pesca de una y otra especie y en él me cobré mis primeras capturas con el entusiasmo propio de la temprana edad. Se bajaba hasta el río, sobre todo en los meses del estío, para disfrutar de un relajante baño en los múltiples “charcos” que jalonaban su curso; allí se remansaban las aguas, se tornaban profundas y no podían ser más propicias para los chapuzones reconfortantes y el bucear placentero.

  Los “charcos” del Guadiaro a su paso por el término municipal de Benaoján eran numerosos y se adaptaban a la edad del bañista a tenor de su edad. Creo que desde que la mía era muy corta y hasta que pude presumir de mozalbete ascendí río abajo y río arriba empezando por el “charquito de Emilia”, con aguas hasta las rodillas o poco más hasta llegar hasta el Charco del Túnel, profundo y turbulento; detrás quedaban otros en los que la vecindad se solazaba por las arenas de su fondo, lo cristalino de sus aguas o el paraje impresionante de adelfas, junqueras y mimbreras que los envolvía: Azul, Redondo, La Molineta, o La Fresnadilla, nacimiento de agua éste último en la que se podía apagar la sed y en cuyas inmediaciones se organizaban almuerzos y merendolas.

 Por desgracia estos remansos de paz fueron desapareciendo con el tiempo. Ni rastro de ellos quedó. Solo guarda su esplendor de antaño el Charco Azul, a los pies de la efigie de piedra del Gato, que da nombre a una cueva que constituye el más conocido distintivo del pueblo, al que presta vida el cauce del afluente Gaduares o Campobuche, que tanto monta. Sur orillas y aledaños continúan siendo propicios para, además del baño relajante, inverosímilmente frío, lugar propicio para comilonas festivas. 

Los más viejos del lugar ya no tenemos reparos en afirmar que “éste no es mi Guadiaro, que me lo han cambiado”. Nos asiste la razón por la visión decadente que el río ofrece, otrora vistosa y atrayente.” Los ríos son la vida que van a dar al mar, que es el morir”, cantó el poeta Manrique con pesadumbre. Nuestro Guadiaro languidece antes de llegar al piélago que lo acoge.

 ¿Culpables de esta sinrazón? Es posible que las lluvias que no son tan intensas y frecuentes como en la pasada centuria estén detrás, pero no hay que echar en saco roto la desidia de las administraciones locales que se mostraron remisos a tomar el toro por los cuernos de su regeneración.

 No se puede decir, empero, que sea un río del todo contaminado. No lo es hasta el presente. Pero si echamos de menos su imagen de lustros atrás. Solo nos queda el consuelo del Charco Azul a los pies de la Cueva del Gato, en esencia el mismo de siempre. Aguas limpias y frías y un paraje de peñas y vegetación envolvente que le siguen prestando la apariencia de un rincón casi paradisíaco.

 

 

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Desbandada en la Serranía de Ronda

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Desbandada en la Serranía de Ronda

JOSÉ BECERRA

La huida de la comarca la protagonizan desde un tiempo a esta parte los jóvenes que buscan con ahínco nuevos y más halagüeños horizontes para sus vidas.

   Los índices demográficos de los pueblos de la Serranía de Ronda asustan. Las pirámides de edad de todos y cada uno de ellos mantienen constantes idénticas. La base, que recoge los nacimientos y el crecimiento de la población infantil pierde referentes todos los años, y en cambio, la cúspide que habla de la población anciana aumenta implacablemente. Los entrantes de la pirámide que hablan de la población joven, madura y activa acusan la despoblación incesante. Se abandonan los pueblos para residir en la costa que es donde se encuentra más fácilmente trabajo y la tendencia se hace más pronunciada cada vez. Los núcleos rurales se despueblan a ojos vista y de aquí a la postergación definitiva de la Serranía y al abandono de tradicionales de sistemas de vida seculares y recursos económicos tradicionales tienden a desaparecer.

   Alternativas a la panorámica incierta de la supervivencia de la Serranía amenazada por la sangría demográfica que asola sus pueblos, existen sin duda; una sería la mejora de las comunicaciones con la Costa del Sol. Las ventajas de una vía alternativa a la actual carretera de San Pedro, que en su día supusieron un significativo adelanto para la mejora entre la Ciudad del Tajo y el territorio costasoleño, necesita urgentemente de un nuevo impulso.    La obra no deja de ser compleja y exigiría la construcción de viaductos y túneles, alguno de particular longitud como el que podría atravesar a la Sierra Bermeja. Pero obstáculos más difíciles se han salvado. Y proyectos que parecían productos de la calenturienta imaginación de utopistas o de las ensoñaciones de una noche de verano se contemplaron que adquirían cuerpo y se hacía realidad.

    Vías de comunicación deficientes y despoblación de parte de su territorio son dos elementos que se dan la mano hoy por hoy  en el acontecer de buena parte del ancho solar de la Serranía de Ronda. Ciertamente abrupta, pero que propicia el  asentamiento de paisajes sublimes y costumbres ancestrales que no tienen por menos que causar admiración cuando no embeleso de los sentidos. Elementos estos últimos que significan una cara de la realidad que desde siempre cautivó  a cualesquiera que la anduviera;  el otro cariz, más negativo, es el la de la certidumbre  de las deficiencias en comunicaciones que hasta ella nos aproximan o que desde aquí  nos conduce a territorios limítrofes. Todas estas deficiencias suman como resultado ineludible una despoblación exacerbada por días de quienes la abandonan para recalar en territorios más bonancibles para el sustento de cada día.

  Alternativas a la panorámica incierta de la supervivencia de la Serranía amenazada por la sangría demográfica que asola sus pueblos, existen sin duda. Una sería la mejora de las comunicaciones con la Costa del Sol. Las ventajas de una vía alternativa a la actual carretera de San Pedro, que en su día supusieron un significativo impulso para la mejora entre la Ciudad del Tajo y el territorio costasoleño, necesita urgentemente de un nuevo estímulo.

   La obra no deja de ser compleja y exigiría la construcción de viaductos y túneles, alguno de particular longitud como el que podría atravesar a la Sierra Bermeja. Pero obstáculos más difíciles se han salvado. Y proyectos que parecían productos de la calenturienta imaginación de utopistas o de las ensoñaciones de una noche de verano se contemplaron que adquirían cuerpo y se hacía realidad.

   El hecho es innegable. Los jóvenes abandonan terruños rurales atraídos por el trabajo y los altos sueldos de la construcción o los servicios en la costa. Se instalan en los municipios costeros y aquí ansían echar raíces porque “cada uno es de donde le dan de comer”, que dice el sabio refranero serrano. Antes que ese hecho se haga definitivo e irreversible pongamos “pies en pared” – otro dicho rondeño para dejar sentado que contra algo hay que oponer férrea oposición – y procuremos que nuestros jóvenes trabajen en la costa pero vuelvan cada día a dormir en el interior. Los pueblos rondeños, ¿pueblos dormitorios? Y, ¿por qué no? Peor sería que fuesen pueblos muertos, como puede desdichadamente ocurrir.

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La llamada de lo rural

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La llamada de lo rural

Asistimos de un tiempo a esta parte a la consolidación de un fenómeno de índole económico y social que podría resultar sorprendente si no tuviésemos en cuenta los movimientos cíclicos que, a lo largo de la historia, convulsionaron, con mayor o menor intensidad, relaciones humanas y asentados comportamientos. Es un hecho que no tiene vuelta de hoja. El medio rural tan denostado en las décadas anteriores a las que iniciaron a partir de los 90 o poco antes, está adquiriendo indudable protagonismo en nuestros días. Se hace evidente en cualquier parte, pero adquiere particular relieve en el interior de la provincia malagueña. Y reduciendo esta circunscripción geográfica, es en la Serranía de Ronda y la subcomarca del Guadiaro a la que aquella abarca, en donde, quienes han visto transcurrir en ella más de medio siglo – tiempo de sobra para observar los cambios verificados -, pueden dar fe del inesperado suceso. Soplan nuevos vientos que a algunos les ha pillado por sorpresa y que reaccionan las más de las veces, administraciones públicas incluidas, de manera que podría no ser la idónea para propiciar su desarrollo y mantener el apogeo.

Hemos sido testigos, sobre todo los que como yo peinan canas, de cómo la agricultura y, por ende, el campo, durante incontables décadas, se erigía como eje fundamental para el sostenimiento de la mayor parte de las familias. De ella provenían, en forma de jornal o de minúscula renta según el acomodo de cada cual, los ingresos necesarios para subsistir. Las aportaciones de mano de un incipiente proceso industrial, luego consolidado en media docenas escasas de pueblos dentro del ámbito de la Serranía, vendrían después. Hoy día este proceso, alentador como ocurrió en el caso de Benaoján, primer centro productor de elaborados cárnicos de la provincia durante lustros, se ha ralentizado o se paralizó definitivamente. En esa época, todavía sin verificarse la sangría de la emigración en los 60, la ciudad atraía como un imán, tanto por lo que de placentero podía significar para los jóvenes, asfixiados en una situación poco esperanzadora, como para los que no lo eran tanto, anhelando mejoras económicas que el terruño les negaba sin paliativos. La emigración  centroeuropea sirvió de válvula de escape, y algo similar está ocurriendo ahora al compás de la fiebre constructora de las ciudades costeras que está vaciando a los municipios del interior de la clase trabajadora.

Pero en este trasvase social y económico un nuevo elemento acaba de entrar en juego. El interior tan denostado hasta ayer mismo se convierte en irresistible atracción para quienes pueden permitirse abandonar los agobios del asfalto siquiera sea por pocos días o incluso por un número escaso de horas. De cualquier forma se desanda el camino y los polos de atracción se invierten.

Del campo a la ciudad, y ahora de nuevo de la ciudad al campo. El homo urbanus, hastiado de la jungla de cristal, hierro y cemento en la que se desenvuelve cada día, vuelve los ojos a la Naturaleza como si acabara de descubrir las ventajas sin cuento que ella le reporta. De por medio, todo hay que decirlo, una repercusión económica a escala nacional evidente, pese a que persistan enquistadas bolsas de paro, en territorios tradicionalmente marginados como los que se extienden al noroeste de Málaga. Hasta ellos se abre paso la corriente nacida en la periferia que barrunta placenteras sensaciones allí donde antes sólo encontró motivos para desdeñar.

Prima ahora, ya digo, la vuelta a antiguos terruños. Para respirar a pleno pulmón, para otear horizontes que se imaginaban imposibles por perdidos. Para experimentar impresiones primarias. Lo rural se ha convertido casi en una necesidad fisiológica y satisfacerla se muestra perentoria para quienes sienten la avidez de lo primario y natural. Se inició así un  camino que ha muchos interesa sin retorno y que no es otro que el turismo rural, un fenómeno sociocultural que está trastocando sistemas anquilosados y desfasados comportamientos. En la Serranía de Ronda dio de lleno y por él se apuesta sin reservas a la vista de los primeros resultados altamente esperanzadores.

 

Pero para no morir de éxito o, lo que es lo mismo, para mantener de forma irreversible lo que se presentó con los visos de una revolución propiciada por lo peculiar del medio había que ir ya dando los pasos encaminados a potenciar valores intrínsicos y, a la vez, conservar en las mejores condiciones posibles todo por lo que se afanan en gozar del ambiente rural.

¿Qué es lo que hay que ofrecer a quienes muestran esa inclinación? Aparte, claro, de a lo que gratuitamente puede acceder como la contemplación de un paisaje, o de un río, a la feroz escarpadura de una sierra o el regodeo de un atardecer cárdeno de tintes entre aromas de hinojos y tomillo después de solazar el estómago con un delicioso plato de lomo frito o conejo al ajillo. Pues algo menos tangible pero igualmente evocador y apetecible. Me refiero a la vida social de que siempre hizo gala estas tierras más al sur del sur. Recuperar, por ejemplo, antiguos juegos y divertimentos, distintos en cada pueblo, pero que igualmente entusiasmaron a los mayores. Facilitar paseos y excursiones al aire libre rescatando del olvido viejos senderos y apartadas trochas. Remozar arroyos y fuentes que con tanta prodigalidad se muestran en la zona del Guadiaro, merced a las lluvias que los farallones de la sierra de Grazalema provocan cuando interrumpe el paso de las borrascas que entran por el Golfo de Cádiz.¿ Porqué no iniciar a los visitantes en la campestre práctica de recolectar espárragos silvestres, o palmitos, romero, matalahuga o tagarninas? ¿ Y si se promocionaran, aunque fuese de manera testimonial, fenecidos oficios, como el de canastero, talabartero, ceramista o alpargatero? Por muy de espaldas que estemos de ellos hay que admitir que pertenecen a nuestro acervo cultural y forman parte de nuestras raíces más profundas. Contribuyamos al desarrollo armónico de un mundo rural sin echar en saco roto lo que fue parte insustituible del entramado social de antaño.

Resulta lógico pensar que son las corporaciones municipales a quien compete poner en marcha el proceso. De hecho ya lo están haciendo, con mejor o peor resultado. Pero importa seguir en la brecha y apostar con denuedo por la creación y puesta al día de infraestructuras capaces de allanar el camino para soportar un esperanzador desarrollo sostenido.

En la llamada del medio rural no es posible, por el costo que conlleva, defraudar. Así lo entienden quien vislumbra una alternativa clara al turismo de sol y playa. Pero indefectiblemente defraudaremos a quienes escogen los parajes de la Serranía de Ronda para disfrutar de sus días de ocio si lo que encuentran no responde a las expectativas creadas.

 

 

 

 

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Corchero: un penoso oficio perenne en la Serranía de Ronda

Corchero: un penoso oficio perenne en la Serranía de Ronda

JOSÉ BECERRA

No hacen mella en el oficio pese que se practica desde siglos atrás en el ámbito rural de la Serranía de Ronda. Un quehacer duro donde los haya,  que se hereda de padres a hijos, y que cada año con el comienzo de los calores y hasta bien entrado agosto se lleva a cabo como un rito que concede a esta región, abrupta pero sugerente, personalidad propia. Se reviven cada año ancestrales costumbres que mantienen contra viento y marea un trabajo arduo y penoso – el sol que flagela los rostros, pero que no entumece los músculos, prestos al esfuerzo colosal a los que se les somete – que rondeños aguerridos en la dura labor, ofrecen cada verano.  Estampas rurales que bien merecen figurar con todos los honores en el catálogo de los menesteres campesinos, esos que jamás son  pagados como merecen, efectuados como es el caso, bajo los ardores de un  sol de justicia. Exigen un esfuerzo corporal sobrehumano, nunca  correspondido  con las exiguas ganancias producidas a quienes lo practican.

Pasan años y siglos y los corcheros de Ronda y la Serranía continúan  subiendo al monte  bien entrado el verano y sin temor a los días de rigurosa canícula, dispuestos para llevar a cabo  la saca del corcho antes  que transcurra  el tiempo propicio para esta penosa labor.

Ascienden las reatas de animales de carga por senderos casi imposibles, arreados por quienes tienen como misión desnudar el alcornoque de su coraza de corcho, algo que  hacen  con el pundonor y ritual  de quien arrebata su vestimenta a una vestal que gana gracilidad y gentileza expuesta al deleite del  airecillo de la sierra.
Oficio antiguo donde los haya, el corchero de Ronda o de los pueblos limítrofes en este quehacer atávico cuya enseñanza se transmite de padres a hijos y se aprende allí donde el monte – destellos  de sol atravesando la floresta creando irisaciones antes de acariciar el erial montuoso – se despuebla de presencia humana y el silencio reinante no se quiebra sino es por el trino suave de un estornino atrevido o el graznar bronco de un aguilucho que atraviesa el aire con la rapidez de una flecha, espantado quizás por la intromisión de desconocidos en su predio montaraz y que fugazmente busca la salvación en el cielo que cubre la foresta.

Pero el corcho rondeño y serrano, más allá de la sublimación de un oficio  ancestral con toda la carga romántica que conlleva lo antiguo e imperecedero posee una vertiente económica nada despreciable. Que se lo digan si no a los ayuntamientos de Ronda, Montejaque y Cortes de la Frontera y el importante arrimo que significa para sus arcas no siempre boyantes.

Substanciales sumas de euros vendrán a engrosar el Consistorio de Ronda en concreto con la “saca del corcho” de los Montes de  Propio, que en la temporadas actual ha resultado ser de excelente calidad como puede verse en los “patios” donde se exhiben más que se amontonan para que se pueda apreciar lo especial de su textura.
Hachas al hombro, única herramienta empleada hasta hora por mucho que la mecanización trate de imponerse, los corcheros otean en las madrugadas el tajo que les ocupará durante buena parte del día. Los pasos cansinos de los jumentos que luego transportarán la carga siguen a los suyos no menos decaídos, monte arriba, hasta llegar al lugar propicio para la labor. Luego rucios y dueños bajarán más apesadumbrados por la carga pero barruntando quizás el descanso y el renuevo de fuerzas para el día siguiente.

¿Serán conscientes de que brindan  cada año por estas fechas una de las estampas más sugerentes de una perdurable  tradición y cimientan la continuidad de un duro oficio que se mantiene desde siempre con pocos cambios y sin solución de continuidad?

 

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Esencias de la sierra en la mesa

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Esencias de la sierra en la mesa

 Nuestras sierras, las de Málaga y su interior que, ariscas, se asoman o no al Mediterráneo – Mijas, Abdalagís, Ronda –, o la que a caballo entre unas y otras, como la Bermeja,  se enseñorea en forma de anfiteatro calizo sobre un mar de pinsapos, ofrecen en los rellanos de sus pliegues y en laderas más expuestas a las   influencias del Sol y los vientos marinos, un sinfín de hierbas y plantas arbustivas   con las que el hombre en cada momento histórico de su deambular por estos parajes ha ido modificando los sabores de su mesa o curándose de estados anémicos y morbosos.

   A la vez que, sin proponérselo, daba pie a la aparición de una cocina que se ha mostrado como uno de los documentos más fidedignos a los que se recurrir para calibrar la particularidad de la etnia mediterránea.

Para conjugar sabor y aroma se echó mano para los caldos y las sopas de la hierbabuena (también para los consomés, del perejil, el ajo y el apio, que son los mismos aditivos que entran en la elaboración de los purés).

   El ajo resultó un elemento indiscutible para el buen cocinar desde el esplendor de al- Andalus, junto con la cebolla y cebolleta en potajes – alubias, garbanzos o lentejas- y en ensaladas y salsas. ¿Y qué decir de la inclusión de esta raíz bulbosa en la preparación de platos que tienen como principal componente a la carne? Sencillamente, que sin su olor y sabor una serie de platos no existirían o en tendrían un paladar que en nada se parecería al que la costumbre de su uso nos tiene acostumbrado.

   Cito, por ejemplo, el cordero asado o en caldereta, el lomo frito y adobado, los estofados, el rabo de toro rondeño, el guisado de cabrito lechal o el del conejo silvestre, entre un sinfín de suculentos platos que se pueden elaborar partiendo de la carne de cerdo – guisada y embutidas – , las aves de corral y la caza en general. Insustituible, ya digo. Lo dice el refranero del campo: “Como ajo y beber vino no es desatino”; “Gran placer es el agasajo y comer migas con ajos”; “Ni adobo sin ajos, ni campana sin badajo, ni viudita sin majo”… Y con el refranero serrano se va a misa.

El pescado, ya sea frito, asado, en salsa, al horno, rebozado o a la parrilla es deudor bien del orégano bien del tomillo que crece sin trabas en serrezuelas y montes. El apio, el laurel, la guindilla y el ajo- ¡siempre el ajo! – resultan imprescindibles para mariscos, crustáceos y moluscos. Díganlo si no la merluza, el rape, el rodaballo, la trucha, las almejas y hasta la propia langosta, cuyo sabor no sería tal sin la contribución de esas especias aromáticas y comestibles.

Para los licores caseros – la mistela de la Serranía de Ronda, por ejemplo, imprescindible en amonestaciones y casorios – se recurre a la hierbaluisa y para los dulces y repostería, a la matalahúga. Al perifollo, el estragón, hierba de canónigos, el mate, la centella o la valeriana y adormidera se echa mano para los más variados usos, incluido el ansiolítico y la consecución de un sueño profundo y reposado.

 

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Interpretando la Prehistoria desde Benaoján

 

Interpretando la Prehistoria desde Benaoján

JOSÉ BECERRA

Si existe un lugar en la comarca  de la Serranía de Ronda en la que el llamado homo sapiens anduvo a sus anchas por él, este es sin duda, Benaoján, del que se dice con razón “entre peñas escondido”. Lo atestigua la existencia de dos cuevas que ofrecen muestras evidentes del paso  por ellas de nuestros ancestros;  allí dejaron  muestras irrefutables de sus modos de vida y de sus incipientes dotes artísticas, reflejos fieles éstas de un espíritu de observación que hoy no deja de maravillarnos. Consciente de ello, dirigentes políticos provinciales, encabezados por el presidente de la Diputación,Elías Bendodo, a instancias del Ayuntamiento regido por Soraya García, en una visita al pueblo en cuestión han retomado la ya añeja cuestión de crear un merecido Centro de Interpretación de la Prehistoria.  Trazas prehistóricas, en efecto, presentan las dos espeluncas existentes en el término municipal – La Pileta y la del Hundidero- Gato, que comparte ésta última sus vericuetos con el pueblo vecino y hermano de Montejaque– ambas con méritos para maravillar a quienes hasta ellas se acercaron para transitarlas.

Hay que decir al respecto  que esta mano tendida que desde la Diputación se brinda a los alcaldes bajo el paraguas de centros de interpretación obedece a las demandas de los pueblos para hacer valer  recursos naturales y culturales que les son propios. Se persigue con ello aumentar la oferta turística como motor dinamizador del entorno. Una gestión ésta del ente provincial que en Benaoján ya se hizo valer mediante la concesión de una importante cifra para la construcción de una pasarela de acceso a la Cueva del Gato, a la vez que potenciaba la conservación del entorno enmarcado en el espectacular paisaje de montaña de su entorno. Hoy una esplendente realidad que facilita el paso a la carretera que une a la población con Ronda.

La puesta en valor de ambas cuevas, facilitando su acceso y el conocimiento por profesionales no pude por menos que repercutir en las condiciones socio-económicas del pueblo, con repercusiones  ciertas en los ámbitos culturales y ambientales. Cuestiones que repercutirán a buen seguro y que, como atracción turística de imponderable valor,  han de provocar seguro impacto en el desarrollo económico de la zona. Un albergue turístico ya sin utilidad en las cercanías de la estación de RENFE  será el cuartel general desde que se impulsará este ambicioso proyecto que dinamiza  la Prehistoria. Larga vida lo asista.

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Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.