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Categoría: Serranía de Ronda
Las lluvias asolan la pasarela del Gato

 

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Las lluvias asolan la pasarela del Gato

JOSÉ BECERRA

Cuando los ríos transcurren con aguas serenas son un gozo para quienes los contemplan. Serenan el ánimo y predisponen el alma para la meditación y el sosiego interior. Otra cosa es cuando las lluvias desatadas aumentan su curso y avanzan buscando ansiosos el mar para apagar su repentino furor y allí volver a remansarse como antes de que el desatado temporal  hiciera mella en su tranquilo deslizar desde tierras adentro.

El río Guadiaro, encabritado como no se conocía desde mucho tiempo, sometido a la inclemencia de las aguas que se llevaban por delante a todo cuanto se ponía a su paso, acabó por llevarse por delante un puente que facilitaba el acceso a la  tan singular Cueva  del Gato. Un estropicio natural producto de la inclemencia de las lluvias torrenciales que han abatido la zona en días atrás.

Como subrayó la alcaldesa de Benaoján, Soraya García, parecía inconcebible que pese a la furia de los elementos atmosféricos  encrespados, en este caso unas lluvias que han venido a asolar buena parte de la provincia malagueña, nada hacía prever que la pasarela fuese arrastrada. Pero ocurrió merced a tan inopinada crecida del río Gaudares o Campobuche, que por ambos nombres se lo conoce, por lo normal manso y de suave discurrir entre peñas. La estructura fue construida   y colocada ex profeso para, además de facilitar el paso a quienes deseaban visitar tanto el interior de la gruta como los parajes idílicos que la envuelven, resistiera las acometidas de los elementos atmosféricos desatados.

Por su incuestionable valor, junto al que ofrece el de la Pileta, asombro del mundo, la primera edil, atenta siempre a las cuestiones inherentes al pueblo, consiguió meses atrás de la Diputación Provincial la construcción de este puente sobre  aguas mansas  que salvaban  el cauce del Guadiaro  a su paso por las cercanías del Gato. Nada menos que 200.000 euros aportó la Diputación Provincial para materializar el proyecto que vino a dar consistencia a un proyecto que puso en valor tan emblemático monumento natural, facilitando de manera cómoda y segura el acceso al lugar.

   El estropicio causado por cuestiones atmosféricas adversas es de esperar que pueda ser subsanado más pronto que tarde. La famosa gruta, orgullo de los habitantes del pueblo y admiración de quienes hasta ella se aproximan, lo merece, así como la salvaguarda del oasis de paz que la envuelve.

 

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Ahorradores temerosos

Ahorradores temerosos

JOSÉ BECERRA

Ahorradores timoratos siempre han asistido en el ancho solas hispano. No digamos en los pueblos del interior peninsular y, en concreto, en los que configuran la provincia malagueña. Se idearon a través de los tiempos los más insólitos lugares para guardar las ganancias procedentes con frecuencia de modestos trabajos frutos de oficios modestos que apenas llegaban para satisfacer el condumio diario. El colchón fue el lugar pintiparado para ponerlas a buen recaudo.

El Banco de España y la CNMV, que vienen haciendo exhaustivos estudios al respecto, acaban de concluir que alrededor de un  40% de los españoles optan por guardar sus ahorros en un lugar que siempre fue considerado como el más seguro: el colchón. Debajo del jergón en el  que cada noche se acogen a los brazos de Morfeo para descansar del diario acontecer, desde tiempos ignotos porque se pierde en lo obscuro de los tiempos, son muchos los que  guardan los frutos pecuniarios que se obtienen a lo largo de la vida y de los que en contadas ocasiones se echa manos de ellos si no es  para solventar necesidades urgentes e inaplazables de la familia. Podría ser una afirmación exagerada si no fuera porque procede de encuestas realizadas y que ofrecen merced a su alcance y exhaustiva  comprobación todos los visos de realidad.

La costumbre de recurrir al colchón para poner  buen recaudo las ganancias debidas al trabajo personal viene de antiguo. En los pueblos pequeños perdidos en la ancha geografía hispana esta forma de preservar la riqueza monetaria, si se  puede denominar así los menguados beneficios obtenidos mediante el acceso a raquíticos sueldos o ventas de productos del campo que podían aportar pequeñas heredades a sus dueños, se viene practicado desde mucho tiempo atrás. Antes de que las Cajas de Ahorro hiciesen acto de presencia, allá por los años 50 del pasado siglo,  en las clases modestas resultaba  consustancial con ellas poner a buen recaudo los ahorros recurriendo al jergón.

Era esa la costumbre extendida antes de que hiciesen  aparición entidades financieras. La de Ronda extendió sus tentáculos primero por toda la Serranía; luego lo haría por el resto de la provincia. Don Juan de la Rosa, su fundador, figura preclara de la ciudad, inauguró lo que luego sería una costumbre que solo en parte vendría a sustituir el lecho como lugar  más apropiado para poner a buen recaudo los menguados estipendios familiares una vez detraído lo necesario para el sustento.  Hasta hace muy pocos años mencionar a Juan de la Rosa no se entendía sin traer a colación la ciudad de Ronda, o más específicamente la Caja de Ahorros por él fortalecida a partir del “Monte”, nombre que todavía persiste entre los rondeños, pero que inicialmente no era sino una casa de empeños. Merced a esta entidad financiera y la obra social y cultural que a la sombra de aquella creció y fructificó con los espléndidos resultados que hoy son evidentes,  el nombre de Ronda, con ser ya bastante conocido gracias  a sus monumentos naturales e históricos, sus mitos y sus leyendas, se catapultó sobre medio mundo. Se hizo valer con más fuerza si cabe la proclamación que de ella hizo Rilke y que hizo fortuna hasta nuestros días. La “ciudad soñada”, en efecto,  se había de acrecentar con la aportación del esfuerzo de este hombre ejemplar que creó escuela del buen hacer y el mejor obrar en la economía y el apoyo a la cultura andaluza, amén de su ingente obra social. 

    Pero eran otros tiempos, ya digo. La antigua Caja rondeña cambió su nombre (y con él extendió su presencia en otras regiones españolas) por la de Unicaja. Las oficinas de esta entidad desaparecieron de algunos pueblos del interior peninsular, lo que obligó a su gente a dar un nuevo rumbo a sus ahorros, o como había sido habitual volver a salvaguardarlo bajo el colchón. Coadyuvó asimismo la escasa rentabilidad que brinda la banca a los depósitos, descendidos hasta lo inverosímil por mor de la caída del euribor en ámbitos palmariamente negativos.

   Cunde el temor en los pequeños ahorradores y alcanza no solo a  los que ya cobran pensión por su edad sino también a los jóvenes que con notoria asiduidad  se muestran remisos a depositar su dinero en el banco de turno. No es que se desconfíe por norma de las instituciones financieras; es la costumbre lo que impera en este sector de la población que considera sus ahorros de escasa cuantía y recurren al colchón como saben y era notorio en el caso de sus antepasados más próximos.

   La costumbre impera en Andalucía con diferencia en otras regiones españolas. Es aquí, y sobre todos en sus pueblos más remotos, en los que el decir de los más viejos del lugar se toma como un precepto obligado a seguir al pie de la letra: “No ahorres lo que queda después de gastar; gasta lo que quede después de ahorrar”. Viene como anillo al dedo en la cuestión de saber poner a buen recaudo nuestras ganancias a recaudo: bajo el colchón, como lugar pintiparado para ese menester.  

 

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Genal y Guadiaro, dos ríos en desgracia

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Genal y Guadiaro, dos ríos en desgracia

JOSÉ BECERRA

Se han venido alzando voces para que se llegue más pronto que tarde a la regeneración de los ríos Genal y Guadiaro, pero las administraciones públicas provinciales  pasan olímpicamente de ellas. Ambas ramblas fueron abandonadas a su suerte, que no es otra sino recibir la ponzoña de vertidos sin que nadie mueva un dedo para restablecer  la limpieza de sus cauces, otrora no solo abundantes y fríos, y por ende saludables,  sino sin mácula de contaminación alguna. Fueron aptas  para el baño, y el que esto escribe puede dar fe de ello: aprendió en sus aguas cristalinas a nadar durante los años de la niñez, lo que no dejaba de ser un placer, al que se sumaba el de la captura de cangrejos o la pesca del barbo bien conocido como ibérico (luciobarbus), de una abundancia extrema, lo que proporcionaba  el gozo de atraparlo. Algo que ya es imposible, fruto de la contaminación reinante en ambos cursos fluviales, a lo que hay que sumar el consiguiente daño que se les inflige a causa  del degradado ecosistema circundante.

El Partido Popular ha formulado en un pleno celebrado en la sede de la Diputación de Málaga sendas reclamaciones a la Junta de Andalucía  y al Gobierno de Sánchez que se conceda al río Guadiaro la atención que merece de manera y forma que se frenen  los vertidos contaminantes y cesen las tropelías que  arruinan y aniquilan  su cauce.

Fueron ambos ríos limpios y caudalosos en los cuales era un puro placer desfrutar de baños en los veranos que suelen ser tórridos en la Serranía de Ronda. Pero eran otros tiempos. Dejaron de suscitar la atención cuando los torrentes que los alimentaban fenecieron y sus aguas bajaron pobres y no pocas veces contaminadas. En las últimas décadas pasadas las escenas que cada verano se ofrecían  a la vista eran dignas del mejor pintor costumbrista. Ignacio Zuloaga, el maestro indiscutible del costumbrismo español, de pasar por sus riberas, hubiera captado con su maestría el colorido, la agitación y el bullicio de quienes bajaban de los pueblos limítrofes a gozar de un día de asueto y comilona, junto a tan cristalinas aguas. Hoy por hoy, hubiese renunciado a ese menester porque ya no ofrecen el menor atractivo para tan digna paleta.

El saneamiento integral de la provincia estará inconcluso hasta que no se materialicen las depuradoras que en su día- ya ha llovido- se previeron para los ríos Genal y Guadiaro, pero que nunca se llevaron a cabo pese ser declaradas de interés tanto por el Estado como por el ente autonómico andaluz. Si te vi no me acuerdo parecen decir ambas administraciones que  hacen oídos sordos, cada una por su lado, ante legítimas exigencias para que un problema arduo que incide en los pueblos de la Serranía de Ronda, sometidos a la arbitrariedad de responsables políticos que vienen jugando con sus intereses, se solucione de una vez por todas (iba a decir “de una puñetera vez”, que es lo que argumenta la vecindad que viene sufriendo la postergación  desde mucho tiempo atrás.

Los agricultores de la provincia de Málaga han levantado la voz para que las instituciones andaluzas tomen en serio la necesidad de agua de sus pequeñas fincas de regadío que jalonan el curso del río, el cual nace en la Serranía de Ronda, recibe los aportes de su hermano menor, el Genal, hasta desembocar en el Campo de Gibraltar en su búsqueda ávida del mar. Arguyen con razón que se puede aprovechar el excedente de aguas “respetando siempre el caudal ecológico necesario para subsistencia de la biodiversidad  existente”

  Si este río tiene capacidad para colmar las aspiraciones de los regantes de tierras bajas, es algo que nos alegra a quienes vivimos cercanos a sus orillas, pero consideramos que ha sufrido una gran transformación sobre todo en las inmediaciones con pueblos como Benaoján, Montejaque Jimera de Líbar o Cortes de la Frontera, los cuales pueden considerarse lugares altos del curso. Otra cosa son los aportes que reciba en latitudes bajas, que sí alegran, al parecer, el derrotero de sus aguas, que son copiosas y son las que se exigen para su aprovechamiento en zonas de regadíos.

El Guadiaro, otrora de aguas impetuosas incluso en verano, por lo menos entró en franca decadencia años atrás. Escasez de lluvias en el entorno, aportes de arroyos contaminados y la consiguiente transmutación geomorfológica del suelo verificaron su mutación y acabaron con su apogeo de antaño.

   El río a su paso por el término municipal benaojano, lugar donde transcurrieron mis años de niñez y mocedad, ejerció siempre una gran atracción para la vecindad. En sus limpias aguas se deslizaban a placer barbos escurridizos y rubicundos cangrejos. Era apto para la pesca de una y otra especie y en él me cobré mis primeras capturas con el entusiasmo propio de la temprana edad. Se bajaba hasta el río, sobre todo en los meses del estío, para disfrutar de un relajante baño en los múltiples “charcos” que jalonaban su curso; allí se remansaban las aguas, se tornaban profundas y no podían ser más propicias para los chapuzones reconfortantes y el bucear placentero.

  Los “charcos” del Guadiaro a su paso por el término municipal de Benaoján eran numerosos y se adaptaban a la edad del bañista a tenor de su edad. Creo que desde que la mía era muy corta y hasta que pude presumir de mozalbete ascendí río abajo y río arriba empezando por el “charquito de Emilia”, con aguas hasta las rodillas o poco más hasta llegar hasta el Charco del Túnel, profundo y turbulento; detrás quedaban otros en los que la vecindad se solazaba por las arenas de su fondo, lo cristalino de sus aguas o el paraje impresionante de adelfas, junqueras y mimbreras que los envolvía: Azul, Redondo, La Molineta, o La Fresnadilla, nacimiento de agua éste último en la que se podía apagar la sed y en cuyas inmediaciones se organizaban almuerzos y merendolas.

 Por desgracia estos remansos de paz fueron desapareciendo con el tiempo. Ni rastro de ellos quedó. Solo guarda su esplendor de antaño el Charco Azul, a los pies de la efigie de piedra del Gato, que da nombre a una cueva que constituye el más conocido distintivo del pueblo, al que presta vida el cauce del afluente Gaduares o Campobuche, que tanto monta. Sur orillas y aledaños continúan siendo propicios para, además del baño relajante, inverosímilmente frío, lugar propicio para comilonas festivas. 

Los más viejos del lugar ya no tenemos reparos en afirmar que “éste no es mi Guadiaro, que me lo han cambiado”. Nos asiste la razón por la visión decadente que el río ofrece, otrora vistosa y atrayente.” Los ríos son la vida que van a dar al mar, que es el morir”, cantó el poeta Manrique con pesadumbre. Nuestro Guadiaro languidece antes de llegar al piélago que lo acoge.

 ¿Culpables de esta sinrazón? Es posible que las lluvias que no son tan intensas y frecuentes como en la pasada centuria estén detrás, pero no hay que echar en saco roto la desidia de las administraciones locales que se mostraron remisos a tomar el toro por los cuernos de su regeneración.

 No se puede decir, empero, que sea un río del todo contaminado. No lo es hasta el presente. Pero si echamos de menos su imagen de lustros atrás. Solo nos queda el consuelo del Charco Azul a los pies de la Cueva del Gato, en esencia el mismo de siempre. Aguas limpias y frías y un paraje de peñas y vegetación envolvente que le siguen prestando la apariencia de un rincón casi paradisíaco.

 

 

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Desbandada en la Serranía de Ronda

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Desbandada en la Serranía de Ronda

JOSÉ BECERRA

La huida de la comarca la protagonizan desde un tiempo a esta parte los jóvenes que buscan con ahínco nuevos y más halagüeños horizontes para sus vidas.

   Los índices demográficos de los pueblos de la Serranía de Ronda asustan. Las pirámides de edad de todos y cada uno de ellos mantienen constantes idénticas. La base, que recoge los nacimientos y el crecimiento de la población infantil pierde referentes todos los años, y en cambio, la cúspide que habla de la población anciana aumenta implacablemente. Los entrantes de la pirámide que hablan de la población joven, madura y activa acusan la despoblación incesante. Se abandonan los pueblos para residir en la costa que es donde se encuentra más fácilmente trabajo y la tendencia se hace más pronunciada cada vez. Los núcleos rurales se despueblan a ojos vista y de aquí a la postergación definitiva de la Serranía y al abandono de tradicionales de sistemas de vida seculares y recursos económicos tradicionales tienden a desaparecer.

   Alternativas a la panorámica incierta de la supervivencia de la Serranía amenazada por la sangría demográfica que asola sus pueblos, existen sin duda; una sería la mejora de las comunicaciones con la Costa del Sol. Las ventajas de una vía alternativa a la actual carretera de San Pedro, que en su día supusieron un significativo adelanto para la mejora entre la Ciudad del Tajo y el territorio costasoleño, necesita urgentemente de un nuevo impulso.    La obra no deja de ser compleja y exigiría la construcción de viaductos y túneles, alguno de particular longitud como el que podría atravesar a la Sierra Bermeja. Pero obstáculos más difíciles se han salvado. Y proyectos que parecían productos de la calenturienta imaginación de utopistas o de las ensoñaciones de una noche de verano se contemplaron que adquirían cuerpo y se hacía realidad.

    Vías de comunicación deficientes y despoblación de parte de su territorio son dos elementos que se dan la mano hoy por hoy  en el acontecer de buena parte del ancho solar de la Serranía de Ronda. Ciertamente abrupta, pero que propicia el  asentamiento de paisajes sublimes y costumbres ancestrales que no tienen por menos que causar admiración cuando no embeleso de los sentidos. Elementos estos últimos que significan una cara de la realidad que desde siempre cautivó  a cualesquiera que la anduviera;  el otro cariz, más negativo, es el la de la certidumbre  de las deficiencias en comunicaciones que hasta ella nos aproximan o que desde aquí  nos conduce a territorios limítrofes. Todas estas deficiencias suman como resultado ineludible una despoblación exacerbada por días de quienes la abandonan para recalar en territorios más bonancibles para el sustento de cada día.

  Alternativas a la panorámica incierta de la supervivencia de la Serranía amenazada por la sangría demográfica que asola sus pueblos, existen sin duda. Una sería la mejora de las comunicaciones con la Costa del Sol. Las ventajas de una vía alternativa a la actual carretera de San Pedro, que en su día supusieron un significativo impulso para la mejora entre la Ciudad del Tajo y el territorio costasoleño, necesita urgentemente de un nuevo estímulo.

   La obra no deja de ser compleja y exigiría la construcción de viaductos y túneles, alguno de particular longitud como el que podría atravesar a la Sierra Bermeja. Pero obstáculos más difíciles se han salvado. Y proyectos que parecían productos de la calenturienta imaginación de utopistas o de las ensoñaciones de una noche de verano se contemplaron que adquirían cuerpo y se hacía realidad.

   El hecho es innegable. Los jóvenes abandonan terruños rurales atraídos por el trabajo y los altos sueldos de la construcción o los servicios en la costa. Se instalan en los municipios costeros y aquí ansían echar raíces porque “cada uno es de donde le dan de comer”, que dice el sabio refranero serrano. Antes que ese hecho se haga definitivo e irreversible pongamos “pies en pared” – otro dicho rondeño para dejar sentado que contra algo hay que oponer férrea oposición – y procuremos que nuestros jóvenes trabajen en la costa pero vuelvan cada día a dormir en el interior. Los pueblos rondeños, ¿pueblos dormitorios? Y, ¿por qué no? Peor sería que fuesen pueblos muertos, como puede desdichadamente ocurrir.

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La llamada de lo rural

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La llamada de lo rural

Asistimos de un tiempo a esta parte a la consolidación de un fenómeno de índole económico y social que podría resultar sorprendente si no tuviésemos en cuenta los movimientos cíclicos que, a lo largo de la historia, convulsionaron, con mayor o menor intensidad, relaciones humanas y asentados comportamientos. Es un hecho que no tiene vuelta de hoja. El medio rural tan denostado en las décadas anteriores a las que iniciaron a partir de los 90 o poco antes, está adquiriendo indudable protagonismo en nuestros días. Se hace evidente en cualquier parte, pero adquiere particular relieve en el interior de la provincia malagueña. Y reduciendo esta circunscripción geográfica, es en la Serranía de Ronda y la subcomarca del Guadiaro a la que aquella abarca, en donde, quienes han visto transcurrir en ella más de medio siglo – tiempo de sobra para observar los cambios verificados -, pueden dar fe del inesperado suceso. Soplan nuevos vientos que a algunos les ha pillado por sorpresa y que reaccionan las más de las veces, administraciones públicas incluidas, de manera que podría no ser la idónea para propiciar su desarrollo y mantener el apogeo.

Hemos sido testigos, sobre todo los que como yo peinan canas, de cómo la agricultura y, por ende, el campo, durante incontables décadas, se erigía como eje fundamental para el sostenimiento de la mayor parte de las familias. De ella provenían, en forma de jornal o de minúscula renta según el acomodo de cada cual, los ingresos necesarios para subsistir. Las aportaciones de mano de un incipiente proceso industrial, luego consolidado en media docenas escasas de pueblos dentro del ámbito de la Serranía, vendrían después. Hoy día este proceso, alentador como ocurrió en el caso de Benaoján, primer centro productor de elaborados cárnicos de la provincia durante lustros, se ha ralentizado o se paralizó definitivamente. En esa época, todavía sin verificarse la sangría de la emigración en los 60, la ciudad atraía como un imán, tanto por lo que de placentero podía significar para los jóvenes, asfixiados en una situación poco esperanzadora, como para los que no lo eran tanto, anhelando mejoras económicas que el terruño les negaba sin paliativos. La emigración  centroeuropea sirvió de válvula de escape, y algo similar está ocurriendo ahora al compás de la fiebre constructora de las ciudades costeras que está vaciando a los municipios del interior de la clase trabajadora.

Pero en este trasvase social y económico un nuevo elemento acaba de entrar en juego. El interior tan denostado hasta ayer mismo se convierte en irresistible atracción para quienes pueden permitirse abandonar los agobios del asfalto siquiera sea por pocos días o incluso por un número escaso de horas. De cualquier forma se desanda el camino y los polos de atracción se invierten.

Del campo a la ciudad, y ahora de nuevo de la ciudad al campo. El homo urbanus, hastiado de la jungla de cristal, hierro y cemento en la que se desenvuelve cada día, vuelve los ojos a la Naturaleza como si acabara de descubrir las ventajas sin cuento que ella le reporta. De por medio, todo hay que decirlo, una repercusión económica a escala nacional evidente, pese a que persistan enquistadas bolsas de paro, en territorios tradicionalmente marginados como los que se extienden al noroeste de Málaga. Hasta ellos se abre paso la corriente nacida en la periferia que barrunta placenteras sensaciones allí donde antes sólo encontró motivos para desdeñar.

Prima ahora, ya digo, la vuelta a antiguos terruños. Para respirar a pleno pulmón, para otear horizontes que se imaginaban imposibles por perdidos. Para experimentar impresiones primarias. Lo rural se ha convertido casi en una necesidad fisiológica y satisfacerla se muestra perentoria para quienes sienten la avidez de lo primario y natural. Se inició así un  camino que ha muchos interesa sin retorno y que no es otro que el turismo rural, un fenómeno sociocultural que está trastocando sistemas anquilosados y desfasados comportamientos. En la Serranía de Ronda dio de lleno y por él se apuesta sin reservas a la vista de los primeros resultados altamente esperanzadores.

 

Pero para no morir de éxito o, lo que es lo mismo, para mantener de forma irreversible lo que se presentó con los visos de una revolución propiciada por lo peculiar del medio había que ir ya dando los pasos encaminados a potenciar valores intrínsicos y, a la vez, conservar en las mejores condiciones posibles todo por lo que se afanan en gozar del ambiente rural.

¿Qué es lo que hay que ofrecer a quienes muestran esa inclinación? Aparte, claro, de a lo que gratuitamente puede acceder como la contemplación de un paisaje, o de un río, a la feroz escarpadura de una sierra o el regodeo de un atardecer cárdeno de tintes entre aromas de hinojos y tomillo después de solazar el estómago con un delicioso plato de lomo frito o conejo al ajillo. Pues algo menos tangible pero igualmente evocador y apetecible. Me refiero a la vida social de que siempre hizo gala estas tierras más al sur del sur. Recuperar, por ejemplo, antiguos juegos y divertimentos, distintos en cada pueblo, pero que igualmente entusiasmaron a los mayores. Facilitar paseos y excursiones al aire libre rescatando del olvido viejos senderos y apartadas trochas. Remozar arroyos y fuentes que con tanta prodigalidad se muestran en la zona del Guadiaro, merced a las lluvias que los farallones de la sierra de Grazalema provocan cuando interrumpe el paso de las borrascas que entran por el Golfo de Cádiz.¿ Porqué no iniciar a los visitantes en la campestre práctica de recolectar espárragos silvestres, o palmitos, romero, matalahuga o tagarninas? ¿ Y si se promocionaran, aunque fuese de manera testimonial, fenecidos oficios, como el de canastero, talabartero, ceramista o alpargatero? Por muy de espaldas que estemos de ellos hay que admitir que pertenecen a nuestro acervo cultural y forman parte de nuestras raíces más profundas. Contribuyamos al desarrollo armónico de un mundo rural sin echar en saco roto lo que fue parte insustituible del entramado social de antaño.

Resulta lógico pensar que son las corporaciones municipales a quien compete poner en marcha el proceso. De hecho ya lo están haciendo, con mejor o peor resultado. Pero importa seguir en la brecha y apostar con denuedo por la creación y puesta al día de infraestructuras capaces de allanar el camino para soportar un esperanzador desarrollo sostenido.

En la llamada del medio rural no es posible, por el costo que conlleva, defraudar. Así lo entienden quien vislumbra una alternativa clara al turismo de sol y playa. Pero indefectiblemente defraudaremos a quienes escogen los parajes de la Serranía de Ronda para disfrutar de sus días de ocio si lo que encuentran no responde a las expectativas creadas.

 

 

 

 

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Corchero: un penoso oficio perenne en la Serranía de Ronda

Corchero: un penoso oficio perenne en la Serranía de Ronda

JOSÉ BECERRA

No hacen mella en el oficio pese que se practica desde siglos atrás en el ámbito rural de la Serranía de Ronda. Un quehacer duro donde los haya,  que se hereda de padres a hijos, y que cada año con el comienzo de los calores y hasta bien entrado agosto se lleva a cabo como un rito que concede a esta región, abrupta pero sugerente, personalidad propia. Se reviven cada año ancestrales costumbres que mantienen contra viento y marea un trabajo arduo y penoso – el sol que flagela los rostros, pero que no entumece los músculos, prestos al esfuerzo colosal a los que se les somete – que rondeños aguerridos en la dura labor, ofrecen cada verano.  Estampas rurales que bien merecen figurar con todos los honores en el catálogo de los menesteres campesinos, esos que jamás son  pagados como merecen, efectuados como es el caso, bajo los ardores de un  sol de justicia. Exigen un esfuerzo corporal sobrehumano, nunca  correspondido  con las exiguas ganancias producidas a quienes lo practican.

Pasan años y siglos y los corcheros de Ronda y la Serranía continúan  subiendo al monte  bien entrado el verano y sin temor a los días de rigurosa canícula, dispuestos para llevar a cabo  la saca del corcho antes  que transcurra  el tiempo propicio para esta penosa labor.

Ascienden las reatas de animales de carga por senderos casi imposibles, arreados por quienes tienen como misión desnudar el alcornoque de su coraza de corcho, algo que  hacen  con el pundonor y ritual  de quien arrebata su vestimenta a una vestal que gana gracilidad y gentileza expuesta al deleite del  airecillo de la sierra.
Oficio antiguo donde los haya, el corchero de Ronda o de los pueblos limítrofes en este quehacer atávico cuya enseñanza se transmite de padres a hijos y se aprende allí donde el monte – destellos  de sol atravesando la floresta creando irisaciones antes de acariciar el erial montuoso – se despuebla de presencia humana y el silencio reinante no se quiebra sino es por el trino suave de un estornino atrevido o el graznar bronco de un aguilucho que atraviesa el aire con la rapidez de una flecha, espantado quizás por la intromisión de desconocidos en su predio montaraz y que fugazmente busca la salvación en el cielo que cubre la foresta.

Pero el corcho rondeño y serrano, más allá de la sublimación de un oficio  ancestral con toda la carga romántica que conlleva lo antiguo e imperecedero posee una vertiente económica nada despreciable. Que se lo digan si no a los ayuntamientos de Ronda, Montejaque y Cortes de la Frontera y el importante arrimo que significa para sus arcas no siempre boyantes.

Substanciales sumas de euros vendrán a engrosar el Consistorio de Ronda en concreto con la “saca del corcho” de los Montes de  Propio, que en la temporadas actual ha resultado ser de excelente calidad como puede verse en los “patios” donde se exhiben más que se amontonan para que se pueda apreciar lo especial de su textura.
Hachas al hombro, única herramienta empleada hasta hora por mucho que la mecanización trate de imponerse, los corcheros otean en las madrugadas el tajo que les ocupará durante buena parte del día. Los pasos cansinos de los jumentos que luego transportarán la carga siguen a los suyos no menos decaídos, monte arriba, hasta llegar al lugar propicio para la labor. Luego rucios y dueños bajarán más apesadumbrados por la carga pero barruntando quizás el descanso y el renuevo de fuerzas para el día siguiente.

¿Serán conscientes de que brindan  cada año por estas fechas una de las estampas más sugerentes de una perdurable  tradición y cimientan la continuidad de un duro oficio que se mantiene desde siempre con pocos cambios y sin solución de continuidad?

 

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Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.