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Categoría: Serranía de Ronda
José Manuel Dorado, una vocación truncada

José Manuel Dorado, una vocación truncada

 

El proyecto de la editorial rondeña La Serranía, que fue fecundo y consistente se derrumba como un castillo de naipes. No parece que haya acuerdo entre las partes que constituyeron la sociedad y la disolución se barrunta próxima e irrevocable. Una lástima, por cuanto que Ronda se queda sin una voz que, merced a los libros que en ella se editaron, se alzó alta y clara catapultando a los cuatro vientos cuánto de interés ofrecía Ronda y los pueblos de su entorno. Se quebró la voz, se silenció la sociedad editora y todos hemos salido perdiendo algo en la ruptura de quienes pusieron en pie la empresa. No remonta el vuelo

Pusieron una Pica en Flandes, entendiéndose por tal afirmación que irrumpieron en el mercado librero andaluz y nacional con edad muy temprana capitaneando una empresa familiar que acabó siendo coronada por el éxito, con el mérito añadido de escasos medios económicos y materiales y poca o ninguna ayuda estatal o autonómica. Pero supieron fundar con cierto una editorial en Ronda, tras algunos, pocos, escarceos como editores en Benaoján, después de que José Manuel e Isabel, su colaboradora, contrajeran matrimonio, ambos haciendo gala de un espíritu tenaz que habría de reportarles beneficios y satisfacciones personales.

Fueron comienzos duros pero el carácter emprendedor de José Manuel Dorado y su pareja, quienes hicieron de tripas corazón pudieron con las dificultades de los primeros tiempos y las que vendrían después, que no todo fue un camino de rosas. No fue tarea fácil poner en pie una editorial – La Serranía – en una ciudad de provincias donde jamás ninguna experiencia de ese estilo había cuajado por lo menos con un resultado tan positivo como alentador.

Pero el matrimonio dio pronto muestras de un buen hacer en una entidad dedicada a la publicación y distribución de libros que muy pronto se resaltó como modélica. Como muestra un botón: la empresa familiar fue reconocida por el mismo rey don Juan Carlos, quien, años atrás, le otorgó a José Manuel una distinción honorífica en un acto en el que además participaron otros rondeños ilustres que destacaron en diferentes esferas de la cultura y el saber local.

Hace pocos meses se cerraron las puertas de la editorial, cuando nadie lo esperaba. Cesaron los trabajos de impresión, enmudecieron las linotipias, en el taller donde la letra impresa toma cuerpo y desemboca en la forma definitiva de un libro después de un largo proceso de correcciones no hay sino un sepulcral silencio; diseños y maquetación duermen el sueño de los justos y márketing y distribución cesaron: el proceso de edición se detuvo sine día, cuando parecía que el viento soplaba a favor de la empresa familiar.

De por medio un desencuentro de los fundadores en el que no entramos ni salimos sino es para deplorar el cese de una actividad que tanto bien ha reportado para el conocimiento de Ronda y la Serranía en todos y cada uno de sus múltiples aspectos: monumentos naturales o debidos a la mano del hombre, paisaje, flora y fauna, tradiciones y leyendas, orografía y medio ambiente, gastronomía y especies vegetales autóctonas…

¿Quién recogerá la antorcha? ¿Habrá en Ronda capaz de poner en pie una editorial como La Serranía que tantos éxitos cosechó en su trayectoria de varias

décadas? Es lo que está por ver. Los autores habituales de la editorial, desarbolados, intentan editar por su cuenta los libros que hasta hace pocos meses entregaban a la entidad editora que se encargó de darles formas y catapultarlos a buena parte de la Península. Un poco huérfanos tratan de suplir como buenamente pueden la labor de dar a la luz aquellas obras que la editorial se encargaba de ultimar y poner en circulación con probada eficacia.

José Manuel, truncada su vocación de editor, y en espera de que la fortuna le vuelva a sonreír permitiéndole hacer aquello que le gusta, mata su tiempo libre y distrae la mente en duras faenas de campo, así lo afirma. Tal vez piense que los libros, como la tierra, se muestran fecundos para los que los trabajan o trabajaron y que suelen dar ciento por uno si a ellos hay quienes se dedicaron con entusiasmo y pasión.

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Compotas del Guadiaro, una tentación para el paladar

Compotas del Guadiaro, una tentación para el paladar

José Becerra

 

Las huertas que se asoman al Guadiaro y las de las proximidades de Ronda lucen en estos días la eclosión de los membrilleros. Una magnífica ocasión para acercarse a ellas y disfrutar de un día de asueto en el paisaje único de la Serranía.. Junto a la castaña del Genal, este dorado fruto es protagonista indiscutible en la gastronomía local en los días que preceden y siguen a la fiesta de Todos los Santos.

Mucho antes que, como fruta madura, cayera Ronda en manos de los Reyes Católicos y sus huestes reconquistadoras en 1485, cuando pertenecía a la taifa de Sevilla y a los dominios de Al-Motamid, el rey poeta, y hasta que mudéjares y moriscos recogiesen la rica herencia cultural nazarita las huertas de Ronda fueron poco menos que un “jardín de las delicias” como el profeta Alá acostumbraba llamar a los lugares que por la excelencia de su paisaje y lo exquisito de sus frutos le agradaban en sumo grado.

Las huertas que se extendían alrededor de la meseta sobre la que se alza la ciudad gozaron de particular predilección tanto para las familias acomodadas que situaron en ella sus residencias campestres como a las familias modestas que en la labranza a sueldo de las ubérrimas tierras cifraron su sostén de vida. Higueras que propiciaban sombras y orondos frutos que rezumaban miel, moreras de delicado tacto y fino paladar,  perales frondosos – el famoso pero rondeño que traspasó límites regionales instalándose por sabor y textura en los principales mercados frutícolas nacionales, y el membrillo.

El membrillo fue, hasta épocas relativamente recientes, un recurso por excelencia para la economía de los hortelanos muy poco sobrada  y siempre raquítica. Hasta las huertas de Ronda, siempre prolíficas, llegaron los tentáculos de la bien asentada industria membrillera de Puente Genil. Sus numerosas fábricas se nutrieron de materia prima en latifundios serranos. Hasta las tierras cordobesas llegaron los orondos y carnosos frutos para ser transformado mediante el consiguiente proceso fabril en el dulce de membrillo (“carne de membrillo”, a decir de los lugareños) que adquirió merecida nombradía en el resto de España.

No se agostaron con el tiempo los membrilleros de Ronda, si bien  las plantaciones entraron en franca decadencia a partir del primer cuarto del siglo pasado. Con todo, y hasta hoy, permanecieron muchos en pie, siquiera sea como reliquia o recuerdo de un pasado esplendor y aún permiten relamernos con uno de los postres más genuinamente casero y serrano: la compota.

La compota, que desde el inicio del otoño hasta bien entrado el  invierno es un plato al que no renuncian fácilmente las amas de casa de la comarca rondeña, requiere membrillos sanos, sin picaduras,  a ser posible recién cogidos del árbol: ni muy recios ni muy maduros. Es el momento en que desprenden ese olorcillo tan característico propio de la fecundidad de la tierra y la sazón del fruto que a muchos agrada hasta el punto de que lo mantienen en casa sin cocerlo por la fragancia que le brinda.

Pero llegado el momento de catarlos hay que empezar por limpiarlos dejándolo sin pelusilla alguna; enseguida se trocean y se ponen al fuego en agua hirviendo a la que se habrá de añadir medio kilo de azúcar por cada kilo de membrillo, además de canela en rama y clavos de comer a discreción. El agua en lenta y constante  ebullición durante tres cuartos de hora poca más o menos será suficiente para dejarlos en su punto.

La compota es uno de los pocos postres que requiere, a la vez, tenedor y cuchara: uno para el fruto en cuestión, y la otra para apurar el almíbar en el que se esponja. Le concede ese aire de refinamiento que no ha dejado de sorprender a quienes con ideas preconcebidas poco favorables a la cocina de la Serranía y sus usos y costumbres se llegaron a ella procedentes de otros contornos. Hoy, aunque sigue siendo un plato netamente hogareño, se puede degustar en mesones y ventas del lugar, si es que se ocupó de encargarlo con suficiente antelación.

 

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Versos melancólicos

Se reafirma el otoño pese a que los calores se aferran como la hiedra al tronco tanto cerca del mar como de la montaña. Una terquedad que solo será de días: amanece más tarde y la noche aligera su paso para salirnos al encuentro. Días cortos y tardes insípidas: el ánimo de alicorta y todo a nuestro alrededor muestra repentinamente un cariz más sombrío, como desalentador. Son días para la melancolía o el recuerdo. Husmeando entre mis papeles me encuentro algunos versos que en su día pergeñé pero que permanecieron olvidados luengos años. Desempolvados los iré dando a luz por si algún lector juzga perder unos instantes en su lectura, que ahora es tiempo para volver con el recuerdo a tiempos pretéritos.

 

GOYESCA Y ANTONIO ORDÓÑEZ

RONDA toda es un único hervor,

y el sol casas señoriales blanquea.

En la calle una beldad  coquetea

¡ Sus ojos verdes van pidiendo amor ¡

Vino, toros, mujeres: esplendor.

Un mozo pinturero donjuanea,

a lomos de un cuatralbo  al que espolea.

La feria septembrina es  puro hervor.

En la plaza que un rey Borbón dejó hecha,

Tres famosos diestros se han saludado

La muerte en los toriles acecha.

Del tendido  alguien un suspiro ha lanzado,

una oración sube como una endecha

por el gran maestro jamás olvidado.

 

 

LA SERRANÍA, SIEMPRE

No sobrecogen las abruptas sierras

ni desaniman los tortuosos bosques.

Las laderas pedregosas  alientan

a mil seres que perviven y mueren.

Siempre ha sido así, lo fue y se mantiene.

Antes campearon  los bandoleros

Los que marcaron el mal en sus mientes,

y los próvidos que todo lo dieron.

Jacos con contrabandistas valientes

de Gibraltar portaron el tabaco,

a trote fiero o con  pasos silentes

por atajos, veredas y altozanos.

Sobre sus cúspides vuelan rapaces,

el cóndor y los buitres leonados,

saltan  ágiles  cabras montaraces

y el lince de vivaces ojos pardos.

La Serranía de Ronda agreste y brava,

Cielo azul sobre fríos  altozanos.

 

CUEVA DEL GATO

Mediodía. El sol en todo lo alto.

En la fría profundidad del charco

desbandada de peces, plata huidiza,

como leves palomas asustadas.

Bochorno, quebró la brisa en la jara,

y el silencio roto por el murmullo

de la catarata y su burbujeo.

Desnudo,  respiré la infinitud

con la delectación de un dios pagano.

En mí mismo la plenitud del día.

La Creación había empezado.

Rompió mi cuerpo el espejo del agua.

 

 

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Ayuntamientos cumplidores

 

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Ayuntamientos cumplidores

En estos tiempos en los que el pan nuestro de cada día son los despilfarros de las entidades supramunicipales  y las menguas escandalosas en sus arcas por mor de negociados y organismos inherentes de toda índole,  causa satisfacción que los ayuntamientos de España y Málaga y por los que nos toca, los de la Serranía de Ronda, cumplen taxativamente el objetivo de estabilidad presupuestaria como el Gobierno central  especifica y demanda.

    Gastan lo que tienen y se muestran renuentes a ir más allá de sus posibilidades económicas, o sea que hacen equilibrios para mantener sin altibajos las entradas y salidas de peculios y parece que lo logran. Se acabaron las alegrías y se aprietan el cinturón y eluden los créditos bancarios que a la larga esquilman el remanente y empobrecen los presupuestos. Como dicen con facundia los más viejos del lugar serrano: “Uno a ganar y cinco a gastar, milagrito será ahorrar”…

   Los ayuntamientos serranos se aprietan, pues, el cinturón, que  a la fuerza ahorcan. Se apuntaron en el 2013 a la estabilidad presupuestaria ya que desde altas instancias administrativas no iba a venir a sacarles las castañas del fuego. El  Ministerio de Cristóbal Montoro esta satisfecho con ellos, preconizó el  equilibrio en los presupuestos locales, y sin contar los ingresos y gastos no financieros – deudas con las entidades financieras y el consiguiente pago de intereses por la deuda – se puede decir que cumplieron a rajatabla las disposiciones emanadas desde arriba. Con todo, hay algunos consistorios, como es el caso de Algatocín, que sacó los pies del tiesto, aunque con cantidades escasamente relevantes que sobrepasaron, no obstante el montante de las entradas,

   De los fielmente cumplidores con Hacienda, cabe destacar  que  todas las poblaciones de la comarca rondeña, incluida Ronda,  cuyo balance en positivo ronda casi los 6 millones, que no moco de pavo, abrazaron las directivas estatales y del erario público y se mantuvieron sin desbocar sus finanzas.

   Parece que los alcaldes y mandatarios municipales van entrando en la senda que prescribió el Viejo Profesor y alcalde de Madrid Tierno Galván (seguramente haciéndose eco de un dicho antiquísimo) y que intentó hacer suyo:” Cuando administréis el dinero de vuestro pueblo, hacedlo como si fuera el vuestro, y así evitaremos tantos dislates y excesos”.

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Los tejeringos de María Elvira

 

 

Los tejeringos de María Elvira

JOSÉ BECERRA

Ahora son noticias los pueblos de la provincia porque son refugios de un turismo de carácter rural que ha venido a suplir en parte  sobre todo en los de los valles del Guadiaro y del Genal unos antiguos medios de vida basados en pequeñas industrias alimenticias- embutidos y quesos-, por lo general y una incipiente agricultura que tiene en el olivo, el castaño o el almendro, amén de los inmensos alcornocales cortesanos su mejor exponente. Aún persiste y se muestra próspera, a raíz de la vuelta al terruño de quienes se ven arrojados de las ciudades a causa del paro que les aflige.

La contrapartida es que en los pueblos de hoy se quebró para siempre el silencio de antaño; a la tranquilidad le siguió el desasosiego, y ya no son sino sombra de lo que antaño fueron. Es el caso de Benaoján orillado en el Guadiaro que también perdió su poderío de río de tumultuosas y cristalibas aguas.

Las magdalenas con  que su tía  premiaba amorosamente cada tarde a Marcel Proust en sus años de niñez sirvieron para que en edad madura el escritor polaco recordara con fruición y delicada nostalgia los años más candorosos de su vida y el marco en el que estos se desarrollaron: las calles, avenidas y plazuelas de su Paris natal.´”En busca del tiempo perdido” es una gran novela que sirvió al autor reverdecer sus primeros años de existencia, proyectándolos en el presente y anticipando vivencias del futuro.

No son las magdalenas, con ser unos dulces que me deleitan, las que me retrotraen al Benaoján de mis años impúberes, sino los tejeringos de María Elvira. La tejeringuera  María Elvira – pelo canoso e hirsuto, tez morena, surcada de arrugas incipientes; delantal de percalina sobre el vestido oscuro-, tenía su puesto de la fritanga en la misma casa en la que habitaba junto con su familia, pero sólo en los meses de invierno: las lluvias, que antes eran más abundantes y persistentes que las de ahora le hacía buscar el resguardo de la vivienda para su negocio y el acomodo de su clientela.

En los veranos, no. En los veranos ponía el tinglado – hornilla con leña de olivo para el fuego y perol, que más que recipiente a mí se me antojaba tina o caldero que por su tamaño bien podía servir como bañera – en medio de la calle, buscando siempre al socaire del viento que hacía prender vivamente los tarugos de olivo.

Esa era la razón que sólo en los meses de estío el olorcillo de los tejeringos fritos (entonces muy pocos en la Serranía de Ronda utilizaban el sinónimo de churro) se expandiera e invadiera calles y rincones llegando a buena parte del pueblo, en los años 40 y 50 del pasado siglo muchísimo más reducido su extensión que  en los tiempos de hoy.

A los efluvios inconfundibles de los tejeringos se unía el del pan recién hecho de la tahona de Máximo, a la sazón vecino de la churrera. Con lo que las amanecidas del pueblo eran un acorde de gratos aromas prestos para despertar  el apetito nada más poner uno los pies fuera de la cama.

Los tejeringos los hacía María Elvira invariablemente en forma de rueda. Una espiral, primero blanquecina y pegajosa, que la churrera haciendo presión sobre la mesa que introducía en un armatoste de hojalata reluciente, iba dibujando sus gruesas líneas sobre al aceite puro de oliva caliente, que entonces no había otro y que, seguramente procedía de las tinajas del Molino del Santo, el hoy hotel de lustre y prestigio con el mismo nombre.

Me fascinaba el chirriar de la mesa en contacto con la grasa vegetal y cómo engordaban las ruedas al toque maestro de las varas calcinadas con que María Elvira las hacía danzar y evitar que se pegasen entre sí, para luego levantarlas, lustrosas y orondas, y depositarlas sobre la hoja de papel de estraza Luego, lo pone en las manos del cliente de turno, que sale pitando en busca del cafetito caliente o el chocolate espeso, que también acompaña a los tejeringos: Una rueda, una peseta.

La rueda sustenta con suficiencia la media jornada, no sólo de los que como yo, en aquella edad no tenían otra obligación  que acudir a la escuela cada día – la escuela de los Escambrones siempre sometida a la vigilancia del cerro del  cerro del Zuque, enfrente y a unos escasos trescientos metros -, sino que mantenía en pie lo mismo a quien tenía que pasar la mañana subido en un andamio,  a las que enristraban chorizos en algunas de las fábricas chacineras, o el había de permanecer pegado al terruño labrando en la heredad de las afueras del pueblo, así era de grande y suculenta.

En mis cada vez más esporádicos retornos al Benaoján que me vio crecer y llegar casi a la senectud hecho en falta muchas cosas, las cuales, como los churros con los que mi madre me obsequiaba cada día, sigo añorando. Atrás quedaron los amaneceres restallantes apenas despuntados el día, resbalando sobre la sierra de Juan Diego. O la nebulosa imagen del Conio, vigía eterno del pueblo, o las Canchas enriscadas  tan cercanas con los calveros de hinojos y palmeras – ¿volveré a comer alguna vez las uvas palmeras, buscadas con ahínco para disfrutar de su pulpa tan gratuita como gustosa?- , las calles silenciosas en horas nocturnas, el batir de la lluvia sobre los cristales de mi ventana, el regocijante grupo de los vecinos sentados en el escalón de sus viviendas esperando que durante las noches de estío la brisilla de la sierra se levantase para poder respirar a placer.

Extendió sus tentáculos de ladrillo y cemento el pueblo y las zonas con visos de residenciales usurparon el lugar a las casitas achaparradas, de un blanco de cal lujuriante, en vivo contraste con  las pardas tejas moriscas, resabio de una arquitectura tan rústica como popular que perduró durante siglos. Y el pueblo que añoro fue poco a poco perdiendo los flecos de su antigua imagen. Casi se me antoja un pueblo nuevo y diferente. Ni conozco a la mayor parte de su gente, ni ésta me conoce a mí. Se rompieron los lazos, se deshizo el hechizo, se quebró la antigua atracción. Nada es como antes. Puede que los benaojanos se desayunen con churros, pero será imposible que sus efluvios lleguen a todos los rincones del pueblo. Como ocurría antes con los tejeringos de María Elvira.

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Madre de leche

Nos cruzamos, mi madre y yo, con una mujer en la calle. No era la primera vez que, siendo niño, la había visto atravesando una plazuela o doblando una esquina del pueblo. Era una mujer robusta, aunque el paso de los años había entrado a saco en su cuerpo. Su cabeza, otras veces erguida, buscaba el suelo y su tez, clara siempre, se había ennegrecido. La mujer, en los años en las que la conocí, siempre iba vestida de negro.

Pero eso era una costumbre generalizada en los pueblos de la Serranía de Ronda: a partir de cierta edad, la cincuentena o así, las mujeres abandonaban los colores en la vestimenta, y vestían rigurosamente de negro, aunque no tuviesen que lamentar desgracia de muerte próxima.

“ Esa mujer te amamantó cuando naciste”, me dijo mi madre, señalándola. Me explicó que cuando  yo acababa de nacer padeció unas calenturas que le impidieron darme su leche y hubo que recurrir a la de ella, que por las mismas fechas había traído otra criatura al mundo. Me dijo mi madre a reglón seguido: “Esa es tu madre de leche”. Eso me dijo. Y desde entonces excuso decir con el respeto que miraba a aquella mujer cuando me lo tropezaba en la calle.

¡Cuánto debe saber ella sobre mí que yo ignoro! Mi avidez que supongo en vaciar los senos  prolíficos, mi afán por succionar sus pezones, mi expresión de beatitud que imagino después de  satisfechos mis anhelos primarios… Mi madre me dio la vida, eso era innegable, pero ¿qué no deberé a aquella mujer que me dio el primer sustento, mientras me acunaba en sus brazos? Después, cuando me topaba con ella ocasionalmente en alguna de mis esporádicos regresos al pueblo, me quedaba mirándola ensimismado, sin decir nada, y seguía sus pasos lentos y su figura leve y ya incipientemente encorvada. Ella me miraba en silencio, sonreía y seguía su camino.

Me contaba mi madre, cuando salía a relucir aquella etapa de  mi vida, envuelta todavía en el limbo de la inconsciencia (pero no lo suficiente como para que en aquella nebulosa en la que se abrían pasos los sentidos no se aprendiera para no olvidarlo jamás los rostros que se asomaban con amor y curiosidad a nuestra insignificante humanidad);  me contaba que a cambio de la leche que desde sus pechos yo bebía con avidez (“con rabia muchas veces”, me decía) ella le entregaba cierta cantidad de dinero cada vez que me hacía disfrutar del maná espléndido de su cuerpo.

Junto con las monedas le entregaba algunas dádivas en especie: Harina candeal para que amasara buen pan, legumbres y avíos para el cocido de cada día (ahora me consta que la “olla” de garbanzos, con carne de chivo y tocino entreverado, era el plato diario que sustentaba a las familias trabajadoras de la comarca rondeña); y, si se terciaba (“convenía que la leche, tu leche, fuese abundante y que no te faltase”, me recalcaba), la torta de aceite, azúcar y chicharrones que religiosamente mi madre se hacía hornear en la tahona del pueblo.

Cuando me enteré de la muerte de  mi madre de leche me acerqué a su pobre tumba. Sus restos descansaban no muy lejos de donde lo hacen los de mis padres. De un ramo de crisantemos que destinaba para ellos separé unos tallos y los deposité sobre la tierra, junto a una cruz de piedra encalada. He venido ofreciéndole esta muda ofrenda siempre que me acerco al campo santo.

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Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.