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El añorado pan de puño y leña

El añorado pan de puño y leña

“Por su olorcillo lo conoceréis”. Es lo que nos dice un panadero de antaño, ya jubilado, pero que recuerda con añoranza el modo en el que se elaboraba el pan en una tahona del pueblo “antes y después de la guerra”. Es esta una expresión que hasta hace poco tiempo se utilizaba para situar un sucedido, una costumbre o un modo de vida respecto a nuestra guerra fratricida de los años 30. Entonces, en esas fechas, el pan de los pueblos cobijados a lo largo y ancho de la Serranía de Ronda, no conocía otra hechura que no fuera mediante su cocción echando mano de la leña seca, sobre todo de encina, que de quienes esto saben catalogan como Quercux ilex,  de la familia de las fagáceas, y que los por entornos serranos bautizamos como carrasca o chaparra o más toscamente como “bellotero”.

Los hornos tradicionales  que elaboraban pan con masa madre al amor del calor de la leña han ido desapareciendo de manera paulatina de los pueblos. Adiós a los panes suculentos y crujientes para acompañar en las dos comidas diarias o en el desayuno mañanero; para este primer refrigerio embadurnando   tostadas con abundante aceite de oliva. La industrialización vino para acabar con esta forma primigenia de elaborar opíparas hogazas al amor de los leños. Nos horripila ver cómo ahora en un hecho incontestable los hornos de toda la vida van desapareciendo a marchas forzadas. Incluso en pequeños pueblos que fueron reductos de  esta forma primigenia de elaborar el pan, que no conocían otro método  que recurrir a los leños y a los puños, cambiaron  a los combustibles de los nuevos tiempos y a la ventaja de tiempo y  economía que les proporcionaba la electricidad. Y los panes de toda la vida cambiaron de sustancia proverbial y, por ende, del sabor   de antaño.

Las manos del panadero de siempre, sabio en  su oficio de siglos, se ha trocó por la automatización que atañe al tiempo de cochura y a los elementos que componen la masa. Entra la maquina que sustituye a las hábiles manos que la trabajaban  antaño dándoles variada forma, color y sabor único. El pan casero tradicional no tiene otros componentes que harina, levadura,agua y sal, sin otros aditivos que, persiguiendo rentabilidad, desvirtúan su sabor de siempre. Ese que buscamos inútilmente en pueblos y que en muy contadas ocasiones se puede encontrar, a no ser de familias panaderas de toda la vida apegadas al terruño y que primaron sus manos y dieron de lado a la maquinaria importada. Caso de la panadería “Pan Piña” que abre sus puestas al amanecer de cada día en el caserío de Algatocín, en los aledaños de  Ronda y que figura con todos los honores en la Ruta Española del Buen Pan, que aglutina alrededor de una cincuentena  de las más prestigiosas panaderías de España. Esas que exhortan y guardaban de padres a hijos el secreto de conseguir el mejor pan, desde el inicio de la hechura hasta depositarlo  con mimo en los anaqueles de la tahona. De por medio cortar la masa de trozos y darle  forma con sus manos hasta dejarlo en limpias madera cubriéndolos para que el aire ni modifique hechuras ni sabor. Lo siguiente y último de la faena diaria  introducir  el pan con la pala en el horno (que ha de ser de madera de pino) y dejarlo en el sitio adecuado para que, al amor de las brasas,  en tiempo meticulosamente calculado alcance la cochura necesaria y el paladar deseado.

Lamentablemente son contados los hornos y los operarios que hoy por hoy  se ajusten a estos ritos  de antaño. Pero de haberlos haylos para contento y regusto de quienes se dejan caer por algunos de los municipios de la feraz Serranía de Ronda, en donde el pan a puño y leña sigue primando para regodeo de sus moradores.

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Insoslayables quebrantos en la vejez

Insoslayables quebrantos en la vejez

JOSÉ BECERRA

Quienes ya nos adentramos mal que nos pese  en la edad septuagenaria un temor nos sobrecoge, cuando no nos abate. Nos ronda  en la cabeza la idea de caer en ese profundo pozo que anula la memoria convirtiéndonos poco menos que un vegetal sin capacidad para recordar ni poder echar la vista atrás hacia nuestra vida reciente y  no digamos lejana. Nos sobrecoge el temor de vernos sumidos en las más obscuras tinieblas por mor de esa terrible enfermedad que es el Alzheimer: anulados por completo, convertidos en bulto inutilizado sin conciencia ni voluntad.

Abundan los casos de personajes egregios que en el ocaso de sus vidas solo la vaporosa niebla de la nada inundaron sus cerebros. Falleció Adolfo Suárez apenas cumplidos los 80 años cuando ya el recuerdo de que había sido el primer presidente democrático después de pasar a mejor vida Franco, no era si no una obscura nebulosa en un cerebro vacío sin el menor  rastro del pasado. Si nos remontamos a otras latitudes pero haciendo hincapié en personajes egregios como el anterior nos encontramos con Ronald Reagan: con  más de 90 años no existía en su cerebro ni el  más leve recuerdo de que había sido ocupante de la Casa Blanca de la mayor potencia del mundo. A menor escala podríamos encontrar vestigios de esta enfermedad  a poco que echamos la vista a nuestro alrededor.

La soledad no deseada y la pérdida de memoria son dos enemigos solapados que nos vigilan para descargar su furor sobre quienes llegaron a la edad longeva. Es el tributo que se ha de pagar por aquellos que remontan edades que en tiempos pasados eran inalcanzables.

Ancianos los ha habido siempre, pero es innegable que décadas atrás la llegada a la edad provecta se erigía como un fantasma en edades en las que se presentaba como un espantajo una vez traspasado el umbral de la cincuentena de años. Hoy no ocurre así, vivimos más años, aunque sea a mal tira, pero sorteando las acechanzas de la vida hasta edades antes consideradas como aledaños de una muerte inminente.

Está tan extendido el aislamiento en la edad longeva que estudiosos de esta situación y lo que conlleva en los postreros días de la vida han bautizado como “la epidemia silenciosa”. Calladamente se viven los años cuando por las más variadas razones nos vemos obligados a transitar y vivir en la más absoluta soledad. El Instituto Nacional de Estadística en lo que atañe al estudio de los hogares españoles  contabilizaba en España alrededor de 2 millones de personas que viven en la soledad más absoluta   una vez traspasada la barrera de los 65 años. Un dato significativo es que las mujeres triplican en número a los hombres según la tesis irrefutable  que vio la luz meses atrás. El estudio en cuestión evidenciaba un hecho incontestable: hay más viudas que viudos. Una realidad que estriba en que las féminas contraen matrimonio con menos edad que su consorte y en que, por naturaleza, viven más años que los varones.

Negro nubarrones se ciernen sobre quienes a trancas y barracas o venturosamente llegamos a una edad provecta, esa que conlleva el sentimiento de que ya no se forma parte del contorno. Cómo sortear estos quebrantos es  nuestro  indisoluble problema, cuya solución no pasa por la medicación sino por la creación de un ensamblaje que venga a sostener el tejido asociativo para que nadie se sienta por la edad fuera de este mundo, aún en vida.

 

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Benaoján y Montejaque: relax y buen yantar

 

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Foto: ruraldays.com

Benaoján y Montejaque: relax y buen yantar

JOSE BECERRA

Colindantes entre sí y compartiendo desde tiempo inmemorial costumbres y modos de vida, aparte vivencias  ancestrales, se ha de convenir observando la trayectoria histórica de ambos, que no siempre coincidieron en cuanto a similitudes que, por la proximidad podrían considerarse irrefutables. Existen entre ambos pueblos arrellanados en la agreste Serranía de Ronda  comprobables afinidades, pero también diferencias sin cuentos. Un ejemplo entre otros que atañen a la personalidad de los moradores de entrambos pueblos es lo que se dice en  lo que toca al temperamento y forma de ser de sus habitantes. Los benaojanos, exagerando sin duda, acostumbran  decir de en lo que atañe a los montejaqueños, en esto caso a sus féminas algo así, cuando tienen que mediar una trifulca tabernaria “¡no lo mates, cásalo con una montejaqueña!”, relativo al fuerte temperamento que les atribuyen. En su contra los del pueblo vecino, en lo que toca a la prontitud y su afán en los trabajos que les son propios, no dudan en afirmar algo así como “ ¡duermes más que un benaojano”!, refiriéndose medio en broma , medio en serio, a que se muestran tardos a la hora de meter mano a la faena diaria. Dimes y diretes que pocas veces se ciñen a la realidad, todo hay que decirlo en honor a la verdad.

Montejaque y Benaoján comparten cumbres y picachos calizos  que se elevan y recortan  sobre las  laderas y crestas   de la sierra de Líbar, dibujando en la lejanía  el costillar de un diplodoco jurásico. Ambos pueblos siguen de cerca la margen derecha del Guadiaro, río otrora caudaloso y ahora empobrecido pero que sigue buscando con ahínco el  mar entre recovecos propios de una geografía abrupta como es la de la Serranía de Ronda, esa que a ambos pueblos  envuelve concediéndoles una impronta escabrosa única.

Los dos vecindarios van de la mano desde tiempo inmemorial. De hecho comparten entre sus términos municipales una joya prehistórica que encandila tanto a uno como otro, no digamos a quienes desde otros ámbitos geográficos vienen a contemplarla para su pasmo: la Cueva derl Gato, que abre sus fauces en las escarpadas sierras de Montejaque.  Unas sinuosas galerías – el Hundidero no pocas veces proceloso – en las que están presentes las huellas de homínidos del Paleolítico,  vienen a desembocar en Benaoján, dando pie a un lugar idílico: un torrente de limpias aguas, las del río Campobuche, afluente del Guadiaro,  provocan  un pequeño lago que provoca las delicias de quienes en verano se sumergen en ellas o disfrutan en  sus alrededores de días de relax y cuchipanda. La efigie pétrea del Gato en todo lo alto vomitando  el líquido y limpio elemento, frío como cuchillos, contempla a sus pies un remanso    pintiparado para mermar la inclemencia de los meses de estío. Un soberbio  telón de fondo que el ánimo embelesa.

Orografía, costumbres ancestrales compartidas y modos de vida hermanan ambos pueblos. Tierras de pan llevar, olivares, viñedos, y sobre todo la ganadería delatan el quehacer de sus habitantes: se erigieron fábricas chacineras en el pasado siglo, de las cuales buena parte han ido desapareciendo, pero quedan otras que hoy por hoy muestran signos evidentes de progreso y buen hacer. Los logros son evidentes. Los embutidos benaojanos en mayor medida pero también los montejaqueños ganaron prestigio y se abrieron camino en los mercados andaluces: sabían del buen hacer de esta vecindad serrana en  lo que se refiere a los productos provenientes de ese animal gruñón y tozudo que es el cerdo, pero del que se extraen los platos más apetitosos para la manduca diaria. Lo sibaritas de buen yantar encontrarán aquí el lugar pintiparado para satisfacer sus apetencias. Si esto se añade, como apunto, el paisaje único de montaña que los envuelve y las joyas naturales en forma de cuevas antediluvianas  que aquí se abren a la curiosidad de todos,  miel sobre hojuelas para el relax y la contemplación serena.

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¡Hasta siempre, maestro!

 
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 ¡Hasta siempre, maestro!

 Se nos fue Manuel Alcántara, “tan callando…” Presagiamos su partida definitiva cuando en  la última página de de SUR, su firma dejó de aparecer. Una interrogante lleno de presagios funestos nos asaltaba. A la vez un temor nos embargó  a quienes  cada mañana buscábamos el recuadro de su artículo antes que cualquiera otra información del diario. Cuando contemplamos el vacío de su presencia, esa que  muchos buscábamos inserta en el que el maestro del buen decir dejaba cada día constancia fehaciente de su dominio de la lengua y la  perspicaz manera de encararse con lo que la actualidad deparaba,  no podía por menos que acongojarnos. Luego, supimos la razón de la ausencia de su firma: el maestro de la belleza del escribir  sin acritud pero con sutileza y sublime buen hacer nos había abandonado  para siempre. Se nos fue un altísimo POETA Y ARTICULISTA, con mayúsculas, como quiso que apareciera  en el elogio certero que le dedicara Alfonso Canales, otro adaliz malagueño de las sílabas contadas, esas que son de “gran maestría”. Superó los 90 años, una cifra redonda, contundente, pero sólo si se echa la vista atrás de su biografía y se hace cuenta de su trayectoria.

Se nos fue el maestro del buen decir, de las ocurrencias felices, de los conceptos precisos y de la ironía y la crítica que abjuraron de la acritud y el encono.”Bastante amargura hay en el mundo para que se incida sobre ella en los escritos”, me dijo un día, la primera vez que mantuve una conversación con él, en un paseo inesperado que me deparó y dispensó en un encuentro fortuito, camino de su casa respirando un tranquilo atardecer cerca de esa mar de La Cala, que en estrofas tan bellas como sentidas tuvo a bien exaltar. Luego, en otra ocasión, me abrió las puertas de su hogar – un santuario para mí dado mi admiración por el maestro, que no vacilo en confesar -, había ido yo a llevarle tres o cuatro cintas para su Olivetti, resto de una antigua papelería de mi propiedad, sabedor de su necesidad imperiosa de ellas). Ese era su estilo: lo más grave, lo que puede causar dolor, iracundia o incitar a un acerbo ataque se diluye en su lenguaje, y el tono escogido en pirueta que la desposee de acritud. Sin  merma en su entendimiento y en la consecución de su último objetivo hacía que con sus palabras cambiemos el desabrimiento por una sonrisa. Milagro del buen hacer de un articulista “amanuense de sí mismo”, como alguien dijo de él con justicia.

Más de sesenta años dando la esencia de su ser a golpe de una vieja máquina de escribir, tras la leve neblina de su sempiterno cigarrillo, y las más de las veces tras las cristaleras de su despacho que da al mar (“Bajamar de la desgana: las olas cerca de mí, yo lejos del agua clara…”), y la presencia impávida de sus búhos, mudos, ojiabiertos, enigmáticos. En mis paseos por las cercanías de los túneles de Rincón de la Victoria, cerca de los cuales tiene su morada el articulista y poeta, cuando veo iluminado su despacho me lo imagino así en su quehacer diario (“a las siete sale cada tarde mi artículo a su destino “, me confesó el día de mi feliz tropiezo con él); y, en ocasiones, me paro para contemplar la difusa luz de su lugar de trabajo. “¿Habrá puesto ya el maestro el punto final en su artículo de cada día?¿ De qué tratará? ¿Con qué ocurrencia nos sorprenderá mañana? ¿Con qué chispa o agudeza nos hará discurrir?”, me preguntaba.

Hoy, esta mañana, mientras paseo me vienen a la memoria unos versos suyos, clarividentes de su manera de enfrentarse a la vida: “No pensar nunca en la muerte / y dejar irse las tardes / mirando como atardece. / Ver toda la mar enfrente / y no estar triste por nada / mientras el sol se arrepiente. / Y morirme de repente / el día menos pensado. / Ése en el que pienso siempre”. Sentidos versos exaltando un deseo  que ha visto cumplido el poeta y escritor que siempre nos embelesó con sus artículos y sabio decir rimado. ¡Hasta siempre, maestro!

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Interregno

Interregno

JOSÉ BECERRA

Pocas veces, por no decir nunca, por lo menos en la historia reciente de esta España  nuestra, se habían perfilados bloques  tan nítidos de cara a las elecciones que por fin, el ya presidente en funciones, Pedro Sánchez, acaba de anunciar para el 28 de abril. Esta así a la vuelta de la esquina que un nuevo inquilino siente sus reales en la Moncloa, o que lo diga haciéndolo  quien hasta ahora ostentaba ese honor, que cosas más difíciles y peregrinas  se han visto en el seno de la política del país. Se perfilan dos bloques antagónicos enfrentados con nitidez, si es que se mantienen los lazos que a entrambos han venido cohesionando en los últimos tiempos: por un lado se erige el PSOE, a quien las encuestas del  más variado pelaje dan como vencedor de los comicios, si es que cuentan con el beneplácito de Podemos para sumar una mayoría, suma ésta problemática para alzarse  con el triunfo dado el desplome que las huestes de Pablo Iglesias viene ofreciendo a ojos vista, a lo que habría que sumar la desafección  de los separatistas catalanes, todavía sin resarcirse del golpe asestado por  Sánchez, quien les volvió las espaldas despectivamente, como se ha visto al filo de los últimos acontecimientos vividos en  el seno del suelo patrio. Enfrente,  nos encontramos con el dique que a este ya presidente del Gobierno destronado forman PP y Ciudadanos con el apoyo de Vox, que a nadie se le escapa que desean  reeditar  el zarpazo que en Andalucía ocasionaron a Susana  Díaz y el arrinconamiento del PSOE, por mucho que Rivera y los suyos miren de reojo, no muy complacidos con la presencia y el auge indiscutible de VOX, contra el que no ocultan una malquerencia más o menos encubierta. Pero el presidente ahora mismo de un Gobierno en funciones, tras el revés que sufrió en vía  parlamentaria, no se achica: no va con él esta actitud. Las circunstancias adversas  empujan e nuevo a Sánchez   a no tirar la toalla en el pugilato político y partidario que ya en un hecho; es más, su talante personal y político le presta alas para que pueda soñar con una victoria en la desigual y campal  batalla que se aproxima en busca del voto que se diagnostica será el más versátil en los comicios ahora anunciados. No se amilana ni achica y confía en el berrinche de la izquierda por la caída del Gobierno en el que cifraba todas sus esperanzas le suba en volandas a golpe de voto emitido en su favor. Solo que ahora no esgrimen  sufragios quienes les son de antemano adeptos a su causa, sino todos los españoles: en la formación de gobierno va a contar, y de qué manera, la segmentación del panorama llamado a las urnas. La fragmentación de las apetencias hacia uno u otro color político dibuja un mapa bien fragmentado. El interregno en la presidencia del gobierno  al que nos encontramos abocados, por la ambivalencia de quienes son sus protagonistas, no deja de ser inédito en la historia de esta España nuestra que nos va tocar  vivir en los próximos meses. Una refriega electoral que no tiene precedentes por la situación de quienes se aprestan a esa  batalla campal que  ya ha empezado y por la que sus protagonistas velan armas, si no es que ya la desenterraron y las esgrimen sin miramientos.

 

 

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Barbarie en la Alameda de Ronda

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Barbarie en la Alameda de Ronda

JOSÉ BECERRA

Todos los pasos de los rondeños y de quienes desde pueblos cercanos vienen a Ronda por las más variadas cuestiones, conducen en según qué hora del día al Parque de la Alameda. Aquí se viene en busca de paz y tranquilidad en no importa qué hora del día, apartado de la bulla callejera y para perder la vista en horizontes lejanos que hablan del recoso entorno de la “ciudad soñada” de Rilke. Recuerdo de los años de mi niñez que mi madre, en viajes que desde el próximo Benaoján me llevaba hasta Ronda ya para comprar mis zapatos nuevos o la indumentaria que habría de lucir en las fiestas patronales locales, siempre me llevaba a este parque a la mediación del día para reponer fuerzas con las viandas de rigor tras buscar la sombra más apropiada  a este menester

Luego con el paso del tiempo supe que el nombre del lugar de mis regodeos infantiles originario era el de la Alameda de San Carlos y que su emplazamiento se sitúo junto a la Plaza de Toros y bordeando la imponente cornisa del Tajo con la idea de que estuviese perfectamente incardinada en la ciudad. Después, en el transcurrir de los años, mis visitas a tan singular paraje de belleza y relajación se hicieron tan frecuentes como fueros mis visitas a la villa. Acabados mis asuntos en la vorágine de la ciudad y en espera del regreso a mi pueblo natal allí me solacé disfrutando de su arboleda y las vistas que desde sus balconadas me permitían gozar de horizontes lejanos con el fondo enigmático de la Serranía de Ronda, tan eterna como misteriosa, dicho sea de paso, y que encandila a propios y extraños.

Siempre se me antojó un lugar idílico y de remansada paz. Lugar pintiparado para la relajación y el sosiego interior no pocas veces enturbiado en el devenir diario de una ciudad bulliciosa que aquí siempre tuvo su rincón de remanso. Mi lugar de recreo placentero y calma pintiparada  desafía al tiempo y no menos con sus alturas desmedidas hacia el mismo cielo,  el cedro de Himalaya o  la acacia de tres espinas, un corpulento ejemplar botánico que puede alcanzar los 40 metros y caracterizado por su corteza lisa y agrietada y sus verdosas hojas  filamentosas. Se yergue soberbio junto al viejo estanque de los patos, un lugar en el que siempre gocé de  momentos que ahora en la vejez añoro no pocas veces.

Pero el paseo no se circunscribe a este para mí idílico lugar sino que continúa bordeando la cornisa que desemboca en el hotel Victoria marcando los límites de un paseo, el de “Los Ingleses”, que ofrece panorámicas de bellezas indescriptibles para venir a morir en el “Asa de la Caldera”, caprichoso monumento natural donde los haya en la ciudad.

Este Parque con carismáticas vistas que se me antoja tiene mucho que ver con la fisonomía de nuestra  Ronda milenaria y eterna no siempre ve transcurrir el paso del tiempo en paz y armonía. Ocurre que a veces sufre el ataque de energúmenos incontrolados que lo hacen objeto de vandálicos ataques como los que se denunciaron días atrás y que se cebaron  en su mobiliario, amén de las pintadas que desfiguraron parte de su entorno. Importa y mucho que se se extreme la vigilancia en tan emblemático lugar, paradigma de  belleza natural y lugar en el rondeño y visitantes ocasionales cifran su bienestar en momentos de asueto. La barbarie de algunos debe ser motivo para extremar las medidas de protección que lleven a erradicarla de plano.

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Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.