Estado de Derecho ultrajado

 

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El Estado de Derecho ultrajado

JOSÉ BECERRA

Sentenció Winston Churchill, premier británico y premio Nobel de Literatura merced a su dominio de la descripción histórica y biográfica, a la vez que por su brillante oratoria y defensa a ultranza de los valores humanos, reseñó, digo, que “la democracia es el peor gobierno diseñado por el hombre, con excepción de todos los demás”. Albert Einstein, por su parte, dejó claro que su ideal político era el democrático: “Todo el mundo debe ser respetado como persona y nadie debe ser divinizado”. Mentes preclaras que nos llevan a afirmar al resto de los mortales que todos somos iguales ante la ley y que nadie debe mancillar la democracia como sistema de organización política que en su día nos dimos los españoles. Por estas razones, resulta oprobioso que Puigdemont, ahora huido y dejando a sus principales seguidores en la estacada, venga a quebrantar el Estado de Derecho, alzándose en un arrebato infantil como depositario de una democracia de la que en España tratan de arrebatarle opresivamente. Puerilidad manifiesta, no exenta de cobardía, como se ha vuelto a ratificar enviando a sus consejeros a Madrid para responder a la Justicia de sus desafueros, y él eludiendo una responsabilidad que le incumbe como principal insurrecto, quedarse tan campechano en Bruselas o dondequiera que haya establecido su morada en espera de que pase la borrasca. Que no va a pasar para él, como se apunta en los medios judiciales españoles que están detrás de su pista, como no podía ser de otra  manera  ante tan fementido personaje, que además se escabulle dando buenas muestras de que nada quiere arriesgar para defender su ideario, por otra parte tan descabellado como irreal.

Día aciago

Día aciago

JOSÉ BECERRA

Cuando una parte del cuerpo humano padece una afección, no digamos una amputación, el dolor se generaliza con mayor o menor intensidad en todo el organismo. Ocurre lo mismo cuando este estado catatónico lo experimenta toda una nación al corroerse por el delirio enfermizo de una parte lacerada que indubitablemente viene a trastocar su corporeidad total, considerada ésta como la integración de múltiples factores constituyentes de una entidad única, entre los que no son los menos importantes los que atañen a principios afectivos, sociales o anímicos. Son los que se materializaron el viernes pasado en Cataluña y que vinieron a atentar con alevosía contra las normas democráticas que en su día se recogieron en el corpus legislativo de la nación, para asombro y pesar del resto de los españolitos de a pie.

Pero afortunadamente, ante tamaña desfachatez de quienes proclamaron sin ambages la república catalana saltándose a la torera la Constitución que en su día nos dimos, se ha erigido el imperio de la Ley recurriéndose a ese artículo 155, que en estos días viene adquiriendo especial relevancia y que el presidente Rajoy acaba de poner en marcha con rotundidad y sin dilación contra los amotinados que amenazan con subvertir nuestra convivencia, anulando todas sus prerrogativas con el ánimo de cercenar la desfachatez con la que trataron de soliviantar al resto de los españoles. Respiramos así, aliviados. Cuanto más que se anuncian elecciones autonómicas inminentes – 21 de diciembre – para que sean las urnas las que proclamen sin subterfugios la forma de gobierno que venga poner freno a una situación tan aciaga como la ha que se ha venido viviendo en los últimos meses.

La intervención del Gobierno, regido por Rajoy, con tiento y prudencia, pero con determinación, ha sabido atajar el lacerante mal que atenazaba a una región española y que amenazaba con quebrantar al resto del país. Es de esperar que su intervención arroje los frutos de concordia por todos apetecidos y que del día aciago del 27 de octubre de 2017 solo quede como recuerdo de una pesadilla de la que se supo despertar a tiempo y que del Puigdemont insumiso solo quede una lejana memoria de su sueño imposible.

 

 

 

Benaojan, entre peñas escondidos…

 

Benaojan, entre peñas escondidos…

JOSÉ BECERRA

Días atrás fue noticia el desprendimiento desde la Sierra de Juan Diego- telón de fondo pétreo de Benaoján-  una roca de considerables dimensiones que vino a desembocar, presumiblemente con gran estrepito, en medio de la carretera que une  entre sí a este pueblo de la Serranía de Ronda con Jimera de Líbar, en las cercanías de la famosa cueva de la Pileta, un tesoro prehistórico, por más señas. No es la primera vez que sucesos de estas  características se producen en las inmediaciones de Benaoján, o incluso impactando con las casas de su interior, afortunadamente ahora sin que hayan producido daños a sus habitantes.

Es lo que ocurre en los pueblos en los que peñas, quebraduras y pináculos que al cielo parecen horadar sirven de telón pétreo  de fondo a las casas que a sus cobijos  se acogen no sin temor y recelo de sus moradores, pese a que bajo su imagen ven transcurrir su existencia. Me viene a la memoria una coplilla que en uno de estos pueblos aún se tararea porque los riscos forman sus señas de identidad más conspicuas. “Benaoján, entre peñas escondido, la Pileta es tu nido, monumento nacional…” Efectivamente, la piedra desnuda, las cumbres inaccesibles y brumosas en la lejanía, las agujas que  taladrar el cielo parecen, son una constante en Benaoján desde los más alejados y obscuros tiempos de su historia. Y claro, ocurre lo que ocurre: grandes bloques de piedra, desencajados de su núcleo vienen a parar a las inmediaciones del pueblo cuando no, como digo,  impactan directa y peligrosamente en  las casas.

Ocurrió en 1947, un enorme bloque de granito sobrevoló un par de casas del pueblo, para venir a alojarse en los bajos de una casa, en cuya parte superior dormía tranquilamente Ramón la Estanquera, que así se le conocía en Benaoján y que milagrosamente resultó ileso de la terrible acometida. El suceso ocupó la portada del diario SUR de entonces; como lo hizo años después – 1967 – cuando otro bloque granítico impacto sobre la techumbre de una de las muchas fábricas chacineras de la localidad, milagrosamente en la hora del medio día en la que los operarios aprovechaban para el almuerzo: otro portento que permanece incólume en la memoria de los benaojanos que ya peinan canas.

Quienes visitan el pueblo de manera ocasional se maravillan de la belleza monumental del anfiteatro pétreo que  lo circunda y que son sus señas de identidad más significativas y recelan, al mismo tiempo de la proximidad de las rocas. Algo que a los vecinos del pueblo no les causa el menor temor, quizás acostumbrados a su proximidad: están familiarizados con ellas y con su proximidad conviven sin el menor recelo.

Foto de J. Bullón y Vanesa Melgar

 

La castaña de la Serranía de Ronda, objeto de deseo

 

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La Serranía de Ronda exalta la castaña

JOSÉ BECERRA

Cada año, cuando el calendario nos anuncia la llegada del Día de los Difuntos, a saber, el 1 de Noviembre, ya comenzó en Pujerra, pueblo que sienta sus reales en la montaraz Serranía de Ronda, la tradicional recogida de la castaña. De ella viven mayoritariamente los pocos más de 300 vecinos que hace posible en buena manera su sustento y que como tal le rinden poco menos que pleitesía por esta época del año.

Se asienta el caserío en el dilatado Valle del Genal, en cuya proximidad fuentes históricas fidedignas estiman o acreditan que nació o vivió el rey godo Wamba, hecho del que los naturales de la comarca hacen alarde. Así como de su lucha contra las tropas invasoras de Napoleón a principios del siglo XIX; tanto es así que todavía los lugareños entonan una coplilla dirigida al Gran Corso y que retrata su valentía: “Napoleón conquistaste a toda España, pero no pudiste entrar la tierra de las castañas”.

Hoy es un puro gozo ver en las faldas de los montes que rodean al pueblo o en el roquedo calizo y desnudo, no pocas veces estratificado, los castaños en flor, para enseguida contemplarlos ofreciendo a la vista sus frutos que lucen su tersura en la cápsula espinosa que le sirve de coraza contra los insectos depredadores. Lástima que a ellas sean inmunes otros saqueadores- los humanos- que poniéndose por montera los esfuerzos y penalidades de los labriegos propietarios del terreno llenan sus morrales de castañas para venderlas al mejor postor. Pero esa es otra cuestión.

En los días que preceden o siguen de aquellos de ir sl encuentro anual con nuestros difuntos, la gente de la Serranía de Ronda convierte a la castaña, ese peculiar fruto de la familia de las fagáceas, un tótem al que se rinde veneración; se suceden los tostones familiares y las fiestas juveniles organizadas con este pretexto.

En la comarca del Guadiaro, que lame con sus aguas varios pueblos serranos, siempre existieron familias vinculadas al modestísimo negocio familiar de la castaña. Se trasladaban a pie hasta los municipios en los que el fruto era abundante, entre ellos Pujerra, y establecían un comercio itinerante y de permuta de escobas, escobones y soplillos de empleita por cuartillos de castañas (“gente de montaña paga con castañas”, se decía entre bromas y veras). Luego, tostadas o cocidas las vendían en esquinas o de puerta en puerta en puerta, “media docena, un real”, a la usanza de los años posteriores a las décadas del hambre, mediado el pasado siglo y transcurrida la Guerra Civil.

Tostar las castañas en viejo latón u olla desportillada y agujereaba en su fondo al fuego vivo era todo un arte para el que se exigían buenas mañas. El olorcillo expendido que acariciaba el olfato era el preludio de la grata sensación de tenerlas en la mano caliente y crujiente antes de llevarla con delectación a la boca. Con frecuencia constituían un motivo de fiesta. Se tostaban las castañas en los patios y se consumían en el interior, acompañadas de anís p de cualquiera otra bebida reconfortante. Lo bailes duraban hasta el amanecer o hasta que las brasas del fuego que había hecho posible el tostón de rigor se consumían convertidas en cenizas.

En Pujerra se ha abierto un museo, cuya estructura y ornamentación exterior en interior gira sobre la castaña. Ofrece información turística sobre el fruto y su significación histórica para el pueblo. Se dice que es único en España, de ahí la curiosidad y el interés que despierta. No se podía contar con otro acicate más apropiado para exaltar el pasado y presente del municipio enclavado en la médula del singular Valle del Genal.

Alcaldes de la Serranía de Ronda reticentes ante un plan de la Junta

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Alcaldes de la Serranía de Ronda reticentes ante un plan de la Junta

JOSÉ BECERRA

La masificación urbana que se instaló en el litoral malagueño ha hecho que inversores y promotores fijen su atención en la Serranía de Ronda. La intención es extender su dominio sobre este territorio hasta ahora exento de esa malsana deriva de construcciones allá donde todavía impera la tranquilidad y belleza paisajística indemne aún al dominio del avasallador despliegue del ladrillo incontrolado. El espacio en el que prevalece el predominio del desaforado desarrollo urbanístico se hace pequeño y miradas ávidas de nuevos horizontes y lucros desmedidos se han vuelto hacia este lugar privilegiado hasta ahora, como digo, a salvo de edificios colosales que, a buen seguro, vendrían a empañar su apariencia placentera de siglos. Pero, en fin, la otra cara de la moneda es que las inversiones en la zona caerían como un maná allí en donde las carencias económicas sin cuentos vienen siendo proverbiales. Pero he aquí que la Junta de Andalucía, a través de la Consejería de Medio Ambiente, con muy buen criterio, acaba de redactar un Plan del Territorio de la Serranía de Ronda, con vista a frenar una desbocada utilización de su suelo que venga a ser reflejo de las tropelías urbanísticas llevadas a cabo en el litoral y el consiguiente desmadre urbanístico en detrimento de parajes y paisajes rurales que les son propios y que caracterizan tan singular región.

La cuestión es que la irredenta Serranía de Ronda necesita que las administraciones públicas les tiendan la mano para salir del marasmo económico en el que los pueblos que la componen se ven inmersos, muy a pesar de quienes desde los ayuntamientos respectivos que la rigen se las ven y desean para que se invierta en su ámbito. Me refiero a los alcaldes que han recibido la noticia desde las instancias administrativas superiores con cierta sorpresa, con recelo y un no mal disimulado desencanto. Argumentan algunos de estos regidores que las medidas que se pretenden imponer desde la Junta para impedir que el caos que reina en el litoral en lo que concierne a un incontrolado desarrollo constructivo – el desaforado boom del ladrillo – tome cuerpo en zonas del interior, frene de paso las inversiones cuando no la cercenen del todo.

Sea bienvenido el plan que venga a evitar un desarrollo desordenado émulo del que se instaló en el cercano litoral, pero que no impida la recepción de inversiones que propicien la creación de empleo y el resurgir de una zona cuya depauperación es bien visible. Toca consultar a alcaldes de los más de una treintena de pueblos para que expongan sus razones y pretensiones con vistas a que no se den pasos de ciego en una cuestión latente como es la necesidad de inversiones y conjugarla con la preservación metódica de la integridad paisajística de tan singular territorio en cuestión. La reticencia de los primeros ediles parece justa y , desde luego,  razonable.

Acinipo, un monumento injustamente olvidado

 

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Acinipo, un monumento injustamente olvidado

JOSÉ BECERRA

No es la primera vez que el grupo Ciudadanos de Ronda levanta la voz reclamando para que a este monumento histórico indiscutible las autoridades andaluzas le tiendan la mano. La necesidad de poner en valor el yacimiento de Acinipo, que no hay que olvidarlo, coadyuva a engrandecimiento de las señas de identidad de la Ronda milenaria, ha sido una reivindicación constante de la agrupación naranja, al que la Comunidad Autónoma ha venido haciendo oídos sordos con desfachatez.

   El más claro exponente del asentamiento de Roma en el territorio que hoy responde al nombre de Ronda fuer la ciudad de Arunda, a cuya muy poca distancia se levantó Acinipo, cuyo teatro nos retrotrae a la brillante época de máxima expansión del Imperio nacido en las orillas del Tíber. Antes, en el mismo lugar o en sus cercanías sentaron sus reales los celtíberos y el legendario pueblo de Tartessos, un pueblo a caballo entre la historia y la leyenda que basó su economía en la agricultura del olivo y la vid, de la que Roma obtuvo tanto provecho. El aceite y el vino hispano se los disputaban las familias nobiliarias en la metrópoli, según nos relatan cronicones de la época.

   Roma aprovechó las calzadas que cruzaban la Península Ibérica de norte a sur y se hizo con los poblados que florecían a su paso. Es el caso de Acinipo, al que le cupo el honor de recibir el espaldarazo del emperador Vespasiano, quien le otorgó el derecho latino, emparejándole así con ciudades como las ahora Córdoba y Sevilla. Fue, pues, una floreciente población de cuya importancia habla la construcción del teatro, cuyos restos ha llegado hasta nuestros días. Lo hacen en muy lamentable estado como alta a la vista debido a la desidia de políticos locales que no movieron un dedo para prestarle la atención debida dado su indudable significado histórico.

   Las huestes de Albert Rivera en el Parlamento Andaluz han vuelto con buen criterio a hostigar al Gobierno autonómico para que lleguen a Ronda más pronto que tarde los 150.000 euros que en su día comprometió adjuntándolos en los presupuestos de 2017. Pero si te vi no me acuerdo. Brillas por su ausencia cuando ya lo que se tramitan son los del año siguiente. La voz cantante de la reivindicación la lleva el coordinador del Grupo de Ciudadanos rondeño Francisco Orozco, de la que se ha hecho eco el diputado Carlos Hernández, quien reclama una solución para el conjunto arqueológico largamente abandonado a su suerte.

   La puesta en valor de Acinipo no admite espera, cuanto más que se puso negro sobre blanco la cantidad que en su día se dispuso para ese fin. Se necesita una mayor aportación, como han señalado sus defensores a ultranza, y que atañen “a su conservación y mantenimiento”, pero por algo se empieza. Lo que no parece razonable es la desidia mantenida hasta hora al respecto y que obra en detrimento de la estampa ofrecida al mundo a través de un monumento que en gran manera debería ser uno de los símbolos, cuando no el primero, de un acervo histórico y cultural que adorna a la Ciudad del Tajo desde la antigüedad. El turismo local debería contar con Acinipo como una de sus principales bazas de atracción de cara al turismo que visita Andalucía, y por ende, a Málaga y su provincia. Así, que importa, y mucho, no echar en saco roto las justas reivindicaciones de Ciudadanos, que se apunta un tanto en su papel de sostenedor del PSOE en la Comunidad, pero que exige un trato favorable a sus exigencias; de equidad, por otra parte, como lo es el de substraer Acinipo de un abandono inadmisible.

 

 

 

Patios de los pueblos de la Serranía

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Patios de los pueblos de la Serranía

JOSÉ BECERRA

En estas noches de agobio nocturno se acuerda uno de los patios de los pueblos serranos. Era lugar tiempos atrás de reunión familiar, sobre a la consunción del día, después de la cena. Se habla en ellos de lo divino y lo humano; los novios expresaban allí sus cuitas, y el ama de casa se arrellanaba en el mejor lugar, una vez  finalizada las faenas hogareñas.

Ya no es tarea fácil encontrar patios en los pueblos del interior; fueron desapareciendo a medida que fue creciendo la construcción de nuevas viviendas que, para ganar espacio, los fueron obviando, como si este lugar al aire libre no fuera tan necesario para el disfrute de sus habitantes como otros habitáculos del hogar, caso del mismo dormitorio, pongo por caso, o la cocina.

“El patio de mi casa era particular, cuando llueve mucho se moja la mitad…”, dice la cancioncilla infantil, un soniquete pegajoso que muy bien podría aplicarse al patio de mi vivienda en mi Benaoján natal, a dos pasos de Ronda e inmerso en la imponente Serranía que lo acoge amorosamente, “entre peñas escondido”. Y es que mi patio, semicubierto con techumbre de deslucidas tejas morunas, quedaba por su mitad descubierto a las inclemencias invernales ,pero también a la bondad refrescante de las tardes y noches veraniegas.

Configuración que respondía en esencia a la arquitectura romana, basada en el impluvium y el peristylum, mejorados con el paso de los siglos,incluyendo el período hispano-musulmán. Como se sabe, imperó en la comarca a partir del siglo VIII, cuando la tropas del Califato Omeya,compuestas por árabes y bereberes cruzaron el estrecho de Gibraltar, bajo el mandato de Tarik, y aquí se instalaron nada menos que hasta el siglo XV. Se había formado el estado andalusí,o sea, el Al-Andalus de los cronicones medievales. Y de su influencia vivieron estos lares por luengos tiempos, y de su arquitectura bebieron los pueblos que posteriormente fueron levantándose en el entorno conquistado.

Las casas antiguas de la Serranía de Ronda, naturalmente, no responden ya al arquetipo árabe,pero si influencia no se borró del todo en aquélla. De ahí el predominio de patios que permitían iluminar las estancias interiores que no disponían de ventanas a la calle y que siguen fueron una constante en el diseño de las viviendas de aquellas otras épocas, las cuales siguen en pie desafiando los avatares del tiempo.

¡Ay, mi patio! en él que transcurrieron muchas horas de mi vida! Puedo decir, emulando al poeta Antonio Machado (él hablaba de su Sevilla, que yo cambio por mi pueblo): “Mi infancia son recuerdos de un patio de Benaoján, y un huerto claro donde madura el limonero…”. Porque el limonero nunca faltaba, o la palmera que proporcionaba un toque exótico al patio retrotrayendo a sus moradores a climas tropicales.

Mi patio era más pequeño,pero con el suficiente espacio para que fuese objeto de predilección de los moradores de la casa. Junto al estípite o tronco de una palmera mi madre dispuso de una ingente cantidad de macetas con flores que crecían ubérrimas: geranios, hortensias, claveles…, todas aclimatadas a la semi-sombra y maternalmente acogidas por el ramaje escaso pero suficiente de la palmera, dueña absoluta del reducido espacio. Exhalaban suaves fragancias que se hacían más ostensibles al caer el sol cuando recibían el riego benéfico que las mantenía vivas y pletóricas en el amalgama de colores de pétalos aterciopelados y rutilantes.

En los patios del interior de Málaga vivían sus mejores momentos en las noches del verano. Hacia ellos volvían las miradas los moradores de las casas bien para cenar en ellos, bien para allí permanecer hasta altas horas de la madrugada, cuando el sueño rendía y se desalojaba quedando silencioso y mustio. En el aire relatos de sucedidos y acontecimientos felices de la familia, los cuales seguía alegre o cariacontecido, a tenor de las palabras que hacían mella en mi sentir o resbalaban inaccesibles por mis oídos.

¡Cuántas noches me he despertado por el golpear furioso de agua sobre las baldosas! O por el cantar lastimoso del jilguero de mi padre, que reclamaba su ración de alpiste en su jaula colgada de uno da las ramas de la grácil palmera del patio…

Ya no hay lugar en las nuevas edificaciones para el patio que fue centro familiar de nuestros mayores. Lo sustituyeron las terrazas, uniformes y amaneradas con vistas a la calle y, por ende, sin la menor intimidad. Aposentado en una de ellas, recuerdo el mío con nostalgia: fue uno de los alicientes de mi vida que el paso del tiempo,irrevocablemente, se empeña en hacérmelo olvidar sin conseguirlo del todo.

 

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El pan, alimento y símbolo

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El pan, alimento y símbolo

El pan es un alimento  y  a la vez un símbolo universal imperecedero que está siempre presente en la historia de los humanos desde los más remotos tiempos. Posee connotaciones divinas (“El pan nuestro de cada día…” y coadyuva al desarrollo físico de quienes lo consumen cada día.

   El pan, el humilde y necesario pan, el que siguiendo la prédica bíblica pedimos a Dios que se nos dé cada día, a veces nos sorprende desagradablemente cuando en la tahona de siempre nos avisan del ascenso en lo que a su precio se refiere. No habrá político que en campaña de cualquiera de los comicios no sepan responder con exactitud cuál es el valor de una barra, porque con ello reflejaría su despreocupación por un acontecer social que sí interesa ¡y de qué modo! al pueblo llano.

No goza el pan, sin embargo, en la actualidad de mucha predilección que se diga. Temen las féminas famélicas comerlo por temor a que su cintura pierda el perímetro de su cintura  por el que se someten a los mayores tormentos y los que no paran mientes en estos avatares corporales niegan sus bondades alimenticias. Craso error. No es el pan lo que engorda sino lo que con él acompañamos en demasía a la hora de la manduca, y la sabia mezcla de harina, agua y un toque de sal representan un sustento que para sí quisieran otros manjares más pomposos. “No hay comida corta con pan largo”, que decimos en la Serranía de Ronda. Y no es este aserto de ahora, sino de toda la vida.

De la tríada – trigo, olivo y vid – que revolucionó el acontecer de la alimentación en los pródromos de la existencia humana, el primero se conocía en Oriente Medio ocho mil años atrás, año más año menos. Saltó luego a Asia Menor y desde allí a la zona del Mediterráneo. Entre los egipcios, la elaboración del pan era conocida antes del siglo XX a.C., antesdeayer, o sea, y se cree que descubrieron la fermentación de forma accidental. Alumbró la prehistoria en Europa con los preparados derivados de grano cocido que dieron consistencia a la zarrapastrosa apariencia corporal de nuestros primeros abuelos.

Es posible que el primer pan llevara bellotas, algarrobas o hayucos triturados mezclados con agua; el calor natural hasta la aparición del fuego haría el resto para consolidar la masa. En enterramientos (tolos) de poblados situados junto a los lagos suizos, que constituyen las comunidades civilizadas más antiguas de Europa, se encontraron junto a los restos óseos, residuos de pan sin levadura, fórmula que se empleó en la primigenia elaboración del pan. En Roma se establecieron hornos de uso público durante la República y los restos de las más importantes ciudades y villa desperdigadas por el solar hispano dejaron muestras de ellos.

La Serranía de Ronda está cuajada de testimonios pasados del comercio panadero en la Edad Media y, sobre todo, en la época de denominación árabe, mudéjar o morisca. Hasta hoy se conservaron molinos harineros (sólo en Benaoján siguen en pie, aunque sin uso y arruinados acondicionado con fines turísticos, seis de ellos: La Molineta, el Santo, Manolito Montes, Diego el Retorneado, el de Abel Sánchez y las Cuatro Paradas). El tipo de pan consumido hasta prácticamente mediados el pasado siglo tenía implicaciones sociales: el pan blanco era privilegio de los ricos y el negro estaba reservado para los pobres. Paradojas de la vida. Ahora es el negro el más apetecido, de más saludable y con un precio superior al blanco.

Se elaboraba a mano en el propio hogar o en el pequeño horno local hasta finales del siglo XIX, cuando el trabajo manual fue reemplazado por máquinas. El pan a puño, como se había elaborado desde la noche oscura de los tiempos, duró en la Serranía de Ronda poco menos que hasta ayer mismo.

El calorcillo de los hornos de pueblo, en los que ardía la mejor leña de encina, atraía a ociosos que, pese a su antigüedad todavía contemplaban el milagro de cada madrugada: el paso de los escasos elementos que se conjugaban a la obtención final de las hogazas, “mollencas” (tiernas) olorosas y doradas. Expuestas a los ojos de todos no sin expresa admiración. Arremangados y musculosos, los panaderos, por desgracia, siendo el escenario semejante, no tuvieron un Velásquez que los inmortalizara como hizo con los forjadores de la Fragua de Vulcano.

De pequeño no perdía ocasión de acompañar a un tío mío, panadero de profesión, en su tarea de amasar, leudar y formar los panes – y los molletes, roscas, teleras …- por medio de la fuerza de sus puños y la destreza que le concedían sus muchos años de oficio. Miraba extasiado cómo la bola de masa – harina, agua y sal, en esencia – se extendía en el tablero enharinado para volver a recomponerse en rulo en el que se fijaban por leves segundos las huellas de los dedos del que los sometía al milagro de la transformación. Reposaban luego las piezas al calorcillo del horno en cuyo interior las brasas se avivaban para acoger el amasado de cada día. Maestros toques y no menos diestras cuchilladas daban luego forma definitiva al pan, dejándolo listo para la acción comedida de las llamas.

En la comarca rondeña, no sólo en cortijadas y gañanías se cocía el pan para consumo de labriegos fijos y temporeros, sino en las casas de particulares. Se hacía el amasijo cada cierto tiempo, el necesario para que los panes, guardados en arcones de madera, no desmejorasen en textura y sabor. Luego se imponía una nueva hornada, cuyo ritual andaba parejo al de la matanza casera, con la que se hacía provisión anual de chorizos y morcillas fritas y bien conservados en tinajas de barro para el resto del año.

Un panadero de Ronda decía a José Carlos Capel (Imagen de Ronda) : “ La fama del pan rondeño se debe al empleo de la sal justa y una fermentación lenta, aparte de la calidad del agua. Los tipos de pan que hacemos son la boba, las barras de cuarto, el mollete de masa esponjosa y el carrete, además de la piña, la rosca y la telera. La miga es compacta, cerrada, blanca, de trigo candeal”. El panadero rondeño no tiene reparos en hablar de la excelencia del pan – “el del día, que es como hay que comerlo” -, que sirve lo mismo para comer bien impregnado de aceite que para unas sopas hervidas o un gazpacho caliente. ¡Ay, aquellos coscorrones de pan con un hoyo en medio que mi madre rellenaba con azúcar y aceite y que ponía en mis manos como el agasajo más preciado por mí!

¡Oloroso pan serrano que concede pincelada aromática tan particular a los pueblos recién despertados al nuevo día! El pan presente en todas las casas, las humildes y las encopetadas. El pan que entra bien con el vino, las uvas y el queso; con el chorizo rondeño y la morcilla jimerana; con el caldo de la olla, y el jamón y el tocino curados.

El olorcillo del pan recién hecho se expande por las callejuelas estrechas de Montejaque, Jimera, Benaoján o Igualeja como el mejor reclamo para que los veceros (parroquianos) acudan presuroso a la tahona de toda la vida, aunque el progreso y la tecnología hayan cambiado tercamente su fisonomía y la máquina haya suplido al rudo esfuerzo humano. Pero hay quien se resiste y todavía se puede encontrar el pan de puño y leña. Sólo hay que proponérselo y hacer una escapada al interior. Si hay que pagar precio un tanto más elrevado vale la pena que sea por este pan con el sabor de antaño y con reminiscencias de modos de vida y enjundia rural que podría pensarse ya finiquitadas.

Esplendor de la feria de Málaga

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Esplendor  de la feria de Málaga

JOSÉ BECERRA

La ciudad  toda es un hervor. Se vive con pasión y entrega a la feria por excelencia de Málaga. Y luce en todo su esplendor una flor – el jazmín – con el que sabiamente se compone un ramillete y que, si bien se pasea por Málaga en manos de sandungueros vendedores durante todos los días del verano, es ahora en los días de la feria agosteña, cuando brilla con singular esplendor entre el bullicioso paso de los viandantes. Hablamos de la biznaga, que como el boquerón o el Cenachero,  son las señas de identidad más    conspicuas  de la Ciudad del Paraíso, como magistralmente la catalogó  el poeta andaluz Vicente Aleixandre, apenas escaló la cúspide de su carrera que le llevó a encumbrarse con el Premio Nobel de Literatura, ahí es nada.

La relación de los sentidos y la experiencia, el despertar de la memoria, que adormecida y oculta se incorpora súbitamente a nuestro sentir espoleada por algún suceso seguramente  banal e intrascendente pero que rompe las ataduras de lo cotidiano  aherrojándonos y suprimiendo en nosotros cualquiera otra sensación y realidad fue tratada con la misma profundidad psicológica que supo imprimir al resto de su obra Marcel Proust en la primera parte de La búsqueda del tiempo perdido. 

  Proust, a su antojo, volvía una y otra vez a los momentos de la infancia felizmente vivida en su París natal de los años 20, rememorando el aspecto agradable, el tacto rugoso pero placentero, el sabor inconfundible de las magdalenas que con asiduidad compraba en una humilde panadería de la rive gauche del Sena. Evocaba las magdalenas consumidas con delectación y el mundo de su barrio se abría de par en par ante sus ojos, no importaba que hubiesen transcurrido los años, era igual que la remembranza se hiciese desde un lugar lejano sin similitud alguna con el ambiente y la situación vivida.

El poder de la mente, la analogía de los sentidos yuxtapuestos a la experimentado, obraba el milagro. Aprehendía el tiempo, siempre fugitivo, lo domesticaba a placer y volvía a los momentos pasados y felices utilizando el resorte del gusto y las imágenes asociadas a este sentido.

No es el sentido del gusto sino el del olfato el que a mí me devuelve cada vez que lo evoco la imagen de Málaga (ahora sumida en la esplendente feria agosteña), el calidoscopio de las sugerentes perspectivas de sus calles, del puerto que se enseñorea  del parque, remolonea en la Alameda y casi se hace presente en la calle Marqués de Larios a la que impregna de su cálida presencia; dela Alcazaba, alta y altanera; de la catedral, portento de sillares y entablamentos, arquerías, columnas y cúpula y armonía de proporciones. No me evoca toda esta magnificencia el regusto de un dulce exquisito sino la fragancia y forma de una flor, esbelta, restallante: la de la biznaga.

La biznaga, no es una flor natural, sino el resultado de la feliz conjunción de jazmines ensartados en una planta espinosa (la chumbera que jalona los caminos y veredas de Málaga) que los acogen y que se abren al atardecer para ser colocados en la pala del cacto  para que bien alineadas expandan su penetrante olor y pasen a ser el símbolo por antonomasia de la feria agosteña.

Percibí su aroma, me encandiló su prestancia cuando, en mis años de la infancia – ya ha llovido – paseaba por Larios de la mano de mis progenitores y un vendedor ambulante la ofreció a mi madre. La fragancia impregnó toda  la corta estancia de  los tres miembros que componíamos aquella familia provinciana ocasionalmente trasladada, por  motivo que ya no consigo recordar, a la para mí ya populosa capital. La que yo entonces, con ojos impúberes y atónitos comenzaba a descubrir. Regresé luego por motivos de estudios, y más tarde me afinqué en uno de los pueblos que le dan la mano por su proximidad y que como ella se asoma, recreándose, al esplendente mar Mediterráneo cada mañana compartiendo en complicidad  tamaño milagro natural.

No hay para mí recuerdo próximo o lejano dela Málaga que parió calles y personajes históricos y entrañables, templos y paseos, tiendas y tabernas antiguas, feria agosteña, – “ esplendor y crisol de luz y color”- y procesiones semana santeras – “ vahído de emoción y exaltación sin límites de los  sentidos”-,  librerías de viejo, posadas y patios de vecinos al que no se anteponga como preámbulo feliz de dicha amistosa, estética y sensual la espigada biznaga, inundando y enseñoreándose de mi ánimo y predisponiéndolo a la evocación más sentida.

Connivencia de sentidos y experiencia que constató el  asmático pero celebrado escritor parisino pero a la que se puede llegar a  través de los más variados caminos. Quién me dice que no estaría sumido en la fragancia de la biznaga Vicente Aleixandre cuando en Sombra del paraíso dio forma a  versos sublimes a Málaga dedicados: “ Calles apenas, leves, musicales, jardines / donde flores tropicales elevan sus juveniles palmas gruesas,/ Palmas de luz que sobre las cabezas, aladas, / mecen el brillo de la brisa y suspenden / por un instante labios celestiales que cruzan / con destino  a las islas remotísimas, mágicas, / que allá en el azul índigo, libertadas, navegan”.

 

 

Los pitufos abandonan Júzcar

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Júzcar dice adiós a los pitufos

 JOSÉ BECERRA

“La pela es la pela”, que dicen los castizos catalanes y de rechazo en cualquiera parte del país,  a saber,  que el dinero es lo que importa y éste es el que mueve voluntades y actitudes, sin el cual todo se viene abajo como un castillo de naipes. Es lo que acaba de ocurrir en Júzcar, ese encantador pueblo de la Serranía de Ronda, que había hecho del color  azul-celeste su santo y seña a tenor de los Pitufos, la serie televisiva que removió los cimientos del pueblo y dinamizó su paupérrima economía atrayendo infinidad de visitantes.

En estos tiempos procelosos que corren en los que encontrar un puesto de trabajo es tarea ímproba por no decir imposible resultaba reconfortante saber que en un pueblo de la Ronda serrana se podían contar con los dedos de una sola mano y quizá sobrasen dedos las personas que no gozaban de una ocupación lo suficientemente lucrativa como para servir de sostén a una familia, fruto la feliz de la providencia que, como un maná, se derramó sobre el pueblo, en forma de tan divertidos personajes.

A Júzcar, enclavado en el oeste de la provincia malagueña, en las cercanías del Alto Genal, el cual da nombre a un fértil valle, parece que los pitufos le tocaron con su varita mágica en reconocimiento a que las fachadas de las viviendas se tiñeran de azul, que, como se sabe, es el color distintivo de estos divertidos personajes que con sus historietas y películas cautivaron a los niños de medio mundo.

 En buena parte debido a ellos, hoy por hoy, trabaja casi todo el pueblo; merced además, que todo hay que decirlo, a las inversiones que vienen realizando tanto la Diputación como la Junta de Andalucía con el propósito de dinamizar la economía local de pueblos malagueños, en este caso en los que se ubican dentro del marco de la Serranía de Ronda. Una economía deficiente y una situación calamitosa que había que concederle la mayor atención, desarrollando en lo posible el turismo, palanca que en cualquier parte todo lo mueve para bien.

    Pero he aquí que la gallina de los huevos de oro, echando mano a la famosa fábula de Esopo,  lleva camino de desaparecer más temprano que tarde. Y no es que como en el relato clásico se ambicionará más de lo debido matando a la ave y hurgar en sus entrañas, que no es el caso, sino que el Consistorio se ha decidido acabar con todas las imágenes y estatuas que con los celebérrimos Pitufos se adornaba el municipio. Se le exigían compromisos pecuniarios que nunca se satisficieron a los creadores de las divertidas historietas de los protagonistas y desde la Alcaldía se ha optado por el camino de en medio.

   Hubo un intento de aproximación entre las partes, pero el resultado final es que se prescinde de las efigies, que desde hoy parece que pasarán a mejor vida, una vez no quede ni rastro en el pueblo de ellas. Fueron vivo  reclamo para visitantes – se afirma que llegaron a aposentarse una media de 50.000 visitantes en la demarcación –, un prodigio para un caserío que apenas llega a los 250 habitantes y que revolucionó para bien sus exiguos recursos económicos. La pela es la pela, como digo,  y es lo que exigen los progenitores de los televisivos personajes a las autoridades administrativas de Júzcar,  optando éstas finalmente por sucumbir  a tenor de las exigencias por  las promesas incumplidas. Una decisión que todos hemos de sentir porque vino a revitalizar lo que no era sino poco más que una aldea que cobró vida inusitada y llegó a tener prestancia dentro y fuera de España.

    Eso sí, el colorido característico que durante años revistieron las fachadas y que recordaban a los protagonistas de la serie continuará tal cual, que cada vecino es dueño y señor para pintar su casa del modo y forma que se le antoje. Faltaría más.

Foto Diario SUR