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Paraíso de miniatura en la Serranía de Ronda
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José Becerra | 27-08-2014 | 10:21| 0



JOSÉ BECERRA


Es el tiempo. Llegó el momento. Volvieron a llenarse las calles de los pueblos cercanos al mar de la provincia de Málaga y el hervidero humano de quienes  quieren gozar de sus “bien merecidas vacaciones”, que suele decirse manidamente y  sin empacho,  vuelve por sus fueros.

 

   La ciudad malagueña  y los pueblos costeros aledaños, además de un crisol en donde se amalgaman los deseos abrigados durante los meses de trabajo – los afortunados que lograron mantenerse en él, cosa  que hoy en día no deja de ser una circunstancia fortuita –, o precisamente para darles fiel cumplimiento, se transforman en recipientes para el solaz y la plasmación de la liturgia anual del “bon vivant” anual, (venga de donde venga),  siquiera sea por unos pocas semanas.

 

  Playa, sol, sarao, discoteca… Ritmo trepidante diurno y nocturno que puede llegar a ser cansino, si no agobiante. Y nos surge la propuesta: ¿ Qué  tal si se hace una escapadita al interior, una pequeña incursión tierra adentro, que sólo va a exigir un día, incluso unas pocas horas y que le compensarán del ajetreo urbano disparado hasta la exageración por estas fechas?

 

   Si está en Málaga capital véngase por la carretera de Campillos y Ardales; si escogió para sus vacaciones en  alguno de los tumultuosos pueblos de la Costa del Sol, recurra a la carretera de San Pedro. Ambas vías le conducirán hasta Ronda. Y a un paso de la ciudad del Tajo venga a solazarse en  las inmediaciones de la cueva del Gato de Benaoján, ese pueblo chacinero por antonomasia de calles estrechas, tortuosas y empinadas, como deben ser los pueblos modelados en tiempos remotos.

  

    La Cueva del Gato, situada en la rondeña sierra de Libar, posee dos entradas de colosal apariencia: una se abre en el  término municipal de Benaoján y otra en el de Montejaque, donde toma el nombre de  Cueva del Hundidero y ofrece dos posibilidades de disfrute, igualmente seductores.

   Podemos adentrarnos en su sobrecogedor   interior dando pie a una aventura apasionante exacerbando el espíritu de abordar lo desconocido (que a muchos nos anima cuando se disfruta de tiempo libre y lo empleamos para el goce de lo exótico), siempre que nos sometamos a la experiencia de guías, conocedores del terreno que se pisa y las aguas que se han de esquivar, que pueden resultar muy peligrosas. Se necesita temple y preparación, más allá del espíritu aventurero de cada uno.

   Suspenden el ánimo y excitan la imaginación, ya la abordemos desde un pueblo o de otro, impresionantes galerías como la de la Chimenea, la del Aburrimiento o la de 1.100. Un mundo subterráneo cárstico originado por la descomposición de la caliza( fenómenos de disolución provocados por filtraciones del agua), húmedo y de umbría extrema que asimismo se hace patente en las salas de Las Dunas, la de los Gourts o en La Ciénaga, para desembocar en la sobrecogedora Sima de Calipso.

   Recorre el conjunto de la cavidad  el río Gaudares o Campobuche, que ambas denominaciones recibe, después de 4 kilómetros  de curso subterráneo antes de acabar, impetuoso cuando las lluvias son copiosas, en el Guadiaro, dando pie antes  a un meandro de azuladas aguas, cuyo disfrute nos hará olvidar los rigores del estío.

  A eso iba: Si quiere obviar el peligro del interior dispone de  este otro recurso que es el que escoge la mayor parte de quienes se acercan a sus inmediaciones y que no es otro que quedase en la entrada y contemplar la maravilla del gesto furibundo del gato de piedra, modelado caprichosamente por la Naturaleza en un trabajo de milenios y del trabajo incesante de remodelación del líquido elemento.

   Las fauces del felino se encumbran en un promontorio pétreo que domina el Charco Azul, un remanso de paz y cristalinas aguas, frías como cuchillos, que dijo el poeta, y que tiene mucho de paraíso prometido, donde el verano repliega sus ardores en las mismas puertas de la oquedad. Es aconsejable cuando lo que se decide es una escapada veloz, esta última opción, si lo que se quiere es relajación y disfrute de un paisaje natural por excelencia.

   Acomodémonos en las inmediaciones del charco que por el color de sus  aguas remansadas los del lugar, ya digo,  conocen como Azul y aprestémonos a gozar de un refrescante baño rodeado de un paisaje poco menos que idílico. Cierto, que los desaprensivos pueden dejar rastros de su paso por el lugar, pero las ordenanzas municipales, estrictas en esta cuestión, suelen vigilar de cerca el entorno, sabedores de que el Gato es un rincón único en la provincia para el solaz y la complacencia alejados del tumulto de las ciudades, aparte de que bañarse en las aguas que a sus pies se  serenan no contienen ni un ápice de contaminación.

   “¡ Qué relajada vida del que huye del mundanal  ruido, y sigue la apartada senda de los pocos sabios que en el mundo han sido…”! Me  vienen a la mente los versos de Fray Luis de León, que beben en las fuentes del Beatus ille de Horacio, cumbre de la literatura latina: “El agua en las acequias corre, y cantan los pájaros sin dueño; las fuentes al murmullo que levantan, despiertan  dulces sueños…”

   Uno, que es amante de la vida placentera, algo que con la edad es una circunstancia que se acrecienta,  ha dormitado no pocas veces en los márgenes del río desbocado en el Gato: mimbreras, juncias,  adelfas y tímidas choperas merced a las sombras que prodigan me hicieron dormitar plácidamente, arrullados mis oídos por el rumor de la cascada cercana. Un placer barato y al alcance de cualquier bolsillo, no digo más.

   No habrá problemas para la  manduca, que no todo es satisfacer los sentidos que tienen que ver con el sosiego y la tranquilidad anímica, también cuenta la corporal: el estómago tiene sus exigencias y no conviene desairarle. Para satisfacer esta urgencia abren sus puertas en sus inmediaciones ventas y restaurantes – Joselete, Las Banderas y el Molino del Santo, entre otros – en los que degustar platos típicos de la zona, entre los que no faltan el conejo al ajillo,  la olla con garbanzos, calabaza, chícharos, tocino y carne de chivo, amén de los molletes con aceite, apetecibles cuando el sol despunta, y ¡como no!, la rica variedad de embutidos (morcilla rondeña y chorizo rondeño, morcón…) por los que Benaoján descuella desde tiempo inmemorial. ¡Vengan, vean y prueben! ¡Y que ustedes lo disfruten!

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Corrupción impune (por ahora)
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José Becerra | 25-08-2014 | 11:49| 0

 

Se resiste uno a hablar del caso  Puyol desde aquí, en  la maltrecha Andalucía donde abundan los casos de la corrupción entre jerarcas políticos y sus adlátares se embolsaron millones de euros substraídos de los cursos de formación  destinados cándidamente a paliar la acuciante tragedia del paro que hunde en la desesperación a tantas familias de la región, o de los ERE fraudulentos que la colocó en la cabecera de la corrupción que hoy por hoy es un baldón que la aplastará durante decenios. Puede que en nuestra tierra queden todavía malhechores que siguen sin dar cuenta de sus fechorías, pero también es cierto que ya hay algunos en chirona  y sobre otros se extiende alargada la sombra de la Justicia para que paguen por sus felonías.

   Cierto es que vemos cada día en  nuestra Comunidad el descaro de quienes señalados por sus trapisondas continúan en la calle y tan campantes. Pero esa petulancia roza lo inverosímil en el caso del que fuera y ya no lo es el honorable ciudadano   catalán Jordi Puyol. Después de confesar – seguramente empujado por  circunstancias políticas que lo ponían en el disparadero – que había mentido sobre enriquecimiento personal  y el “fraude fiscal”,  vemos al expresidente de la Generalitat un día sí y otro también paseando tranquilamente por las calles en las que se ubica su residencia veraniega como si nada tenga que ver con el fraude declarado y que mantuvo durante más de tres décadas.

   Asaltado por los periodistas que no parece  que altere su ánimo deambula cada mañana o atardecer hacia su café habitual del pueblecito del Pirineo de Girona y contesta a los saludos que los aldeanos, los cuales hacen caso omiso a la política y muestran anteojeras  a la declaración sobre su patrimonio fuera de España, le dirigen como lo hacen a un veraneante más de los que escogen el lugar para su descanso estival. Como si con él o su familia no fuese la sacudida que  ha originado en la mayor parte del ánimo  de la ciudadanía del país.

   Y nos preguntamos, ganados por el asombro  ¿hasta cuándo durará la impunidad que gozan los que se lucraron con el dinero de todos? ¿Qué espera la Ley para que sucumban ante el peso de la Ley que debería ser igual para todos? ¿Hasta cuando camparan por sus respetos? ¿Devolverán el dinero falazmente agenciado?

  Es muy difícil hacer compatible la política y la moral. No lo digo yo lo dijo sir Francis Bacon, filósofo y político inglés del siglo XVI (ya ha llovido). Lo que a mí se me ocurre es que si no se lucha denodadamente contra la corrupción no serán pocos los políticos que caigan en ella. Pero eso sería, como dicen en la Serranía de Ronda los que más años suman,  poner el arado delante de los bueyes.

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La contribución
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José Becerra | 22-08-2014 | 10:46| 0

La contribución

 

Las imágenes  se me quedaron grabadas en la  mente infantil, por mi edad abierta a todos los estímulos que me venían del exterior. Cuando el verano, seco y peleón, hacía estragos en el pueblo de la Serranía de Ronda que me vio nacer, la gente de condición modesta y  obrera se acicalaba, casi tanto como en las fiestas del lugar – pantalón y chaqueta nueva, camisa blanca, alpargatas o zapatos impolutos – y se encaminaba hacía el Ayuntamiento (en Benaoján, en la plaza de la iglesia, centro neurálgico del pueblo), no sin mascullar por el camino alguna que otra maldición.

  ¿Era llegado el momento de rendir pleitesía al Patrón San Marcos? No, era llegada la hora de una exigencia del papá Estado, de la que quien más o quien menos protestaba por lo bajine o de forma estentórea porque no eran tiempos para despenderse de unas pesetas que  muchas veces había que sustraer de lo que exigía conseguir  el sustento diario.

   Había que contribuir, que quieras que no, apaciguar la voracidad del Fisco, que a mi parva edad confundía con un monstruo de muchas cabezas que se erigía, insaciable,  dueño señor de casas y haciendas. La frase que se repetía resbalaba en esquinas y mentideros: “Llegaron los de la contribución y no hay quien se escape”, se decía en voz queda, regurgitando no poco encono.

   Hoy, la contribución de antaño y su forma de satisfacerla ha cambiado de signo  a remolque de los novísimos tiempos, aparte de que ya nadie le endilga esa designación ni que haya que despojarse de la ropa de trabajo para, más adecentado,  cumplir con las exigencias del erario público en el ayuntamiento correspondiente.

   Ahora, el tributo anual nos llega de forma más aséptica y menos engorrosa para vocalizar. Tomó cuerpo intentado  limar las asperezas que quieras o no producía la antigua denominación  capaz de provocar urticaria y animadversión, que nadie intentaba disimular, ya digo. Se le bautizó de manera más lacónica y sonora y vino para quedarse: IBI, o sea, Impuesto de Bienes Inmueble, que viene cada agosto, como los  calores,  a socavarnos el  ánimo y los bolsillos.

   El malhadado IBI viene cada año por las mismas fechas y toma posesión del renglón correspondiente de la libreta de nuestra cuenta bancaria con el consabido rechinar de dientes que  produce lo que desagrada y es inevitable. Ya  me lo advirtió un viejo campesino de la Serranía de Ronda cuando se disponía a satisfacer la gabela, calle arriba camino del Consistorio local: “En este mundo no se puede estar seguro de nada, salvo de la muerte y la contribución”.

  

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De médicos y centros de salud
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José Becerra | 18-08-2014 | 15:41| 0

 

El filósofo alemán Arthur Schopenhauer, quien se significó por un pensamiento pesimista sobre la vida – “el dolor es positivo y la felicidad negativa” aseveraba -, no tuvo, no obstante, reparo en afirmar que “ la salud no lo es todo pero sin ella, todo lo demás es nada”. Es un aserto que quienes los que por la edad sucumbimos más veces de lo que fuera desear ante la enfermedad, lo hacemos nuestro sin cortapisas.

Por esta razón de peso, cuando la suerte no nos acompaña cuando la tentamos, solemos decir aquello de “teniendo salud, nos damos satisfechos”: más que incluso la andancia monetaria y la posesión de patrimonios de cualquier índole, y calladamente la consideramos como un bien supremo por encima de cualquier otro.

Los más delos que nos acercamos a los centros de salud compartimos el sentir que nuestro médico de familia, cuya nómina supera con creces el medio millar en la provincia, los cuales no son sino sino dignos nuestra estima y respeto: estamos persuadidos de que conocen los recovecos de la naturaleza humana desde sus años de estudio en la Facultad de Medicina y , por ende, de los escondrijos del cuerpo y los medios a los que se puede recurrir para contrarrestar la dolencia de turno. Nos inspiran eso, confianza y deferencia.

  Por este motivo entendemos que no deberían clamar en el desierto cuando lo que se reclama es justo. Si no que habría que escucharles cuando como ahora, por mor de la crisis y desaforados recortes a los que ha se ha sometido la Sanidad Pública, los facultativos denuncian que carecen de independencia para llevar a buen puerto su labor así como que se coarta algo que intrínseco al ejercicio de su profesión como es el adquirir nuevos conocimientos para una mejor defensa de la enfermedad en cualquiera de sus múltiples vertientes. Escasez de medios y posibilidad de poder atajar la dolencia sin la deriva a los hospitales son otras de sus reivindicaciones que en estos días se han puesto de manifiesto desde el Colegio de Médicos de Málaga.

Lo que se persigue con estas medidas, las cuales los pacientes no tenemos por menos que aplaudir, es que la agilidad en atender al paciente no se ralentice en aras de una burocracia que hasta ahora obra en detrimento de los enfermos en no pocas ocasiones, anomalía que se acusa en la ausencia de programas para prevención de los trastornos de los usuarios y la parquedad en la puesta en marcha de una asistencia integral, un desiderátum y unas cuestiones que se acaban de poner en el candelero por los profesionales de la salud pública.

En definitiva,lo que se pretende en centros de atención primaria, es devolver al paciente la tranquilidad en lo que respecta a patologías que muchas veces se alivian con el simple hecho de que el médico de turno mire a los ojos. Algo que en no pocas ocasiones no es posible cuando el trabajo en los dispensarios se acumula y los facultativos se ven impotentes para atender una demanda desproporcionada, lo que les desborda y exaspera a quienes solicitan su auxilio.

No echemos en saco roto la máxima de Hipócrates, un referente en la antigüedad de los estados mórbidos: “ Allí donde el arte de la medicina es cultivado, también se ama a la humanidad”.

JOSÉ BECERRA 25537519 MÁLAGA

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Mano tendida a los desempleados de la comarca de Ronda
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José Becerra | 16-08-2014 | 10:09| 0

 

Los políticos españoles – los andaluces no le van a la zaga = se aprestan para mostrar sus mejores intenciones a la hora de suscitar afectos cuando ven en el horizonte la celebración de elecciones que, mal venidas para sus intereses, pueden socavar su permanencia  en el cargo que a la sazón disfrutan.

Se barruntan negros nubarrones para la continuidad del bipartidismo que hasta ahora ha venido imperando – PP y PSOE en horas bajas = y se apresuran a contrarrestar el empuje  de formaciones políticas emergentes,  no vayan a darles un disgusto sonado. Podemos se muestra imparable, incluso en los pequeños pueblos de la provincia malagueña, como  son los que pillo más a mano.

En la Serranía de Ronda a través la Consejería de Economía y de Innovación, Ciencia y Empleo, por más señas, se van a destinar más  600.000 euros para darle un impulso (tan necesario) al empleo que desde años atrás viene siendo la bete noire, o algo particularmente perjudicial para una depauperada población, eminentemente rural abocada a la emigración para el logro de unas mejores condiciones de vida.

   Pero ha ido más allá y se anuncia a golpe de platillo que se abrirá una  línea de incentivos para que los ayuntamientos y entidades de la comarca impulsen proyectos sociales que vengan a sacar del marasmo que en la actualidad se debate buena parte de su población sumida en el paro de la gente joven y el desempleo  de larga duración de los mayores de 30 años.

   Lo cierto es que, bien mirado, y si hacemos caso a la Fundación Madeca, el paro que hasta ahora ha sido endémico en la Serranía de Ronda ha empezado, aunque tímidamente a descender. Se aporta un dato a esta evidencia: las personas que permanecían mano sobre mano y los lunes al sol han descendido un 7`50 %. Menos da una piedra.

  La cuestión es que estas promesas y buenos deseos de los políticos tomen sin ambages visos de realidad. Que ya nos tienen acostumbrados al “donde dije digo…” y todo acaba en agua de borrajas. Sea como fuere y si lo prometido se cumple parece que vamos por buen camino. La comarca de Ronda, entre otras de la provincia de Málaga,  parece que empieza a salir  de la apatía y apunta hacia el buen camino en lo que se refiere al logro de un puesto de trabajo. ¡Que cuaje el empeño y se muestre duradero! Es lo deseable.

 

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El insoslayable terral de Málaga
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José Becerra | 13-08-2014 | 10:25| 0

 

Los vientos, el aire en movimiento, como nos enseñaban en la clase de Geografía Descriptiva, se producen por diferencias de presión atmosférica, fenómeno que se atribuye a temperaturas desiguales. También nos enseñaban que los vientos se clasificaban en cuatro clases principales: dominantes (alisios); estacionales ( los monzones del mar de la China); ciclónicos ( huracán, tornado), y, por último, locales (vientos de levante y de terral, por ejemplo).

Los vientos – y esto es de manual de sicología – influyen en el carácter de las personas, inciden en su ánimo y perturban el normal transcurso de sus vidas en determinados momentos, sobre todo los de índole local.

La ventisca local que en el interior de la provincia malagueña más se teme, tanto en el invierno como en el verano, es el de levante. Es este un viento que encrespa los ánimos, que solivianta, que pone los nervios a flor de piel. Seco, sofocante aun en días invernales es este un viento, casi siempre racheado, levantisco que perturba y desazona como ningún otro.

Su hermano, en Málaga capital y ciudades ribereñas de la provincia, es el terral, que sólo sopla en verano pero que nos llega de poniente a lo sumo media docena de veces a lo largo de la estación y con una duración que casi nunca llega a dos días consecutivos. A veces, no dura sino horas. Suficientes, sin embargo, para que se le considere como la “bete noir”, que dirían los gabachos, para el agradable estío que, por lo general, brinda la capital de la Costa del Sol. Hemos tenido una muestra días atrás y nos ha enseñado los dientes, ¡ y de qué manera!

Uno, que no cree ya en el infierno, se acuerda cuando era niño cómo los curas de otros tiempos anatematizaban desde el púlpito a sus fieles flagelándoles con los males del castigo de ir a parar a este lugar si se incurría en pecados mortales. Sintiendo las mordeduras del terral, piensa en el terral como algo muy parecido a aquellas desdichas con las que nos amenazaban antaño. Vivirlo, si no se cuenta con la tecnología que lo hace más soportable, es como vivir unos días infernales.

Cuando sopla el terral, arisco y denso, las calles de la capital y de las ciudades castigadas tienden a quedarse desiertas. Los pocos viandantes que se aventuran a salir de sus viviendas caminan presurosos y maldicen entre dientes. El viento caliente que azota el rostro como una cataplasma impone su ley, pero no es ruidoso como otros vientos, los que hacen crujir las maderas de las ventanas y sacuden sin piedad sus batientes, no, el terral, ni llega ni se hace notar de forma aparatosa. Pero eso no le exime de su felonía: en cuanto hace acto de presencia abofetea la cara sin contemplaciones; al cuerpo lo hace más grávido, a las entendederas más lentas. Estrecha el cerco contra las personas, que se sienten de pronto atrapadas, inmersas en una sensación agobiante, en una desazón que atenaza y de la que se ansía escapar, cada cual recurriendo a los medios que pueda tener a su alcance.

Al viento de terral no hay quien no le tema. “ Seca la mollera”, dicen los más viejos en los pueblos de la costa. Con él anda la gente cabizbaja y caminan como perro apaleado. Duelen las muelas, reaviva las dolencias del cuerpo, saca la tripa de los quebrados, se revuelve inquieta la parturienta, interrumpe el ciclo menstrual femenino y seca las ubres del ganado. “Mala cosa el terral”, dicen unos y otros, cuando se tropiezan en el camino. “Vaya si lo es”.

Pero el díscolo viento malagueño cuando de verdad desespera es de noche. Si no se dispone de aire acondicionado es inútil que se abran las ventanas, ni que funcione el ventilador; no se hará con estos pobres recursos sino transportar a mayor velocidad la atmósfera candente que lo envuelve todo. Ahuyenta el sueño, roba el descanso, se empapan las sábanas de sudor; una y otra vez buscamos en la nevera que el frío de un líquido alivie por lo menos con su tránsito el ardor de la garganta, con lo que no logramos sino sentirnos congestionados, ahítos. Rezongos, imprecaciones, mala leche.

Con el terral el taciturno se hace más huraño, el inquieto más irritable. Los pensamientos se lentecen y los deseos inocentes se enturbian.

Menos mal que no es duradero. De improviso, como vino se va. Y se vuelve a respirar tranquilo, porque la calor, la del verano se puede sobrellevar. Decimos adiós al terral con un denuesto para que no vuelva a aparecer. Pero lo hará. Es tan malagueño como un perchelero, tan constante como la biznaga estival. Insoslayable en los veranos de Málaga.


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Ancianos maltratados
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José Becerra | 11-08-2014 | 10:34| 0

 

Malos vientos corren para los ancianos, sobre todo para aquellos que malviven con pensiones paupérrimas que a duras penas les llega para finalizar el mes y que no pueden permitirse el menor dispendio. Y es que muchos de ellos, además de arrastrar la penosa traba de la supervivencia están expuestos, como acaba de señalar la fiscalía,  a una violencia que casi nunca traspasa los muros de la casa.

  Cuando se habla  de la violencia de  género siempre, y en razón de las tropelías que se vienen sucediendo en el seno de las familias pensamos en el maltrato que desalmados dispensan a la mujer. Pero ahora, quizás a remolque de los difíciles tiempos que nos ha tocado vivir, no es raro que también se maltrate a los abuelos.

   Lo califican como “delito invisible” porque nadie de los que lo padecen osan denunciarlo. Se están dando casos flagrantes de ancianos que en su día acogieron en su hogar a familias desarraigadas, las de sus hijos, que sufren el azote del paro, y que luego llegan, en una inverosímil prueba de crueldad de ser maltratados por ellos o por sus  nietos. Como dijo el Quijote a su fiel escudero Sancho: “cosas veredes que harán fablar a las piedras”. Y estas acciones, por los lazos afectivos que unen a los padres con sus hijos pocas veces o nunca trasciende, éstos prefieren el silencio y el tragar saliva.

   De ahí la urgencia de que el Ministerio Público vigile y se esfuerce en detectar estas tropelías y, en consecuencia, la Consejería de Salud y Política Social debe activar todo los mecanismos a su alcance parta que estos hechos prosigan entre el consentimiento y la impunidad. Pero esta atención a la tercera y última edad no goza de buena predisposición  por las administraciones públicas para erradicar estas tropelías a los mayores, que son quienes todo lo dieron.

   Pero ¿qué se puede esperar si incluso se ponen escollos para que el abuelo necesitado pueda disfrutar de las atenciones de una residencia? Los requisitos que se exigen rayan en lo infinito y el grado de dependencia necesario para obtener la ayuda necesaria roza  lo imposible. Las residencias públicas se encuentran masificadas y obtener una prestación para unir  a la raquítica pensión que se cobra para así llegar a lo que las privadas exigen es una misión quimérica. Lo que no deja de ser otro modo de maltrato clamoroso.

  

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Añoranza de un verano en la Serranía de Ronda
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José Becerra | 08-08-2014 | 11:18| 0

 

 

Añoranza de  un verano en la Serranía de Ronda

 

JOSÉ BECERRA

 

Cuando el sol calienta inmisericorde las tierras de la Serranía de Ronda, sus pueblos, aletargados, ya en el hondo  valle, ya en las laderas de su más alto y arisco relieve no parecen que muestren el menor indicio de vida. Después de la comida del medio día se suceden soporíferas horas que resbalan sobre las casas – encaladas fachadas refulgentes, oscuras techumbres moriscas – como si lo hiciera el plomo sobre el vaciado de una figura geométrica.

Pocos son los que desafían el caliginoso momento y se atreven a pisar el asfalto de las calles o los resbaladizos cantos que las empiedran. Puertas y ventanas permanecen abiertas, en su hueco el balanceo de la leve cortinilla o la oscura celosía tras las que más que ver se adivinan cuerpos cansinos que inútilmente buscan fresco sosiego, porque no hay rincón que en estas pesadas horas caniculares lo proporcionen.

Se ansía la brisilla de la sierra, pero ésta se hace rogar y no hará acto de presencia sino bien entrada la noche, alta ya la madrugada, próximo el claroscuro del alba. Silencio, un silencio pesado que difumina pisadas y que nadie osa romper, como si el mismo conversar exigiera un esfuerzo que en las horas planas, pesan cual  martillo sobre un yunque.

He vivido muchos veranos en la Serranía, casi tantos como los años que soportan mi  ya un tanto deteriorada  energía física. Últimamente intento volver sólo  cuando septiembre imprime la suavidad de sus noches a las imposibles madrugadas de agosto. Sin embargo, añoro los días de calor extrema, quizá porque me retrotraen a los días lejanos de mi infancia.

Entonces, lejos las obligaciones de la escuela, solía madrugar, entre otras cosas agradables porque mi madre me mandaba a comprar churros al tenderete que muy cerca de la plaza de la Iglesia regentaba Josefa, la Tejeriguera, una mujer en puertas ya de la ancianidad que, en Benaoján,  se daba las  mejores artes para freír la masa en redonda y pomposas formas que para mí eran pura delicia. En verano, los tejeringos se hacían a pleno aire, y daba gusto solo inhalar el olorcillo que desde lejos, desde cualquier calle delataban su presencia haciendo atractiva una mañana que todavía, a poco de clarear el día, no hacía presagiar aún la calima del día en cuanto  el sol estuviese en su cenit.

Las tardes veraniegas, no importa sin el sol caía a raudales, la chiquillería bajábamos al Guadiaro para los chapuzones de rigor. Antes, el río descendía de las sierras limpio y con un caudal tan abundante que propiciaba la creación de charcos que permitían baños a ratos alborotados y a ratos placenteros. Hasta se podía pescar a solapa o con cañas, que la población de barbos y parcas siempre fue siempre abundante. Estas interminables tardes chapoteando en el agua o tendido entre juncos y mimbreras se me quedaron grabados en la memoria y me sirvieron de lenitivo cuando me  sentí  obligado a pasar los veranos en otros parajes y en mitad de otros paisajes.

Ahora sé que el río de mi niñez no es ni por asomo lo que era: languidece  a ojos vista ya  que sus aguas mermaron considerablemente y acabaron por desaparecer frescas corrientes y cristalinas charcas. Y que hay que remontarse hasta sus afluentes, como el  Campobuche, que emerge de las lóbregas salas subterráneas de la Cueva del Gato, para disfrutar de un baño frío y relajante y sin peligro de contaminarse con repugnantes efluvios.

Abandonado el Guadiaro,  a lo largo de su sinuoso cauce nadie se atreve a acercarse. Puede que sólo lo hagan los insectos insufribles para hacer verdad el dicho de los hortelanos con heredades en sus orillas, retratando una realidad que, bien mirado, también es propia de estas tierras cuando se muestran sedientas y ardientes: “Verano, sol y avispas”. Un testimonio que sigue intacto entre la gente del lugar.

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Meditaciones desde la Serranía
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José Becerra | 06-08-2014 | 11:10| 0
 
Cuando por la edad columbramos como no muy lejos el final de la  existencia y vemos con pesadumbre la proximidad de un acontecer incierto,no es raro que meditaciones poco halagüeñas nos abatan. En la Serranía de Ronda cuando intentamos repeler los pensamientos siniestros, o nos enfrentamos a situaciones difíciles  que ponen a prueba la re ciedumbre del espíritu se acude a un dicho que, en buena manera habla de nuestra actitud ante la vida: ” El muerto al hoyo yu  y el vivo al bollo”, decimos con la socarronería  que nos es proverbial. De esta manera intentamos alejar el espantajo de la muerte.
Es muy difícil que nos acostumbremos a la muerte, que no la temamos. Dice un dicho antiguo, sin embargo, que no debemos temerla, porque cuando nosotros aún estamos, ella no está, y cuando hace acto de presencia ya no vivimos. También hay quien argumenta,  en un intento de despojar de  trascendencia al hecho ineludible de la partida definitiva, que la “muerte no es sino un sueño sin ensueños”. Y, naturalmente. existe en muchos de nosotros la certidumbre de otra vida, esa que ha de transcurrir en el Reino Celestial que nos impone  las creencias cristianas (En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. (San Juan 14:2).

Y para los que no comparten la creencia cristiana, apunta Lucrecio, poeta y filósofo romano del siglo I a.C. : “Es injustificado el temor a la muerte: ésta es el fin de toda angustia, el más tranquilo sueño, el eterno descanso. El que ha gozado debe retirarse de la vida como huésped satisfecho; el que ha sufrido, recibir gustoso a la que viene a cortar el hilo de sus desventuras. Sabemos todos que es indispensable morir, y no debe la hora del morir preocuparnos. Nada hay para nosotros más allá del sepulcro”.

    Pero, claro, esta actitud, que es aconsejable para no dejarnos llevar por la angustia de la partida hacia no se sabe adónde, la asimilamos cuando se trata de nuestra propia muerte, no de la de un ser querido. En estos casos el soplo silencioso, repentino, muchas veces traicionero, que ciega la vida de quien amamos, la angustia y las dudas nos embarga. Nos sentimos impotentes, abatidos, desolados.    

    Y una certeza se encumbra sobra cualquiera otra: la persona querida se fue, nos abandonó para siempre. Y nos rebelamos, y tratamos de pensar y creer que las cosas en la infinitud del tiempo pueden ocurrir de otra manera. El encuentro con la persona amada y desparecida puede verificarse. Y eso nos consuela y nos anima a proseguir la vida.

   Lo que ocurre, para nuestro pesar es que, como decía Unamuno, “el hombre muere tantas veces como pierde a cada uno de los suyos”. Lo que nos lleva a pensar que no pocas veces un mismo ataúd o una misma vasija funeraria encierra más de un corazón: el del fallecido y el de los que sufrieron el desgarro de su ausencia.

   Bien mirado, somos los humanos los únicos seres de la creación que somos plenamente conscientes de nuestra finitud. Estamos, pues, abocados con toda certeza a nuestra desaparición de la faz de la tierra. Eso, que tiene sus inconvenientes como el de la angustiosa certidumbre del no ser y la pesadumbre de la vida de ultratumba, lleva consigo la ventaja de conmovernos con la belleza que nos rodea –un paisaje insólito, un atardecer glorioso, una lluvia fina azotando el cristal de la ventana –,  o con la lectura de un poema o la audición de una obra musical excelsa.  En eso nos diferenciamos del resto de la Creación.

   Los que han superado una enfermedad de las que se dice son incurables, y cuyo nombre eluden como tabú, pero que lograron superar o luchan por vencerla, reconocen que  después de haber sentido sobre su hombre la fría mano de la muerte, la vida toma otra cariz mucho más luminoso y se descubren cosas que antes te parecían baladíes pero que entonces se te antojan maravillosas.

   La verdad es que,  para nuestro consuelo, aquel ser amado que nos precedió, dejándonos en cruel soledad, no hizo si no adelantarse  en el camino el cual los que aún permanecemos aquí hemos de recorrer indefectiblemente, temprano o tarde.

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Contrabandistas rondeños, la saga continúa
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José Becerra | 04-08-2014 | 14:38| 0

 

 

La noticia saltó días atrás en los medios de comunicación de la provincia.  Una red distribuidora de tabaco de contrabando en Ronda había caído en manos de la Guardia Civil. Se incautaron alrededor de 5.000 cajetillas de tabaco procedente de Gibraltar,  como corolario de un dispositivo que se perfiló a finales del pasado año   y que ahora ha recogido sus frutos al pillarse a los delincuentes con las manos en la masa. Establecimientos públicos y particulares habían participado en las acciones delictivas de las  que ahora habrán de rendir cuentas.

Contrabandistas de nuevo cuño que retrotraen la imaginación a un proceder fuera de la ley que no es nuevo en la comarca de la Serranía. Tan enraizado estuvo este ilícito comercio que hoy se rememora junto al bandolerismo y es motivo de exaltación turística recreándose ámbitos y caminos por los que esta gente aguerrida  transitó y fue perseguida con ensañamiento.

Con la patina de lo antiguo  y ensalzado por los viajeros ingleses – esa pléyade de escritores foráneos encabezados por Carter, Ford, Townsend…- las páginas que nos remontan a una recreación de oficios fuera de la ley, junto al de los arrieros, adquieren hoy día candente actualidad.

Naturalmente, el contrabandista de antaño, el que el romanticismo reivindica, nada tiene que ver con el de hoy, que no obedece sino a un enriquecimiento personal y comercio ilegal  desaforado burlando la acción de la Justicia. El contrabandista del siglo XIX y principios del XX  nada tiene que ver con este de hoy, el que se ha pillado in fraganti en Ronda y del que acaban de dar cuenta los medios.

Nos dice una viajera inglesa Mme de Suberwick (1847): “ Sabes que en España contrabandista era un oficio declarado, reconocido; uno se hacía contrabandista como se hacía labrados o soldado, pasaba de padre a hijo (…), el bandido y el contrabandista españoles, esas dos ramas de un mismo tronco, no se parecen en nada a los bandidos y contrabandistas de las demás naciones: los españoles se hacen contrabandistas, y en caso de fracaso, en bandoleros por amor al arte”. O en otras palabras, se recurría al contrabando como un medio de vida, no para lograr una existencia placentera, sino para escapar del hambre y la miseria.

Existe en Ronda una evidente inclinación en reverdecer leyendas y sucedidos que tuvieron como protagonistas a bandoleros, arrieros y contrabandistas de otras épocas, los cuales anduvieron a sus anchas, cuando no eran perseguidos por la Justicia y tenían que huir a uñas de caballo   por los dilatados y abruptos caminos de la Serranía.

Sendas y costumbres que fueron glosadas por los viajeros románticos ingleses y galos que aludo y que nos visitaron siglos ha, dando pie a páginas cuya fama ha llegado hasta nuestros días transmitiéndonos con maestría el embeleso que a ellos le proporcionaron esta gente de mal vivir, en cuanto era trasunto de una raza indómita que hizo gala de un valor inusitado a remolque de situaciones económicas y sociales extremas en una comarcarenqueante y empobrecida.

Foto_Museo del Bandolero

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Sobre el autor José Becerra
Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.